El amo enmascarado y sus sumisas

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En una habitación privada al fondo de un local discreto, lejos de las miradas ordinarias, el hombre conocido solo como Máster esperaba. Su cuerpo voluminoso estaba cubierto por una camisa azul de cuadros apretada sobre su pecho ancho, pantalones de cuero negro que brillaban con cada movimiento y guantes de cuero largos que llegaban hasta los codos. Sobre su cabeza, la máscara de cuero negro ceñida solo permitía se vieran los ojos, la nariz y la boca quedaban abiertos; el resto permanecía oculto en una oscuridad brillante. Ese sería su rostro para ellas durante los próximos días.

Las dos mujeres entraron juntas, exactamente como él las había instruido. Estaban envueltas de pies a cuello en catsuits de látex negro brillante que se adherían a cada curva como una segunda piel. El material reflejaba la luz tenue de la habitación, resaltando los glúteos redondos y firmes, las caderas anchas y los pechos comprimidos bajo el tejido elástico. Sobre sus cabezas llevaban máscaras completas de látex negro, idénticas a capuchas ceñidas que solo dejaban libres los orificios de los ojos, la nariz y la boca y en la parte posterior tenían un orificio para su pelo, una tenía el cabello negro largo y la otra, un tono azul verdoso.

Ambas habían convenido en convertirse en las sumisas del Master por esos días. Ambas deseaban la experiencia.—Rodillas —ordenó Master con voz grave y calmada.

Las dos bajaron al instante. El látex crujió suavemente al doblarse. Él se acercó, pasó los guantes de cuero por sus cabezas enmascaradas, por sus espaldas, sintiendo cómo el material resbalaba bajo sus dedos. Ellas gemían bajito, no de miedo, sino de excitación por sentirse dominadas. El dominio era el juego que los tres disfrutaban.

Master se sentó en el amplio sillón de cuero y abrió las piernas. Las sumisas se arrastraron hacia él. La de cabello negro se encargó primero del cierre de su pantalón de cuero y abrió la cremallera; la polla gruesa y pesada de Master saltó libre, ya dura. Sin quitarse la máscara, miró hacia abajo mientras ambas lenguas se posaban sobre su miembro. Se turnaron en su placer, la de cabello azul verdoso lamió desde la base hasta la punta con lentitud obscena, el látex de sus pechos rozaba los muslos de él; en su turno, la otra chupó con avidez, hundiendo la cabeza hasta que su nariz rozó el cuero de la entrepierna.

Master las agarró del pelo a través de las capuchas y las guio, alternándolas, obligándolas a realizar una garganta profunda una y otra vez. La saliva brillaba sobre el látex de sus mentones. Ellas se turnaban para masturbarlo con las manos enguantadas de látex mientras la otra chupaba, gimiendo alrededor de su carne como si ese fuera su único propósito.

Cuando estuvo al borde de correrse por segunda vez, las levantó. Las empujó hacia una cama grande cubierta de sábanas negras y las colocó de rodillas, una al lado de la otra, culos en alto, el látex estirado hasta el límite sobre esos glúteos redondos y brillantes. Master se arrodilló detrás. Primero metió dos dedos enguantados en el coño de la mujer de cabello negro, sintiendo lo mojada que estaba bajo el látex. Luego hizo lo mismo con la otra. Ambas empujaron hacia atrás, ofreciéndose.

Él penetró primero a la de cabello negro; la polla gruesa abrió el látex y la carne debajo con un empuje profundo y lento. Ella gritó de placer, los dedos aferrándose a las sábanas. Master agarró sus caderas y la folló con fuerza, el sonido de cuero contra látex húmedo llenó la habitación.

Mientras tanto, la otra sumisa se acercó, lamiendo el coño de su compañera alrededor de la polla de Master, saboreando la mezcla. Cuando él se retiró, cambió de agujero sin perder ritmo, ahora era el turno de la de cabello verde azulado y la tumbo hacia abajo. La embistió con la misma intensidad, profundo, hasta el fondo, mientras la primera observaba la situación.

Las posiciones se multiplicaron. Master las puso a las dos a cuatro patas, una detrás de la otra. Folló a la de atrás mientras la de adelante se agachaba para lamer el clítoris de su compañera. Luego las volteo y les ordeno montaran sobre él, y así miraba el látex brillando mientras subía y bajaba sobre su polla, los pechos rebotando bajo el material ceñido; más tarde la otra se sentó sobre su cara, así tuvo el coño húmedo y el látex contra la máscara de cuero. Master lamió a través de la tela abierta, respirando el olor a látex y excitación, sin que su máscara se moviera ni un milímetro. Las manos enguantadas de ellas se aferraban a su pecho y a su cabeza enmascarada.

Las cambió de nuevo. Las puso de lado, una frente a la otra, y las penetró alternativamente, entrando y saliendo de un coño al otro mientras ellas se besaban y se tocaban los pechos a través del látex. Después las hizo arrodillarse frente a él otra vez para una doble mamada profunda, gargantas abiertas, lágrimas de esfuerzo y placer corriendo por las mejillas bajo las capuchas mientras él las usaba. Así terminó la primera noche. Les ordenó dormir todavía enmascaradas y envueltas en látex.

Al amanecer del segundo día, una vez más descansado, Master se colocó un traje nuevo de cuero, camisa y pantalones de color café con guantes y capucha integrados. Ordenó a sus sumisas que se quedaran con sus catsuits, pues el olor a hembra, sudor y látex era el mayor afrodisíaco que conocía. Las colocó en misionero una tras otra, piernas abiertas en el aire, látex estirado, mientras él las embestía mirándolas a los ojos a través de los orificios de su máscara. Ellas gemían su nombre —Master— una y otra vez, pidiendo más duro, más profundo, más suyo.

En un momento las hizo montarlo en 69 invertido, así la mujer de cabello negro le chupaba la polla mientras él la follaba con la lengua, y la otra esperaba su turno para montar a su amo. El olor a látex, a sexo y a cuero era embriagador. Master nunca se quitó la máscara. Ni cuando las hizo a las dos de rodillas para corrérseles en la cara y en el pecho, el semen espeso cayendo sobre el brillo negro del látex.

Ni cuando las limpió con los guantes y las volvió a usar, esta vez metiendo un dedo en el culo de cada una mientras las follaba por el coño, sintiendo cómo se apretaban alrededor de él con puro goce. Ellas se corrían una y otra vez, temblando, gritando, el látex sudado y brillante pegado a sus cuerpos. Master también se corría, pero siempre volvía a endurecerse.

Las usaba en todas las combinaciones que se le ocurrían, cabalgándolo mientras la otra le chupaba los huevos; las dos de pie, inclinadas sobre la mesa, culos presentados; una sentada sobre su polla mientras la otra se sentaba sobre su cara. Cada posición era más sucia, más intensa, más compartida.

El dominio era claro —órdenes, nalgadas con la mano enguantada, tirones de pelo—, pero el placer era mutuo. Ellas le pedían más, le ofrecían sus cuerpos, le agradecían entre gemidos. Él las alababa en voz baja mientras las destruía de placer: «Mis sumisas de látex… tan perfectas… tan putas… tan mías». Esa tarde introdujo el bondage, a su rutina, con cuerdas negras de algodón encerado ató las muñecas de ambas a la cabecera de la cama, luego las tobillas, manteniéndolas abiertas y expuestas.

El látex brillaba bajo la tensión. Les dio nalgadas firmes y rítmicas con la mano enguantada, primero a una, luego a la otra, imaginando como la piel bajo el látex se enrojecía ligeramente bajo el golpe. Ellas gemían de placer, empujando los culos hacia cada palmada, pidiendo más. «Más fuerte, Master… por favor», susurraban. Él las azotó hasta que sus glúteos ardían bajo el látex, y solo entonces las penetró una tras otra mientras seguían atadas, follándolas con fuerza hasta que ambas se corrieron gritando contra las sábanas.

Horas después, cuando ya el último orgasmo las dejó temblando y vacías de fuerza, el ritmo frenético se disolvió. Master se retiró con lentitud, casi con reverencia, y se dejó caer de espaldas sobre las sábanas negras. Su pecho subía y bajaba con respiraciones profundas bajo la camisa y el cuero. La máscara seguía perfectamente colocada. Las dos sumisas, todavía envueltas en su látex brillante y sudoroso, se arrastraron hacia él con movimientos lentos.

Una se acurrucó a su derecha, la otra a su izquierda. Apoyaron la mejilla contra su pecho amplio y escucharon el latido fuerte y constante. Él levantó los brazos enguantados y las rodeó con ternura, acariciando con extrema suavidad la espalda de ambas, siguiendo la curva del látex.—Mis niñas… —susurró con voz ronca—. Lo hicieron tan bien. Están tan preciosas así, brillando, temblando todavía por mí…

Al tercer día, Master decidió un cambio completo. Ordenó a sus sumisas que se ducharan y en cuarto separado se vistieran con trajes de goma negra brillante de cuerpo entero, el material grueso y brillante se ceñía como una segunda piel absoluta. Él mismo se enfundó igual.

El traje de Master era un mono completo de caucho negro brillante con guantes largos integrados hasta los codos y botas bajas del mismo material. Sobre la cabeza llevaba una capucha completa de goma que solo dejaba libres los ojos, la nariz y la boca, el resto del rostro sellado en brillo oscuro. Un cinturón ancho de cuero con hebillas cruzaba su cintura. Las dos sumisas llevaban trajes idénticos, eran monos de goma negra que cubrían cada centímetro de piel, desde los pies enfundados hasta el cuello alto.

Las capuchas completas de goma les sellaban el cabello y el rostro, dejando solo los orificios necesarios. El material brillaba bajo la luz, estirado sobre los pechos, las caderas y los glúteos, resaltando cada curva con un brillo húmedo y perfecto. Guantes largos y botas cortas completaban el conjunto. El olor a goma fresca llenaba la habitación.

Master las hizo arrodillarse. Las ató con correas de cuero a un banco bajo, las muñecas a las patas delanteras, tobillos a las traseras, culos en alto y expuestos. Les dio una sesión larga de spanking con una pala de cuero forrada de goma, golpeando con precisión cada mejilla. El sonido seco de goma contra goma resonaba. Ellas jadeaban y pedían más entre gemidos: «Sí, Master… más fuerte… somos tuyas».

Él las azotó hasta que el calor se extendió bajo el caucho, y solo entonces después de introducir un lubricante las penetró analmente una tras otra, follándolas mientras seguían atadas, la goma crujiendo con cada embestida. Luego las desató, las puso a cuatro patas una detrás de la otra y las usó de nuevo, alternando, mientras una lamió el coño de la otra alrededor de su polla. Esa noche las hizo dormir todavía vestidas de goma, atadas una a la otra con correas cortas en las muñecas.

Al cuarto día, ya saturados del olor a caucho y sexo, Master les ordeno usar catsuits de látex del primer día, pero mantuvo las capuchas completas. Las usó en todas las posiciones posibles, montándolas, montado por ellas, en 69, de pie contra la pared, sobre la mesa. Incluyó más bondage, en un momento las ató de pies y manos a los postes de la cama en posición de X, las azotó con la mano enguantada y con un látigo corto de cuero, y ellas se corrían con cada golpe, gritando su nombre y pidiendo que no parara. Después las liberó solo para volver a usarlas, metiendo dedos en sus culos mientras las follaba, o haciendo que una se sentara sobre su cara mientras la otra cabalgaba su polla.

Cuando el último orgasmo las dejó temblando y vacías de fuerza, el ritmo frenético se disolvió. Él las rodeó con ternura, acariciando la espalda de ambas.—Mis niñas… —susurró—. Lo hicieron tan bien. Están tan preciosas así…Entonces, con una voz más baja, casi vulnerable, habló de nuevo:—Sumisas mías… quiero algo más. Algo que solo ustedes pueden darme ahora. Quiero que me quiten la máscara. Sáquenmela. Lenta, despacio… para mi goce. Quiero sentir el aire en mi cara mientras ustedes me miran. Quiero que vean al hombre que las posee… y que lo hagan porque yo se los pido.

Ellas intercambiaron una mirada rápida a través de los orificios de sus propias capuchas, sorprendidas y excitadas. Nunca se lo había permitido. Con dedos temblorosos pero cuidados, juntas tomaron el borde inferior de la máscara de cuero negro de Master. Tiraron hacia arriba con lentitud, sintiendo cómo el material se despegaba de la piel sudorosa de su amo.

El rostro de Master quedó al descubierto por primera vez. Sus ojos, antes solo visibles a través de los huecos, ahora las miraban sin barreras. La expresión era de puro placer, de entrega y de dominio al mismo tiempo. Un suspiro profundo escapó de sus labios cuando el aire fresco tocó su cara.—Así… —murmuró—. Mírenme. Tóquenme. Esto también es mío… y ahora también es de ustedes.

Luego las miró con firmeza:—Ahora ustedes. Quítense las máscaras. Completas. Quiero ver sus caras. Las sumisas se miraron y explicaron que la mujer del pelo verde azulado deseaba conservar su anonimato pro que la de pelo negro deseaba ser de su propiedad, entonces Master, accedió y ordeno a la mujer de pelo negro se sacara la capucha, esta al principio se resistió, pero al ver la severa mirada de su amo, con dedos aún más temblorosos tomo los bordes de su propia capucha de látex y la levanto lentamente, despegándolas del sudor y del cabello. Por primera vez en días su rostro quedo al descubierto.

La de cabello negro bajó la vista.—Master… yo se soy fea y no merezco estar ante tu mirada… sin la máscara… pero… —susurró. La de cabello azul verdoso solo miraba. Master se incorporó de inmediato. Su voz se volvió grave, severa, sin perder el calor:—Callad. Ahora mismo. No os atreváis a decir eso nunca más. Para mí ahora eres la más hermosa del mundo.. Vuestras cara, vuestros cuerpo, vuestro sudor, vuestra sumisión… todo es perfecto. Todo es mío. Y eso debería bastar. ¿Me oís? Sois la más hermosas del mundo para vuestro amo. Y con eso os basta. He decidido que tu también seas mi pareja en el mundo vainilla si no te molesta.

La mujer de pelo negro instintivamente reacciono y con un abrazo beso efusivamente a su señor y la abrazó con la misma ternura de antes, pero más intensamente, besándolo una vez más, y se aferró a él. En esa quietud, con el látex todavía cubriendo sus cuerpos y el rostro de su amo por fin al descubierto solo para ella.

Mientras se besaban acordaron juntarse de nuevo, pero el Master en los próximos días solo sería para su sumisa de pelo negro, la pelo verde azulado los felicito y dijo permanecería en la otro habitación donde habían instalados varias máquinas de masturbación, de hecho en ese momento ya usaba un gran dildo en sus zonas intimas y dijo quería probar una Fucking machine, el master asintió, envuelto en la certeza de que el dominio, la sumisión, el goce, el bondage, el spank y el cariño podían coexistir de la forma más hermosa y perversa posible.

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