¿En qué piensas?, me dice Leo, en la cama de al lado. Hemos regresado al hotel, cansadas de la visita a las calles y los museos de Mérida. Hace un calor tórrido. Hemos firmado el acta y don Miguel, el notario nos ha declarado oficial y legalmente herederas del cortijo, la hacienda, las bodegas y las tierras de tío Gonzalo, que falleció tres semanas atrás.
Ahora, después de la ducha estamos mi hermana y yo sentadas sobre los blandos colchones de la habitación del hotel. El aire acondicionado no funciona muy bien y el calor nos impide dormir. Leo está como yo sin el fastidioso sostén y ambas en braguita. Ella estaba leyendo su Del amor de Stendhal hasta que se volvió hacia mí, mirándome sobre el arco de las gafas a media nariz.
¿En qué piensas Maripili?, repitió. Suspiro sonoramente, me rasco la cabeza y respondo: Pensar…, no pienso; estaba fantaseando. Por entretenerme… ¿Y qué fantasía era ésa? Bueno…, no, cosas mías. No me la quieres contar; ¿es eso? Se ha quitado las gafas y tiene una patilla entre los dientes. Cosas mías, repito. Insiste: ¿qué cosas? Calla un momento, eleva una ceja y me dice con una sonrisa de picardía: Entiendo…, cosas íntimas, ¿eh, golfita? Echas de menos a Juan, eh. ¿Y tú a Bruno?, pregunto. No, para nada…, últimamente… ¿Tenéis problemas?, me intereso. Lo habitual, Maripili; como todas las parejas. ¿Y tú? Tienes razón, todas estamos igual. Sabes, la miro ladeándome un poco, hace un par de meses que no lo hacemos. Me sonríe: Bienvenida al club, hermanita.
Ha dejado el libro en la mesilla. Yo vuelvo a mis pensamientos. Veo la escena como en una película. Están las cuatro allí; él también. Mi interior cosquillea. ¿Es sexual?…¿Tú fantasía…, es sexual? Me paso la mano por debajo del cuello; con esta humedad, estoy transpirando (tengo gotas de sudor bajo la barbilla). Sorprendida, respondo: Sí. Ella inmediatamente: ¡Ay, quiero que me expliques! Vamos, cuenta, cuenta… Me has puesto cachonda. Tuerzo la nariz y le digo: Vale, te lo voy a describir. Pero controla tu ardor. ¿A menudo haces esto? Pregunta ella. ¿Dejarte llevar por las fantasías eróticas? Sí, digo; muchas veces: a veces es mejor que follar. Y me echo a reír. Venga, me estoy poniendo caliente e inquieta.
Había una vez…, bromeo. Leo estalla en risas, cruza las piernas en posición del loto y coloca infantilmente las manos sujetando su cabeza . Sus ojos brillan de interés. Son cuatro amigas. ¿Las conozco? No, tontita, respondo, son cuatro mujeres y son amigas. No me interrumpas. Están en una habitación grande, de una mansión británica. Las cuatro tienen el pelo recogido en una cola. Una es de origen hindú, dos son rubias y la otra tiene el pelo negro. Hay también un hombre, alto, delgado, maduro… Dos de las mujeres también lo son: la morena y una de las rubias…
Leo dice: ¿Todo eso imaginas? Sí, es como lo veo, repongo. El hombre lleva cuatro vendas de color violeta en las manos, le da una a cada mujer. Las cuatro están sentadas en butacones victorianos, desnudas… El hombre también. Leo deja escapar un silbido agudo: ¡guau, Maripili: eres una calentorra! No sabía que… La corto: Déjame seguir. ¿Quieres oír o no? Perdona, dice, continúa. Ya estoy calentona.
Las venda; les sujeta las vendas violeta, cubriéndoles los ojos. A la rubia más joven la ata al sillón. Comprueba una por una las tiras de tela y las ataduras de la rubia. Se retira y toma asiento a su vez en una silla baja, a unos pasos del grupo. La estancia está caliente por una gran chimenea de hogar. El hombre con voz suave, remolona, recuerda: Está prohibido hablar. Ninguna ha de saber quien la toca o a quien toca ella. Esa es la condición. Yo no puedo participar con vosotras, pero sí disfrutar como voyeur. Esas son las reglas. Disfrutad del sexo puro. Chasquea los dedos.
Salvo la rubia que tiene las muñecas y los tobillos sujetos, las otras tres mujeres se levantan y caminan con precaución por la estancia. La hindú se topa con la rubia madura y se abrazan. Se besan. La hindú sujeta la cabeza de la otra e introduce su boca en la de ella. Las lenguas se acarician, mientras la rubia magrea las pequeñas tetas de piel oscura. La hindú se pega a ella. Ambos pubis se juntan. Los dedos recorren el culo de la rubia. Y de la mano ambas caminan, buscando a la más joven en su butaca.
El hombre se levanta y se sienta en uno de los victorianos vacío, y observa a pocos metros de las sacerdotisas sáficas.
La mujer morena ha tropezado con el sillón donde está la rubia más joven. Tantea y le acaricia los hombros, baja a sus pechos y juega con los pezones. Después se agacha y toca los pies. Las piernas y los muslos de la chica. Las otras se juntan con la tercera mujer. Cada una se coloca a un lado de la rubia que está sujeta. Le magrean las tetas. Ella gime. La morena se ha arrodillado y juega con la entrada del coño de la chica, que abre las rodillas; le besa la raja y le abre los labios verticales.
Paro un momento, Leo parece embobada. ¿Te gusta?, le pregunto. ¡Qué imaginación, ufff! ¿Has imaginado muchas historias así, como esta?, pregunta. Sí…, me vienen al pensamiento de forma espontánea, por sí solas. ¿Cuándo estás caliente?, inquiere nuevamente. Respondo afirmativamente. Me he puesto…, confiesa con los ojos abiertos como calices. Miro disimuladamente la entrepierna de su braguita: efectivamente, se puede ver claramente una sombra de humedad. ¡Sigue!, dice nerviosa, casi como una orden.
El hombre, prosigo, se ha empalmado y se acaricia los testículos; luego se acaricia la polla. Con los muslos separados se agarra los huevos y se pasa los dedos por la bolsa escrotal, manoseándose las pelotas. Palpa cada testículo. Después se mira el miembro erecto. Su cipote muestra el glande de un rojo encendido. Sube y baja el prepucio. Sus dedos recorren el borde grueso del capullo, su línea semicircular de color morado. Da ligeros golpecitos en la boquita del glande lo que le estimula todavía más. Sujeta el formidable falo vertical, que se balanceaba levemente. Está caliente, duro, con las venillas anchas y azuladas, visibles sobre la pálida carne del miembro tieso. Deja caer saliva sobre el capullo e impregna con los dedos la cabeza del glande…
Leo emite una especie de bufido. Su rostro se ha enrojecido; los mofletes parecen a punto de estallar ¡Caray, nena…, me has puesto super cachonda! Se lleva la mano a la braguita. Veo el dibujo de su vulva marcado en la braguita; la línea de sus labios vulvares y el canal de entrada a la vagina. De repente, yo también me noto húmeda. ¡Vamos, dice imperiosa moviendo din disimulo sus dedos en la pequeña duna de aprisiona su sexo impaciente, sigue!
Vuelvo a mí fantasía y miro al vacío donde reposan los sueños que auguran La tormenta de las delicias, el relámpago ciego del placer orgásmico: La mujer madura está besando el coño de la chica atada. Tiene los pétalos del chocho abiertos y su lengua entra y sale del agujero estrecho, recorre los lóbulos de los labios vaginales, se hunde en el coño y sus labios chupan el clítoris. La muchacha jadea intermitentemente. La hindú y la otra rubia maman los pezones pequeños y puntiagudos.
La morena sigue el cunnilingus. Ahora está introduciendo los dedos en el chocho de la rubita. Los hunde. La otra jadea sin cesar. La hindú se tumba y la rubia madura se tumba en posición inversa a ella. Las dos se besan los coños. La hindú succiona el clítoris de la rubia; la madura comienza a follarla con dos dedos. Las dos gimen llenando la estancia, y sus sonidos se superponen a los de la rubita, que se agita en sus ataduras.
¿Y él…, qué hace él?, interrumpe Leo.
Se manosea la polla; se está haciendo una paja… Leo vuelve a dejar escapar un bufido largo. Se acaricia el chumino ya sin cortarse por mi presencia. ¿No te importa? Estoy tan caliente que no puedo aguantar. ¿Te pones caliente tú también? ¿Cuándo fantaseas a solas…, te masturbas, Maripili? Afirmó con la cabeza. Ella aparta a un lado la tela y su peluso de pelitos castaños queda al aire. Me mira afectuosamente, casi entrecortada por el placer germinal y ruega: prosigue. Entreabre los muslos. Perezosamente comienza a manosearse el coño. En el propio interior de mi vagina resbala el flujo ardiente ante la imagen de los dedos de mi hermana acariciándose el coño, recorriendo su abertura, los bordes labiales desiguales, separando el encantador vello de sus orillas.
Él, continuo relatando lo que veo en mi imaginación a petición de Leo, hace girar el capullo entre los dedos. Lo aprieta y lo hace girar hacia un lado y otro. Por su agujero brotan los primeros fluidos preseminales. Se moja toda la tranca con el líquido. Vuelve a dar golpecitos al mango duro y hace girar toda la verga en el aire. El pollón está enrojecido asiado de los dedos. La joven rubia gruñe cuando le viene el orgasmo. Se agita en el sillón.
Aprieta los puños; hace cabalgar la boca de la morena pegada a su vulva gimiente. Enardecido por lo que ve, el hombre se masturba enérgicamente. Apenas está sentado en el borde del sillón. La leche sale a borbotones, caliente, espesa, con fuertes manguerazos, a la vez que se suceden los espasmos que expulsan el néctar viscoso, que resbala de sus dedos al suelo en siete y ocho explosiones.
Mi estado de excitación sexual ha llegado al máximo: un caudal templado llena mi vagina. Observo a Leo: sus dedos acarician con un ritmo más enérgico. El brillo del flujo ha impregnado sus dedos índice y medio. ¿Te gusta el relato? Responde con una exclamación suspirante, después sonriendo sibilinamente dice: ¿La morena no se satisface? Me río y contesto: Ponte cómoda, hermanita, y me quito la braguita. Por supuesto, se lo vamos a proporcionar tú y yo ahora mismo. Leo se quita también la braguita su rajita deja ver claramente los labios vaginales engrosados por el deseo, dilatados. Se abre el higuito. Puedo ver el interior fresco, rosado y húmedo.
La cerecita violeta se distingue hinchada y luminosa. Los dedos vuelven a estimular el capullito violeta que se mueve entre su índice y su dedo medio. Sus ojos se fijan en mi vulva desnuda, en mi chocho desnudo y me hace una seña. Las dos juntas, pregunta. Yo a la vez que asiento con la cabeza me acaricio la entrada del chocho, inserto un dedo que se llena de suave fluido. Los dedos de Leo que entran y salen del coño completamente mojado hacen que se acelere mi ritmo respiratorio y desatan mi deseo de emularla. Me estimulo el clítoris que se endurece y crece bajo el tacto certero de mis húmedos dedos.
Sigo contando:
La mujer morena se sienta en la butaca, frente al hombre y comienza a estimularse el coño. Se llena los dedos de saliva y mete uno tras otro dentro de su vagina dilatada y chorreante. Sus dedos giran en el conducto; se folla delante del hombre que vuelve a tener la polla dura y tiesa. Él también se pajea, mirando como la mujer se manosea el clítoris y continúa follándose a sí misma. La chica escucha el sonido que causa el rozamiento rápido del puño del hombre mientras se masturba. Con movimientos rápidos se masturba frotando el clítoris hasta que se viene gimiendo. El vientre del hombre tiene un movimiento violento y su polla del hombre vuelve a expulsar varios chorros de leche…
Veo cómo Leo juega con su cerecita, con su vello púbico, con los dos labios verticales, con su agujero ensanchado y goteante. Se frota el clítoris intensamente. Yo introduzco tres placenteros dedos que hundo en mi cueva chorreante. Oigo que mi hermana dice: termina la historia…, ¡va! Pero yo no puedo continuar: jadeó mientras me pajeo el chocho cuyo interior es un río de fluidos incesante. Ver cómo se masturba Leo me gusta tanto como follarme a mí misma y proporcionarme placer masturbatorio: voy de la vagina al abultado y erecto capullo. Se acerca el clímax.
Leo se convulsiona. Su cerecita es visible, brillante, encantadora. Gime, jadea. Yo sacó los dedos y los hago deslizar sobre la uvita dura de mi clítoris. Leo deja escapar un chillido cuando alcanza el orgasmo. No he de esperar: me corro también con el pecho galopando. Las dos tenemos un orgasmo entre fuertes espasmos que sólo se van aplacando lentamente.
Leo se recoge el cabello en una coleta y pide que termine la historia. Bueno, respondo, ya está. Otro día te cuento otra. Ella insinuante se acerca a mi cama con los ojos brillantes. ¿Qué te parece si ahora te cuento yo otra historia, pero entre nosotras, como una obrita de teatro, aquí, ahora, y se sienta junto a mí.
Me acaricia los muslos. Cuando llega a mi sexo la hago tumbar a mi lado. Leo me acaricia la raja y yo hago lo mismo con la suya. Así, mejor, ¿no?, me dice. Asiento sin decir palabra. Sus dedos juegan con mi rubí. Yo la penetró hasta que gime. Ella repite mi gesto y sus dedos follan mi agujero. Las dos iniciamos una nueva masturbación desde la vagina al clítoris. Siento un placer libidinoso y profundo. Leo tiene los ojos cerrados; hago lo mismo mientras ambas nos concentramos en darnos placer mutuamente.
El espasmo es tan fuerte que me agarró a la mano de mi hermana y la muevo vertiginosamente por mi clítoris que palpita salvajemente. Vuelvo a meter los dedos y la masturbo, cuando notó por sus jadeos que está a punto de venirse de nuevo, apresó su capullito y lo hago dar vueltas entre mis dedos… Leo se lleva las manos a la nuca y chilla mientras se corre. Emite quejidos de gusto, hasta que su clítoris deja de saltar entre las yemas de mis dedos.
Ya calmadas las dos, le digo: me gusta tu fantasía, hermanita. Podemos combinarlas, ¿no te parece? Y ambas nos echamos a reír abrazadas.
Sigue haciendo un calor agobiante. La noche va a ser larga. Me da un beso. Sabes, dice, lo que me resulta ahora más excitante es imaginar que en tu fantasía fuera yo la rubia joven a quien atan; y que fuese Bruno quien estaba contemplando la fiesta y masturbándose hasta correrse.
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