Calor de hormigón

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T. Lectura: 9 min.

El tren se retrasó cuarenta minutos. Marcos a sus 19 años recién cumplidos se bajó en Atocha y el calor de Madrid le golpeó la cara como una bofetada. El aire olía a asfalto derretido y a gazpacho. Llevaba una mochila azul demasiado pesada y el pelo castaño pegado a la frente. Caminó hacia el metro sudando ya.

La calle era estrecha, llena de macetas en los balcones. El portal olía a cloro y a comida. Subió los tres tramos de escaleras sin ascensor. Llamó al timbre. El zumbido eléctrico le recorrió la espalda.

La puerta se abrió.

Tía Ángela estaba frente a él. Cuarenta y seis años. Un cuerpo que no encajaba con la palabra «tía».

Llevaba un vestido de verano de tirantes, azul claro, ceñido como una segunda piel. Pecho enorme, generoso, que se movía con cada respiración. Caderas amplias. Cintura marcada. El escote dejaba ver la profunda hendidura entre las tetas y el borde superior de los pezones cuando se inclinaba un poco.

—¡Ya estás aquí! —dijo, y su voz era un abrazo cálido—. Pasa, pasa.

Lo abrazó. El impacto fue brutal. Sus pechos se aplastaron contra el pecho de él. La tela fina del vestido no escondía casi nada. Sintió la suavidad, el calor, el peso. El aroma a coco y a mujer le subió directo a la entrepierna.

Se apartó con las mejillas rojas. Ella le palmeó la cara con una mano grande y cálida.

—Mira qué alto estás. ¿Cuánto mides ahora?

—Uno ochenta y dos.

—Como tu padre. —Su mirada bajó un segundo por el cuerpo de él, lenta, evaluadora—. Las chicas están en la piscina, en la azotea. Se han pasado el día entero ahí arriba.

Le señaló el pasillo.

—Deja la mochila en tu habitación. La de tu abuela. Ya la he preparado.

Marcos caminó por el pasillo sintiendo la mirada de su tía en la espalda. Se cambió a un bañador azul. Subió los escalones de hormigón hasta la terraza. El sol le cegó un instante. Luego las vio.

Valeria estaba tumbada boca abajo en una hamaca blanca. Veintidós años. Espalda dorada salpicada de pecas. Nalgas redondas y firmes apenas cubiertas por el pequeño lazo rosa del bikini. El lazo se metía entre los glúteos, marcando la raja. El pecho se aplastaba contra la hamaca, un volumen generoso que se adivinaba a la perfección.

Sofía estaba en el borde de la piscina con los pies en el agua. Diecinueve años. Bikini de rayas azules ceñido a las caderas. Pechos firmes y prominentes que se movían con cada gesto. Cara de ángel sobre un cuerpo hecho para pecar.

Sofía se dio la vuelta sin prisas y le sonrió. Una sonrisa que no tenía nada de inocente.

—Marcos, el pequeño —dijo con voz baja—. El de la boda, el que se escondía detrás de su madre. Cómo has crecido.

Sus ojos recorrieron el cuerpo de él de arriba abajo, deteniéndose un segundo en la entrepierna.

Valeria se giró despacio, apoyándose en los codos. El bikini rosa se tensó sobre sus pechos. Le dedicó una sonrisa lenta, evaluadora.

—Cinco años. Te has hecho un hombre, Marcos. —La palabra «hombre» sonó como una caricia sucia—. ¿Has traído crema solar? El sol de esta ciudad no perdona.

—Sí.

—Bien. —Volvió a tumbarse boca abajo, ofreciendo la espalda y el culo—. No te vayas a quemar. Eres muy blanco.

Sofía se metió en la piscina. El agua se abrió a su alrededor. Nadó hasta el borde, justo donde él estaba sentado. Apoyó los brazos en el cemento a centímetros de sus piernas. El agua chorreaba por su cuello y se deslizaba entre sus pechos, haciendo que la tela del bikini se transparentara un poco.

Los pezones se marcaban duros.

—Los checos son tan distantes —dijo ella—. Serios. Fríos. Pero tú, en cambio… —Sus ojos bajaron otra vez, esta vez sin disimulo, hacia el bañador de Marcos—. Tienes la sangre caliente de tu padre. Eso se nota.

Valeria, desde la hamaca, observaba la escena con una sonrisa afilada. Se incorporó lentamente y se estiró, arqueando la espalda. El pecho se le adelantó, el bikini casi no lo contenía.

—Bueno, dejad de hacerle preguntas al pobre chico —dijo—. Acaba de llegar. Déjalo respirar. —Se levantó y caminó hacia la escalera. Las nalgas se movían con cada paso, el lazo rosa balanceándose entre ellas—. Bajo a buscar algo de beber. ¿Quieres algo, Marcos?

—Agua.

—Agua —repitió ella, y bajó las escaleras dejando que el culo se balanceara de forma deliberada.

Sofía seguía en el agua, mirándolo. Se puso de pie. El agua le cubría hasta el pecho. Los pechos flotaban ligeramente, empujados hacia arriba por el bikini.

—¿Te gusta? —preguntó.

—¿El qué?

—El agua. La piscina. —Sonrió—. Es muy agradable. Deberías bañarte.

—Quizás luego.

—No. Ahora. —Se acercó al borde y le ofreció la mano. El agua goteaba por sus dedos—. Vamos, primo. No seas tímido. El agua está perfecta.

Marcos se levantó. Se sentó en el borde y se deslizó dentro. El agua tibia le abrazó las piernas, la cintura, el pecho. Sofía estaba a un metro. El agua se movía entre ellos.

—¿Ves? —dijo ella—. No es tan difícil.

Se acercó. Un paso. Otro. Ahora estaban frente a frente. Sus pechos rozaban casi el pecho desnudo de él. La tela del bikini se le pegaba a la piel, transparentando el contorno de los pezones.

—Tienes los ojos de tu padre —susurró—. Y la boca de tu madre. Una mezcla rara. Pero funciona. —Su mano se posó sobre el hombro de él. Los dedos se deslizaron un poco más abajo, rozándole la clavícula—. Funciona muy bien.

Valeria volvió con dos botellas de agua. Se detuvo en el borde de la piscina y observó la escena. Su sonrisa era una máscara.

—Ya veo que os estáis haciendo amigos. Sofía, no ahogues al chico antes de que conozca la casa.

—No pienso ahogarlo —dijo Sofía sin apartar la mano del hombro de Marcos—. Solo le estoy dando la bienvenida.

—Claro. —Valeria se sentó en el borde, metiendo los pies en el agua. El bikini rosa se le ceñía a las caderas. Las piernas largas y doradas se movían despacio—. Bienvenido a casa, Marcos. Bienvenido al paraíso.

El sol caía sobre ellos, implacable. El agua se movía alrededor del cuerpo de Marcos. Sofía mantenía la mano en su hombro, los dedos acariciando la piel. Valeria lo miraba desde el borde con los ojos entrecerrados, una sonrisa lenta en los labios.

La tarde se estiró como un chicle caliente y pegajoso. Marcos se quedó en la piscina más tiempo del que había planeado. El agua tibia le abrazaba el cuerpo, subiendo por las piernas y rozándole la entrepierna a través del bañador. Sofía y Valeria lo rodeaban sin apartar la mirada.

Sofía se sentó en el borde de la piscina con los pies en el agua. El bikini de rayas azules se le había corrido hacia un lado, dejando a la vista el arranque de la curva de su cadera y el inicio de la raja del culo. Valeria estaba tumbada en la hamaca, boca arriba, con los brazos detrás de la cabeza. Los pechos le apuntaban al cielo, apenas contenidos por el triángulo de tela que se le hundía entre ellos. Con cada respiración se movían y los pezones se marcaban duros bajo la tela.

—¿Qué tal en Praga? —preguntó Sofía—. Tu madre nos envía postales cada Navidad. Siempre nieva en las fotos.

—Sí, nieva mucho —contestó Marcos—. Pero en verano también hace calor. No tanto como aquí.

—¿Y tu padre? —preguntó Valeria sin abrir los ojos—. ¿Sigue en Sevilla?

—Sí. Trabaja en una oficina.

—Tu padre es un hombre serio. Como tu madre. Como todos los checos.

—Mi madre no es seria. Es reservada. No es lo mismo.

—Ah, reservada —dijo Sofía con una sonrisa—. Claro. Como mi madre, que dice que el sexo es para hacer niños y ya está.

Se rio, un sonido bajo y húmedo.

—Es broma, primo. Mi madre no es tan mojigata. Pero tampoco es una santa. —Se inclinó hacia él y bajó la voz—. Esta casa guarda muchos secretos. Ya los irás descubriendo… y saboreando.

Valeria se incorporó. Se estiró arqueando la espalda, empujando el pecho hacia delante, y se levantó de la hamaca. Caminó hacia la escalera y se detuvo justo al lado de Marcos. El bikini negro se le había metido entre los labios del coño, marcando la raja.

—Bajo a preparar algo de cenar —dijo—. Primo, baja cuando quieras. Sofía, no lo entretengas demasiado. —Sus dedos rozaron el hombro de él al pasar, bajando un poco por el brazo hasta rozarle el pecho—. Todavía no ha visto su habitación… ni lo que hay dentro de ella.

Sofía se quedó mirándolo desde el borde.

—Mi hermana siempre ha sido así. Controladora. Pero es buena. Solo quiere que todo salga bien… y que todo se meta bien.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué quieres tú?

Ella sonrió despacio.

—Yo quiero divertirme. —Se levantó y se puso de pie frente a él. El agua le llegaba hasta la cintura. Los pechos, cubiertos por el bikini, quedaron a la altura exacta de su mirada. El contorno de los pezones se marcaba con claridad—. Y creo que tú también quieres divertirte, primo. ¿O prefieres quedarte mirando mientras se te pone la polla dura?

Se acercó un paso. El agua se movió entre ellos, rozándole la entrepierna.

—Claro que lo sabes, Marcos. —Su mano se posó sobre su pecho, cálida y húmeda, los dedos rozándole el pezón—. Los chicos siempre saben lo que quieren. Solo que a veces tienen miedo de decirlo… y de enseñarlo.

—No tengo miedo —dijo él.

—Mientes. —Se inclinó hasta que su boca quedó a centímetros de la de él—. Pero no pasa nada. El miedo también es parte del juego… y se cura follando.

Lo besó. Primero fue un roce suave. Luego abrió la boca y le metió la lengua, lenta, húmeda, saboreándolo. Él respondió torpemente al principio, después con más urgencia. Cuando se apartó, una hebra de saliva quedó uniendo sus labios.

—¿Ves? No es tan difícil. Ahora ábreme la boca de verdad la próxima vez.

Salió del agua. El agua chorreaba por sus piernas y por sus caderas, resbalando entre los labios del coño y dejando el bikini casi transparente. Se secó con movimientos lentos, frotándose las tetas, el vientre y el culo.

—Baja cuando quieras. La cena estará lista en una hora… y después, si te portas bien, te doy postre.

Bajó las escaleras sin mirar atrás.

La cena fue una tortura silenciosa. Tía Ángela había preparado tortilla de patatas y ensalada. La mesa era pequeña. Marcos quedó entre Sofía y su tía; Valeria enfrente. Bajo la mesa, el muslo de Sofía se pegó al suyo y no se apartó. Cada vez que se movía, la piel tibia rozaba más arriba, casi hasta la entrepierna.

—¿Qué tal la piscina? —preguntó Tía Ángela.

—Muy buena —contestó Marcos.

—Sofía no te ha dado la lata, ¿verdad? —dijo Valeria con una sonrisa afilada.

—No, para nada.

Sofía sonrió y presionó más fuerte la pierna contra la de él. Tía Ángela llevaba un vestido amarillo de escote generoso. Cada vez que se inclinaba se veía el inicio de la hendidura entre sus tetas y la sombra del sujetador.

Después de la cena, Marcos ayudó a recoger. Tía Ángela lavaba los platos. Su cuerpo grande y generoso rozaba el de él cada vez que se movía. El aroma a coco y a mujer le llegaba en oleadas. Cuando se inclinaba, el escote se abría y dejaba ver el borde de los pezones.

—Gracias por ayudar, sobrino. Eres un buen chico. Como tu padre. Pero más callado… y más duro, por lo que veo.

Al terminar, puso una mano en su brazo, subió hasta el hombro y bajó un poco hacia el pecho.

—Si necesitas algo, mi habitación está al final del pasillo. Puedes llamar a cualquier hora… incluso de madrugada. Si te despiertas… caliente.

Se fue balanceando las caderas.

Esa noche, casi a la una, Sofía entró en su habitación sin llamar. Llevaba el camisón de seda corto color vino tinto que apenas le cubría las caderas. El cabello suelto y húmedo le caía sobre los hombros. Los pezones se le marcaban duros a través de la tela fina. Entre las piernas no llevaba nada; la raja del coño se dibujaba bajo la seda.

—No he podido dormir —dijo en un susurro—. ¿Tú tampoco? ¿O estabas tocándote la polla pensando en mí?

Caminó hasta la cama y se sentó en el borde. El colchón se hundió. El calor de su cuerpo y el olor de su coño llenaron el aire.

—No he dejado de pensar en el beso. Tú tampoco, ¿verdad? ¿Se te ha puesto dura recordándolo?

Se inclinó. Su aliento rozó la mejilla de Marcos. Una mano se posó sobre su muslo y subió despacio hasta apretarle la polla a través del bóxer.

—¿Quieres que te lo repita? ¿Quieres que te chupe la lengua… y luego la polla?

Él asintió.

Esta vez el beso fue hambriento. Sofía le abrió la boca con la lengua, lo chupó, lo mordió el labio inferior. Su mano le apretaba la polla por encima de la tela mientras la otra le sujetaba la nuca. Luego bajó la mano, se metió bajo el bóxer y le agarró la polla desnuda. La piel estaba caliente, gruesa, ya dura. Empezó a masturbarlo despacio, subiendo y bajando, pasando el pulgar por la cabeza húmeda de precum.

Se subió encima de él. El camisón se levantó y dejó a la vista el coño completamente afeitado, rosado y brillante de humedad. Marcos le apartó la tela, le agarró las caderas y las nalgas. Sus manos subieron a los pechos, pellizcaron los pezones duros a través de la seda. Sofía gimió bajo.

—Quiero que me toques toda. Quiero que me metas los dedos en el coño y me lo abras.

Él le metió dos dedos entre los labios hinchados. Estaba empapada. Los dedos se hundieron con facilidad. Empezó a moverlos dentro, sacándolos y metiéndolos, escuchando el sonido húmedo. Sofía se arqueó y le mordió el cuello.

—Así… más profundo. Fóllame con los dedos.

Bajó la boca por el pecho de él, por el estómago, y apartó el bóxer de un tirón. La polla saltó libre, venosa, la cabeza brillante. Sofía la miró un segundo, se lamió los labios y se la metió entera en la boca. Chupó fuerte, bajó hasta casi los huevos, subió otra vez, succionando, haciendo ruidos obscenos de garganta. La saliva le resbalaba por la barbilla. Una mano le apretaba los huevos mientras la otra le masturbaba la base.

Marcos arqueó la espalda y le sujetó la cabeza. Ella aumentó el ritmo, chupando más profundo, más rápido. Cuando sintió que estaba a punto, Sofía se apartó de golpe, se subió el camisón hasta el pecho y se inclinó sobre él, ofreciéndole las tetas y la cara.

—Córrete encima de mí —ordenó, la voz ronca—. Quiero sentir tu leche en las tetas y en la cara.

Él se masturbó rápido, mirándola. El chorro salió grueso y caliente. Primero le salpicó el pecho, resbalando entre las tetas. El segundo le dio en el cuello y en la barbilla. El tercero le alcanzó la mejilla y los labios entreabiertos. Sofía se lo recibió con la boca abierta, lamiendo lo que le caía cerca, frotándose la leche por los pezones con los dedos.

Mientras dentro de la habitación Sofía y Marcos llegaban al final, Valeria observaba todo a través de una estrecha rendija de la puerta.

Había llegado descalza, con el camisón negro corto apenas cubriéndole el culo. Pegó el ojo a la rendija y una mano bajó entre sus piernas. No llevaba nada debajo. Los dedos se deslizaron por su coño ya empapado, separaron los labios y se hundieron dentro. Empezó a tocarse al ritmo de lo que veía: dos dedos entrando y saliendo, el pulgar frotando el clítoris hinchado.

Se inclinó más contra la puerta, abrió las piernas y se folló con más fuerza. Tres dedos ahora, el jugo resbalándole por el muslo. Cuando vio el chorro de Marcos salpicar el pecho y la cara de su hermana, aceleró. Se corrió en silencio, apretando los muslos, los dedos todavía clavados dentro.

Todavía temblando y con los dedos brillantes, empujó la puerta.

Se abrió del todo.

Valeria quedó de pie en el umbral. El camisón negro le llegaba apenas a mitad de las nalgas. Tenía las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos. Los ojos fijos en la escena: la polla de Marcos todavía soltando las últimas gotas, el pecho y la cara de Sofía brillantes de semen.

Sonrió despacio, sin sorpresa.

—Vaya… —dijo en voz baja—. Así que esto es lo que hacéis cuando creéis que nadie mira.

Entró y cerró la puerta con un clic suave. Se acercó a la cama, se mordió el labio mirando la leche que resbalaba por las tetas de Sofía y levantó la mano húmeda para que ambos la vieran.

—Creo que voy a quedarme a ver cómo termináis… o a ayudaros.

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