Al aire libre (1 a 7)

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1.

Cuando la güerita se metió de nuevo en la casa rodante y salió de la vista de Manuel, él sonrió con esperanza y se levantó de su silla de metal y mimbre. Esquivó los asadores y fue bordeando el lago, sintiendo su olor a agua pura. Llegó al descampado que, no muy lejos de allí, servía de estacionamiento, y se puso a ver los coches. Eran tres o cuatro. Entre ellos, le gustó una troca alta, de vidrios polarizados. Se acercó al parabrisas para verse en su reflejo: alto, aceitunado (aunque eso no se notara gran cosa), con los caireles negros corriéndole sobre los hombros hasta bien entrado el pecho.

Sobre brazos y esternón, vellos breves, tupidos y rizados. Cuando Manuel sonreía, se le formaban hoyuelos y unas arruguitas delicadas que, según él, le daban madurez. Feliz consigo mismo y más seguro, se airó la camiseta magenta, se acomodó los lentecitos de vidrio sepia para poder ver por encima de ellos y regresó a los asadores.

Cuando regresó, el grupo de enfrente hacía un escándalo incomprensible y animado. Eran puros hombres, barbudos, entallados en camisetas negras y shorts. Le pareció ver que alguien de ese grupo escupió en dirección suya cuando estaba por sentarse de nuevo en la silla de mimbre. Se rio de lo poco que le importaba.

La casa rodante estaba del otro lado, lejos del agua y de los barbudos. Allí, la güerita aún no había regresado. El que parecía ser el padre giraba torpemente los carbones, porque la carne iba demasiado lenta. Era bajito, compacto, cuadrado. Tenía en la nariz un rubor de alcohólico y se mordía el labio como si eso lo ayudara a resolver el problema del asador. Su guayabera le quedaba de vestido y sólo debajo se veían unas bermudas largas. La que posiblemente era madre era rubia y alta, y allá por los dosmiles debió haber sido muy hermosa. Sostenía una cuba casi transparente y fruncía el ceño todo lo que podía debajo de unos lentes de sol.

Manuel iba tomando notas mentales. Cuidar que la madre no me mire mucho; ver distraídamente, por aquí y por allá. Averiguar pronto si son gringos.

Manuel no quería tener que ejercitar su pedregoso inglés, pero si la ocasión lo exigía, ya se veía diciendo “it’s a bíuriful dey”. Los barbudos sí que hablaban otra lengua —era difícil ignorarlo—, una pastosa, aspirada y viboresca, que a Manuel no le recordaba ninguna otra, salvo quizá el pársel.

De pronto, el asador aventó una lengua de fuego y el padre dio un brinco hacia atrás. Aliviado por no perder las cejas y feliz por la combustión, el hombrecillo exclamó en norteño:

—¡Ah, su mecha!

Y Manuel sonrió por esta ayuda divina.

2.

Cuando finalmente salió, Manuel saboreó a la chica con ojos discretos y casi distraídos, pero con mente descarada. El cuello grácil, los labios tenues, casi imperceptibles, las mejillas pecosas. Recién se había arreglado el cabello largo en un rodete y dos mechones coquetos le rozaban la mandíbula. Su cabello castaño, a cierta luz, rozaba el aire con brillos pelirrojos —“güerita”, una palabra que encapsulaba el gusto de Manuel, significaba para él no “rubia”, sino “notoriamente blanca”.

Era alta —más alta que su madre—, de piernas largas y delgadas, pero fuertes, terminadas en dos nalguitas esféricas, cubiertas apenas por el short de mezclilla. Usaba una playera morada con mangas blancas, que le caía holgada, destacando sus brazos pálidos, largos como agujas y cubiertos por vellitos suaves.

La madre, sentada en una reposera, le hizo un gesto a la güerita para que se acercara. Ella le acercó su oído y la madre le susurró algo. Al instante, la chica volteó a ver a Manuel. Se irguió, caminó dos pasos sosteniéndole la mirada y entrecerró los ojos con sospecha. Luego (sin que su madre pudiera verla), agregó a esos ojos una sonrisita maliciosa. Se dio la vuelta y le contestó desenfadadamente algo a su madre. Fue a la hielera, sacó una cerveza y dio un trago tranquilo largo. La madre frunció los ojos, se quitó los lentes de sol, estiró las piernas y se clavó leyendo una novela.

Viendo a Manuel, la güerita golpeaba la botella verde con sus uñas, produciendo un sonido como musical.

3.

Cuando iba por la segunda cerveza, el padre le extendió un plato. Ella no extendió la mano para tomarlo, y se limitó a contestar alguna cosa, sonriendo con tranquilidad. Manuel no estaba seguro, porque no podía escuchar ni clavar su mirada suficiente como para leer los labios, pero pensó que ella estaba rechazando la carne en la hamburguesa, porque de inmediato comenzó a picar las papitas de un tazón que yacía en el suelo.

El padre se quedó con la mano extendida, más triste que molesto. La madre se levantó de su asiento, tomó el plato que el hombre le ofrecía y se sentó a comer, molesta.

Manuel ni había comido ni iba a comer hasta que volviera al hostal, donde le esperaban refresco, un bote de arroz frío y una barra de amaranto. Sin embargo, a esa hora, en la que el sol de las cinco se mezclaba con el ambiente grasoso de los asadores, el rico calor de la comunidad se le había empezado a pegar en la cara en forma de sudor. Más por su apariencia que por su incomodidad, Manuel decidió dejar comer a la familia en paz y acercarse al río a lavarse la cara.

Cuando pasó, los barbudos en frente de él chiflaron a una rubia en minifalda que pasaba junto al lago. La rubia hizo una mueca de resignación. Manuel pensó que quizá sería momento de alejarse de ellos. Su indiscreción podía alejar a la güerita, justo cuando había empezado a darle pequeñas muestras de interés.

Llegó al lago, tomó un poco de agua en el cuenco de sus manos y se quitó el sudor de la frente y las mejillas. Se quitó la camiseta para enjuagar sus hombros. Cuando regresó, el aire le pareció más frío; lo sintió sobre todo en el cuello mojado de la camisa, que se le había pegado a la piel.

Mientras regresaba, aún a lo lejos, vio cómo la güerita lo barría con los ojos de abajo hacia arriba. Se estaba mordiendo el labio inferior y tardó un segundo en dejar de hacerlo, incluso cuando notó que Manuel la miraba. Él le sonrió, ella entornó los ojos y negó con la cabeza, como diciendo “no vayas a creer que me interesas”. Luego, volvió a sonreírle.

Justo cuando iba a llegar a su lugar, Manuel vio que uno de los barbudos se estaba llevando su silla de mimbre. La señaló con el dedo, como diciendo “yo estaba allí”. El barbudo se detuvo un momento, lo miró a los ojos, le sonrió y lo ignoró. Instaló la silla entre sus amigos y posó en ella su desenfadas nalgas.

Manuel volteó a ver a la güerita, que se carcajeaba. A él le gustó verla reír. Ella debió haberlo notado, porque alzó los hombros como diciendo “ya qué” y le sonrió con ternura.

4.

Los ojos de Estela barrieron al chico de abajo a arriba. No estaba mal. Desde atrás, le gustaron sus pantorrillas morenas y fuertes, y lo que se adivinaba de sus muslos. Le había alcanzado a ver la espalda cuando se lavó en el río, y estaba muy a juego con esos brazos anchos, con esos hombros fuertes, llenos de tensiones palpables y de circularidades. Sus caireles tenían un nosequé de príncipe azul.

A lo lejos, se veía que el chico era un “viciosillo donjuán de pelo en pecho”, como le había dicho su madre. Si, bueno, pero los hombres más tímidos y más feos no necesariamente son más respetuosos y más fieles; ella ya sabía eso… y su madre también debería saberlo. Sí, claro, este tipo se veía a leguas que no iba a ofrecerle nada más noble que un acostón; pero al menos había algo de sincero en lo caliente de su mirada.

Claro, todo esto no se lo podía decir a su madre. ¡Si supiera que ya no era virgen, ardería el mundo! Y no es que su madre fuera especialmente conservadora, pero la influencia de la abuela Berta la asustaba mucho. Aquella abuela, mientras recordaba sus historias, balbuceaba siempre aquello de «en mis tiempos, los jóvenes se metían en causas nobles, en los grandes asuntos; es la industria del cuerpo, de la maldita calentura, la que lo ha podrido todo». Y, mezclando francés y español, agarraba con uñas puntiagudas a la hija y a la madre.

Pero bueno, un poco para eso Estela había accedido a salir a estas vacaciones, para estar lejos de la abuela Berta. La verdad es que al principio, la muchacha quería pasar un tiempo lindo con sus padres, solos, fuera de esa casa llena de recuerdos viejos y aspiraciones frustradas. Pero parecía que sus padres no se soportaban, ni entre sí ni a ellos mismos. Así, Estela tenía que divertirse sola.

Y el sexo la divertía. Pensar en el sexo, más bien. Hacía poco la había desvirgado, sin pena ni gloria, un pendejito de la universidad que se fue con otra al mes y medio. La traición la molestaba, claro, pero sobre todo, le impedía presumir con sus amigas de la conquista. Por eso, se le había metido la idea de que un romance de verano, si era un poquito picante, sería el chisme perfecto.

Ahora que le habían quitado su silla, Don Juan estaba tirado en el pasto, viendo el lago como un héroe romántico. Sólo cada tanto, la volteaba a ver y siempre que lo hacía ella le sostenía la mirada. ¿Por qué no se le acercaba? Como Don Juan, la verdad, dejaba bastante que desear.

A lo lejos, padre de Estela vio cómo los israelíes cerraban su círculo y empezaban a fumar. Se le antojó un cigarro. Tan pronto como se levantó de la silla, la madre de Estela reconoció las intenciones de su marido y le dijo con sequedad:

—Claudio, tú ya no fumas.

El padre se hizo el sordo y caminó hacia los israelíes. Se presentó, intentó decir algo que pareció hacerles gracias, empezó a contar algo. Ellos de pronto lo abrazaron con camaradería, platicaron con él unos minutos y lo despacharon con palmadas en la espalda. Le habían puesto en el bolsillo de la guayabera una cajetilla y un encendedor.

Cuando pasó a lado de don Juan, el padre de Estela no pudo evitar hacerle un gesto de desprecio al muchacho. Él no lo vio, pero ella sí, y le pareció divertido.

Ya de regreso con su familia, Claudio prendió el cigarro, con una amorosa primera calada, como el beso de un amante que el destino nos ha arrebatado de las manos. En medio de su gozo, sintió la mirada de su esposa quemándole la nuca.

—¿No me intoxiqué ya mucho los pulmones tratando de hacer las hamburguesas? —dijo, con acidez. —¡Y mira que tenemos hamburguesas para toda la bendita semana! Yo creo que me puedo permitir un cigarrito, ¿no?

Estela presentía una pelea y, tanto la presentía, que cuando empezó ni siquiera escuchó lo que decían a gritos. Miró al don Juan de camisa magenta, que parecía preocupado con la situación, y le sonrió. Se permitió morderse el labio un poquito. Él estaba confundido.

Cuando madre y padre sintieron que estaban quedando en ridículo, se metieron a la casa rodante. Si todo salía bien, la reconciliación tardaría horas. Estela se levantó y tomó una bolsita de mano caqui. Fue a la hielera y sacó dos cervezas. Caminó hasta don Juan y le dio una. Haciéndole una seña, la chica caminó hacia el lago. Él la siguió.

Las familias apagaban, algunas comenzaban a levantar los almuerzos y a pensar en irse. Grandes parvadas atravesaban el cielo bailando. De pronto, Estela se detuvo, se puso frente a don Juan y le extendió la mano.

—Estela.

—Manuel, un gusto —contestó él, estrechando su mano.

—¿No “un placer”? —preguntó ella, agitando el saludo.

—¿Qué? —respondió él, turbado, y ella rio.

A Estela le hubiera gustado que se llamara “Juan”, pero ni modo. Mientras se daban aquel apretón de manos, ella lo jaló, le acercó su cara y le dio un beso en la mejilla, pasando el brazo que le quedaba libre sobre el hombro de él. Así, mejilla con mejilla, estuvieron un buen rato.

5.

Le habían dado la vuelta al lago, y ahora veían infinitamente lejos la pequeña fogata de los barbudos y la casa rodante. Sentados uno junto al otro sobre las raíces de un árbol, Manuel acariciaba el brazo derecho de Estela, jalando un poquito sus vellos.

—Tienes bonitos brazos.

—¿Eres de esos raros a los que les gustan velludas? —se le burló Estela.

—Te conviene que existan esos raros, ¿no?

Estela sonrió. Manuel estaba electrizado, oliendo el olor a polvo y madera que la chica emanaba del cuello, y viendo en escorzo las piernitas, casi completamente desnudas, saliendo de los shorts de mezclilla para apuntar al lago.

Como quien no quiere despertar a una persona dormida, Manuel le acercó los labios a la mejilla y la besó suavemente. Dos, tres besos. ¿Sin reacción? Eso estaba bien. Cuando pensaba acercarse a su oreja, para intentar excitarla, Estela giró la cara y lo vio a los ojos. Manuel se detuvo, sorprendido. Los ojos de los dos quedaron muy juntos, confundiéndose como los ojos de un cíclope, y sus narices casi se rozaban. La boca de Estela no sonreía. ¿Estaba molesta?

—¿Y bien? —preguntó ella.

—¿Y bien qué?

—Estabas besándome, ¿no?

Manuel no pudo más y le besó los labios. Acarició los cabellos de la nuca, que habían escapado del rodete, y sintió como, apenas con el beso, empezaba a empalmarse poquito. Los besos eran tranquilos, cortos, tensos. Lo fueron hasta que Estela metió los dientes y succionó el labio de Manuel. Él se derritió, y quiso hacer lo mismo con los labios de ella, que no se dejaba, y le retiraba su beso como una cobra.

—Las chicas de mi pueblo no son como tú —le dijo Manuel, en un arranque de sinceridad.

Estela se rio, como si lo considerara una tontería. Se limpió el shot y las piernas de las briznas de pasto que se le habían pegado y se puso a caminar de vuelta.

Manuel lo decía en serio. Estaba electrizado por Estela. Se había sacado una lotería que le había tocado muy pocas veces: una chica de familia, pero caliente y despreocupada. Pero Estela tenía una chispa rara.

—Si no me lo tomo con calma —pensó él, mientras empezaba a seguirla —Me voy a enamorar muy estúpidamente.

Estela volteó con una sonrisa y a Manuel le pareció que podía leerle el pensamiento.

6.

Estela quiso perderse un poco entre los árboles. Dejaron los márgenes del lago y se internaron por caminos de tierra húmeda, medio desdibujados y, de tanto en tanto, algo tramposos. Varias veces, Estela estuvo a punto de caer y Manuel la detuvo. En esos momentos, se quedaban viendo, como sin saber qué hacer con sus cuerpos; él, finalmente, la orillaba contra un árbol, la besaba con intensidad, presionando su cabeza, pero protegiéndola con una mano entre su pelo y el tronco.

En esos momentos, Estela sentía la erección de Manuel. Primero trató de no darle importancia. Luego, para tranquilizarse, tuvo que hacer un chiste:

—Si te sigue creciendo, se te va a salir por debajo de las bermudas.

La intención era restarle importancia al asunto, pero Manuel sonrió satisfecho de su propio cuerpo, y la siguió besando. Estela se sintió muy tonta, justo antes de perderse en la emoción del beso.

¿Hasta dónde quería llegar ella ese día? Su intención nunca fue entregarse allí mismo. Quizá ni siquiera quería acostarse con él. Quizá ni siquiera quería fajar con él. ¿O sí? Como empezó a dudar, Estela intentó regresar a los asadores, pero para intentar explicarse todo esto, se había metido en el bosque. Habían empezado a subir un monte, y Estela no sabía cómo regresar. Hacia abajo, claro, pero ¿cómo regresar de lo que estaba haciendo con Manuel? Y, lo más importante, ¿ya quería regresar?

7.

—Oye —le dijo ella, caminando delante de él y sin verlo.

—Oigo —contestó él.

—¿Qué me quieres hacer? —dijo, girándose para verlo a los ojos.

Él trató de penetrar en sus ojos, y por un momento no pudo entenderla.

—Sí, “hacer” —insistió ella, picando agresivamente con un dedo índice el pecho de Manuel. —Ya vi tus intenciones. O, más bien, “sentí” tus intenciones. A mí no me engañas.

Manuel por fin volvió a ver esa chispa en sus ojos, y se sintió tranquilo, levantó ambas manos, para mostrarse inocente, y comenzó a retroceder, mientras Estela lo acusaba. Ay, esa chispa. Manuel iba a darle por su lado, iba a jugar el personaje que Estela le pusiera. Estaba seguro de que si hacía todo como ella quería, esa misma noche se la iba a coger.

—¿Sabes que creo que quieres hacerme? —le dijo ella, orillándolo contra un árbol, como él había hecho varias veces con ella —Conozco a los tipos como tú, a los tipos que andan probando, como colibríes.

Manuel insistió en su inocencia, pero con palabras confusas y entrecortadas. Estela se pegó contra él, respirándole en el oído y metiendo una rodilla en la entrepierna de él.

—Yo creo —seguía diciendo ella, mientras frotaba su rodilla —que sólo quieres probarme. Que quieres ver cómo es mi sabor y que tanta resistencia opone mi concha.

—Pos si ya sabes, ¿por qué vienes? —le contestó Manuel.

—Una quiere creer que los hombres son decentes —le contestó ella.

Entonces, cambió la rodilla por la mano y empezó a acariciar su entrepierna. No tardó mucho en reconocer la forma y la dirección del miembro, y empezó a masturbarlo. Las bermudas estaban bastante holgadas, así que metió su mano y sacó aquello. Hizo un capullo con las yemas de sus dedos y, desde la punta, empezó a masturbarlo.

—Esta me la debes —le dijo ella.

Manuel no tenía necesidad de contestar, sólo se dejó hacer. Veía como Estela se mojaba los labios con la lengua, sentía su respiración en sus mejillas y cada tanto buscaba sus ojos. Pero ella no quería verlo; a veces miraba lo que hacía su mano, y cambiaba el ritmo. Otra veces su mirada se perdía en los árboles.

—Guárdatelo —le dijo, finalmente ella, volviendo a caminar hacia los asadores. —Vamos, mi madre debe estar preocupada.

Manuel tardó un momento en ajustarse las bermudas y seguir a Estela. Cuando la alcanzó, le preguntó:

—¿Tú qué quieres hacer conmigo?

Ella lo vio, se rio nerviosamente, y se mordió otra vez el labio, esta vez ligeramente tinto por la saliva de los besos.

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