Era un viernes de fiesta que por fin había llegado. Música, botellas, buen ambiente y todo pintaba para ser una gran noche. Ese día cumplía 30 años Joanna, una buena amiga de mi juventud. Como me tenía mucha confianza, me pidió ayuda con la organización: desde la decoración hasta las actividades y la preparación de las bebidas.
La tarde avanzaba y, antes de irse a maquillar y arreglar, Joanna me pidió un último favor: que ayudara a entregar las pulseras de entrada a sus invitados, ya que la fiesta sería en la recepción de un club exclusivo al sur de la CDMX.
Entre risas, me dijo que me daba esa misión por si quería ligar con alguna de sus amigas y pasar la noche bien acompañado. Como ya iba arreglado, acepté encantado y le agradecí el gesto de complicidad.
No me considero feo; al contrario: joven, atractivo, con buen trabajo y algo atlético. A pesar de eso, recién había terminado una relación breve pero intensa y aún me sentía un poco triste. Joanna lo sabía y por eso me puso en la entrada, para animarme un poco con las invitadas.
Los invitados comenzaron a llegar. Un grupo de cinco amigas de Joanna, muy atractivas y simpáticas, se puso a platicar conmigo. Una de ellas, Diana, me echó el ojo de inmediato y me propuso irnos juntos. Le pedí que me esperara diez minutos mientras terminaba de repartir las últimas pulseras. Ella aceptó y me dijo al oído con picardía: “Te veo junto a la barra “.
Satisfecho por haber conseguido compañía, estaba a punto de moverme cuando bajó de un auto una chica espectacular: cabello negro, vestido azul corto y escotado que dejaba ver sus senos firmes, piel morena clara y un bolso en forma de gato. Se llamaba Anahí.
Pensé que iba a otro evento del club, pero se acercó directo a mí:
—¿Tú eres Ernesto? —preguntó.
—Sí, ¿vienes a la fiesta de Joanna? —respondí.
—Sí, me dijo que un chico guapo en la entrada me daría mi pulsera.
—Joanna debió confundirse, jeje, pero el de las pulseras soy yo. Ten —le dije mientras le colocaba la pulsera en la muñeca—. Vamos, la fiesta está por empezar. A propósito, ¿cómo te llamas?
—Anahí.
—Mucho gusto, Anahí. Espero que te diviertas un montón.
—Gracias, eres muy lindo —replicó.
Entramos al lugar y fui a la barra a buscar a Diana, aunque algo en mi cabeza me hacía querer mirar a Anahí.
—¿Dónde estabas? Creí que te habías olvidado de mí —me reprochó Diana con un shot de tequila en la mano.
—¿Cómo crees? Yo cumplo lo que prometo.
—Es que tardaste tanto que pensé que ya no querías estar conmigo, sobre todo por cómo entraste con Anahí. ¿La conoces?
—Sí… bueno, es una chica que… mejor no importa. Qué bueno que estás aquí conmigo —respondí.
La noche empezó con todo. Bailaba con Diana y sus amigas, mientras Joanna aparecía de vez en cuando repartiendo tragos. Aunque Diana era muy atractiva, yo seguía buscando a Anahí con la mirada.
—¿Me acompañas al baño? —me pidió Diana al rato, con la voz espesa por el alcohol—. No sé dónde está y no quiero ir solita.
—Descuida, amor. Yo te acompaño, no dejaría que una chica tan guapa vaya sola.
—Eres un tierno —dijo—. ¿Crees que haya mucha gente? Tal vez podríamos entrar juntos…
Aunque quería algo con Diana, sabía que estaba pasada de copas y no era correcto. Al llegar, los baños estaban llenos y Diana de pronto se sintió mal por tanto alcohol. Sus amigas llegaron a auxiliarla y decidieron llevársela a su casa.
Se fueron de prisa y, casi al instante, Anahí reapareció frente a mí.
—¿Cómo la estás pasando? —le pregunté.
—Es la mejor fiesta del año —respondió—. Solo que… siento que falta algo.
—¿El qué?
—No quisiera regresar sola a casa hoy.
Supe de inmediato que yo también le gustaba. Poco después, la música cambió a canciones más lentas y sensuales para bailar pegados. Joanna se acercó a nosotros justo cuando íbamos a besarnos.
—Amiga, veo que ya conociste a Ernesto —dijo Joanna riendo.
—Sí —respondió Anahí—. Tenías razón, es muy guapo.
Joanna me miró y le soltó a ella: —Te dije que te tenía preparado a alguien especial. Cuídalo mucho.
Ahí entendí que todo había sido un plan con maña de Joanna. La fiesta llegó a su punto más alto, nos besamos varias veces y sentí las manos de Anahí recorriendo mi cuerpo con ganas.
—¿A dónde nos vamos después de aquí? —le pregunté.
—Mi departamento está cerca. Podemos seguir la fiesta… pero en mi cama.
Nos despedimos de Joanna y salimos corriendo al auto. En cuanto cerramos las puertas, la tensión explotó. Antes de arrancar, Anahí se inclinó, me besó con pasión y, con una habilidad increíble, me bajó el cierre del pantalón.
—Espera, amor, nos pueden ver —le dije.
—Avanza, cariño… ¿acaso nunca te lo han hecho mientras manejas?
Puse el GPS y avancé con cuidado. Anahí, como toda una experta, comenzó a estimular mi pene con la mano y luego se inclinó para meterlo en su boca húmeda y caliente. El auto avanzaba mientras el placer me nublaba la mente.
—Amor, agárrame el cabello con la mano —me pidió.
Le obedecí, aferrando su cabello mientras me hacía un sexo oral salvaje y profundo. Diez minutos después, sintiendo que ya no aguantaba, le supliqué:
—Amor, para… me voy a venir.
—Es lo que quiero —gimió ella con el miembro en la boca—, porque llegando al departamento vas a ser completamente mío.
—Pues tómalo todo —le dije, empujando con más fuerza su cabeza hacia mí, moviéndome al ritmo de su boca.
Los gemidos de Anahí me encendían cada vez más. A duras penas logré frenar el auto a un lado del camino antes de subir un puente.
—Amor, me detengo porque vamos a chocar… —alcancé a decir justo cuando me vine con fuerza, llenándole la boca de semen.
Ella siguió succionando hasta la última gota antes de enderezarse y besarme apasionadamente, compartiendo el sabor de mi propia esencia. Volví a arrancar y llegamos al departamento en pocos minutos.
Ya en la intimidad, le dije que había sido el mejor oral de mi vida y ella me sonrió, diciendo que aún le faltaba enseñarme más. La tomé de la cintura para besarla, recorriendo su cabello y sus piernas.
Cuando iba a levantar su vestido, me detuvo con suavidad.
—Amor, espera un momento.
—¿Qué pasa, hermosa? —pregunté.
—Eres muy guapo y la pasé increíble, pero quiero decirte algo antes de seguir.
—¿Sucede algo malo?
—Quiero ser honesta… ¿Joanna no te dijo quién soy yo en realidad?
—No, amor… por favor, explícate porque no entiendo nada.
—¿Recuerdas que en la fiesta Joanna dijo que me tenía preparada a alguien especial?
—Sí, claro… pensé que era por la química entre nosotros. Desde que te puse la pulsera supe que quería algo contigo.
—No es por eso… Es que antes de que pase algo más, quiero confesarte que soy una chica trans.
Me quedé helado. No podía creerlo, aunque de pronto todo tuvo sentido: mi relación anterior había sido también con una mujer trans y solo Joanna lo sabía. Las indirectas de Diana y la insistencia de Joanna cobraron vida en mi mente. Aunque ya había estado con mujeres cisgénero días antes, la vida me ponía de nuevo frente a otra mujer transgénero.
Sonreí, la tomé de la cintura y la besé con ternura.
—No tienes nada de qué preocuparte, preciosa —le dije—. Veamos qué es lo que una mujer como tú tiene para ofrecerme.
—¿Estás seguro? ¿No tienes problema con estar en la cama con una mujer con pene? —me preguntó.
—Ninguno, amor. Yo veo a una mujer hermosa y eso es lo que importa.
Anahí se encendió de nuevo. Me jaló hacia ella y le bajé el cierre de su vestido azul. La prenda cayó y dejó ver unos senos espectaculares en un sostén negro de encaje, con los pezones duros asomándose, y una cintura perfecta.
Sus glúteos redondos y sus piernas firmes de modelo eran increíbles. Llevaba una tanga negra a juego y se notaba un pequeño bulto firme en su entrepierna.
Besé su boca con restos de mi semen, bajé a besar su pecho, lamí sus pezones y su ombligo mientras apretaba sus glúteos. Con mucha pasión, le bajé la tanga hasta dejarla completamente desnuda.
—¿Quieres probarlo, putita? —me dijo Anahí.
—Sí, amor, hoy soy completamente tuyo, pero no me digas así. Llámame simplemente “mi amor “ —le pedí.
Me metí su pene a la boca y jugué con él con la lengua. Sentí cómo crecía hasta llenarme por completo.
—Ay, mi amor, lo haces muy bien. ¿Ya habías hecho esto antes? —me preguntó.
Me detuve y le respondí:
—Solo estoy haciendo lo mismo que tú me hiciste hace rato.
Emocionada, nos acostamos en la cama y empezamos a hacer un 69 delicioso. Al poco rato, me dijo:
—Mi amor, ahora quiero que estés otra vez dentro de mí.
—Sí, mi amor, muero por saber qué se siente entrar en un culito tan precioso.
Me puse boca arriba. Ella se lubricó con su propia saliva y fue bajando poco a poco hasta sentarse por completo en mi pene. Sus movimientos eran riquísimos: círculos, arriba y abajo. Cambiábamos de posición a perrito y a cucharita con más intensidad, viendo su pene rebotar en mi ombligo.
Estando en perrito, la tomé del cabello y la jalé hacia mí, hasta que exclamó:
—Amor, estoy a punto de acabar.
Me detuve, saqué mi pene de golpe de su colita y llevé su miembro erecto a mi boca. Terminó de inmediato y sentí los chorros de su leche en el fondo de mi garganta.
—Ay, amor, eso estuvo delicioso —me dijo.
—Gracias, amor, te lo mereces, pero aún falto yo —le contesté.
—¿Cómo amor? ¿Estás diciendo que ahora me quieres dentro de ti?
—Si tú quieres, entonces sí —le respondí.
Continuará…
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