Deseo y Bicentenario

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Hola, soy Jorge tengo 57 años y hago música en las noches porteñas, en estudios de grabación medio oxidados en Villa Crespo, en bares de San Telmo donde el humo se pega a las paredes como recuerdos que no se quieren ir o utilizando las IA generativas, tan de moda hoy, explorando plataformas con mis inquietudes. Gestor institucional de día, sesionista de noche. Esa dualidad que me define desde siempre. Pero hay días y noches que vuelven en loops, días y noches que no tienen que ver con los acordes ni con las negociaciones burocráticas.

El Bicentenario. 2010. Yo tenía cuarenta y uno (muy taurino) y Viviana treinta y nueve (muy escorpiana). Coctel explosivo.

En este departamento de Congreso, que ahora habito solo, sentado en mi sillón ergonómico, miro el techo con la guitarra apoyada en mis rodillas, y me doy cuenta que algunos recuerdos no envejecen como nosotros. Se quedan ahí, intactos, esperando que los toques para que suenen con la misma intensidad del primer día, un eco, un delay permanente. Y ese fin de semana largo de mayo, esa mueca del destino, vuelve a mí con una claridad que desarma. Que desarma y sangra, como dice el clásico.

Viviana y yo llevábamos 6 años juntos. Seis años de convivencia, de silencios cómodos, de domingos en familia, de noches donde el sexo se había vuelto una coreografía aprendida de memoria, donde la crisis económica había dado paso al crecimiento, al celular, a las redes sociales y al desgaste prematuro que produce “la tensión de las relaciones paralelas virtuales”.

Ella era —es, porque sigue existiendo aunque ya no esté conmigo—una morocha de esas que definen el paisaje porteño: piel morena clara, ojos oscuros que parecían guardar secretos de mil tangos, una boca grande que sonreía con toda la cara y un cuerpazo. Fogosa, como decían antes, con curvas que no pedían permiso para existir. Pero había algo en ella, en esos últimos años, una inquietud que no lograba nombrar.

Todo empezó con conversaciones de tipo almohadón. Con un “¿y si probamos con…?” susurrados en la oscuridad, cuando la ciudad se había quedado dormida y nosotros estábamos todavía despiertos, sudados, pegados.

Viviana tenía fantasías que nunca pudo explorar. Fantasías que perturbaban “mi universo de paz convivencial” (ya que venía de mucha turbulencia y bajos instintos descargados a mansalva). Ella, quería un tercero. Pero no cualquier tercero. Quería a una mujer. Quería probarse a sí misma, descubrir si ese deseo que sentía desde adolescente era real o solo una proyección de su juventud rebelde, ya que le habría perjudicado en sus anteriores uniones y el acto de maternar.

De entrada supe cuáles serían las consecuencias y así, como así, llego el momento:

—Che, Jorge —me dijo una noche de abril, mientras tomábamos una birra artesanal y el otoño empezaba a teñir de amarillo el paisaje urbano—, ¿Qué onda, Catalina?

Gire mi cabeza con desconfianza. Catalina era la sobrina de Viviana, hija de su hermana mayor. La conocía desde los 13, la vi transformarse de una pendeja flaca, pecosa, insípida y con braquets en una mujer que llamaba la atención sin pedirlo. Pelirroja. Ese rojo intenso, natural, que parecía prenderse fuego cuando el sol le daba de frente. Tenía 19 años, estudiaba arte dramático, vivía independizada en Palermo y tenía una actitud que perturbaba. No porque fuera irrespetuosa, sino porque miraba de frente. Sin vergüenza. Sin barreras.

—“¿La Zarina de Rusia?” —respondí —. ¿Qué pasa con ella?

Viviana dejó su “pinta” en la mesa, agarro con sus manos mi cara y dijo:

—Ella está interesada —dijo—. Le conté, nuestras charlas de almohadón, nuestros secretos, lo que hablamos. Y ella… ella quiere probar.

Cerré los ojos y pensé “que quilombo, puta madre”. Recuerdo que dejé de respirar por unos segundos y confirme que esto se estaba cocinando a fuego lento, sin saberlo. Miss Kat. La pelirroja atrevida que frecuentaba el Baretto de San Telmo donde solía tocar; hacía unos meses, borracha de cerveza, me había dicho al oído: “Tocas como si estuvieras haciéndole el amor a la guitarra, Jorge. Es la mejor paja auditiva que tuve en meses”.

—Afloja, pendeja, que está tu tía —fue todo lo que pude decir.

—Estoy viva —respondió mientras me miraba incrédula por el rechazo, y en esa frase había tanto hambre, tanta necesidad de sentirse real y dueña de su propio deseo.

Catalina empezó a venir, más asiduamente a casa. “A visitar a la tía”, decía. Las visitas se alargaban, mientras se sentaba en el sillón con las piernas cruzadas de una manera que dejaba ver demasiado, o tal vez era mi imaginación la que transformaba cada gesto inocente en una provocación. Viviana la miraba diferente. Había en sus ojos una ternura mezclada con algo más oscuro, más territorial. Me daba cuenta que mi mujer estaba redescubriendo su propio poder, su capacidad de desear y ser deseada por alguien de su mismo sexo, y eso la transformaba. Se movía diferente, con una seguridad que me resultaba extraña y excitante.

—¿Por qué estás tan callado, Jorge? —me dijo Catalina una tarde, mientras Viviana preparaba café en la cocina y yo fingía ver el noticiero —. Siempre que vengo, estas en silencio. ¿Te incomoda que esté acá?

Su voz era grave para una mujer joven. Tenía ese timbre ronco de las fumadoras, aunque ella no fumaba. Era el timbre de quien grita mucho, de quien usa la voz como instrumento.

—Nada que ver —respondí—. Pero tu comentario, a espaldas de tu tía en el Baretto, fue raro.

—¿Raro? —se rio de manera estruendosa—. Vos sos el tipo que no le teme a lo raro. Yo misma vi, que cuando haces música con bandas de rock se rompen reglas todo el tiempo. ¿Por qué en la cama tendría que ser diferente? (Risa y dedo índice en la boca)

Esa frase me puso a la defensiva, porque tenía razón. Yo pasaba mi vida rompiendo reglas musicales, desafiando estructuras, buscando el sonido que no se debe buscar.

La semana previa al Bicentenario fue tortuosa, dividía mi tiempo entre la gestión y la participación de la institución en la Feria de las Provincias, ensayos y grilla de presentaciones, ni pensar en vida familiar y cansado hasta para cumplir el deber marital.

El viernes, estuve tocando hasta la madrugada y el sábado llegó con un cielo azul intenso, de esos que solo se ven en mayo cuando el invierno aún no ha manchado todo de gris. Me levante y fui a poner en marcha el stand asignado y delegue la tarea, en mis compañeros de trabajo. Volví a casa, con el tiempo justo para una siesta reparadora e ir al asado familiar del sábado a la noche, en la casa de la cuñada en San Isidro. Midiendo mis energías ya que estaría en escenarios alternos de espectáculos musicales, el domingo y lunes.

El asado fue la ventana para “ver qué onda”. Eso acordamos con Viviana, en los días previos. Mucha gente, mucho ruido, mucho vino. La familia extendida de Viviana era numerosa. Había primos, sobrinos, hermanos, cuñados. Y en medio de ese caos, las tres personas que sabíamos la verdad nos movíamos con una tensión eléctrica invisible para los demás.

Recuerdo el olor del costillar de ternero al asador. Ese aroma a grasa quemada, a leña humeante, a especias que se caramelizaban. Recuerdo el sonido de las copas chocando, las risas estridentes de los hombres hablando de la selección, contando chistes verdes y anécdotas infladas de vivencias inexactas o inexistentes, el “truco” de seis y el murmullo constante de veinte conversaciones simultáneas.

Viviana y Catalina se buscaban con los ojos. Esa búsqueda constante, generaba un imperceptible pero constante circuito de electricidad cada vez que sus pupilas se encontraban. Yo estaba sentado en una reposera de plástico blanco, con una copa de Malbec que no paraba de llenarse, observando cómo Viviana, se transformaba ante mis ojos en alguien que no conocía del todo. Alguien más libre, más peligrosa, más auténtica.

Fue después del postre, cuando la familia empezaba a dispersarse en grupos menores, donde comienzo el primer gran movimiento. Catalina se acercó a Viviana en el quincho, donde mi mujer estaba recogiendo platos. Yo estaba cerca, lo suficientemente cerca para ver pero lo suficientemente lejos para parecer involucrado en mi propia conversación con un primo político que hablaba de la economía, de la crisis de River Plate y del presente de la selección, etc.

Catalina le dijo algo al oído a Viviana. No escuché las palabras, pero vi la respuesta de mi mujer. Un escalofrío visible que recorrió su espalda. Un rubor que subió por su cuello. Y luego, el gesto. Catalina tomó la mano de Viviana y la llevó hacia los árboles del fondo del jardín. Hacia la sombra. Hacia lo oculto.

Mi corazón latía fuerte. Me hablaban. Yo asentía, en automático, mientras mi vista se perdía en la penumbra del fondo donde dos siluetas —una morocha, una pelirroja—se fundían en una sola.

No vi el beso. Pero lo sentí. Lo sentí en mi cuerpo como si me hubieran tocado a mí. Esa mezcla de celos y excitación me nublaba la razón. Quería ir, quería ver, quería separarlas y quería unirlas. Estaba paralizado, atrapado en mi propia silla de plástico, en la vida de hombre correcto, que forje luego de tanta turbulencia amatoria, de marido fiel en tiempos de redes sociales, de músico que vivió demasiado y que deja pasar cosas.

Cuando volvieron, diez minutos después —una eternidad—, Viviana tenía los labios hinchados y los ojos brillosos. Catalina tenía una sonrisa de gato que se comió al canario.

—Gente, nos vamos, Jorge está agotado y tiene que seguir de gira artística —fue todo lo que dijo Viviana, tomando mi mano. – Cata, ¿te acercamos? – y la Zarina asintió.

Nadie sospechó. O tal vez sí, pero en las familias argentinas se prefiere no ver, no saber, no nombrar.

En el auto, manejando por la autopista hacia Capital, el silencio era denso. Viviana iba en el asiento del copiloto, mirando por la ventana. Catalina iba atrás, y podía sentir su aliento, su presencia, su calor en mi nuca.

—Fue hermoso —dijo Viviana de pronto, sin volverse—. Besarte. Sentir tu boca.

Las palabras retumbaron en silencio, mire por el espejo y Cata estaba radiante. Y entendí que esto no era solo sexo. No era solo una fantasía de trío para calentar la rutina matrimonial. Era algo más profundo. Viviana estaba sacando una parte de sí misma que había enterrado, una parte que la sociedad, la familia, la pareja misma, le habían dicho que debía ignorar. Y ahora, a los treinta y nueve años, en el Bicentenario de una nación que celebraba doscientos años de libertad, ella estaba reclamando la suya propia.

Llegamos a casa. El PH de entonces, tenía pisos de parquet y sus ventanas daban a un patio interior silencioso. La ciudad estaba en ebullición por los festejos y nosotros íbamos a una isla de calma para generar una tormenta.

Catalina bajo del auto, cual integrante de la nobleza. No hubo pregunta explícita, no hubo acuerdo verbal. Simplemente sucedió. Entramos los tres y el aire se volvió irrespirable de tensión.

Viviana fue la primera en moverse. Se acercó a Catalina y la besó. Frente a mí. Sin pedir permiso. Sin mirarme siquiera. Y yo vi, a mi mujer transformarse. Vi cómo sus manos, esas manos que conocían cada línea, cada cicatriz mía, recorrían el cuerpo una joven y hermosa hembra. Vi cómo su lengua se enredaba con la lengua de la pelirroja, cómo sus cuerpos se buscaban, cómo sus gemidos se mezclaban en el silencio del living.

Yo estaba parado, con las llaves todavía en la mano. Sabía qué hacer pero no sabía si era bienvenido, si era espectador o participante, si debía unirme o retirarme. Era un hombre de cuarenta y un años, músico de rock, supuestamente liberal, y sentía que no entendía nada.

Fue Viviana quien me rescató. Se separó de Catalina, con la respiración agitada, el pelo desordenado, los ojos brillando con una luz que no había visto en años, y me dijo:

—Vení, amor. Comparto mi regalo con vos.

Me acerqué. Catalina me dio espacio, pero no se apartó. Se quedó ahí, observando, con esa sonrisa atrevida que ya había aprendido a reconocer. Y cuando toqué a Viviana, cuando puse mis manos sobre su piel mientras ella estaba todavía vibrando del contacto con otra, sentí algo nuevo. No era posesión. Era comunión.

Ayudáme a comer este caramelito – dijo. Mientras le quitaba la ropa, de manera ritual. Catalina se sentía el centro y era trofeo, a la vez. Puso a disposición sus tetas blancas y pecosas, una para cada uno y empezó una noche larga. Quedo totalmente desnuda, giró y con un pequeño salto se abrazó a mí, con pies y manos, mientras me besaba con furia. Viviana se desvestía y aprovechaba a besar su espalda y metía mano desde atrás sobre su clítoris y su rosada concha.

Cuando estuvo totalmente desnuda, me quitó la camisa y siguió con uno, dos y tres dedos dentro de esa hermosa flor, mientras mordía su cuello y tiraba de su pelo con suaves insultos en su oído izquierdo – ¿Te gusta, putita? – ¡Qué calentitos están mis dedos, turrita! – ¿Querés comerte la pija de Jorge? … Mientras, la zarina clavaba sus uñas en mi espalda, empezaba a sentir la humedad de su sexo en mi panza incipiente, mientras gemía pidiendo más y más… y más fuerte.

Tuvo un orgasmo prolongado abrazada a mí. Luego, respiró, tomo aire, se bajó de mis brazos, giró 180 grados y se puso frenética contra el cuerpo de su tía. Era lucha cuerpo a cuerpo, lucha en el barro, yo termine de desnudarme y las iba llevando al sillón esquinero de tres cuerpos, en el estar principal del PH, que oficiaría oficialmente como campo de batalla, sexo, amor, risas y orgasmos.

Catalina era atrevida, sí, pero también generosa. Sabía cuándo retroceder, cuándo impulsar, cuándo simplemente observar. Era como un director de orquesta que conoce el momento exacto de cada instrumento. Y Viviana florecía y entregaba todo. Se abría como una flor que se niega a marchitarse, que reclama su derecho a la luz desde el centro de su propia oscuridad. Luego de varias penetraciones a ambas, me quede de lado recuperando fuerzas y vi en directo el mejor polvo lésbico, de tía y sobrina, de morocha y colorada, de una mujer de mediana edad y una pendeja casi 0 km.

Y luego de esa contienda puede saborear la piel de Viviana mezclada con la de Catalina, la suavidad del cuello de mi mujer, la aspereza de las yemas de los dedos de la pelirroja, el frío del piso de madera, el calor de dos cuerpos sobre el mío, el aguante del sillón, el gemido grave de Viviana que solo yo conocía, el jadeo agudo de Catalina que era nuevo.

Aún quedaba la sesión en el sommier King Size. Esta vez, las tome de la cintura y las fui nalgueando suavemente, mientras reían y buscaban elixires varios de origen etílico. Y fue apoteósico, luego de una hora de besos, caricias, fellatios, cunnilingus, cabalgatas, misionero simple, doble, llego el descanso. Viviana se abrazó y me decía al oído – Gracias, mi amor – y la vulnerabilidad dio paso a un gimoteo, no de vergüenza sino de alivio. De haberse permitido ser ella misma.

La ternura de Catalina, se evaporo de repente y regreso al minuto, con su mochila. – Te traje un regalo Vivi, quiero ser tuya y del “tío”. Acto seguido, le entrego un cinturonga, – Los quiero a los dos, quiero doble o nada y nos abrazó a los dos – mientras ficcionaba pucheritos de nena malcriada. Mientras, le acomodo el arnés a la tía, la montó sin dudar y empezó a cabalgar con fuerza mientras señalaba su trasero – Tío Jorge, ¿te hago un mapa? – y mi otro yo, asalto ese culo hermoso brutalmente, sin concesiones con instinto depredador. Así paso un rato largo donde dimos rienda suelta a todo tipo de deseo, hasta quedar exhaustos y dormidos

El domingo amaneció gris. Típico otoño porteño. Catalina se fue sin desayunar, con un beso en la mejilla para mí y uno largo y profundo para Viviana. Quedamos desnudos en la cama, mirando el techo, sin saber qué decirnos.

—¿Estás bien? —pregunté finalmente.

Viviana se volvió hacia mí. Tenía ojos hinchados, pero la paz que irradiaba era palpable.

—Nunca estuve mejor —dijo—. Y vos… ¿me seguís queriendo?

La pregunta me dolió. Porque revelaba su miedo más profundo: que al verla real, completa, con todos sus deseos y complejidades, yo ya no la quisiera. Que la fantasía del trío se convirtiera en la pesadilla del rechazo.

—Te quiero más —dije, y era verdad—. Porque ahora te veo. Te veo toda.

Ese día, el domingo de mayo de 2010, yo tenía que tocar en un festival en Costanera Sur. Era parte de los festejos del Bicentenario, un escenario montado para la ocasión con bandas locales celebrando el rock nacional. Viviana fue conmigo y Catalina también, aunque fingieron no conocerse demasiado ante los ojos de los otros músicos.

La función estuvo buenísima. Tocamos temas de Spinetta, de Charly, de Calamaro. La gente cantaba, el río brillaba al fondo y todo parecía vibrar en una frecuencia de alegría contenida. Y yo, en el escenario, sentía que había cambiado. Que mi música sonaba diferente, más libre, más auténtica.

Después, cuando recogíamos los instrumentos, Catalina se acercó. Traía una botella de Rutini en la mochila y una manta en el brazo.

—Conozco un lugar —dijo—. Cerca de acá. Donde podemos estar solos.

Fuimos los tres. Un rincón escondido detrás de los puestos de comida ya cerrados, cerca del Río de la Plata. La noche estaba fresca, húmeda. Catalina extendió la manta sobre el pasto húmedo. Viviana se sentó entre nosotros dos. Y allí, con el sonido lejano de otras bandas tocando, con el olor a humedad del río, con el sabor a vino en los labios, sucedió la segunda vez.

Fue aún más urgente, más salvaje. Ya no había nerviosismo, ya no había dudas. Había solo el deseo puro, el hambre de explorar, de sentir. Viviana estaba insaciable. Quería todo, quería más, quería simultáneamente.

Catalina era un fuego. Se movía con una seguridad que desmentía sus 19 años. Sabía exactamente dónde tocar, cómo acariciar, cuándo morder. Y Viviana recibía todo con una entrega que me emocionaba y me excitaba por igual. No había celos. Esa es la verdad que debo contar. Mirar a mi mujer con otra, verla disfrutar, verla gemir bajo los dedos y la boca de otra persona, no generó en mí el rechazo que la sociedad me había prometido. Generó algo más profundo: una conexión. Una sensación de que estábamos juntos en algo prohibido y hermoso, algo que nos pertenecía solo a nosotros que termino de nuevo en el PH, donde volvimos a dormir abrazados.

El lunes estuvimos todo el día juntos, desayunamos, almorzamos y fuimos juntos al show, mucho más íntimo, más latino, donde yo tocaba la guitarra y el piano para una cantante de boleros de Centroamérica. Durante la función, desde el escenario, yo las veía. Sentadas juntas en la penumbra, intercambiando miradas, rozándose los codos, compartiendo un programa. Y yo sabía. Sabía que después, en algún camerino, en algún baño, en algún rincón oscuro del teatro, sucedería de nuevo.

Después del show, Viviana dijo: Tengo una sorpresa – Llamo al Administrador y volvió con una llave de salida lateral del Teatro – Nada mejor que una propina – dijo mientras reía malévolamente. Esperamos una media hora, mientras se realizaba la limpieza y nos dimos una linda previa (mucho mimos), en el camerino, hasta que sonó el celular y dijo – Piedra Libre, vamos al escenario –

–Le pedí que deje las luces tenues, esta es nuestra escena – Catalina hacia monerías bajo las luces. El tremendo Ménage a Trois, fue impresionante, improvisamos más poses como si de verdad estuviéramos frente al público y Viviana se entregó por completo, ya nada importaba. Fue su noche. La noche donde exploró, donde tocó, donde fue tocada, donde descubrió que su bisexualidad no era una fantasía sino una realidad que la completaba, donde su querida Cata la penetraba una y otra vez y yo reinaba sobre esos cuerpos.

Recuerdo el sabor del champán robado del camerino que bebimos después, directo de la botella, riendo como locos, como niños que han descubierto un escondite secreto.

Luego de ese fantástico fin de semana largo, tuvimos épicas encamadas pero esto no podía durar. Catalina era un cometa pasajero, una visitante en nuestra órbita. Viviana y yo debíamos aprender a incorporar esto a nuestra vida sin depender de una tercera persona, sin convertir a nadie en objeto de nuestra exploración.

Y pasaron los meses. El Bicentenario se fue, como se fueron tantas cosas. Viviana y yo seguimos juntos otros dos años. Seguimos explorando, a veces solos, a veces con otros. Aprendimos que el amor no es un contrato de exclusividad sino un acuerdo de honestidad. Aprendimos que los prejuicios son solo miedos con nombre elegante. Y aprendimos que el deseo, cuando se nombra y se comparte, puede ser una fuerza que une en lugar de separar. Aprendimos que el cuerpo de la mujer que amás no te pertenece, pero puede elegir compartirse contigo. Aprendí que el deseo no es un río lineal que va de A a B, sino un océano donde las corrientes se mezclan, se separan, vuelven a unirse.

Catalina se fue a España al año siguiente. Estudió teatro en Madrid, se casó con un director de cine, tuvo hijos. De vez en cuando manda fotos. Viviana vive ahora en Córdoba, con una mujer que la quiere y que entiende su complejidad sin necesidad de explicaciones. Y yo estoy acá, en este departamento de Congreso, con mis cincuenta y siete años, mi guitarra en las rodillas, recordando.

El Bicentenario de una nación fue, para nosotros, el bicentenario de nuestra piel. El momento donde dejamos de ser lo que se suponía que debíamos ser para convertirnos en lo que éramos. Donde entendimos que la libertad no es solo política, es íntima.

Toco una nota en la guitarra. Una séptima suspendida, ese acorde que nunca resuelve, que siempre deja la puerta abierta. Y pienso en Viviana, en Catalina, en esas noches de mayo donde tres cuerpos se encontraron y descubrieron que el amor, el verdadero amor, no tiene límites preestablecidos. Que se expande, se contrae, se transforma. Que es, como la música, un arte de escuchar y de dejarse llevar.

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