Don Jorge, una experiencia incomparable

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T. Lectura: 10 min.

Había cumplido ya mis 19 años de edad, vivía en un nuevo vecindario y estudiaba en una escuela lejana de mi casa.

Mi tiempo lo llenaba con la escuela, haciendo deporte y visitando ocasionalmente un cine que exhibía películas para adultos. Allí, mi mente se llenaba de morbo mirando películas eróticas y porno de esa época (casi siempre italianas) que ahora parecerían demasiado sosas o “sanas”. Aunque mi conocimiento de sexo seguía siendo casi nulo, no había tenido ningún nuevo “encuentro cercano” con nadie, ni hombres ni mujeres.

Asistía a la escuela por la mañana. Por la tarde, dos días por semana (martes y jueves) entrenaba futbol en un centro deportivo cercano. Lo ideal era ir en autobús que hacía el recorrido en aproximadamente 7 minutos, para no tardar media hora caminando. Pero el autobús pasaba cada hora, así que era común mientras esperábamos, pedir raite a cualquiera que pasara en auto por ahí.

Una de esas veces en que iba solo, un auto se detuvo para llevarme. Era un hombre maduro, como de 50 años, me sonrió amablemente y subí en la parte de adelante. Me pareció una persona muy agradable. Se llamaba Jorge, me comentó que él vivía muy cerca del centro deportivo. Su casa se podía ver al fondo de una calle. Era una zona muy poco habitada por aquel entonces, una que otra casa aislada, de lo que años después se convertiría en un fraccionamiento sumamente poblado.

Al principio, acompañaba la escasa charla llevando su mano derecha constantemente a mi pierna izquierda sobándola un poco. Me causaba una sensación rara y un agradable cosquilleo. El interpretó mi falta de reacción como permiso para sobar un poco más, dejando su mano en la parte superior de mi pierna sin retirarla durante buena parte del trayecto, mientras me contaba que vivía solo, que estaba divorciado, que sus hijos ya estudiaban en otra ciudad y que solamente los veía ocasionalmente en temporadas vacacionales, cuando no les tocaba estar con su ex.

Yo no sabía por qué, pero le permití tocarme sin objetar, mientras miraba sus manos que me parecían gruesas y muy grandes, llenas de venas resaltadas. Además, me tenía cautivado un agradable aroma, el olor natural de su cuerpo, un aroma de macho que tiempo después aprendí a reconocer. Se trataba de un olor agradable, un aroma que hipnotiza y provoca sexualmente a algunos o algunas que lo perciben.

Luego de sobarme la pierna, envalentonado por mi pasividad se atrevió a más. Tomó mi mano y la puso por encima de su pantalón, sobre su bulto, sentí la dureza de su verga erecta al poner mi mano sobre ella y despertó en mí sensaciones hasta entonces dormidas, provocando de manera automática contracciones en mi cola. Lo dejé hacer, pero sólo dejé mi mano sobre su bulto, sin apretarlo ni nada parecido, aunque parezca raro no pensaba en sexo o en algo más. Era una sensación excitante como en esas ocasiones en donde no estás pensando o analizando, solo dejándote llevar por lo que sientes… sin más expectativas.

Me preguntó que estudiaba y si me gustaba leer, a lo cual asentí. Me dijo que tenía muchos libros en su casa que podía mostrarme cuando yo quisiera y regalarme algunos, ya que habían sido de sus hijos, pero ya no vivían con él.

El trayecto fue muy rápido, al detenerse frente a los campos, abrí la puerta para bajar con un poco de prisa y algo nervioso, con la sensación de que hacía algo indebido y no quería toparme con algún amigo que anduviera cerca y me viera. Antes de bajarme, me indicó como llegar a su casa desde ahí. Le di las gracias y le dije que tal vez iría a visitarlo, me dio la mano para despedirse, y sentí una corriente eléctrica con su apretón suave pero firme.

Por varios días, un revoltijo de pensamientos y emociones me causaron una inquietud que no sabía o no quería explicar. Deseaba ir a su casa, no tenía expectativas sexuales ni pensaba en coger, me mentía a mí mismo dizque razonando que sólo quería aspirar su olor otra vez, que si había puesto mi mano en su verga sobre su pantalón era algo casual y cariñoso y que yo no tenía que malinterpretar su amabilidad. Así que a nivel consciente me mentía a mí mismo, me engañaba con eso de que sólo sentía curiosidad y hasta ganas de conocer su biblioteca, porque había un porcentaje mínimo de verdad: siempre me ha gustado mucho leer.

Así fue como muy pronto, una semana después, un martes para ser preciso, sin pensarlo demasiado, al bajar del autobús en vez de ir al centro deportivo, recorrí la calle solitaria rumbo a su casa. Iba vestido con una playera y unos pants deportivos, mi camisa y pantalón regulares los llevaba guardados en mi mochila, ya que era mi costumbre cambiarme en el baño de la escuela desde que salía de clases para ir a entrenar.

Toqué el timbre y me abrió una señora que resultó ser la sirvienta. Pregunté por “don Jorge”, fue a llamarlo y pronto lo tuve de nuevo frente a mí.

Mientras se acercaba pude apreciarlo completo, su estatura era al menos de unos 20 centímetros más alto que yo, robusto, fornido, un cuerpo muy bien cuidado para su edad, un bigote bien recortado y sin barba, lo que lo hacía verse excesivamente varonil; vestido con un pantalón holgado que ya sea por el estilo o porque era inevitable, resaltaba su gran bulto al frente; camisa de manga corta que me permitió apreciar mejor unos brazos fuertes y musculosos, sus manos grandes y gruesas ya las conocía bien de cuando sobó mi pierna en el auto.

Irradiaba virilidad, muy seguro de sí mismo, se notaba que era un hombre de mundo, un auténtico macho Alfa; como yo era un joven delicado, delgado y frágil, más tarde me dijo que desde el momento que me vio, se le antojo seducirme.

Con una leve sonrisa y una mirada penetrante que me hizo bajar un poco la vista, me saludó de mano, con un agradable firme y suave apretón, mientras colocó su otra mano sobre mi hombro. Una posición de dominio y poder que muestra seguridad, que me confirmó estar con un hombre experimentado, que desde ahí empezaría a marcar quien tenía el control.

Me invitó a pasar. Me dijo con una voz un poco ronca y varonil:

-Me da gusto verte Juan. Te llevaré a ver los libros.

-Ss-si. G-graciass. Respondí con una vocecita que, sin saber por qué, se hizo delgada en forma automática.

Me tomo ligeramente de la cadera, no como un abrazo, sino como un leve jaloncito para guiarme a su lado. Caminamos, con su mano en la parte baja de mi espalda y ocasionalmente tocando mis nalguitas en modo aparentemente casual, con una rara combinación de firmeza y suavidad.

Yo no tenía miedo, pero en mi conciencia “masculina” pensé que era común su comportamiento, que él como todo un caballero manifestaba así la forma de tratar a un joven inexperto; que no había nada sexual y que yo no corría peligro con él, porque en esa mentira que yo me hacía a mí mismo, pensaba: “Todo estará bien, le dejaré saber bien claro que soy un hombre que tiene novia y que me gustan las mujeres.

Pasando el recibidor de la entrada, se encontraba una amplia sala, caminamos por un costado hasta llegar a una pequeña escalinata de apenas 5 escalones, hacia la izquierda estaba una salita con un librero, allí abrió una puerta y sin soltar mi cintura, me invitó a pasar. Adentro, el espacio era realmente pequeño, como una salita improvisada de lectura. A lo ancho, entre el librero y la pared frente a este apenas si había espacio para que circulen dos personas a la vez. Al fondo un sillón de una plaza y una mesita. A la izquierda, el librero que permitía ver la sala entre los espacios vacíos que dejaban los libros; y a la derecha, una pared tapizada, sin muebles, entrepaños ni adornos.

Me dejó pasar a mi primero, entrando después y cerrando la puerta tras de sí, me indicó que podía explorar con confianza algún libro que me gustara. Puse mi mochila en el suelo, me acerqué al librero, tomé un libro sin importarme cual era y comencé a hojearlo.

Lo sentí detrás de mí, aunque al principio de un modo sutil, pude sentir su cuerpo pegado al mío, mientras yo tenía mis manos sosteniendo el libro, su pecho presionaba suavemente mi espalda, y su pubis más arriba de mis nalgas, ya que él era más alto que yo. Aun así, en la parte baja de mi espalda empecé a sentir su bulto endurecerse.

Al sentirlo, levanté hacia arriba y atrás el culo por instinto, para pegarme más a él. A pesar de la ropa, transmitía cierto calor, ignoraba su tamaño, pero de acuerdo con lo poco que había visto, lo imaginé bastante grande además de que percibí su firmeza.

Se agachó un poco para ponerlo a la altura de mi cola y mi cuerpo reaccionó pegándose más. Era un hombre con mucha experiencia, porque mientras apoyaba su bulto en mi cola, su boca estaba muy cerca de mi oído izquierdo y su bigote me hacía un cosquilleo en la oreja, su mano derecha sobre mi hombro con una suave caricia de sus dedos en mi cuello y su mano izquierda me sujetaba la cadera, como una caricia y como una firme posición de dominio.

Él tenía el control, yo sólo me dejaba llevar excitado por lo que hacía y por ese aroma que era más fuerte que la primera vez que lo olí. No era perfume, no era sudor, era un aroma de macho alfa, que provoca deseo, un agradable olor natural que te atrapa y nulifica tus defensas, que provoca emociones de un modo que solo pueden entender quienes lo han percibido alguna vez.

Me dejé hacer. Mientras apoyaba su cuerpo detrás de mí, sus manos hacían toques leves como caricias; su mano derecha en mi cuello, en la mejilla y detrás de mi oreja… su mano izquierda iba de mi cadera a mi cintura, bajo mi playera, hasta llegar a mi ombligo haciendo pequeños roces circulares con sus dedos en mi pancita, sin dejar en ningún momento al mover su mano, de jalarme con ella hacia él. Dejé el libro en el estante, abrí un poquito las piernas, eché mi cuerpo más atrás y puse mis manos en el librero para sostenerme mejor.

Al darse cuenta de mi completa aceptación, actuó con más libertad, con su enorme mano aún en mi hombro y cuello hacía caricias sutiles, pero más definidas, tocaba suavemente mi cuello, mi mentón, mi mejilla y detrás de mi oreja, o hacía una presión suave en mi hombro, como un masaje; su mano izquierda seguía moviéndose de mi cadera a mi cintura, jalándome suavemente hacia él, mientras empujaba más su verga en mi culo, aún por encima de mis pants y estando él con su pantalón puesto.

Qué bello es estar con un hombre que sabe lo que hace, todo sucede en forma natural, nada es forzado o violento. Era tal su poder sobre mí, que yo estaba sumisamente entregado sin que haya tenido que pedirme o decirme nada hasta ese momento. Algunos llaman a eso “el lenguaje del amor”, yo creo que es una reacción instintiva de atracción sexual.

Yo tenía los ojos bien abiertos, atento a las sensaciones, pero noté que, a través de los espacios vacíos en el librero, se podía mirar a la sirvienta limpiando los muebles de la sala, por lo que le comenté:

-Don Jorge … hay alguien abajo, se mira desde aquí.

-No te preocupes linda… de allá para acá no se ve nada- me dijo casi al oído y luego mordisqueó suavemente mi oreja causándome escalofrío. Yo me tranquilicé y no pensé en el hecho de que, aunque no se viera nada, sí podían oírse nuestros sonidos en toda la sala.

Cuando me llamó “linda”, explotó en mi mente con claridad su papel de macho y mi necesidad de dejarme poseer por él. El apetito sexual femenino no se había ido de mi vida, estaba dormido hasta que llegara el hombre correcto. Mi comportamiento cambió a partir de ahí, me liberé y comencé a mover mucho más el culo, ahora yendo hacia atrás para que me apoyara firme o en forma circular para sobarlo con mis nalgas, arqueando mi cintura al frente, levantando lo más posible la cola e inclinándome un poco más, pero con mis manos bien apoyadas en un estante del librero.

Con gran habilidad, se separó un poco de mí y desató el cordón de mi pants, metió sus manos a la altura de mis caderas y lo bajó un poco con todo y calzones hasta donde terminan mis nalgas, y casi de inmediato comenzó a provocarme con una serie de caricias de formas variadas.

-Tienes un culito muy bonito, suavecito y firme… redondo, ¡delicioso! –

Me decía al oído mientras me daba apretoncitos en las nalgas, una con cada mano, con sus enormes manos las abarcaba muy fácilmente así que podía apretar ambas a la vez. Las movía a los costados abriéndome el culo, me tomaba de la cadera con una mano y me jalaba hacia atrás, mientras la otra mano me sobaba la pancita y subía bajo mi playera hasta tocar y pellizcarme los pezones. Deslizaba un dedo o toda su mano por la raya de mi culo, entre mis nalgas, hacía arriba o hacia abajo, en un movimiento parecido a una tarjeta que pasas por la máquina para pagar.

Yo sólo atiné a decirle, con una vocecita que surgía delgadita de forma natural:

-¡Grr-aciass… don Jorge!

Yo aflojé las piernas y mis pants se deslizaron primero hasta debajo de mis rodillas, para luego con un movimiento simple, dejarlos caer hasta mis tobillos. Él siguió estrujándome y sobándome las nalgas con un poco más de fuerza con ambas manos, entre masajes, apretones e intrusiones de sus largos dedos en medio de mis nalgas, en la rayita del culo, pero sin meterse aún a mi agujerito, alternando de vez en cuando con repegones de su verga que aun con su pantalón puesto, sentía ahora si enorme en cada punteo que hacía sobre mi culo. ¡Era un maestro!

Lo hacía con mucha destreza, no eran simples manoseos, sabía cómo y dónde tocarme para calentarme, para causarme placer, para hacerme desearlo… ¡más y más y más!

Según podía recordar, ninguno de los machos que me estrenaron, me había agasajado el culo de esa forma, aunque sentir unas manos en mi cola no fuera algo nuevo para mí, la sensación era tan maravillosa que despertó al máximo mis deseos y me provocó algunos quejidos de excitación.

Por la excitación, quité una mano del librero para llevarla hacia atrás intentando palparle la verga; aún por encima de su pantalón descubrí un bulto enorme que no alcanzaba a abarcar con mi mano, pero que podía ejercer en ella pequeños apretoncitos que, al causarme placer, dejaba para mi algo muy claro:

¡Yo quería verga! ¡Yo necesitaba conocer y catar esa verga! ¡Yo quería su verga!

Mientras usaba sus manos expertas haciendo lo que se les antojaba en mi cuerpo, besaba mi cuello y mordisqueaba mi oreja, me susurró al oído:

-Muy bien hermosa… siente lo que te va a hacer feliz.

-¡Mmm ssiii! …¡ ¡Ssiii! … -Fue lo único que pudo salir de mi boca en un quejido delicioso.

Me estaba llevando a donde él quería y yo era feliz que me dijera hermosa. ¡Él era mi nuevo macho! Me estaba gustando mucho como me acariciaba, sus manos ardientes recorriendo mi cuerpo, apretando mis nalgas. Yo continuaba con mi mano dándole apretones a su verga sobre el pantalón, él continuó con sus caricias y de pronto sentí un dedo que se abría paso entre mis nalgas, recorriendo mi rayita, buscando mi orificio, pronto lo encontró y al instante mi hoyito tragón se abrió y se cerró antes de poder atraparlo.

¡Ahhh… mmm…!

Un gemido salió de mi boca, se puso saliva en el dedo y empezó a rozar la entrada metiendo apenas la yema en mi agujerito. Sentí que me volvía loco, sentí su dedo era tan grande que, por su tamaño y anchura, podía compararla con una verga de tamaño regular, o al menos así lo imaginaba. Levanté un poco mi pierna y saqué el pants y calzón de mi pie izquierdo, luego hice lo mismo con el otro pie quitándolo por completo y quedando completamente desnudo de la cintura para abajo (además ya sin los tenis). Abrí más las piernas para darle mejor acceso y me susurró al oído:

-¡Que linda!, ¡Me encanta tu culito! Está muy cerradito y ardiente, y tus nalgas tan suaves, tan esponjosas que dan ganas de morderlas.

Yo sólo seguía diciendo:

-¡Gg-graciass… don Jorge!

Era bastante excitante olfatear su aroma a hombre, a macho, y palpar sobre su pantalón su verga firme, erecta. Pero yo ansiaba sentir su miembro duro restregándose en mi espalda y trasero. Quité mi mano de su bulto me empujé hacia atrás haciendo pequeños círculos y me volví a apoyar en el estante del librero. Él entendió mi entrega, se bajó el pantalón y pude sentir como puso su verga desnuda sobre mí.

Su tronco ardiente y grueso cayó en mi espalda, luego la metió bajo mi playera tocando mi piel, una caricia excitante que jamás hubiera imaginado, la cabeza de su verga quemaba mi espalda. Luego se agacho y la colocó a la altura de mis nalgas, me las abrió con ambas manos y después insertó su verga parada en todo lo ancho de la raya de mi culo, sin dejar de estar tocando en todo momento mis nalgas con sus manos, tomándome de las caderas y jalándome hacia él, tocando mi culito, sintiendo una verga ardiente, potente… ¡Enorme! Porque aún sin haberla visto, mi cuerpo estaba disfrutando su enorme tamaño y grosor.

Quería darme la vuelta para mirarla, para acariciarla, quizás para besarla y chuparla, pero no pude darme la vuelta porque entonces con sus manos me abrió más las nalgas y pasó su verga por debajo de mi esfínter que es bastante sensible, tanteando el terreno su verga pasó entre mis piernas, como si fuera un canal, por debajo de mi pelvis, debajo de mi verguita y mis huevitos, hasta asomar al frente. Entonces la vi, primero su cabeza, luego un pedazo de su tronco ¡Wow! ¡Era enorme!

Mi verguita y huevos tenían la particularidad de asumir su parte femenina. De por sí pequeños, cuando estaba ante un macho se encogían más y se hundían en mi pubis, volviéndose casi inexistentes, confundiéndose fácilmente con una panochita abultada. Así que, al pasar por debajo de mí, no había hombría que comparar, prácticamente quedaba montado en su verga y pude apreciar con claridad que lo que sobresalía era mas grande que cualquier verga que haya visto antes.

En ese momento pensé que no iba a ser fácil insertarla en mi hoyito, su verga era muy gruesa y enorme, mucho más gruesa que lo que recordaba haber conocido en el pasado.

Eso me hizo temblar un poco, de repente con algo de cordura quise negarme a seguir adelante, me dieron ganas de irme de allí y mi temblor aumentó al pensar en escapar.

Pero sólo fue un pensamiento fugaz… apenas estaba comenzando. Lo que siguió fue una de las mejores experiencias sexuales de toda mi vida.

Continuará.

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