Alquiler compartido (1)

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T. Lectura: 10 min.

Un placer encontrarnos nuevamente mis queridos lectores, sigo buscando un estilo de escritura, en este caso, intentaré dar más detalle a la ambientación, espero les guste.

Como siempre, espero sus comentarios que son de gran ayuda para pulir mi estilo, y de más está decirles que si tienen una fantasía, será un placer convertirla en un relato.

Primera parte: La mudanza

Era un sábado por la mañana cuando llegué al departamento que habíamos alquilado con Matías. Llevaba tan solo una mochila con las últimas pertenencias; el resto había arribado el día anterior: algunos pocos muebles, la computadora de escritorio, la vajilla y los utensilios de cocina que pudimos recolectar, etc.

Verás, con Matías no somos grandes amigos, más bien tan solo conocidos de un curso de la universidad. Sin embargo, nos encontrábamos los dos con el mismo problema: el de la vivienda. Las opciones que teníamos eran claras: cada uno de nosotros podría mudarse a un departamento de un único ambiente, compartiendo sala, cocina y dormitorio en el mismo lugar. La alternativa era aunar esfuerzos y alquilar entre los dos un departamento de tres ambientes que nos permitiría disfrutar de un poco más de espacio. Además, compartiendo de esta forma los gastos, estaríamos un poco más desahogados con el dinero.

Así, nos dedicamos a buscar un departamento que cumpliera con nuestras expectativas. No creas que fue sencillo, más bien al contrario. Debía estar cerca de la universidad, en lo posible con ambientes amplios, el presupuesto debía estar a nuestro alcance y los gastos de mantenimiento debían ser bajos, etc.

Luego de muchos días visitando departamentos, por fin nos decidimos por uno que cumplía al menos gran parte de nuestras pretensiones. Comenzamos a llevar poco a poco durante la semana todas nuestras pertenencias y hoy era el gran día: finalmente nos estábamos instalando.

En ese momento establecimos lo que para nosotros eran reglas claras de convivencia:

  1. La sala y la cocina eran unos espacios comunes.
  2. Cocinaríamos un día cada uno alternativamente.
  3. Debíamos mantener ordenados y limpios estos espacios comunes.
  4. Las habitaciones eran un reducto inviolable de cada uno de nosotros.
  5. No se permitían las visitas ni de amigos ni de novias sin previo consentimiento.

Acomodamos los muebles: en la sala, un sofá de dos cuerpos justo frente al televisor; al lado, bajo el ventanal, una mesa de un metro de lado con cuatro sillas. En la cocina solo había espacio para la vajilla y una pequeña mesada sobre la cual cocinar. Agregamos un estante con un pequeño horno de microondas que Matías había conseguido de segunda mano.

En mi habitación, que era bastante amplia, tan solo una cama de una plaza y un pequeño escritorio donde podía trabajar con mi laptop. El ropero era amplio y, teniendo en cuenta que mi ropa era escasa, realmente me sobraba lugar.

—Bueno, mucho mejor que un solo ambiente —murmuré para mí mismo. Al fin y al cabo, mi habitación, lo mismo que la de Matías, casi tenía las proporciones de un pequeño departamento: unos cuatro metros por cuatro metros y medio, más que confortable para una sola persona.

Se estableció entonces una rutina. Por la mañana yo tomaba el desayuno y me dirigía al trabajo. Desconocía en qué trabajaba Matías; fuese lo que fuese, le permitía dormir hasta tarde y era muy difícil verlo levantado antes del mediodía. Por las tardes concurríamos a la universidad y por las noches uno de los dos, de acuerdo con el turno correspondiente, preparaba la cena.

Yo me sentaba entonces frente al televisor a mirar una serie u ocasionalmente una película. Sin embargo, invariablemente lo hacía solo: terminaba de cenar y Matías inmediatamente se levantaba, se despedía con un lacónico «Buenas noches» y se encerraba en su habitación. Supuse que dedicaría las noches a estudiar, preparándose para los exámenes.

Todo fue perfecto durante casi seis meses, momento en el cual me informaron en el trabajo que prescindirían de mis servicios debido a una «reestructuración de personal». ¿Por qué siempre utilizan ese eufemismo para decir amablemente que ya no pertenecía más a la empresa? En fin, no había demasiado que decir al respecto. Cobré la indemnización correspondiente, pensando que al menos me permitiría sostener mi parte de los gastos por dos o quizá tres meses hasta que encontrase un nuevo empleo.

Matías, al saber la noticia, se comportó realmente como un amigo. Me dio la consabida retahíla de frases hechas: —Pero qué hijos de puta.—No te preocupes, dentro de poco vas a estar trabajando nuevamente.—Con tu capacitación va a ser fácil conseguir otro empleo, etc.

Pese a todas las buenas intenciones de Matías y a todo mi empeño, pasaron casi tres meses de enviar currículums, de pasar por entrevistas, de esperanzarme pensando «di una buena impresión», «aquí seguro me contratan», pero nada. Mis ahorros, producto de la indemnización, ya habían llegado a cero. Así que, directamente una noche durante la cena, le dije a Matías:

—Creo que deberás buscar otro compañero para que te ayude con el alquiler.

—¿Por qué?

—Bueno, ya casi no me queda dinero. Tendré que volver con mis padres y tú necesitas a alguien con quien compartir gastos.

—Ni lo sueñes. Nos llevamos bien, tenemos una rutina perfecta, no me voy a arriesgar con alguien que no conozco.

—¿Me has oído? No tengo más dinero.

—Te oí perfectamente. No te aflijas, tengo algunos ahorros y podré solventar los gastos por un par de meses hasta que consigas algo.

—No te puedo pedir eso.

—Cuando consigas algo me lo puedes devolver poco a poco. Siempre es mejor que arriesgarme a vivir con alguien que deje todo sucio y desordenado, o peor aún, que no sepa cocinar.

Aquí tenía un punto: habíamos entablado una rutina en la que armonizábamos perfectamente y debo decir que las habilidades en la cocina de Matías eran prácticamente nulas. Si fuera por él, creo que ya habríamos muerto de hambre o intoxicados hace tiempo.

—Está decidido —me dice—. Yo solventaré los gastos mientras pueda y tú, hasta que encuentres trabajo, te ocuparás de mantener la casa y cocinar.

—Bien, será solo temporal, solo hasta que consiga un empleo.

Aún hoy recuerdo esa conversación. Me oía a mí mismo tan seguro, tan confiado de conseguir algo.

No sabía lo equivocado que estaba.

Pasaron tres meses más y yo seguía buscando ya cualquier cosa que me permitiera ganar algún dinero. Sabiendo que los ahorros de Matías se estaban terminando, mi sentimiento era de culpa —al fin y al cabo yo era el responsable de la situación—, algo de odio también hacia la vida que me había puesto en esta situación y, finalmente, desesperanza porque, pese a todos mis esfuerzos y la buena voluntad de mi compañero, terminaría todo como había empezado: yo volviendo a la casa de mis padres y Matías buscando alguien con quien compartir gastos.

Una noche, sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar. Luego de cenar, Matías como siempre fue hasta su cuarto y yo me dediqué primero a lavar los platos y ordenar la cocina. Con el correr del agua, sin embargo, me dieron ganas de orinar. Me dirigí entonces hasta el baño y noté que la puerta de la habitación de mi compañero no estaba completamente cerrada, sino simplemente entornada.

Lo que vi me dejó de una sola pieza. Ahí estaba Matías, pero no era la persona que yo conocía. Estaba mirando a una rubia despampanante, con maquillaje intenso, aros, pulseras y collares. Tenía ropa interior de color rojo, un portaligas en su cintura que sujetaba unas medias de nylon color natural y remataba el atuendo con unos zapatos del mismo color con un taco aguja de al menos doce centímetros.

La cámara web estaba encendida y él (ella en realidad) ensayaba distintas poses para un público para mí desconocido. Intenté no hacer ruido y continuar mi camino hasta el baño, sin mucho éxito debo decirlo, ya que en cierto momento giró su cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Él sabía perfectamente que lo estaba contemplando.

No sabiendo qué hacer, volví a la sala, encendí el televisor y me dispuse a mirar una película, sin éxito alguno debo decirlo. Las imágenes de mi compañero acudían una y otra vez a mi mente: su lencería, sus zapatos, el maquillaje exquisito que ocultaba por completo su naturaleza masculina, transformándolo en una mujer espectacular.

No tengo en claro qué hora sería, quizá las tres o cuatro de la mañana, mientras continuaba mirando sin ver la televisión. Se abre la puerta del cuarto de Matías y emerge ella (no podía llamarla de otra forma), caminando por el pasillo. Siento el golpeteo de sus tacones acercándose, pasa frente a mí y, tomando una de las sillas, se sienta en ella cruzando las piernas.

Estaba descaradamente exhibiéndose frente a mí. Apagué el televisor y me dediqué a contemplarla con detalle. No podía creer que semejante mujer era, hasta hace unas pocas horas, mi compañero de cuarto. Su cabello rubio (peluca en realidad, supongo) caía sobre sus hombros, el maquillaje era sencillamente exquisito, su sostén contenía un par de prótesis mamarias de aspecto natural —de hecho, se podían percibir los pezones a través de la tela—, las uñas que antes no había visto eran largas y pintadas de color rojo al igual que sus labios. Los zapatos de color rojo tenían un taco imposiblemente alto y sujetos con una especie de pulsera alrededor del tobillo.

—Bueno —dijo con una voz pausada, baja y seductora—, creí que era hora de presentarte a Marisa.

Directamente no supe qué contestar. Simplemente me limité a contemplarla sentado en el sofá, solo con ropa interior.

—No es necesario que contestes nada —dijo mientras se levantaba y caminaba contoneándose para sentarse al lado mío—. Tu amiguito ha contestado por vos.

Esto era evidente: por debajo de mis calzoncillos se podía percibir mi erección.

Sentí su pierna derecha, enfundada en un par de medias, rozando contra mi pierna izquierda (ella estaba sentada a mi derecha). Su mano se deslizó por debajo de mi ropa interior, liberando mi pene y comenzando a masturbarlo lentamente.

—¿Te gusta? —me preguntó.

¿Si me gustaba? Me estaba matando de excitación. No sabía si me estimulaba más el ver su mano con esas uñas masturbándome, el roce de su pierna contra la mía, la suavidad con que me masturbaba o su voz. Por favor, cómo conseguía esa voz; solo de oírla ya me transportaba a un mundo lleno de placeres.

—Tengo que confesarte algo —me dice.

¿Confesarme algo? ¿Qué otros secretos guardaría mi compañero de cuarto?

—Dejé la puerta abierta adrede. Quería que me vieras y me conocieras.

—El hecho es que me gano la vida como modelo de cámara web. Todas las noches me transformo y varios clientes pagan para ver el contenido que genero.

—Perfecto —fue lo único que pude responder, perdido en la variedad de sensaciones que me inundaban.

—A veces solo pagan por ver, otras me piden que haga ciertas cosas a cambio de tokens.

—¿Tokens?

—Sí, es una especie de moneda de intercambio que luego cambio por euros.

—Ajá.

—El hecho es que algunos de mis clientes habituales me están solicitando que introduzca una pareja en las representaciones. Y he pensado que vos serías la persona ideal.

—¿Yo? Imposible.

—Sí, vos. Al fin y al cabo, estás sin trabajo. Compartiríamos las ganancias.

—Pero me verían todos. Imposible.

—Eso es lo de menos. La gente que me visita no pertenece a ningún círculo de conocidos nuestros. Además, hay maneras de que no te reconozcan.

—¿Pero qué tendría que hacer?

—Lo mismo que ahora, solo que frente a una cámara. ¿No te gusta acaso?

—Me encanta. Tienes una voz deliciosa y tus manos son divinas.

—Entonces, ¿tenemos un trato? Si quieres seguimos discutiendo o puedo hacer que termines.

Desesperado como estaba, mi única respuesta fue:—Tenemos un trato.

—Buen chico —e incrementó el ritmo hasta que tuve un orgasmo.

Ella, en ese momento, llevó su mano hasta su boca y comenzó a lamer mi semen de sus dedos. En ese momento creí que tendría otro orgasmo solo de verla.

Segunda parte: El debut en video

Al día siguiente no fuimos a la universidad, ya que Matías me había dicho que debíamos prepararnos para mi debut.

—¿Prepararnos? —le pregunté.

—Sí, por supuesto. Espera un momento, primero voy a producirme.

Me quedé sentado en la sala mientras dudaba de mi elección. ¿La excitación del momento me había llevado a aceptar la propuesta? Por otra parte, era una fuente de ingresos. ¿Qué cosas tendría que hacer frente a la cámara? ¿Alguien me reconocería?

Estaba sumergido en estas cavilaciones cuando apareció Marisa, una verdadera diosa sexual. Ahora lucía una peluca negra, maquillaje intenso, ojos oscuros delineados como una gata, labios pintados de color vino tinto, las uñas largas haciendo juego, un corsé de cuero que sujetaba las medias negras de nylon con ocho portaligas, botas de caña alta hasta la rodilla con un taco imposible y, por supuesto, un busto que no podía ser más realista.

—Bien, mi amor, ahora te toca a vos.

—¿Qué tengo que hacer?

—Primero vas a ir al baño y vas a afeitar todo tu cuerpo. No quiero ver ni un solo cabello cuando termines.

—¿Es necesario?

—Definitivamente. A los hombres que me visitan les gusta que estés bien depilado. Hay otros que prefieren con mucho vello corporal, pero no es el caso.

Resignado, fui hasta la ducha y comencé la tarea de afeitar todo mi cuerpo. Te puedo asegurar que no es para nada una tarea sencilla. Si bien soy naturalmente bastante lampiño, al afeitar mis piernas los pelos se amontonaban en la maquinilla, teniendo que enjuagarla y limpiarla constantemente. Finalmente, al cabo de media hora aproximadamente, emergí y me presenté desnudo frente a ella.

—A ver —dijo mientras me examinaba—. Te quedó un poco aquí en la cola, ven que te ayudo.

Cuando estuvo satisfecha, me guió hasta su cuarto, al cual nunca había ingresado.

—Ten, ponte esto —me dijo dándome un complicado arnés de cuero.

Con su ayuda pude colocármelo. No tenía ninguna funcionalidad ya que dejaba expuestos mis genitales; simplemente eran tiras de cuero que rodeaban mi tórax, mi cintura y levantaban mis glúteos. Luego me alcanzó una máscara de látex, la que me ayudó a colocar también. Era negra, por supuesto, y solo tenía orificios para mis ojos y mi boca, cubriéndome por completo la cabeza.

Bueno, por lo menos ahora estaba completamente seguro de que nadie me reconocería.

—Y ahora, el toque final —dijo mientras colocaba en la base de mi pene un dispositivo que luego supe se llamaba anillo de pene—. Esto garantiza que tu erección sea más prolongada y que tardes más tiempo en llegar al orgasmo. No queremos que eyacules a los diez minutos de comenzar la función.

Luego procedió a colocar un dispositivo igual en sus propios genitales. Acto seguido, accedió a la plataforma, encendió la cámara y nos dedicamos a esperar.

—¿Y ahora? —pregunté totalmente ignorante de este mundo.

—Ahora esperamos. Primero llegarán los curiosos y luego, poco a poco, aquellos que estén dispuestos a depositar algo de dinero. Mientras tanto, tenemos que ofrecerles algo.

Dicho esto, colocó lubricante en su mano y comenzó a masturbarme lentamente.

—Vamos, no seas tímido, haz lo mismo. Tenemos que atraer al público.

Poco a poco la sala comenzó a concurrirse. Algunos preguntaban, otros hacían comentarios, hasta que finalmente apareció un mensaje.

—Hola bonita, ¿este es tu esclavo?

—Sí, así es.

—¿Cómo se llama?

—Los esclavos no tienen nombre.

—Buena respuesta. Me gustaría verlo con una mordaza en la boca, ¿es posible?

—Si el contador llega a 100 tokens no hay problema.

¿Como que no hay problema? ¿Estaban hablando de mí? ¿No tenía nada que opinar?

El contador empezó de a poco a incrementarse. Uno de los participantes depositó 10 tokens, otro 20, algún tacaño solo cinco. De cualquier forma, la cifra se aproximaba rápidamente a lo que Marisa había solicitado y en poco tiempo ya estaba en el valor requerido.

—El público manda —me dice mientras se dirige al ropero y de uno de los cajones toma una mordaza de bola, la que coloca en mi boca ajustando las correas por detrás de mi nuca.

—Perfecto —dice el primer hombre del chat—, me fascina ver a un esclavo amordazado. Me gustaría ahora ver cómo te masturba.

—No hay problema. Aquellos que quieran ver cómo mi esclavo me masturba podrán hacerlo cuando se sumen otros 100 tokens.

Otra vez el contador comenzó a incrementarse. En pocos minutos llegó a los 200 tokens y Marisa me dice:—Ya sabes lo que tienes que hacer.

Me coloqué lubricante en las manos y comencé a masturbarla muy lentamente, recordando que todavía no debía provocarle un orgasmo (creía que ya estaba comprendiendo la dinámica de provocar, esperar que los participantes aporten y luego conceder la fantasía).

Otro de los participantes comenta:—Me gustaría ver a tu esclavo con un plug anal.

—Todavía no —respondió ella—, verán, este esclavo está en entrenamiento y además es virgen. Como comprenderán, el verlo con un plug por primera vez será todo un acontecimiento. Si lo desean, en cambio, por otros 50 tokens puedo mostrarles cómo uso uno yo.

Un plug dentro de mi ano. Un acontecimiento, estaba hablando. De pronto sentí que la idea de participar no era tan buena. Inevitablemente, mi cola sería penetrada tarde o temprano.

El contador por supuesto comenzó a incrementarse una vez más hasta llegar al número solicitado. Marisa entonces tomó del armario un plug que luego supe era una joya anal y dirigiéndose a mí:—¿Me ayudas? El público espera.

Tomé la joya anal, la lubriqué y luego de posicionarse de forma tal de mostrar la entrada de su ano, comencé a introducirla lentamente: primero un poco, luego retirarla, luego volver a colocarla un poco más. Todo acompañado por gemidos y pedidos de Marisa:—Sí, por favor, cómo me gusta. Hay que conseguir uno más grande. Algún día tienes que probar esto.

Todas estas cosas no sé si eran verdad o una puesta en escena para el público que nos estaba mirando. El resultado de cualquier forma fue que los tokens comenzaron a incrementarse.

—Ahora caballeros, para el fin de fiesta, por 200 tokens más verán cómo mi esclavo termina en mi cara y cómo él me ayuda a terminar.

Tengo que aclarar que los tokens aparecieron como por arte de magia. Marisa entonces se arrodilla entre mis piernas, posiciona la cámara de forma de presentar su rostro y comienza a besar mis genitales. ¡Ay madre mía, qué boca tan deliciosa! Al poco tiempo no pude contenerme más y, al avisarle, ella se retira y ofrece su rostro para que me derrame sobre él, cosa que hice casi inmediatamente.

—Delicioso, ¿verdad? —dijo mirando a la cámara.

Luego me pidió que la masturbara hasta que ella también tuvo su propio orgasmo.

—Bueno caballeros —dijo a la cámara—, ha sido un verdadero placer. Recuerden que mañana, si lo desean, continuamos con la educación de mi esclavo.

Entonces apagó la cámara.—Estuviste excelente para ser tu primera vez. Poco a poco te irás soltando.

La verdad tenía miedo de lo que significaban sus palabras.

—Alégrate, hicimos casi setecientos tokens. Considera que cada token es aproximadamente un euro. La plataforma cobra un cinco por ciento de comisión, así que ha sido una noche excelente.

—Casi lo olvido, discúlpame. Estaba tan emocionada que olvidé quitarte la mordaza. Quédate con el arnés, mañana lo usarás de nuevo.

Asentí, ya resignado con todos los sucesos, y me retiré a mi habitación con la esperanza de poder dormir algo.

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