Dorotea no se bajó la braga; sencillamente la echó a un lado, sujetándola con dos dedos, a modo de pinza, por la goma elástica de la parte de la ingle. Un halillo ondulante y vaporoso se elevó irregular y lento sobre el polvillo sonoro de la tierra rojiza con un chasquido continuo. «Uf…», escuchó Juanma cuando su prima comenzó a vaciar su hinchada vagina de la orina. Se volvió ligeramente hacia su hermana Juani, que tenía su braguita bajada sobre los muslos y estaba acuclillada junto a Dorotea. De su miembro salía un arco líquido de color miel pálida.
—¡Para! —sonó autoritaria la voz de Juani—. Él se giró ligeramente y se quedó mirándola, allí, agachada, con la prenda echa un rodillo sobre los muslos en el telón de fondo de los rizos rubios del vello púbico. Unas gotas de orina espaciadas caían casi musicalmente sobre el hoyuelo redondo de la tierra, entre sus tobillos. A su lado, un chorrillo intermitente brotaba entre los labios del chocho de su prima, desde el centro de la vulva, bajo la cerecita de carne de su capullo del placer.
—Enséñanos cómo meas —pidió con la cabeza elevada al encuentro de los ojos de Juanma.
Dorotea se quedó con una sonrisa enigmática, mirando alternativamente a una y a otro aquellos segundos eternos. Después de la improvisada cena habían decidido acostarse después del agotador día de excursión por el camino de ronda, sobre el precipicio que terminaba en el largo estanque con forma de hígado, reluciente y azulado. Pero ocurrió algo que cambió sus planes y mucho más.
A la vuelta, Juani había encontrado el libro erótico de su prima, boca abajo, con su cubierta de color rosa y la imagen de un hombre tocándose los genitales. «¿Es bueno?», le preguntó. Dorotea no pareció inmutarse y asintió un par de veces. Juanma estaba cambiándose la camiseta, y su pecho y espalda estaban sudorosos y brillantes por la transpiración. Las dos mujeres estaban en sujetador. Dorotea acaba de quitarse la blusa.
—Cuando cenemos nos leerás un capítulo, ¿a qué sí? —retó Juani. Miró a su hermano y afirmó—: Nos servirá para soñar con fantasías.
Juanma prorrumpió en una carcajada.
—Tú no necesitas lectura, hermanita.
—Pero, así nos pondremos los tres cachondos, representando la lectura.
Dorotea no se asombró porque ya había visto diálogos de ese tenor entre sus primos y una noche los vio de reojo abrazados, mientras se besaban sin disimulo en la boca con cierto ardor.
Dorotea también había tenido juegos sexuales con Juani una tarde, en su piso de nueva soltería, a los pocos meses de separado de Fernando. Estaban probándose la ropa que habían comprado de rebajas en el centro comercial. Empezaron a intercambiarse las prendas frente al espejo ovalado y giratorio del dormitorio. Juani la cogió de los pechos y se los alzó para realzar la blusa. Le dijo que con esas tetas cualquier prenda la hacía atractiva; mucho, dijo sin soltar las esferas voluminosas de su prima. Se situó en la parte de atrás del espejo, con los brazos a cada lado del ovalo gigante. ”Pruébate las tangas», le pidió.
Dorotea ya había sentido el chisporroteo interior al notar los dedos de su prima en los senos, notando las yemas en sus pezones, que se endurecieron automáticamente y el calor de su interior le subió a las mejillas. «Mira…», dijo Juani colocándose frente a ella, subiéndose la faldita y bajando la braguita azul oscuro hasta las rodillas, yo me probaré las que he comprado.
Fue la primera vez que Dorotea veía el sexo de su prima y se asombró al ver su piel blanquecina, sin una sombra de vello. Juani se quitó la braguita y la falda, y quedó solo vestida con el sujetador y los zapatos. Dorotea encontró la estampa extrañamente excitante; muy agradable. Sin una sola palabra, se desnudó como Juani. A diferencia de aquélla, su monte de Venus estaba profusamente dotado de un triángulo velloso de rizos negros, que cubrían los gruesos y alargados labios exteriores de su coño.
Se giró para romper las etiquetas de los tangas y notó tras ella el cuerpo de su prima. La piel desnuda de su sexo, suave como los pétalos de una flor, estaba pegada a sus nalgas. Juani se frotó levemente contra sus esferas traseras y Dorotea sintió cómo se le ponía la piel de gallina y también cómo crecía en su vientre un arrebato que se iba adueñando de ella. «¿También te has puesto cachonda, Dori?» —una suavidad untuosa y deslizante se esparció sobre sus nalgas al restregarse la raja cálida de Juani por las semicircunferencias de su culo. Dorotea trató de disimular cuando se aceleró su respiración, y tragó saliva sin apretar la garganta.
Juani rodeó el vientre de su prima enlazando los dedos a la altura del ombligo.
«¿Desde cuándo no lo haces, Dori?» Sin saber cómo Dorotea, se oyó a sí misma: «Desde meses antes que Fernando y yo…?». Las manos de Juani se soltaron y los dedos juguetearon entre los rizos enredados del triángulo velloso. Dorotea sujetó la mano. “No…; hace unos días tuve la regla y…». Juani no se separó, echó a un lado los crispados dedos calientes de su prima: «No importa, cariño». Los juguetones dedos de Juani acariciaron los labios gruesos y carnosos. El tacto reveló la suavidad fluida que resbalaba desde la vagina encendida y palpitante de Dorotea. «Tú quieres, lo estás deseando; y yo, más, cariño». Los dedos penetraron, toquetearon el clítoris endurecido por el deseo, y se hundieron en el mojado conducto.
Los labios de Juani besaron el nacimiento del cabello de su prima, el cuello, las clavículas. La mano libre acarició las tetas, los dedos prendieron los pezones tiesos, carnosos y los retorcieron a uno y otro lado. La otra mano follaba el agujero entre la selvita oscura de vello recibiendo una cálida cascada de jugos. Dorotea gimió y su respiración se tornó descontrolada. Colocó su propia mano sobre la de su prima y hizo que aquella se columpiara sobre la raja entera. Juani apretó más el pezón izquierdo y Dorotea dejó escapar un gritito que resultaba imposible discernir si era de placer o de suave dolor. ”Vamos a masturbarnos, Dori. Quiero correrme ya mismo.»
Las dos se separaron y se tumbaron sobre la cama, boca arriba, con las rodillas dobladas sobre el ángulo del colchón y comenzaron a masturbarse. Aunque Juani se frotaba el clítoris con más energía que su prima al tiempo que se follaba, fueron los movimientos lentos y giratorios de Dorotea los que la llevaron al orgasmo antes que su prima se corriese.
Lo que desató el inmediato orgasmo de Juani fue escuchar los gemidos y sonidos inarticulados de su prima en el fragor de su corrida; y también ella se fue con gemidos profundos y rápidos. Cuando ambas se recuperaron se miraron a los ojos y se besaron en los labios. Dorotea recordó después casi todos días aquella experiencia con su prima, y se acostumbró cada noche a cerrar los ojos y pajearse rememorando aquella doble corrida.
Ahora, en la lectura del capítulo cinco del libro, en el que la protagonista empezaba una mamada al curita en el seminario, Dorotea se veía a sí misma haciendo un cunnilingus a su prima, sorbiendo el desnudo capullo violáceo de Juani mientras ésta se retorcía con movimientos de vientre contra su boca. Entre párrafo y párrafo pudo ver cómo en sus primos, se habían generado las irrefrenables ganas sexuales tanto como en ella misma.
Juani pidió al terminar el capítulo que continuará leyendo otro más, pero Dorotea, que ya pensaba en su auto satisfacción, se negó. Juanma propuso que cada uno dijera qué parte de la lectura le puso más caliente y porqué. Cuando cada uno terminó su exposición es cuando Juani dijo que se estaba meando y los tres salieron de la tienda de campaña hacia la parte de detrás.
—¡Vamos, Juanma, queremos ver cómo meas! —repitió su hermana. Dorotea y ella siguieron acuclilladas a la espera. Dorotea se recolocó la braguita sobre la húmeda superficie de la carne labial; Juani se quedó inalterable, con la braga arrollada sobre los muslos abiertos; una gota solitaria se desprendió de la abertura apretada de la vagina y chasqueó sobre la húmeda tierra bermellón.
Sin girarse del todo, con la pija cogida entre los dedos y la orina contenida, Juanma miró a Dorotea, quién se recompuso la braga y se subió el pantalón mirando a los ojos de su primo, en señal de interrogación. Juanma la miró fijamente; ella sonrío y dijo sin titubear:
—Sí, quiero verlo.
Juanma se volvió y elevando la mano con el pene dentro dejó escapar un pequeño arco decreciente que relució en la noche con la luz que salía de la tienda. La molestia de la interrupción de la forzosa continencia dejó paso al alivio relajante de la deflación de la vejiga. Juani gritó haciendo alharacas y Dorotea observó la carnosa cabecita gruesa del pene de su primo sobresaliendo por la parte alta del puño como la boca de un grifo globular del que brotaba un chorrillo ambarino. El líquido se terminó y Juanma se reintrodujo el miembro entre los dientes de la cremallera del vaquero. La situación era chocante: Dorotea nunca le había visto el sexo a su primo, pero sí había apreciado el gran bulto que se marcaba en la tela del bañador. Juani se subió la braguita y sentenció:
—¿Qué te ha parecido el espectáculo? ¿A que nunca habías visto un instrumento así?
Dorotea sonrió confundida. Tras la primera impresión de extrañeza, Dorotea empezaba a dejarse llevar por el extraordinario giro que iban tomando los acontecimientos del día: estaba ardiendo de deseo sexual y lo notaba en su interior. Su imaginación le abrió distintos escenarios en los cuales podría satisfacer su volcán interior. Los tres entraron de nuevo en la tienda.
Riendo, Juani de nuevo comentó:
—Tu libro me ha puesto al rojo vivo, nena; conozco a Juanma: no va a ponerse a dormir así —señaló a la entrepierna de su hermano e hizo una pausa—; ni yo —se echó a reír de nuevo—. Tampoco tú, reconócelo. ¡Seguro usas la novela para pajearte, a que sí, primita? Además, apuesto a que te ha puesto verle mear, y te has quedado con ganas de contemplarlo a plena luz, ¡eh, granuja! Tras una pausa añadió: tienes razón: no sabes lo que te pierdes.
Dorotea sentía su sexo en ignición y decidió mostrar su aquiescencia a un posible y deseable inconteniblemente juego sexual familiar. Se sujetó el pelo en una coleta y al tiempo que se quitaba el pantalón quedándose con braguita, alegó:
—La literatura sexual es para disfrutar del sexo; exactamente igual que las pelis. Si te ponen caliente te lleva a gozar. También vosotros estáis tan excitados como yo: se os ve en la cara. ¿Lees tú otro capítulo, Juanma?
Juani aplaudió la idea y le pasó a su hermano la novela, que estaba en la cama de Dorotea. Ésta repuso:
—¡A ver quién se pone más cachondo, hagamos una apuesta! ¿nos desnudamos los tres?
Fue ella misma quien sin esperar se quitó la braga y el sujetador, presa de las urgencias de la lubricidad. Juani se desnudó seguidamente. Puestas una al lado de la otra, ambas primas tenían un gran parecido físico, con la diferencia de que el pubis de Juani, depilado cuidadosamente, contrastaba con el revuelto vello púbico negro de su prima.
Además, en el caso de Dorotea, la vulva ocultaba promisoriamente la fisura entre los labios vaginales; Juani, con su coñito rasurado, dejaba ver a uno y otro lado de la raja bulbar unos salidos y gruesos labios vaginales que tentaban a quien los veía. Juanma, por su parte, seguía sentado en la cama que compartía con su hermana sin quitarse el vaquero, observando quietamente los deseables cuerpos femeninos. A un lado del vaquero se apreciaba el abultamiento de su miembro: el juego de su hermana y su prima había desatado su lubricidad, que no se veía de ningún modo contenida por el látigo de los tabúes impuestos.
Juani se acercó a su hermano y puso su mano en el duro paquete.
—Yo la conozco muy bien, Dori; te gustaría… —continuó riéndose sonoramente—, te satisfaría ese chisme que tiene. ¡Vamos, tete, enséñasela! —y volvió a reír a carcajadas—. ¡Te toca despelotarte!
Juanma recorría con sus ojos escurridizos el cuerpo desnudo de su prima. Las grandes tetas, el matojo de pelos del sexo que ejercía en él un efecto casi hipnótico; los muslos gruesos pero bien torneados, la carne de la cintura redonda y apetitosa. Dorotea estaba con los brazos en jarras.
—Estamos esperando Juanma.
Con una sonrisa en los labios, él se quitó la ropa. Su chisme estaba empalmado, y tenía un tamaño muy grande, más de lo que le pareció a Dorotea cuando él se lo sujetaba mostrando visible únicamente el capullo con su géiser líquido. Sus testículos velludos, rubitos y redondos eran dos bolas esféricas nada caídos. Dorotea lo examinó con ojos chispeantes. Ya los tres desnudos se sentaron en las colchonetas, Juanma comenzó su lectura.
Era la continuación del capítulo anterior, y Dorotea conocía muy bien por las consecutivas lecturas cómo causaban un hormigueo in crescendo en todo el cuerpo a medida que el lance entre la madura organista del coro continuaba. En el capítulo sexto, Genoveva Wilson, la jubilada que tocaba el órgano en el coro, se colocaba en un reclinatorio mientras Killian, el joven sacerdote, se abría la sotana con la verga colgando frente al rostro rubicundo de la mujer. Genoveva asía la pija y la manipulaba hasta que se ponía erecta.
El hombre acariciaba los cabellos de la mujer y le agarraba algunos mechones cuando ésta bajaba la piel de la polla despacio: uno, dos; uno, dos… el trabuco se endureció; las venas azulean, gruesas a lo largo del mango tieso; jadeaba el joven; unas cupulares gotas de líquido seminal emergían sobre el capullo enrojecido; las hábiles manos de la organista apretaban y soltaban; acariciaban el pene erecto y estiraban el prepucio arrancando gemidos de los labios apretados y contenidos del sacerdote…
—¡Joder, Dori, me estoy mojando toda por dentro! Me están entrando unas ganas… —Juani se giró hacia su hermano. Su miembro no mostraba signos de excitación— No te dejes engañar, prima: yo ésta — señaló la pija de su hermano la conozco muy bien— sólo necesita que la rocen para transformarse.
Se inclinó hacia él y le agarró la polla. Miró a Dorotea que tenía las mejillas coloradas por el deseo contenido.
—Como ves, nosotros no tenemos prejuicios ni nos guiamos por conveniencias. ¿Qué te parece a ti? No hay nada malo en satisfacerse, ¿no crees, Dori? —Agitó el miembro en su mano— Lo ves…, ahora está en reposo. ¡La vas a ver en pleno tamaño…! —Fue subiendo y bajando la piel del prepucio; el glande creció y el pene se endureció. —Juani río—: No necesita mucho para calentarse…, ¿ves? —El órgano sexual se iba irguiendo en el puño de Juani. Lo soltó y rápidamente se puso erecto—. Seguro que quieres tocarlo, ¿verdad? —lo hizo balancearse en el aire y le dio un golpecito por la parte media. La polla se irguió totalmente— Se ha puesto cachondisimo… ¿y qué hacemos ahora?
Dorotea se moría de ganas de acercarse y agarrar el falo de Juanma y apretarlo. La idea de hacerlo allí, ahora mismo, delante de su hermana; el que Juani asistiera a ese acto, igualmente transgresor, incendió su entrepierna. Juanma miraba atentamente las reacciones de Dorotea, cuyos pezones se habían erguido, las aréolas rosadas habían aumentado su circunferencia, se habían abultado visiblemente.
—Ahora, niña, no lo podemos dejar así: tú tienes la culpa —la miró y añadió—: Pero, seguro que tú querrás probarla, ¿a que sí? Estás caliente, y me has hecho poner también a mí caliente. Agarró la verga con su mano subiendo y bajando por la carne ardiente. ¡Ven, se te ven las ganas, prima.
Juanma permanecía silencioso, con los ojos vidriosos y el miembro tieso. Juani le acarició las pelotas y se las mostró a su prima. Juanma separó las piernas y sus huevos se hicieron más visibles; la concupiscencia de Dorotea le había contagiado y sólo deseaba sentir sus largos dedos sujetando el mástil ardiente de su polla.
—Están repletas —miró a Dorotea—: Si no lo haces tú, lo hago yo.
—Espera…; que siga leyendo un poco más.
«Con un gesto brusco, el cura empujó la cabeza de Genoveva hacia su polla. La mujer abrió los labios y besó el capullo caliente, enardecido por la manipulación. Killian volvió a empujar y su polla penetró la boca húmeda y caliente. La lengua recorrió el cilindro duro; la lengua jugó con la hendidura central del glande y saboreó las gotas de líquido espeso, sorbió. La sacó y observó el capullo pasando la yema de su dedo medio por el agujerito goteante; esperó unos segundos para evitar que el curita se viniese.
A ella le satisfacía tenerlo en sus manos, obligarlo a esperar, notar que el deseo se adueñaba brutalmente de él, saber que le corroían las ganas de evacuar su esperma en la boca de ella: sabía que cada segundo constituía una tortura para él, que sentiría un dolor en los testículos, con el semen retrayéndose por el capricho de ella. Miró sus ojos enrojecidos, reclamando clemencia.
Se abocó en la verga y la chupó, ahora metiéndola completamente en la cueva untuosa de su boca. Killian gimió. Ella le apretó los cojones y mamó la tranca casi con desesperación. El cura dio un respingo y su leche se vertió con fuertes manguerazos en la cavidad succionadora de la organista. Killian dejó escapar unos leves sollozos mientras los espasmos incesantes vaciaban sus pelotas, sujetas por la mujer…». Juanma dejó resbalar el libro…
Juani, abierta de muslos, tenía sus dedos en la abertura del chocho y acariciaba lentamente la raja humedecida. A su lado, Dorotea seguía los movimientos masturbatorios de su prima; una resbaladiza muestra de flujo se apreciaba entre los labios de la vagina.
El falo de Juanma, al igual que el del personaje de la novelita, estaba tieso, y el orificio mojado de fluidos. La lectura le había calentado: el prurito sexual había alcanzado el punto de urgencia. Juani, sin dejar de jugar con su rajita volvió a tomar la polla de su hermano.
—Mira, Dorita…, ves lo que te decía: es una polla descomunal. —Lo dijo moviendo hacia la luz los cojones de Juanma y apretándolos. Él miraba cómo su hermana se los sobaba sin manifestar emoción visible alguna. Dorotea comprendió instantáneamente que para ellos la palabra prohibido carecía del sentido habitual en lo que respecta a las relaciones sexuales, y que gozaban aún más de lo que para otros sería un oscuro secreto: su relación incestuosa, el sexo y el placer. Las contenidas fantasías más secretas de Dorotea irrumpieron y dejó que la desbordasen sin pararse en las fronteras hipócritas de lo que es o no correcto.
Juani se acuclilló y depósito un beso ligero sobre el capullo hinchado, miró a su prima desde aquella posición y le hizo un guiño cómplice, para colocar la mano en forma de cavidad, como si fuera una cuchara y dejar caer un torrente de saliva sobre su palma. Luego cogió en ella el erecto nabo de Juanma y lo impregnó de babitas jugando a pajeárselo. Dorotea estaba tan encendida que no pudo esconder su rendición ante la lujuria desmedida; ya formaba parte del universo sexual del que sus dos primos la hacían bacante. Dorotea se acarició las tetas y mojó con su propia saliva sus dedos que retorcían los pezones mostrándolos a Juanma. Juani se interrumpió:
—¿Se lo haces tú?
Dorotea sin dudarlo se arrodilló frente a Juanma y sus dedos sustituyeron a los de su prima. La tranca estaba durísima, caliente, erguida. Notó la sedosa liquidez que recubría toda aquella deliciosa pija y deslizó los dedos desde el glande hasta el nacimiento de la verga. A su lado, Juani se acariciaba los pechos, tumbada en la colchoneta. Recordó la lectura: «(…) saber que le corroían las ganas de evacuar su esperma en la boca de ella…» Abrió los labios y se metió la punta del capullo, lo saboreó. Levantó la mirada; Juanma estaba acodado, observando lo que le estaba haciendo su prima. Ella sintió enardecer su rijosidad. Sacó la pija y la magreó a la vista de él. Su coño estaba cubierto de flujo ardiente.
—Sigue —dijo Juanma.
Ella sobó los huevos tensos, llenos de esperma, los rugosos puntitos de la bolsa escrotal.
—Sigue —Ahora era la voz de Juani, al lado de ella arrodillada, con los ojos puestos en la tranca hinchada.
—Antes —su voz no le parecía su voz; era una ella auténtica, sin máscaras— quiero veros follar. No lo imagino y quiero verlo. Quiero ver cómo te la mete —El sonido de cada sílaba, la composición de cada palabra adquirió un sentido nuevo, poderoso y liberador. Se dejó ir; la cascada de fonemas iba acompañado de sensaciones desconocidas para Dorotea, eran magma, lava volcánica.
—Quiero ver cómo la polla de Juanma toca los labios de tu coño, se abren tus labios y te la clava. Quiero escuchar el sonido de su pija resbalando en las paredes de tu chocho cuando se hunda en tu interior. Quiero ver tu mirada; la de él, cuando te esté jodiendo. —Paró un instante para tragarse la saliva, que se había acumulado en su boca.— Ahora he entendido el placer del sexo puro. —Juani acarició la espalda de su prima, hasta llegar a las colinas de sus nalgas. Juanma estaba sofocado, escuchaba: unas gotitas de flujo resbalaban y se iban acumulando en los dedos prietos de Dorotea, arracimados en su capullo—.
Estaban las dos arrodilladas frente a Juanma. Dorotea cedió la polla a su prima. Y se sentó con los muslos abiertos. Juani se dio la vuelta y le ofreció el coño y el culo a su hermano. Dorotea se abrió el coño y comenzó a frotarse la cerecita erecta del clítoris sin perder detalle. Juanma se afirmó a las caderas de su hermana y se hundió con un gemido entre las paredes chorreantes del chumino.
Cuando entraba y salía el sonido leve de las penetraciones se escuchaba con claridad, haciendo las delicias de una Dorotea convertida en sacerdotisa nocturna del placer. Sus primos follaban con los ojos cerrados y las bocas aspirando el aire de la noche. Las tetas de Juani se balanceaban con cada embestida de su hermano. Dorotea se tumbó a unos centímetros de ellos y tuvo una visión privilegiada del coito.
La polla de Juanma salía y entraba nuevamente cubierta de flujos. Sus cojones pendulaban y golpeaban las nalgas de su hermana cuando la verga se hundía en la vagina.
Dorotea emitió un largo gemido y su orgasmo contagió a su prima que se dejó caer, apoyándose en la colchoneta, mientras su hermano continuó follándola. Hasta que un ruido de su garganta preludió la eyaculación incontenible. Dorotea sacó la polla y la llevó a su boca. El semen se descargó en chorros lácteos calientes y densos. Su primo tenía la cabeza sobre la espalda de su hermana, un delgado reguero de saliva dibujó una línea irregular sobre la blanca piel de Juani. Dorotea succionaba y tragaba la leche apretando la pija y extrayendo hasta la última gota. La polla olía a los flujos mezclados de sus primos; encontraba delicioso el sabor del esperma.
Poco a poco el caudal seminal disminuyó y el instrumento de Juanma se volvió blando y fue encogiéndose. Transcurridos unos minutos los tres completamente extenuados se acostaron sin pronunciar ni una palabra.
En los días sucesivos fueron acabando el resto de los capítulos de la novela, al tiempo que descubrían infinitas variaciones de juegos e intercambio de papeles bajo el arco dorado del creciente y la cúpula inmortal de la noche.
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