Al esposo de Estefanía le gusta ver cómo la penetro (2)

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Pasé los siguientes días pensando en el cuerpo delgado y perfecto de Estefanía y la manera en que se había tragado mi semen. Durante todo ese tiempo nos escribimos, imaginando todas las cosas que queríamos hacer juntos.

En la oficina, los coqueteos con Jimena se habían intensificado. Disfrutaba de las caricias fugaces en las juntas o a la hora de la comida, las conversaciones subidas de tono y las fotos de sus tetas o de su vagina, incluso una vez me mandó un video masturbándose “mientras pensaba en mí”. Todo sin mostrar la cara y de una sola vista, claro.

Sin embargo, cuando la invitaba a pasar unas horas de diversión en mi departamento o en algún hotel donde nadie pudiera reconocernos, siempre tenía cargos de conciencia, diciendo que no podía traicionar a su esposo. Una vez hasta lloró y me amenazó con contar todo lo que habíamos hablado.

Fue cuando decidí ya no seguirle el juego. Le expliqué que quien estaba casada era ella y que yo no tendría ningún problema en que su esposo supiera que ella era una calienta huevos y una puta infiel. Reculó enseguida y quiso seguir como si nada, pero yo ya estaba cansado de esos juegos que sólo servían para que ella se sintiera deseada y a mí no me llevaban a ninguna parte. Además, tenía a Estefanía, que deseaba coger conmigo lo antes posible.

Nuestra oportunidad llegó casi dos meses después del primer encuentro. Tuve varias semanas de mucho trabajo y ella tuvo que ir a su pueblo natal, en Aguascalientes, para ir a visitar a su abuela. Un martes casi a mediodía, me llegó un mensaje. Era Estefanía: “estoy de regreso, ¿nos vemos hoy?”

No lo dudé ni un segundo y le propuse ir a un hotel cerca de su casa y me ofrecí a pasar por ella. No quiso que fuera a su casa, pero quedamos en que pasaría por ella a una tienda que estaba a unas cuadras de donde vivía.

Lucía hermosa. Lista para coger. Llevaba un top muy parecido al primero que le vi, pero era blanco. Al no necesitar sostén, sus pezoncitos siempre se remarcaban en la tela. También llevaba unos shorts de mezclilla y unas botas negras. Al verla, mi pene reaccionó de inmediato. Como no me la quise llevar en moto, tomé un taxi. Le pedí al conductor que hiciera una parada en la tienda. Ella estaba esperando justo afuera.

Me asomé por la ventana y al verme me dedicó una sonrisa ancha. Se subió al coche y me saludó con un apasionado beso. El taxista emprendió el camino hacia el hotel y nosotros nos besamos durante todo el trayecto, reconociendo nuestros cuerpos y buscándonos con nuestros labios y manos, por un momento pensé que se iba a montar en mí ahí mismo en el asiento trasero del coche.

Llegamos al hotel, hice el registro y subimos por el elevador, tomados de la mano. Me gustaba llevar a mis conquistas a ese lugar, un establecimiento diseñado con el único propósito de proporcionar privacidad a las parejas que querían coger y con todas las amenidades necesarias para pasarla de lujo. No era un lugar barato, era un sitio digno de una puta tan hermosa como mi Estefanía. Además, me gusta la experiencia de ir de la recepción al cuarto, esos breves instantes de complicidad con otras parejas que buscan lo mismo que tú.

Siempre hay de todo, parejas de estudiantes llenas de nervios, un hombre de negocios con su amante veinte años más joven, y sobre todo, prostitutas buscándose la vida en rincones como aquel. Llegamos al cuarto piso y avanzamos por el pasillo hasta nuestra suite. Los gemidos de otras parejas contribuyeron a mi erección; no podía esperar por escuchar a Estefanía gemir teniendo mi verga dentro de ella.

Cerramos la puerta y ella se excusó para ir al baño. Yo me quedé en bóxers y aproveché para sacar una botella de vino que tenía en la mochila, también el paquete de condones que llevaba y los dejé sobre la mesita de noche. Estefanía salió en una lencería semi transparente que me dejaba ver sus pezones y su vagina depilada. Me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos y comenzamos a besarnos con más pasión que durante el camino.

Le saqué el corpiño y le bajé las braguitas, ella me quitó los bóxers. De un leve empujón hizo que me sentara en la cama, arrodillándose frente a mí.

—Espero que estés listo, lo de la primera vez no fue nada comparado con lo que te voy a hacer hoy—me dijo y se metió mi verga a la boca. Me la chupó delicioso; en efecto, la privacidad y el espacio le dieron la oportunidad de mamármela como Dios manda, mucho mejor que en el reducido asiento trasero de su coche en el estacionamiento de una plaza. Pasaba de mi verga a mis testículos y yo sólo disfrutaba.

A media mamada tuve un pensamiento intrusivo y sentí celos de que su marido la tuviera disponible siempre, yéndose a dormir a su lado y poder despertar directo para penetrarla sin decirle nada, yo quería los mismos derechos sobre esa mujer que conocía tan poco y que sin embargo me encantaba.

Mis celos tuvieron un efecto en mí y por un segundo perdí algo de firmeza. Estefanía lo notó.

—¿Qué tienes, nene? ¿Todo bien? —preguntó mirándome a los ojos desde su posición arrodillada y acariciando mi verga con la mano.

—Sí, mi amor, todo bien —mentí —quiero complacerte yo —dije tendiéndole la mano para ayudarla a incorporarse.

La tumbé de bocarriba sobre la cama, le abrí las piernas y comencé a devorar ese coñito depilado.

El coño de Estefanía era perfecto: su monte de Venus depilado a la perfección, sus labios de un tamaño adecuado, no sobresalían demasiado y sobre todo, su clítoris hinchadito se revelaba como un diamante perdido. Lamí su clítoris, chupé sus labios y metí mi lengua en su vagina durante quince minutos, mientras ella gemía con sinceridad. Aquello me encantó; he estado con algunas mujeres que gimen de forma exagerada y es evidente que están fingiendo. Ella, en cambio, gozaba de mi lengua. Empecé a sentir su delgado cuerpo contraerse y supe que se avecinaba un orgasmo. Mantuve el ritmo de mis movimientos y cuando menos lo imaginaba, Estefanía explotó en un squirt en toda mi cara.

Qué delicia. Sus fluidos me cayeron en la boca-y los bebí sin titubear- me empaparon la barba y el pecho, también mancharon la cama. No dejé de complacerla hasta que ella misma fue quien me tomó del cuello y me jaló hacia ella.

—Ven acuéstate sobre mí —pidió entre susurros y mientras recuperaba el aliento.

—¿Segura? ¿No te voy a aplastar? —pregunté.

—No, me gusta sentir tu peso sobre mí después de venirme.

Obedecí. Me puse entre sus piernas y me dejé caer sobre ella. Nos abrazamos.

—Qué rico estuvo, nene —me confesó con otro susurro —me vine delicioso.

—Para eso estoy, corazón —le dije besando su cara.

Mi verga erecta estaba muy cerca de su vagina, y mis ganas de entrar en ella estaban al máximo, pero a pesar de que Estefanía fuese una puta infiel, mi instinto me obligaba a complacerla en todo, quería que esa mujer disfrutara más conmigo que con su marido y para eso, debía tomar las cosas con calma.

Nos quedamos abrazados y besando un rato en silencio y cada cierto tiempo yo me acomodaba entre sus piernas para rozar con la punta de mi verga erecta la entrada de su vagina. Ante cada caricia, ella soltaba un breve suspiro y yo podía notar cómo su coño se volvía a humedecer.

Estaba disfrutando muchísimo del cuerpo de Estefanía y era momento de llevar el placer al siguiente nivel. Tomé mi verga y comencé a pasarla con movimientos lentos y firmes por toda la vagina de mi encantadora Estefanía. Entre muchas cualidades que fui descubriendo en ella, fue su capacidad no sólo para proporcionar sino también para recibir placer. Entrelazó sus manos detrás de la nuca, abrió más las piernas y se dedicó a gozar mis caricias con los ojos cerrados.

—Así, papi, así —suspiró.

La tenía donde yo quería, pero al final un atisbo de responsabilidad se apoderó de mí. Me separé de ella un segundo y me estiré en dirección de la mesita de noche donde había colocado los condones. Al final del día y contrario a mis deseos más básicos, Estefanía era una mujer casada a quien en realidad no conocía y penetrarla sin protección podía traer muchísimos problemas.

—¿Qué haces? —dijo, sorprendida.

—Voy por un condón, mi amor, hay que ser responsables.

Hasta el día de hoy recuerdo a la perfección la escena. Por única respuesta ella sólo me rodeó con sus piernas antes de que pudiera alejarme de ella. Mi verga se abrió paso entre sus paredes tan estrechas que parecía un coño virgen. Llevaba semanas imaginando cómo se sentiría el interior de Estefanía. En mi experiencia las mujeres delgadas tienen vaginas muy apretadas y ella no fue la excepción.

La sensación de las paredes apretadas y húmedas de Estefanía recibiendo mi verga dura como una barra de acero fue maravillosa. El corazón se me aceleró e hice un esfuerzo por no volverme loco de deseo y sólo pensar en mi propio placer. Si quería seguir accediendo a ese tesoro, debía asegurarme que cuando estuviera excitada, Estefanía recurriera a mí y no a su marido. Comencé a bombear suavemente dentro de ella mientras le besaba el rostro.

Quizá habían pasado diez segundos de placer extremo cuando una sensación de culpa me invadió.

¿Qué estaba haciendo? ¿Cogiéndome sin protección a una puta desconocida? Tenía que al menos decir algo.

—Amor, ¿está bien así? ¿Me juras que estás limpia? —pregunté con una mezcla de lujuria incontrolable y pesar en mi voz. Mi mente era una maraña de pensamientos encontrados, en medio del mar de placer extremo existían islas de incertidumbre y culpa. Pronto, la dulce voz de Estefanía me devolvió la paz.

—Claro que estoy limpia, corazón, y confío en que tú también, no tengo motivos para dudar de ti —me explicó con unos ojos llenos de ternura y una boca que clamaba porque me la siguiera cogiendo al natural.

—Te creo, mi amor, gracias por decirme —respondí y volví a concentrarme en el placer.

Hicimos el amor de misionero un buen rato. Me encantaba ver a los ojos a Estefanía mientras la embestía. Lamía sus pezones erectos y besaba su hermoso rostro. Luego cambiamos de posición: me senté a la orilla de la cama y ella se montó en mi verga, controlando el ritmo y la profundidad de la penetración.

—Ay Estefanía, qué coñito tan delicioso —le decía mientras ella rebotaba sobre mi verga, con los ojos en blanco de placer.

—Y es todo tuyo por hoy, mi vida, todo tuyo —me confesó.

Yo no quería que fuera mío sólo un día, pero en algún lado debía comenzar.

Empecé a sentir los espasmos del cuerpo de Estefanía y supe que su segundo orgasmo estaba próximo. Me concentré para no eyacular antes de tiempo, lo cual fue muy difícil considerando que para llegar, mi amada puta aceleró el ritmo, estaba desquiciada, montando mi verga hasta que por fin volví a sentir cómo ella se venía con un segundo squirt, empapando esta vez mis muslos y, naturalmente, mi verga desprotegida. No dejó de cabalgarme hasta que la intensidad de su orgasmo se hubo disipado.

En completa relajación, se tumbó sobre mí, abrazándome como si fuera una niña agotada tras un día de campo. Le dejé la verga adentro y nos quedamos así otro rato, en completa comunión. Estaba logrando mi meta. Al menos eso pensaba, no estaba seguro si dos orgasmos eran una buena cantidad, quizá con su marido se venía cuatro o cinco veces al día, pero lucía satisfecha y eso me hizo sentir bien.

Con delicadeza la volví a acostar boca arriba y me hundí en ella en silencio. En verdad estaba agotada, respondía con ternura a mis movimientos pero había perdido la energía de antes, ahora era mi turno de gozar, interpreté correctamente. Lamí sus pechos, mordí sus hombros, le susurré cosas hermosas al oído. Nos besamos como si yo fuera su marido y ella mi mujer y el ritmo de mis embestidas sin condón fue incrementando poco a poco. Me moría por llenar de mi semen el coño casado de Estefanía.

Seguí bombeando hasta que no pude más y descargué mi espesa carga en ella, como llevaba semanas imaginándolo. Tres chorros potentes de leche que le había guardado y otros dos de menor intensidad, saturaron su vagina comprometida con el semen de otro hombre. Me sentí invencible, todo un semental haciendo mía una mujer ajena.

Ella también disfrutó mucho al sentir mis chorros golpeando sus paredes y rellenándole el coño, me contó algún tiempo después. Sin embargo, ese día y tras unos segundos de placer, reaccionó con alarma.

—¿Qué hiciste? ¿Por qué eyaculaste adentro de mí? No te dije que podías hacerlo —chilló cuando al fin saqué mi verga de su vagina y ella al abrir los ojos vio mi semen escurriendo de ella.

—Me dijiste que todo estaba bien, que me querías sentir sin condón —expliqué confundido.

—Te dije que estaba limpia, no que me estuviera cuidando. No uso ningún anticonceptivo y estoy en mis días fértiles, no dejo ni a mi marido venirse adentro cuando esto ovulando, ¿Qué hiciste?

Mantuve la calma, la situación todavía era solucionable. Le pedí perdón por la confusión y pedí una pastilla de emergencia a través de una app de servicio a domicilio. Aproveché para pedir algo de cenar y serví dos copas del vino que no habíamos tocado en toda la noche.

No me arrepentí de haberla rellenado de mi leche. En todo caso me sentí mal por haberla hecho sentir así. Me tumbé a su lado y comencé a acariciarla y besarla, diciéndole que todo estaría bien y que sin importar lo que ocurriera, yo estaría ahí para ella y me haría cargo de todo.

Mis palabras sinceras la conmovieron y la hicieron sentir mejor. Nos acurrucamos a esperar al repartidor.

—No tienes que cuidarme así, Ernesto, no eres mi marido —dijo con vergüenza al recordar que no había sido su marido quien eyaculó dentro de ella.

—Ya lo sé, y además tiene poco tiempo de conocerte, pero me importas y no quiero que nada malo te pase —contesté.

Su única respuesta fue darme un tierno beso.

Esa noche bebimos, cenamos y se tomó la pastilla. De mucho mejor humor y ya protegidos por el anticonceptivo de emergencia, volvimos a coger dos veces y en ambas eyaculé -una cantidad mucho menor pero aún considerable- en su coñito infiel.

La fui a dejar a su casa de madrugada.

Al bajarse del taxi me dio un beso.

—Me la pasé muy bien, eres un amor, Ernesto. Todo fue perfecto. Por cierto, gracias por la pastilla, voy a aprovechar para que mi marido también me rellene, es justo ¿no? —dijo y cerró la puerta.

Ardí de celos mientras veía cómo entraba a su casa contoneando sus delgadas caderas.

El conductor escuchó y sólo dijo.

—Es lo malo de andar de cabrón, jefe, uno no tiene derecho a reclamar nada, pero piense que ya se divirtió y ya se cogió a la vieja de otro wey.

Al igual que el mesero del bar donde conocí a Estefanía, el joven conductor tenía razón. No tenía derecho a sentir celos ni enojo. Al contrario, Estefanía en apenas la segunda vez que estábamos juntos, me había otorgado su mayor tesoro: el acceso a su coño al natural y la posibilidad de fertilizar sus desprotegidos óvulos.

Tenía que seguir haciéndola mía. Decidí continuar jugando ese peligroso juego con mi deliciosa, divina y infiel puta de mis amores.

Muchas gracias por leer, en breve contaré más veces en que cogí con Estefanía y cómo su marido se dio cuenta, lo cual no salió como yo temía.

Con Jimena también pasaron cosas a la par que igualmente les contaré.

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    Cata Martínez
    Administración de CuentoRelatos

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