Aumento de sueldo

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Me llamo Paula, soy policía desde hace varios años y me acuesto con mi hermana pequeña.

Bueno hermanastra.

Pero prefiero lo de hermana, ya que hermanastra suena feo y ella no es, ni de lejos, fea.

Nos conocimos a los diecisiete, cuando mi padre, policía también, se casó con la mamá de Sandra, mi “hermana”. Al principio nos odiábamos, pero un día, poco después de que ella alcanzara la mayoría de edad, salió en mi defensa y cargó con la culpa de un incidente que, siendo sincera, era más culpa mía que suya.

Mi padre se enfadó mucho, tanto, que fue a su habitación aquella noche y la zurró en el culo con un cinturón.

Desde aquel día miré a Sandra con afecto y no solo con deseo.

Porque desde el primer día, la deseaba. Ella era más alta que yo, con más curvas y tenía y sigue teniendo el pelo rubio y largo. Era, en resumen, más mujer.

Yo me hice policía contra todo pronóstico. Era más bien menuda pero, supongo que se me pegó la profesión por mi padre. Otra cosa no, pero empeño no me falta y me gusta el ejercicio físico, así que pasé sin dificultad los exámenes y las pruebas para acceder al cuerpo.

Sandra eligió ayudar a la gente de otra manera y se hizo enfermera. De esas que toman la temperatura y ponen inyecciones. No recuerdo el día en concreto en el que le confesé que me gustaban las mujeres, creo que fue algo paulatino. Una caricia, unas risas, un beso robado.

Luego llegaron los juegos eróticos. Paciente y enfermera, ladrón y policía. De alguna manera, quizás porque era la mayor, casi siempre tomaba el papel de dominadora en la relación. Yo era quien la poseía, yo era la que me ponía el pene de goma y la penetraba simulando el acto, yo era la que se ponía encima cuando frotábamos nuestros genitales y gemíamos como perras en celo.

Una tarde, hace unas semanas, surgió la conversación que pondría a prueba mi resiliencia.

—¿Qué te parece si nos vamos de vacaciones a Tailandia? —sugirió mi hermana desde la cama.

Estaba acostada boca abajo, en cueros. Sus ojos brillaban.

—A Tailandia, suena bien, solo que… —dije subiéndome las bragas y sentándome, con las tetas al aire, en la butaca de la habitación.

—Ya, el dinero… no tenemos pasta. ¿No es hora de que te suban el sueldo?

Sí, era hora, pero subir el sueldo en la policía solo pasaba si ascendía, y eso tenía que pedirlo.

—Ya veo, te da cosa pedirlo. —dijo Sandra.

Tenía razón, habían pasado ya bastantes años y lo lógico sería solicitar el ascenso, solo que, a pesar de enfrentarme con ladrones, en el fondo seguía siendo esa cobarde que había callado aquel día librándose de la humillante azotaina.

Observé a mi “hermana”, ese cuerpo que me tenía obsesionada, esos labios que me volvían loca, esa cabecita de la que salían tantas ideas maravillosas. Ya iba siendo hora de levantarme, apretar el culo y enfrentarme a mis miedos.

—Mañana hablo con mi jefa. —concedí

Gloria, que así se llamaba la superintendente, a sus cincuenta, era una mujer madura y corpulenta. El pelo recogido en un moño, el rostro duro con arrugas. Había sido de las mejores en la calle, aunque ahora, tras diez años de despacho, su trasero había ensanchado, sus pechos, pesados, habían perdido la firmeza de antaño y su vientre tendía a acumular algún que otro michelín.

Cuando abrió la puerta, pertrechada con su uniforme, no pude dejar de sentir cierta admiración. La chaqueta le sentaba bien.

—¿Y bien, qué quieres Paula?

Aquella mujer no se andaba por las ramas.

Comencé a hablar, a venderme y finalmente hice la petición.

—Te expresas bien y ciertamente eres una candidata al ascenso. Sin embargo, no eres la primera persona que me lo pide. Está Paco, incluso Vanesa.

—Vanesa es muy joven. —razoné.

—Puede ser, pero dime, qué tienes que ofrecer.

—Como ya le comente yo creo que…

—No, no, eso ya lo sé… reformulo la pregunta, ¿qué puedes ofrecerme a mí?

Si no fuera porque estábamos en el trabajo, por el tono de voz y por como devoraba mi cuerpo con la mirada, juraría que esa mujer quería algo conmigo. “¿Y qué pasa si lo quiere, tu has venido aquí a conseguir la pasta cueste lo que cueste?” pensé.

Tragué saliva.

—Estoy dispuesta a todo. —dije controlando el tono de voz.

La mujer se levantó, cruzó el despacho hasta la puerta de entrada y cerró el pestillo. Luego, acercándose a mi, aproximó su boca a mi oido y ordenó.

—¡desnúdate!

Durante unos instantes estuve tentada a decir algo, pedir explicaciones, pero opté por guardar silencio por dos razones. La primera, una orden es una orden y rehusar cumplirla podía acabar con mis posibilidades de ascender. Y segundo, en el fondo, toda aquella situación tenía una carga erótica incuestionable. Tenía curiosidad, mucha curiosidad por saber que haría esa mujer conmigo. Por una vez, yo sería la sometida en ese juego sensual.

—Por cierto, no puedo prometerte nada. No depende solo de mí. En última instancia decide don Carlos y conociéndole, puede que también quiera cosas contigo.

Comencé a desnudarme. “En este sitio todos eran unos salidos, debería denunciarlos pero eso no me serviría de nada. Además, yo estoy haciendo esto porque quiero, nadie me obliga.” Traté de auto convencerme.

—La ropa interior también.

Me quité el sostén y tirando de mis bragas me quedé con el coño y el culo al aire.

Gloria seguía con su uniforme, a mi lado. Ella vestida, yo desnuda, ella dirigiendo la escena, yo obedeciendo como una sumisa.

Se puso detrás.

Me agarró por la cintura.

Tomó impulso y golpeó con su sexo mi culito.

“Así que se trata de eso, va a darme por detrás.”

—Mejor piel con piel. —comentó mientras se desabrochaba el pantalón del uniforme y se bajaba las bragas de tamaño L.

—Inclínate sobre el escritorio.

Obedecí.

Ella se inclinó sobre mí, sus manos trasladándose de mi cadera a mis tetas.

Se separó de nuevo para tomar impulso, movió sus caderas hacia delante e impactó contra mis nalgas contrayendo su culo generoso.

Luego froto el coño peludo dibujando círculos, tomo impulso y golpeó de nuevo jadeando por el esfuerzo.

Me deje llevar mientras mi jefa aumentaba el ritmo hasta que, frenéticamente, como poseída, me enculó diez veces seguidas a toda prisa. Su corazón latiendo desvocado.

Finalmente retiró las manos de mis pechos, se subió las bragas y los pantalones y volviendo a sentarse en el sillón tras el escritorio, habló.

—Me has convencido. Vístete.

Me puse el uniforme y aguardé de pie.

—Oye, ya que estás puesta, te importa esperar aquí unos minutos. Voy a llamar a don Carlos, a lo mejor podemos arreglar esto hoy mismo.

Me pareció bien.

Media hora después, don Carlos, entró en el despacho.

Gloria le cedió el sitio y le explicó mi petición, haciéndole ver que ella apostaba por mi.

—Señorita Paula ¿verdad?

—Sí señor.

—Tu hoja de servicio es intachable lo único, quiero a mi cargo personas que obedezcan y muestren lealtad al cuerpo de policía. Sé que no es lo más apropiado estos días pero bueno, si usted está aquí y doña Gloria la recomienda, es porque ya ha obedecido, ¿verdad?

“Todo aquello estaba preparado. La humillación como parte del protocolo. De nuevo, sin pedírmelo, me pedían consentimiento. De nuevo, opté por obedecer y someterme.”

—Sí señor, estoy a su disposición.

—Es usted una agente preparada, inteligente y… hermosa. El uniforme le queda muy bien.

—Gracias señor. —dije siguiendo el juego y ruborizándome.

Eso le gustó.

Se levantó de la butaca se puso a mi lado y alzando la voz dijo.

—¡Paula, firmé!

Las palabras y el tono me pillaron por sorpresa y sin pensarlo me puse aún más firme.

—¡Pantalones abajo!

Me bajé los pantalones.

—Esta bien ahora inclínate sobre la mesa, eso es la cabeza de lado, apoyada en la mejilla.

Me dejé llevar.

Pasaron unos segundos de tensa espera.

Luego los dedos pulgares de don Carlos se metieron bajo el elástico de mis braguitas y de un tirón me dejo con el trasero al aire. La hendidura, las dos medias lunas, mi culito de nuevo expuesto.

Oí el ruido de la hebilla del cinturón, la cremallera bajando y finalmente los pantalones de mi superior cayendo. Luego oí lo que entendí sería un hombre masturbándose para que el pene se hiciese grande. Gloria, que observaba todo, se acercó con un preservativo en la mano.

Imaginé el grueso pene, venoso, palpitante, con su vestido transparente, los huevos, como pelotas de golf colgando.

Luego sentí la punta del trabuco en la entrada de mi vagina y finalmente, más suave de lo que esperaba, paulatinamente, la masa de carne cálida invadiendo mi agujero.

Resoplé.

Don Carlos sacó su verga, me dio dos azotes con suavidad.

Y volvió a penetrarme, esta vez hasta el fondo.

—¿Te gusta? —preguntó

—Sí —respondí.

Y no mentía. Aquello me estaba gustando demasiado.

—Por favor, puedes follarme más deprisa. —rogué.

Puede que eso sonase a un “quiero acabar ya con esto”, pero no era del todo así. Quería acabar sí, pero también sentir aquel miembro entrando y saliendo, rozando las paredes sensibles de mi caverna de placer.

Lo interpretase como lo interpretase, bien fuese por puro egoísmo o bien por querer complacerme, el caso es que me hizo caso y durante los dos intensos minutos que duró el sexo, disfruté.

Quizás no tanto como con mi novia, con sus besos y con esa intimidad compartida, pero si lo suficiente como para que la experiencia no tuviese nada de desagradable.

Don Carlos terminó fuera, el semen regando mis nalgas.

Fue Gloria la encargada de limpiar mis glúteos y mi coño mojado con pañuelos de papel.

Luego me subí las bragas y los pantalones y en posición de firme, con el rostro colorado, esperé instrucciones.

Don Carlos volvió a su sitio en el escritorio con el pene al aire, cogió clínex y se limpió el líquido pegajoso mientras las dos mujeres le observábamos, esperando a que acabase. Luego carraspeó, se subió los calzoncillos y los pantalones y dijo.

—Ascenso concedido. Puede retirarse.

—Gracias señor.

Me di la vuelta, sonreí y abriendo la puerta salí del despacho con ganas de llegar a casa y contar las buenas noticias a mi chica.

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