No vi a Estefanía por dos semanas y me volví loco. Dejó de contestar mis mensajes y mis llamadas y comencé a imaginar las peores cosas. En la oficina mi humor era pésimo e incluso Jimena lo notó.
—¿Qué te pasa? ¿Estás bien? De por sí tiene meses que no me pelas pero ahora estás siendo grosero conmigo, ¿por qué me tratas así? —me preguntó Jimena un día en el comedor.
—Nada, no me pasa nada —le contesté sin mirarla a los ojos.
—Te ves muy estresado, quizá yo pueda hacer algo para que te relajes.
—Jimena, ya basta, estoy harto de eso. Siempre coqueteamos y cuando por fin te propongo ir a coger, te echas para atrás citando “lealtad a tu marido”, cuando en realidad quieres ser la más puta, sólo que te faltan huevos —exploté.
Los ojos se le inundaron de lágrimas.
—No quise ofenderte, discúlpame. Pero si debes saber, hace unas semanas conocí a alguien y me estoy enamorando, sólo que es casada y no podemos estar juntos, ¿entiendes?
Había herido el orgullo de Jimena al llamarla puta, cobarde y confesarle que ya estaba pensando en alguien más, y sin embargo, en sus ojos vidriosos se asomó un destello.
—Así que también tienes el corazón roto…creo que ambos podemos ayudarnos mutuamente —me propuso ahogando un leve sollozo.
—¿Cómo que también?
Me explicó que había sorprendido a su esposo con otra mujer y le dolía más todavía porque llevaban meses intentando tener un hijo. Incluso ella había comenzado un tratamiento para incrementar sus probabilidades de embarazo.
—No lo puedo dejar, obtuvimos el crédito de la casa en conjunto, además creo que sería un buen padre. Así que sólo pienso darle una lección y te necesito para ello, ¿te interesa?
Acepté sin dudarlo un segundo. Se trataba de uno de los ofrecimientos sexuales más sencillos que había tenido en mi vida. Saliendo del trabajo nos fuimos en su coche a un hotel cerca de su casa. Durante el camino le escribí de nuevo a Estefanía preguntándole si estaba bien. Tenía la esperanza de que contestara y tuviera una excusa para cancelar nuestro plan. Si bien necesitaba tener sexo cuanto antes, pues ante la ausencia de Estefanía, como ya he dicho, había comenzado a enloquecer, pensando en llamar a viejas conquistas e incluso contratar alguna prostituta, me arrepentí casi de inmediato de aceptar la invitación de Jimena, que sólo me quería para vengarse de su marido.
Estuvimos en silencio casi todo el camino, mientras pensaba que quería estar con ella el menor tiempo posible. Entrar, desnudarnos, hacer el foreplay mínimo, penetrarla, eyacular y pedir mi taxi. Ella lucía como siempre, como una bibliotecaria recatada, con un perfume caro y un culo voluptuoso que contrastaba con mi recuerdo de Estefanía y cuerpo delgado y juvenil. Aun así, se veía hermosa y dispuesta a todo.
El hotel que seleccionamos no era tan lujoso como el que frecuentaba con Estefanía, pero cumpliría el propósito. Antes de entrar pasamos a la tienda por una botella de tequila blanco.
Al entrar al cuarto, Estefanía se quitó la blusa, quedándose sólo en falda. Su sostén era verde olivo y contrastaba con su piel muy blanca. También se quitó los zapatos y se sentó en la orilla de la cama, desde dónde me observaba mientras daba pequeños tragos directo de la botella.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó en un intento de tono seductor.
—Sí, me encanta —dije sin mucho entusiasmo.
—Pues ven aquí, mi amor.
Me paré frente a ella, le arrebaté la botella y le dio un largo trago. La tomé del pelo, besé su cuello y su cara mientras masajeaba sus tetas -que eran más grandes que las de Estefanía- por debajo de la tela de su sostén.
—Así, mi amor, así, qué rico —gimió mientras sentía cómo sus enormes pezones se endurecían entre mis dedos.
La puse de pie para poder quitarle la falda y las bragas. Yo también me desnudé. Besé su cuerpo durante algún tiempo sin intercambiar palabras y concentrándome en sus caderas y sus nalgas prominentes, que a decir verdad, me parecían más atractivas que las raquíticas de Estefanía. Le di la vuelta y la llevé hasta el potro, donde la hice empinarse para poner a mi completa disposición ese culo tan enorme. Ella se dejó hacer sin protestar. Pasé mi verga erecta por sus labios mojados para que estuviera bien lubricada a lo que ella respondió con unos suspiros.
La tenía exactamente donde quería y entré en ella sin siquiera ofrecer ponerme un condón.
Tengo que admitir que su coño se sentía muy bien, aunque no se comparaba con el de Estefanía, que era mucho más apretado y además era el coño del que yo estaba enamorado. El de Jimena serviría para calmar las ganas, concluí mientras la embestía con movimientos firmes pero lentos.
—Ay así, papi, me coges mejor que mi esposo —confesó la muy puta —sigue así, así.
Ya he dicho que llevaba semanas de sequía así que al cabo de un par de minutos estuve a punto de eyacular. Aumenté el ritmo a lo que Jimena reaccionó con cierta preocupación. Volteó hacia mí y quiso incorporarse pero yo se lo impedí con mi brazo, la quería tener empinada.
—Papi, ten cuidado, no te vayas a venir adentro…
Fue como si hubiera dicho las palabras mágicas. Comencé a descargar mi semilla en su vagina. Los espesos chorros de mi semen que llevan semanas acumulados le inundaron su infiel coño. Al sentir los primeros lechazos, Jimena soltó un grito de angustia.
—¿Qué haces, Ernesto? Te dije que no te vinieras adentro, ¡salte, salte! —chilló mientras intentaba separarse de mí, algo que no permití. Me aferré a sus caderas fértiles y seguí embistiendo y eyaculando durante algunos segundos más hasta que supe que ya había vaciado toda mi leche en la infiel de Jimena. Su lucha contribuyó a la intensidad de mi orgasmo. En cuanto hube terminado, saqué mi verga y un chorro de mi semilla escurrió de su coño. Ella se llevó la mano a la vagina, tratando de hacer un recuento de los daños.
—¿Qué hiciste? Te dije que estoy tratando de quedar embarazada de mi marido, ¡eres un puto cerdo!
—¿Quieres que tu marido infiel te embarace? No me parece una buena idea. Y menos todavía que decidas irte con un desconocido a coger sin protección cuando estás en un tratamiento de fertilidad. Además, bien que te gustó —espeté con todo el rencor por las semanas en las que había estado de calienta huevos—Mira, no te preocupes —continué —Cualquier cosa, aquí no pasó nada —dije con una sonrisa odiosa y de la cartera saqué un billete de doscientos pesos. Se lo tiré a la cama, a sus pies —Cómprate una pastilla y esto será como si no hubiera pasado. Claro que ahora sé que en realidad eres una putita infiel.
Ella estaba en shock, acostada bocarriba con las piernas abiertas, tratando inútilmente de extraer la mayor cantidad de semen de su coño. Me vestí de prisa, pedí mi taxi por aplicación y antes de salir me acerqué a ella y le robé un beso.
—Te veo mañana en la oficina —dije al cerrar la puerta de la habitación. Me llevé la botella de tequila.
De nuevo en el taxi, me sentí mucho más relajado. Había tenido mi pequeña venganza contra la apretada de Jimena -que en realidad resultó ser una puta de lo más sucia- y por supuesto, había liberado una tensión acumulada durante tanto tiempo. Tenía ganas de llegar a casa a ver algo en alguna plataforma de streaming. Pensaba en qué peli poner ni bien llegando, cuando mi celular vibró con la notificación de un mensaje. Era de Estefanía.
Su primer mensaje fue un saludo y luego un largo párrafo explicando sus semanas de ausencia. Algo que tenía que ver con visitar a su familia en Aguascalientes y un nuevo trabajo.
También decía que me extrañaba y que tenía muchas ganas de volver a sentirme dentro de ella asegurando que “esta vez se podría todo”.
La idea de volver a eyacular dentro de Estefanía me provocó una erección inmediata.
Me pedía que nos viéramos esa misma noche pero me negué; ya había recibido la dosis de sexo que necesitaba, estaba relajado, tenía el aroma de Jimena por todo mi cuerpo, mezclado con el de mi semen y sus fluidos y además no tendría tanta carga para llenar a mi Estefanía. Le propuse vernos al día siguiente y ella aceptó.
—¿Te veo en la tienda de siempre a las siete y de ahí nos vamos al hotel?
—No, guapo —contestó casi en seguida —Te tengo buenas noticias. Mi esposo está de viaje y podemos vernos en calma aquí en casita, ¿Cómo ves?
Por supuesto que acepté y le pedí que tuviera lista algo de hierba para fumar tranquilamente antes de hacer el amor.
—Hecho —fue su respuesta acompañada de un emoji de beso.
Claro que era una mentira, su esposo no estaba de viaje, pero ya les contaré cómo me fue con Estefanía en su casa mientras el marido estaba en la habitación de al lado. En cuanto a Jimena, no me habló durante una semana pero tampoco le dijo a su marido o a la gente de la oficina que me vine dentro de ella sin su consentimiento. Además no es el fin de nuestros encuentros. Hasta la fecha sigo pensando quién habrá sido más puta durante esa época de mi vida, si Jimena la bibliotecaria o Estefanía la bruja sexual.
Muchas gracias por leer, prometo pronto continuar con mis historias.
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