Ana, esposa amante (2): Conociéndonos mejor con mi vecino

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Como os conté en mi primer relato, yo nunca había sido infiel a mi marido hasta esa vez que estuve con mi vecino Álvaro. Y la verdad es que, aunque lo había pasado muy bien con él, descubriendo una intensidad de placer que jamás había conocido, me sentía mal por haber engañado a Roberto. Así que me propuse no volver a cometer nunca más ese error. Por el contrario, estuve muy atenta con mi esposo e intentaba provocarle deseo con ropa sexy, con gestos o palabras sensuales, pero él ni caso, aparte de hacerme el amor una vez al mes o menos.

Eso no colmaba para nada mi apetito sexual y a diario me masturbaba con mi consolador rosa y siempre pensando en el día que estuve con mi vecino. A veces mi marido y yo encontrábamos a Álvaro en la escalera y nos saludábamos amablemente. Él me miraba disimuladamente, en ocasiones me guiñaba un ojo, me mandaba un besito, se mordía los labios… un día incluso me sacó la lengua lascivamente. Pero yo nunca le devolví ninguno de esos gestos, aunque enseguida que podía, cogía mi consolador y me masturbaba intensamente pensando en él.

Un día, hace poco, iba sola cuando Álvaro se hizo el encontradizo y me pidió por favor que le visitara, que me echaba mucho en falta, pero yo le dejé claro que no, que gracias, pero que una vez y no más santo Tomás.

Hasta que ayer llegó mi marido del trabajo y se sorprendió al encontrar unas braguitas mías colgadas por la parte de fuera de la puerta de nuestro piso, con una nota anónima que decía “gracias, corazón”. Era el tanga blanco de encaje que había dejado prestado a Álvaro, como recuerdo mío y de nuestro encuentro. Mi esposo dijo que no entendía qué hacían mis braguitas en la puerta ni qué era esa nota. Yo, ruborizada y nerviosa, enseguida se me ocurrió una excusa, para salir del paso. Le dije que bueno, que había dejado unas braguitas a mi amiga Míriam, que le vino la menstruación por sorpresa y que había manchado sus bragas.

Estaba cerca de nuestra casa, así que vino a pedirme si le podía dejar unas porque precisamente iba a una cita con un chico con el que tenía puestas muchas esperanzas y no quería ir con unas bragas manchadas. Y cuando Roberto me dijo que por qué me las devolvió sucias, yo le dije que si es que las había olido y él me dijo que sí y que se notaba el olor a sexo femenino. Y que a ver si no puede oler las bragas de su mujer y que Míriam era un poco cochina por no haber lavado las bragas antes de devolvérmelas y que por qué me las dejó en la puerta.

Yo le contesté que debió de venir cuando no estábamos en casa y que yo no las vi al volver porqué entré por la puerta, la de la escalera que da al jardín. Él me dijo que lo entendía, pero repitió que vaya puerca estaba hecha Míriam.

Me enfadé tanto con Álvaro y a un tiempo me asusté tanto con su acción, que decidí irle a ver y dejar las cosas claras. Aprovechando que yo me quedaba en casa ayer viernes, cuando a las ocho Roberto se fue, llamé al timbre de nuestro vecino y crucé los dedos para que estuviera en casa y sí, me abrió la puerta. Él vestía solo una camiseta y unos calzoncillos.

-Oh, vaya, volveré luego, cuando te hayas vestido, Álvaro.

-No, mujer, no hace falta, hay confianza.

-No, no, bueno, solo venía a decirte que te has pasado con lo de las braguitas. ¡Las encontró mi marido en la puerta!

-Bueno, mujer, te las quería devolver en mano, pero como no has vuelto a mi piso…

-Lo que has hecho es muy peligroso. ¡Yo quiero mucho a mi marido y nunca me perdonaría darle un disgusto!

-Ya, bueno, no te preocupes. Ya está. Por fin has venido.

-Solo vine a decirte que nunca más hagas nada que me ponga en un compromiso. Y ya está. Ya me voy.

-Ya, entendido. Pero… ¿Para decirme eso me has sacado de la cama?

-Bueno, quería dejar las cosas claras enseguida.

-¿Y para eso has venido vestida así?

-Vine al momento que se fue Roberto, tal y como iba vestida en casa, no hacía falta cambiarme de ropa solo para cruzar el rellano y decirte lo enfadada que estaba.

-Ya, ya, pero, aun así… ¡Vistes un camisón negro muy transparente y muy corto!

-Es un babydoll, me gusta vestir así para mi esposo. ¿Es que acaso no te gusta?

-No, no, al contrario. ¡Estás muy, muy atractiva!

-Bueno, gracias, eres muy amable – ruborizándome.

-Y además, veo que el tanguita negro es minúsculo.

-Ay, Álvaro, por favor, no me mires tanto. El conjunto es así, de fantasía.

-¡Y que no llevas sostén!

-Es que… para ir por casa… y así, con el calor de verano…

-No, no, si está muy bien. Solo que, claro… ¡Se te transparentan tanto las tetas, hmmm!, ¡Y los pezones que… bueno… mira cómo estoy! – señalando sus calzoncillos.

-¡Oh, Roberto!

-¡Es que tu cuerpo me pone a cien, solo verlo!

-Ya, ya, pero… es que, a aparte del gran bulto, ¡estás mojando los calzoncillos!

-¡Pues claro! No te extrañe, mujer. Es lo que pasa cuando… oh, Ana ¡si tú estás mojando el minitanguita!

-¡Ay, no mires! ¡Me voy!

-¡No, no, espera, solo un momento! Mira, si te quedas solo un ratito y tomamos una copa juntos, de verdad que te dejaré ir y nunca más te molestaré.

-Sería peligroso quedarme, Álvaro, ¡ya ves cómo me pones! – señalando a mis pechos con los pezones erguidos a través de la fina tela del picardías.

-Sí, estás muy excitada. Va, ven, mira, va, una copita y punto.

-No… ay, no sé. Venga, va, si insistes…

-Mira qué compré para ti. ¿Te gustan? Son para jugar. ¿Ves?

-¡Oh, qué bonitas así tan de color rosa!

-Sí, hacen juego con el lacito de tu… babydoll, dijiste que se llama el camisón transparente, ¿no? Y con el lazo del tanguita, también rosa.

-Sí, me gustan esos detalles rosas. Pero no, no quiero saber nada de estas esposas.

-No te preocupes, mira ¿ves? ¡No dan ningún dolor! – las cierra en la muñeca de mi brazo izquierdo y en la pata de la mesa.

-¿Eh? Pero… ¡Ya está bien! ¡Abre las esposas! ¡Me voy a ir!

-Mujer, Ana, no las voy a abrir para que te vayas. Mira, es un pequeño castigo por haber tardado tanto en volver a venir a verme.

-¡Estoy casada, Álvaro! No quisiera arriesgarme. ¡Quiero a mi marido!

-Lo sé, lo sé. Lo comprendo. Pero eso no quita que podamos pasar un rato juntos, tú y yo. ¡Él no está en casa y sé que no vuelve hasta las ocho!

-¡Déjalo, Álvaro! Basta de jueguecitos. ¡Abre las esposas! – forcejeo, atada a la pata de la mesa. – ¡Sácamelas!

-No es un jueguecito. Es un pequeño castigo. Y para asegurar que no te vas a ir. Lo que te voy a sacar son las minibraguitas, que además están empapadas de tu flujo. ¡Hmmm, que bien huelen! ¡Y qué bien saben! – las lame con placer.

-¡Ya está bien, Álvaro! ¡Te estás pasando! – suspira ya sin bragas y sujeta con las esposas a la pata de la mesa.

-Mira, Ana, yo estoy muy excitado, y tú es evidente que también lo estás. Pues eso tiene solución – me abraza y se pega a mis pechos.

Me da un beso en los labios, me acerca su lengua, pero yo cierro con fuerza la boca, juega con su lengua en mis labios hasta que yo abro un poquito los míos y él aprovecha para entrar hasta el fondo de mi garganta, mi lengua juega con la suya, con sus dientes, con sus labios, le beso apasionadamente, y él me agarra con fuerza las nalgas y acerca mi sexo a su pene y se baja los calzoncillos, se los quita, me los acerca a la cara.

Yo los huelo y me gusta el olor a su sexo, los lamo, los beso, los muerdo y noto que él se excita todavía más y la punta húmeda de su larga y empinada verga moja la parte de debajo de mi babydoll y luego mi barriguita hasta que ya no puedo resistir más y la acompaño hasta mis labios vaginales y me penetro hasta el fondo y juego con ella en mi coño como hago con el consolador rosa mientras le beso con fruición y tengo un gran orgasmo acompañado de una eyaculación vaginal que riega la camiseta y las piernas de Álvaro.

Con placer noto que su polla crece todavía más dentro de mí y empieza a meterla y a sacarla y yo me corro incontables veces y él me mama las tetas y me las muerde suavemente y hace ventosa y yo me doy cuenta de que me va a dejar marca en la piel, pero en ese momento no me importa y le doy mis pechos, todos para mi amante, y él se separa unos instantes de mí y yo lo echo en falta al momento y veo que toma su teléfono móvil y me lanza flashes al hacerme fotos por delante, por detrás, por arriba, por abajo y yo me excito al saberme tan admirada y él me enseña las fotos y me dice lo guapa que estoy y sí, yo me veo como una diosa del amor, con el sexo mojado, con los pechos enrojecidos y los pezones muy erguidos, con la cara de viciosa al tiempo que ingenua.

Él dice que me va a hacer otro regalo y me trae una cajita del que saca una joya, pero que en realidad es un tapón anal y yo le digo que qué es y él me dice que me va a gustar y primero me lo hace sorber y luego me lo introduce en la vagina, para que se humedezca y yo no puedo soportar tanto placer y me corro y lanzo toda mi ambrosía a Álvaro que se quita su camiseta y va esparciendo mi squirt por su cuerpo y luego me quita el tapón del chocho y me penetra el culo con él y yo siento placer y dolor a un tiempo mientras él me vuelve a fotografiar, ahora especialmente el culo y el plug y me dice lo sexy que estoy y la cara de guarrita inocente que tengo y yo me excito con esas palabras y él me vuelve a llamar guarra y después puta y me penetra con fuerza.

El tapón me llena el ano y la verga de mi vecino me folla por la vagina. Siento mucho placer y él también porque, al cabo de pocos minutos, se corre en mí y yo junto mis eyaculaciones a la suya y él prepara el móvil para que haga fotos automáticamente mientras me folla hasta que su pene está demasiado flácido. Después yo se lo chupo con habilidad y deseo y él me fotografía mientras se la mamo y vuelve a empinársele hasta que se corre en mi boca y yo me corro con su mano acariciándome el clítoris empapado, sensible y respingón. Yo le voy masturbando para que crezca su pene y pueda darme más y más placer. Y así, horas y horas.

-Álvaro, ya ves que me lo he pasado en grande, pero llevamos todo el día follando, mira la hora que es, debo irme a casa, mi marido ya vendrá pronto.

-Tranquila, Ana, yo todavía no tengo suficiente y tú tampoco.

-Me das mucho placer y nunca pararía de hacer el amor contigo, pero… ya sabes, estoy casada, son más de las siete y Roberto no suele venir nunca más tarde de las ocho. Debo irme y prepararme para cuando venga, que me encuentre arreglada y en casa.

-Mira, Ana, te vas a ir cuando yo lo decida. ¡Para eso son estas esposas que tanto te han gustado!

-Bueno, tiene su morbo lo de las esposas, pero ya está, mis obligaciones de esposa son lo primero. ¡Abre las esposas, por favor!

-Sí, pronto, pero antes… ¡chúpame la polla! ¡Sé que te encanta!

-¡Claro que me gusta, ya lo has visto! ¡Tan larga! ¡Y sabe muy bien!

-Pues va ¡chupa, mamona! – y me la mete hasta el fondo aunque solo me cabe la mitad y la otra mitad la agarro con las dos manos y la acaricio, la introduzco más adentro, la saco un poco, la vuelvo a meter, y él me manosea los pechos y mueve el tapón anal dentro de mi culo y yo vuelvo a correrme y él me acaricia el clítoris y yo me vuelvo loca y le lanzo unos buenos chorros de squirt y él acompaña mi cabeza para que la mamada sea más placentera y se corre en mi boca y yo trago todo su semen porque es lo único que he tomado durante todo el día y él se bebe mi squirt y me dice que es el mejor caldo que jamás probó.

Después se pone detrás de mí y me dice que me va a reventar el culo y yo le digo que no creo porque lo tengo muy dilatado, ya que he tenido insertado el tapón anal todo el día y me contesta que su polla es mucho más larga que el plug y yo le digo que vale, pero que no es tan gruesa y él se pica y me dice que soy una putita y que me va a dar por culo y me saca el plug y me penetra con su verga y entonces oímos que mi marido abre la puerta de casa y la cierra y Álvaro dice que ya llegó el cornudo y que eso todavía le excita más.

Y es verdad porque noto como crece dentro de mí y como lanza toda su leche en mi culo y yo tomo la que puedo y me la llevo a la boca notando un buen sabor, sabor de polla, de semen y de mi culo y prepara de nuevo el móvil y va fotografiando automáticamente mientras me encula y eso me excita tanto que no puedo evitar tener más orgasmos y gritar de placer.

Cuando ya son las diez de la noche, después de catorce horas de sexo continuo, Álvaro me deja su móvil y me dice que llame a Roberto para avisarle que llegaré tarde a casa, pero me hace hablar mientras le hago una mamada.

Y Roberto dice que qué pasa, que casi no entiende lo que digo y yo me invento que estoy cenando con Míriam y que luego le contaré y Roberto me pellizca las tetas hasta que no puedo evitar decir un “ay” que llega a oídos de mi marido y me dice que qué pasa y yo que nada, que debe tratarse de una interferencia y él que bueno, que ya hablaremos pero que le disgusta que haya ido a cenar fuera sin habérselo dicho antes y yo con la boca llena del pene de mi amante que sí Roberto que perdone amor que tiene razón, pero Álvaro me acaricia tan bien el clítoris que no puedo evitar correrme y lanzar gemidos, grititos y suspiros hasta el teléfono de mi marido.

A las doce de la noche Álvaro, exhausto de tanto placer, me libera de las esposas y me dice que vale, que ya puedo volver a mi casa y que vuelva pronto, pero que mientras no lo haga mirará las fotos para recordar ese día de tanto amor conmigo.

-Pero Álvaro, ¿cómo puedo volver así a mi casa, vestida solo con el picardías y el minitanga?

-Bueno, con el minitanga, no, que me lo quedo.

-¿Qué? ¿Quieres que entre a mi piso con el babydoll manchado de mi squirt y de tu semen y además sin bragas ni sostén?

-Eso es cosa tuya. ¿No me has dicho por la mañana que vas así por casa?

-Ya, pero la verdad es que te engañé. Me puse así para ti. Quería gustarte.

-¡Lo sabía! ¡Eres una putita! ¡Querías excitarme! ¡Querías que te follara!

-En el fondo, sí, tienes razón. ¡Desde que estuvimos juntos, que solo pienso en estar contigo, en que me hagas de todo!

-Vaya cerda estás hecha!

-¡No digas eso, nunca había sido infiel a mi marido! Pero es verdad que tú… no sé… es una locura. Bueno, debo irme. Ay, qué apuro, de verdad, ¡cuando Roberto me vea aparecer así! ¡Por lo menos, dame las braguitas!

-No, eso es innegociable.

No os cuento la bronca que tuve al llegar a casa, tan tarde y casi desnuda. Inventé todas las excusas que se me ocurrieron, dando la culpa a Míriam, pero ninguna convenció a Roberto, que estuvo de morros durante michos días y sin tocarme ni un pelo durante semanas, ni el coito mensual. Pero la verdad es que el día que pasé con mi vecino valió mucho la pena y solo pienso en cuándo podré repetirlo. Ya os contaré, si os apetece saberlo. Ya me diréis.

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