El último martes 29 de septiembre, mientras Azul recorría las calles de Mendoza por cuestiones de trabajo, yo me quedé a cientos de kilómetros convertido en el espectador más perverso y fascinado de su despertar sexual. Todo había empezado con una idea que yo mismo les había sembrado en la cabeza: aprovechar que ella coincidía una noche con Diego —con quien habíamos hecho nuestro primer trío allá por 2018— para organizar una cena de reencuentro. Yo sigo manteniendo una conversación fluida con él desde aquella época y siempre arreglamos algún encuentro por nuestra cuenta, así que se me ocurrió sugerirles que se juntaran a cenar, aprovechando que hacía más de dos años que no se veían.
Él se mostró muy motivado con la idea; de hecho, siempre me pedía la oportunidad de juntarse a solas con ella, pero a Azul le daba reparos estar sola. Sin embargo, días antes del viaje le insistí para que aprovechara la ocasión y se encontrara con él: por algo se había dado esa coincidencia. Poco a poco, ella se fue entusiasmando.
Yo ya les había sembrado la idea a ambos; ahora dependía de ellos. Así fue como el lunes él le escribió para invitarla a cenar al hotel la noche del martes, y ella aceptó.
Llegó el martes y combinaron para encontrarse a las 21:30 en el hotel (cuyo nombre no recuerdo, pero que según ella era muy lindo). Azul llegó luciendo un pantalón estilo cuerina negra, una blusa sin hombros llena de brillos —que luego serían protagonistas—, el pelo recogido, la boca pintada y unas botas sexys también negras. Él se puso un pantalón y una remera; ambos iban bien perfumados, algo de suma importancia para ella.
Azul me comentó que, mientras se bañaba para salir, ya empezaba a imaginarse todo lo que podía o no suceder. En principio, su expectativa era una cena de viejos amigos, pero ya arriba del Uber comenzó a excitarse al pensar en una noche de pasión. Previamente habíamos hablado de que ella tenía total libertad para hacer lo que sintiera; los límites los ponía ella.
Volviendo al encuentro, él la esperaba en la mesa. Instantes antes de entrar y verlo ahí sentado, sintió en el estómago esa descarga eléctrica de nervios y adrenalina pura, exactamente igual que la primera vez que se vieron hace años. Al llegar se dieron un beso en la mejilla —aunque ella me confesó que imaginaba que él se le iba a abalanzar a comerle la boca— y se sentaron casi codo con codo. Él pidió un vino por sugerencia mía, y comenzaron a beber, a recordar viejas épocas, esas lindas experiencias del pasado y todo lo que había pasado en este tiempo sin verse. Poco a poco, el vino empezó a surtir efecto en ella, al igual que su excitación.
Ella me confesaría después que cada sorbo de alcohol quemaba un poco más sus defensas; sentía la mirada de Diego fija en su boca, pero lo que realmente la mojaba por dentro era la consciencia constante de que yo, a cientos de kilómetros, estaba saboreando mentalmente cada segundo de lo que ocurría. En medio de la charla, me mandó una selfie temporal donde se los veía muy cerca y sonrientes; al ver la sonrisa y los ojos de ella, supe de inmediato que esa noche abríamos un juego nuevo: ella saldría sola y tendría sexo con otro hombre por primera vez.
Pasada una hora y pico, recibo un mensaje de WhatsApp de ella: «Mati, no para de besarme. ¿Qué hago?». Se oía como si me estuviera suplicando que le dijera que fuera a coger. Eso me provocó una calentura insostenible; al escucharla tuve una erección automática. Le respondí: «Amor, andá a hacer lo que tanto deseas, no te reprimas y disfrutalo». Ella me contestó: «La próxima venís vos», y me contó que ya estaba un poco mareada por el alcohol.
Más adelante me contaría que, post cena, no pararon de besarse en el mismo restaurante. En un momento, sintió calor y le pidió al mozo si podía bajar las luces, lo cual hicieron, volviendo el ambiente mucho más íntimo.
El tiempo pasaba y yo no tenía noticias; imaginaba que ya habían subido a la habitación. En teoría, una vez allí me iban a llamar para que yo participara a través del teléfono, pero no aguanté más la intriga y los llamé por videollamada. Azul respondió y dejó el celular enfocado hacia ellos. Había muy poca luz —casi que solo se distinguían las siluetas—, pero se escuchaba perfectamente cómo ella gemía de placer mientras él no paraba de manosearla. Del otro lado de la pantalla, en la soledad de mi habitación, sentí el golpe seco de la impotencia mezclado con una descarga eléctrica de excitación pura.
Estar ahí, atado a un visor de cristal, obligado a tragarme mis propias ansias mientras escuchaba cómo otro hombre tomaba lo que más amo, funcionó como el combustible más perverso y adictivo que jamás probé. Azul ya estaba en ropa interior, totalmente entregada a él. En un momento se ve cómo empieza a hacerle sexo oral a él de forma desenfrenada. Cada tanto me miraba y me preguntaba: «¿Te gusta lo que ves, mi cornudo?», para luego volver con él y olvidarse por completo de que jwt estaba del otro lado de la pantalla.
Él la tiró sobre la cama, la despojó de toda la ropa y, después de un rato de recibir sexo oral, se puso el preservativo y comenzó a penetrarla rico. Yo veía la sombra del movimiento mientras se disfrutaban mutuamente; la cámara justo captaba el ángulo donde él estaba encima y ella tenía las piernas abiertas, moviéndose al ritmo de cada embestida. Estuvieron un rato largo así, con ella gimiendo sin parar, hasta que llegó al orgasmo y luego él terminó.
Más tarde, ella me contaría que él jugueteó con su dedo en la zona anal, intentando lubricarla para probar un nuevo anal, tal como ocurrió en nuestro segundo trío en 2019 (es el único hombre con el que ha explorado esa zona, incluso yo aún no pude). Diego es el primero en muchas experiencias de Azul: el primer hombre con el que hicimos un trío, el primero en estrenar esa cola y ahora el debut en salir a tener sexo sola con otro. ¿Qué otra experiencia vendrá con él en la que la haga estrenar algo nuevo?
Retomando el encuentro, él se levantó para ir a bañarse y ella lo siguió de inmediato. Ambos se metieron a la ducha y ella no paraba de besarlo con muchísimo deseo, tocándolo sin parar. Me dejaron ahí escuchando todo, olvidándose de que el celular seguía encendido. Al volver, ella agarró el teléfono y me preguntó si me había gustado lo que vi. Le dije que por supuesto, que había sido muy caliente, pero que me había faltado un poco más de luz. Él encendió una lámpara y ella, envuelta en una toalla tirada en la cama, se la abrió un poco para mostrarme los pechos. Le pedí que me gustaba verlos besarse; ella tomó el celular y comenzaron a besarse directo a la cámara.
Se le veía la cara de placer total, de lujuria extrema. Enseguida le agarró el miembro y empezó a chuparlo: ya quería tener sexo otra vez. No habían pasado ni diez minutos desde que habían terminado el primer polvo y ya quería más. Él no pudo resistir y en poco tiempo la estaba penetrando nuevamente. Ella gritaba de manera desaforada mientras dejaban el celular apoyado en la cama. Yo solo podía escuchar sus gemidos, lo que me encendía de forma extrema mientras me masturbaba intentando no eyacular para alargar el placer, aunque cada vez era más difícil controlarse ante semejante escena.
Al terminar, él le preguntó si lo había disfrutado y se fueron al baño. Tardaron un rato allí y, al volver, ella me cortó la llamada sin decir nada. Por supuesto, no volví a llamar; dejé que la intimidad fuera solo para ellos.
Al encender las luces de la habitación, se dieron cuenta de que la remera de brillos había dejado rastros por toda la estancia, incluso sobre la valija de él (ya imaginando las explicaciones que tendría que darle a sus cercanos o esposa por tanto brillo en su ropa y pertenencias). Siguieron un rato más a los besos en el cuarto y, finalmente, ella pidió un Uber para regresar a su alojamiento. Más tarde me confesaría que se había quedado con ganas de más, que podría haber tenido otro encuentro, pero que la borrachera ya le jugaba en contra.
Ya en el auto, veníamos chateando sobre cómo se había sentido. Me dijo que muy poderosa y excitada; yo le comenté: «Saliste puta como ella sola», a lo que me respondió: «Te extraño», algo que sonaba raro viniendo de estar con otro, pero sincero, y le creo.
Al día siguiente me confesó que le gustó mucho la experiencia, aunque remarcó que no es lo mismo que cuando estoy yo, ya que el factor del teléfono a veces te saca de eje, por lo que en una próxima ocasión prefiere evitarlo y enfocarse solo en el placer. Durante esa larga llamada de recapitulación, me relató con pelos y señales cada textura, la fuerza exacta con la que él la empujaba contra la cama y el sabor exacto de la piel de Diego mezclada con el suyo.
Además, me confesó sin filtros que Diego realmente le gusta muchísimo, que la calienta de una manera especial y que le encantaría seguir este juego con él durante años; me reconoció que siente una total confianza con él y que se ha convertido en un gran fetiche a nivel sexual en su vida.
Recordar cada detalle con esa crudeza nos volvió a sacudir por dentro, convirtiendo sus palabras en una caricia sucia que nos dejó a ambos con la piel hirviendo a la distancia, confirmando que el fuego había traspasado la pantalla para instalarse en nuestra rutina. Me aseguró que tiene muchísimas ganas de repetir la experiencia en Buenos Aires, que le quedó la temperatura alta y que no para de pensar en eso.
Recordó también que fue ella quien dio el primer paso, lanzándose a besarlo post cena sin poder frenar las ganas. Entre las charlas que compartieron a solas, ella le preguntó cuándo le iba a traer el amigo que había prometido para armar algo de a tres, y quedaron en ver si podían concretarlo antes de fin de año.
Desde el martes hasta hoy, no hay día ni noche en que ella no recuerde lo ocurrido y se caliente; algo se activó en su interior. Me dice que está con unas ganas inmensas de coger, a lo cual le respondí que lo haga si consigue con quién (incluso le sugerí al turista europeo de estilo alemán con el que tanto fantasea).
Realmente fue una primera experiencia muy satisfactoria para las tres partes involucradas, seguramente mucho más para Diego y Azul que para mí. Pero, como siempre digo, yo disfruto enormemente verla gozar, verla sacar su lado más salvaje a nivel sexual, algo que siento que hace cada vez con más fuerza. Lo disfruto tanto que ya me pregunto si la dejaré repetir más veces, y ella también me ha manifestado que le gustaría que algún día yo viva una experiencia a la inversa con otra mujer, además de pedirle a Diego que traiga a alguien para armar un cuarteto.
El tiempo dirá qué nuevas aventuras iremos experimentando con Azul, o qué límites decidirá cruzar por su cuenta. Lo único seguro es que aquel martes de septiembre algo se rompió para siempre en nuestra rutina: la puerta ya se abrió, el juego cambió de reglas, y ahora solo es cuestión de tiempo para que la próxima chispa vuelva a encender el fuego.
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