Atenea, mi diosa (1)

1
3129
T. Lectura: 4 min.

Después de un tiempo sin verla, me dirigí al hotel pactado con el propósito de encontrarnos nuevamente. Mi morral iba ordenado, todo lo necesario empacado; pero mi mente daba vueltas, quizás por los nervios, por la probabilidad de que algún plan salga mal, o por temor a las actuales expectativas que pudiese tener de mí.

Aun así, avancé hacia nuestro punto de encuentro, subí ansioso las escaleras, entré a la habitación y empezó mi momento con Atenea (seudónimo que escogí para proteger los nombres reales). Cuando la vi acostada en la cama, muy bien acomodada, apoteósica, tuve la impresión de que su presencia se sentía en toda la habitación y no puedo negar que fue muy emocionante volver a estar con ella tan cerca.

Quería escucharla, contarnos un poco de las novedades que habíamos tenido, conversar y sentir los gestos, sonrisas y emociones mezclados con el privilegio de un encuentro presencial. Aunque, por otra parte, quería besarla, hacerle sentir mi deseo por ella a través de mis labios, mostrarle mis ganas por medio de mis caricias y que nuestras bocas cumplieran un papel protagónico, ya no contando anécdotas, sino forjando el inicio de otra charla placentera: la conversación de nuestros cuerpos.

Las ganas tomaron terreno y me atreví a besarla. Lo menciono de esa forma porque fue un atrevimiento por el acto en medio de las emociones; en especial por los nervios invadiendo mi mente, mientras mis labios conectaban con los suyos y mis manos empezaban a acariciarla.

Continúe con su ropa, buscando la comodidad deseada que solo podían ofrecernos nuestros cuerpos desnudos. Me enloquecía la sensación de sentir poco a poco su piel, de verla desnuda, dispuesta a dejarnos llevar por el placer. Crecía la ansiedad; sin embargo, la conexión que sentía con ella me devolvía a la calma necesaria para disfrutar su compañía.

Seguía besando su boca, acariciando ahora su cuerpo desnudo. Apoyando mis manos en sus nalgas, bajaba ahora mi boca para que su cuello sintiera un leve roce de mi lengua; lo que es una dicha doble, pues mis labios rodean su cuello con dulzura y aprovecho para escuchar el sutil sonido de su respiración.

Mis manos siguen jugando y mi boca baja a su abdomen, manteniendo la delicadeza necesaria para darle una mordida que bien puede pasarse de presión porque ya la empiezo a sentir mía. Besar su abdomen, morderlo, besarlo, morderlo, besar, morder me va regresando en dirección a su cuello; pero me detengo en sus senos. Empiezo a lamer y disfrutar el camino, mi excitación aumenta y solo debo pensar en controlar la emoción. Aunque tenía su permiso de dejarla marcada, eran mis ganas las que dirigían la manera en que la tocaba y la forma en que me comía sus tetas; por lo que debía hacer un esfuerzo para controlar los impulsos, los más salvajes impulsos.

Continuaba besando sus senos y mi alma se volvía fuego. Era el momento perfecto para regalarle un oral y, por supuesto, para brindarme a mí esa anhelada oportunidad. Acariciar su vagina con la punta de mi lengua, sentir con mi boca como se humedecía, apretar sus muslos, escuchar sus gemidos, querer controlar su cuerpo y su alma en ese momento era para mí un desafío placentero. Y sí, era todo un reto porque en cada gesto, cada gemido, cada lamida de coño, se iba incrementando mi calentura.

Con nuestros cuerpos entrados en calor, decidí no darle pausa a mi boca para que jugaran mis manos. Con mi mano izquierda apretaba sus senos, sentía cómo estas se acoplaban a su figura, masajeando y acariciando, mientras mi mano derecha la masturbaba. Volvía a gemir y era excitante escucharla, ahora con mis manos desplazándose a su cuello para ahorcarla suavemente en señal de que en ese momento me pertenecía.

Sentía sus movimientos, la escuchaba, la tenía tan cerca. Mis ganas no daban espera y pausé, por un momento, las lamidas a su coño que, así mojado, eran una de las más ricas sensaciones. Decidí entonces penetrarla. Mi verga estaba dura. Confieso que quería hacerlo desde que la ví, pero ambos necesitábamos un ritual previo de excitación para caer en cuenta de cuánto nos necesitábamos.

Antes de hacerlo, la miré a la cara, acostada boca arriba, aparentemente dominada, pero con la certeza de que estaba controlando mis emociones. Acomodé sus piernas, algo de lengüita para volver a sentir su humedad antes de meterla y procedí a penetrarla. Mientras mi verga entraba, tenía una rica sensación que invadía todo mi cuerpo, me excitaba sentir sus movimientos, sus reacciones, el roce cuando metía, sacaba, metía, sacaba, entraba, salía. Su cara, sus gemidos y sus gestos me motivaban a seguir y a maniobrar nuestros cuerpos buscando la comodidad o, incluso, la incomodidad deseada en ese encuentro caluroso.

Se veía hermosa, quería tenerla arriba de mí, dominando, haciéndolo a su ritmo, a su acomodo. Y así fue. Es un verdadero disfrute sentirla sentada arriba de mí, con sus nalgas apoyadas en mis piernas, mis manos apretando su trasero y que solo me bastara subir sutilmente la cabeza para que las miradas se encontraran.

Mientras me cabalgaba, sentía sus senos en mi cara, mis manos se apoyaban en su cintura, mi boca volvía a sus tetas con la firme intención de chuparlas salvajemente y mostrarle mis ganas, sentirla mía y que me hiciera suyo en cada sentón, reafirmando mi deseo con cada apretón de nalgas y cada cogida de cabello.

Me embestía con ternura y pasaba a un salvajismo tan rico, que era yo quién gemía, me descontrolaba, mi mirada se perdía en su cuerpo y mi mente ya no tenía horizonte propio. No sabía a dónde iba, me dejaba llevar por el placer, por esa rica forma de coger que me había esclavo del deseo y al mismo tiempo, su me hacía su esclavo.

Sentir mi verga mojada, la manera en que me la humedecía mientras follábamos como animales, su mirada radiante y su respiración agitada, me llevaba a un nivel de excitación descomunal. Yo era dominado; pero no renunciaba al deseo de hacerla mía, de sentirla mía, de demostrarle que ahí estaría haciéndolo rico, salvaje y con determinación. Solo disfrutaba la manera en que brincaba encima mío, cómo se acomodaba para hacerme preso de sus piernas y el descontrol que causaba en mí, me iba a hacer correr, la tenía dura, mi respiración se oía en toda la habitación, empezaba a sudar.

Vamos mi diosa, hazme venir, hazme correr dentro de ti, sácame la leche, lo haces riquísimo, hijueputa es riquísimo, me vas hacer venir, me haces ve…

Loading

1 COMENTARIO

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí