Me levanto una mañana de domingo, sola en casa, pero con la mente habitada por un hombre que me tiene loca. La lluvia golpea con fuerza la ventana de la cocina mientras el olor a café recién colado inunda el espacio. Estoy descalza, vistiendo solo una camiseta negra de tirantes que apenas me cubre las nalgas, con mis pezones erguidos apuntando hacia adelante.
De repente, mi imaginación te trae a este lugar; siento tus pasos justo detrás de mí. No dices nada; tu mente de buen escultor literario no necesita palabras cuando tu cuerpo ya ha editado la escena perfecta en tu cabeza. Siento tus manos grandes y firmes —esas que una noche se contenían— atrapando mis caderas con urgencia.
—¡Te deseo! —me imagino en la cabeza tu voz ronca, impregnada de deseo.
—¡Hazme tuya aquí mismo! —digo en voz alta.
Mi coño comienza a humedecerse, sintiendo un pequeño hilo descender por mi entrepierna; me palpita, se contrae de solo imaginar tu verga venosa de tu masculinidad dentro de mí. Esa hombría digna de llevar, que sabes usar tan bien en mi mente y que en estos momentos deseo sintiéndola llenar cada milímetro de mi interior.
Me empujas con delicadeza, pero con una fuerza imponente, contra el mesón de mármol frío. El contraste térmico me saca un jadeo. Te pegas a mi espalda y el calor de tu piel me quema a través de la tela.
—Te estuve saboreando toda la noche… —susurras con esa voz profunda cerca de mi oreja, mientras tu respiración agitada me eriza el cuello.
Sin darme tregua, introduces tu mano despacio por debajo de mi tanga. Tus dedos rozan mi coño con algunos vellos ya empapado.
—¡Eres una diabla! No sabes cómo me pones… ya quiero follarte.
—¡Qué esperas! Sabes que me encantas y quiero ser tuya —grito en la soledad de la cocina mientras llevo mis propios dedos a mi coño caliente, deseando con el alma que fueran los tuyos.
Deseo una nalgada seca, sonora, que me ponga a temblar las piernas. Imagino la firmeza de tu estaca caliente, esa masculinidad brillante que tanto anhelo en mi cama, presionando directo contra mi trasero, buscando paso sin pedir permiso.
Me obligas a inclinarme hacia adelante, apoyando mis manos en el mesón. Giro la cabeza sobre el hombro para devorarte con la mirada y veo cómo te muerdes los labios. Mis nalgas, mojadas por el deseo, se contornean buscando tu roce; pero tú sabes perfectamente cómo castigarme lentamente.
—¡Ey! Con calma, mi diabla —resuena tu voz en mi cabeza, la misma que me muero por escuchar en este instante.
—Me torturas… me tienes ansiosa —susurro con la voz agitada.
—Sabes que me gusta un buen preámbulo; tenerte al filo de la excitación para que, cuando entre y profane esa cavidad caliente, explotes de placer.
Ya no hay espacio para la resistencia; hoy tu hombría me va a empujar al límite y mi cuerpo va a ceder ante tus embestidas bajo el arrullo de la lluvia. Hundo mis dedos hasta el fondo en busca de saciar estas ganas que me queman por dentro. Observo los objetos a mi alrededor, buscando qué usar para imaginar que eres tú quien me invade por completo. Mis dedos se quedan cortos ante la idea de tu masculinidad brillante y palpitante.
Me retiro la camiseta y pego mis tetas al mármol para buscar ese frío que me enciende aún más. Abro las piernas para facilitar el acceso a mi sexo, introduciendo mis dedos para sentir cómo se expanden mis paredes internas. Gimo cada vez más fuerte; no me importa quién me escuche, o tal vez me ilusiona que por telepatía me escuches gemir. Te deseo aquí, tal como te he deseado tantas noches en mi cama.
No aguanto más: las piernas me tiemblan, el pecho se me agita y me falta el aire hasta el punto del mareo. Continúo tocándome mientras me follo en pensamientos, gritando un nombre que se me cruza por la cabeza sin conocer tu nombre real. Hoy no eres uno de los tantos personajes que invento para mis historias; eres tan real como el deseo mismo.
Llego al punto culminante, liberando una descarga infinita mientras me imagino tu leche caliente llenándome por dentro.
Me quedo un rato ahí, mecida por los espasmos residuales, tratando de devolver mi ritmo cardíaco a la normalidad mientras cierro los ojos e imagino tu silueta perfecta.
—Esto es por ti, cariño.
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