El ciclo (2): Souvenirs

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Después de lo que pasó, no podía sacarme de la cabeza su imagen, su cuerpo, sus gemidos, su voz delicada diciendo aquellas groserías… Y era normal. Lo que hicimos fue cruzar un límite que nunca imaginamos, y ahora nada era igual.

Pensaba en ella en todo momento, me sorprendía recordándola, extrañándola, queriendo escribirle. Pero sin duda lo que más me sorprendió fue como esos pensamientos fueron cambiando, y cómo, nuevamente, estaba equivocado al pensar que entendía lo que me ocurría.

Al principio, creí que extrañaba ese sexo pasional y desinhibido, y ciertamente lo extrañaba. Pero de a poco comencé a darme cuenta que no era solo eso. Como antes había dicho habíamos tenido una relación fugaz, pero altamente erótica, aunque sin llegar a concretar. Pensaba en aquellas tardes, en esas calles desiertas, y efectivamente, eran puramente físicas y calientes. Pero poco a poco me descubrí recordando cosas que no sabía que estaban allí, en algún lugar privilegiado de mi memoria, y que ahora volvían a mí reclamando una atención que antes no le había dado…

Recordé charlas, promesas, me recordé a mí mismo en aquellos años… Éramos en esencia distintos, ella una “cheta” hecha y derecha, yo un apenas adolescente que pretendía ser “rockero”, yo de casa con patio, ella de departamento, ella de las zonas más elegantes de la zona oeste, y yo de un retirado suburbio, con casi una hora de viaje en el 378, o en el 621, cuando volvía de verla. Ahora mismo me pregunto si una conexión así, es solo posible entre personas tan distintas…

Los pensamientos no me daban paz, pero la vida sigue… Y la mía estaba pasándome por encima. Una mudanza a medias, corriendo entre dos trabajos, y prácticamente sin tiempo para nada. En medio de mi caos personal, tuve que ir a casa de mis padres. Desde que mis hermanos y yo crecimos, tienen bastante más lugar en su casa, y me estaban guardando algunas cosas que no había podido acomodar aun. Ahí fue, que revisando entre mis cosas, entre la nostalgia de algunos viejos recuerdos y la vergüenza de otros, encontré aquella caja donde tenía guardadas cosas pequeñas que ya ni recordaba que tenía.

Cosas de la infancia, juguetes, figuritas, bolitas, monedas, y entre todo un universo de pequeñas y valiosas cosas había un aro, un arito, o mejor dicho un pendiente plateado, sin par, con gancho, y varias partes conectadas como eslabones cada uno más grande que el anterior, con forma casi de “medias lunas”. Me quedé mirándolo sin poder creer lo que veía, parecía a propósito, hasta en este rincón íntimo y remoto de mi pasado, hasta en esta caja resguardada de todo, incluso de mi propio recuerdo… ella se hacía presente.

Tal vez inconscientemente lo buscaba, quizás ese fue el motivo de ir a abrir la caja. La cuestión es que una vez lo tuve en mi mano, no pude evitarlo, le envié una foto del aro, sin ningún texto ni aclaración, pensando que tal vez me respondiese intrigada, o confundida, sin entender lo que quería decirle. Su respuesta tardó. Pero llegó en la forma que menos pude haber imaginado, la foto que me envió tampoco tenía texto ni aclaración, era una piedra blanca, opaca, irregular, como de cuarzo. No pude evitar temblar.

Aquella escena inició como una película en mi memoria, ambos dándonos el uno al otro esos precisos objetos, yo contándole la historia de esa piedra, que la había obtenido en Córdoba, y cómo estaba envuelta en una historia la cual decía que debía entregarse a alguien con quien quisiéramos estar unidos de por vida. Con toda la oleada de recuerdos que tenía últimamente, no me sorprendió recordar aquello… lo que me dejó impresionado es que ella también recordase tanto de aquel tiempo…

—No puedo creer que la guardes todavía…

—¿Te sorprendí? Me pareció tierno el regalo, y su historia, ¿por qué lo tiraría?

—Siempre me sorprendes… Estuve pensando mucho en ese tiempo.

—¿Ah sí? ¿Qué pensabas? ¿¿¿En el kiosco cerrado con verja en el que nos escondíamos para hacer de todo??? Nos tapaba esa pared chiquita, pero tirados yo encima tuyo te metía la mano en tu pantalón peleando siempre con ese maldito cinto tuyo… jajaja ¿te acordas?

—¡No puedo creer que te acuerdes de eso! Jaja si, la pasamos genial ahí… También me acuerdo de esa vez que nos agarró la lluvia… me acuerdo que quedaste mojadisima, tu pelo empapado… e igual la seguimos, en cualquier esquina… no nos paraba nada.

—Algo te frenó a vos… no quisiste nunca concretar. Yo estaba lista….

—Siempre dije que merecías algo mejor, algo lindo, algo tierno para la primera vez… Y lo decía en serio, ganas no me faltaban, y lo sabes… Nunca sabré si fui un caballero o un imbécil…

—¿Quién sabe? Pero es una de las cosas por las que siempre me acuerdo de vos…

Los mensajes iban y venían, cada uno cargado con algún pedazo de nuestra corta historia juntos. No mencionamos nada de lo ocurrido en nuestro último encuentro, pero sobrevolaba implícito en cada respuesta… Ambos lo ansiábamos.

Nuestras vidas no son las mismas, ya no somos aquellos, y debemos respetar eso… En líneas generales esas fueron sus palabras. Palabras con las que estaba totalmente de acuerdo, sabe Dios que si. Pero tan cierto como eso, es el deseo de tenerla… Se lo pedí, y accedió.

El tiempo fue siempre nuestro enemigo, tardes acotadas, años sin hablarnos, y la última vez lo supimos, turnos demasiado cortos… Así que esta vez nos encontramos directamente en el hotel, dispuestos a aprovechar cada segundo, quizás amparados en la ingenua idea de dar un cierre, de que nada quede pendiente, de exprimirnos a más no poder para poder continuar con nuestras vidas. Que ingenuidad.

Durante el trayecto pensé varias cosas para decirle. Quería que me ayudara a entender, a encontrarle una explicación a tantas cosas que no estaba sabiendo cómo nombrar. Pero fue en vano, al vernos en aquella esquina, las palabras, los idiomas y toda forma de comunicación desapareció. Cruzamos vistas y el mundo enmudeció, solo pudimos besarnos con la rabia, con la fuerza y la pasión que nos despertábamos. Otra vez un beso nos atraía como imantados el uno por el otro, irremediablemente fundidos en bocas que necesitan sentirse entre sí, con lenguas que se reencuentran apasionadamente en una danza tierna y excitante… y brazos que aferran nuestros cuerpos, con manos que lamentan no poder abrirse más para abarcar al otro completamente…

En cuanto el beso nos lo permitió, recuperamos la distancia, apenas, y entramos sin más demora. Ella se adelantó en la habitación mientras yo la cerraba, estaba de espaldas a mí, con la cabeza y el cuello inclinado hacia un lado, como si me lo ofreciera… Yo no necesité más invitación que esa, enseguida me acerqué por detrás, a besar su cuello, apoyando mi verga aún prisionera de mis ropas en su culito hermoso… Ella se pegaba más a mí, lo movía frotándose, poniéndolo más duro a cada instante. Me encantaba tenerla así, su cuello a mi disposición, su culo sobando mi verga y mis manos libres para manosearle las tetas…

Los detalles se me escapan, no sé cómo llegó a estar desnuda de la cintura para arriba, si fui yo o si fue ella… lo que sé es que amasaba ese par con dedicación, las apretaba y estiraba, las masajeaba, pellizcaba sus pezones duros… estaba fascinado. Retire mi mano derecha y la lleve a su boca, metí dos de mis dedos en ella, y sentí como su lengua los recibía y acariciaba. Mi pija sintió envidia de mis dedos, y se hizo notar más en su prisión.

—¿Te acordás cuando hablábamos por MSN? ¿Te acordás cuando ponías la webcam y te chupabas los dedos para mí?

—Siempre fuiste un degenerado –Dijo mirándome desafiante, caliente, sonriente.

—Y vos siempre fuiste una puta…

Diciendo eso, metí la mano que tenía en su boca bajo su pantalón, tocando su conchita con los dedos mojados con su propia saliva. Ella empezó a gemir y arquearse… (como amo que haga eso)… Mientras con mi otra mano seguía pellizcando sus pezones erectos…

La sentía mojarse, me encantaba estar calentándola. Con una destreza increíble ella llevó sus manos hacia atrás, y liberó mi pene de su encierro, nos manteníamos en esa posición, y con ambas manos me masturbaba espléndidamente. El tacto de sus manos era suave, tibio y exquisito. Una de sus manos subía y bajaba por mi pija, rozando apenas y ejerciendo una presión suave y en aumento, la otra jugaba con mis huevos sobándolos, me estaba volviendo loco.

—Mmm acá la puedo agarrar mejor que en aquel kiosco.

—La seguís poniendo igual de dura…

—Ay! ¡Hijo de puta como me estas mojando!

—Es una pena que esta vez no hayas traído esa pollerita de jean que te ponías para que te manosee toda…

La tumbé en la cama boca abajo, le quite el resto de su ropa, y también la mía… empecé a lamer desde sus pantorrillas, subiendo por sus piernas, lamiendo y mordiendo sus nalgas… después su espalda, hasta acomodarme encima de ella, con la verga parada acomodada en el centro de su culo, apoyada como recostada en la extensión de su raya. Me movía lento y pesado, quería que me sienta con todo su cuerpo…le susurraba groserías y ella me contestaba con más… La puse en 4 en el borde de la cama, y empecé a chuparle la concha mientras la nalgueaba y apretaba su culo… El sabor era increíble, mi lengua se empalago en sus jugos y mi calentura no daba para más…

Me paré y acomodé mi glande en su entrada húmeda. Me tomé mi tiempo para entrar, cada milímetro se deslizaba lento y más profundo en ese mar cálido, estrecho y excitante. Mis huevos sintieron el húmedo calor de su excitación cuando estaban al tope. Durante unos segundos contuve la respiración, y no moví ni un músculo, toda mi conciencia y atención estaban puestas en sentir como su interior me abrazaba y recibía caliente y mojado. Era glorioso. Comencé a moverme… quería que fuese lento, pausado, pero éramos títeres de una pasión más grande que cualquier intención de control, y la velocidad e intensidad aumento sin aviso ni permiso.

La tomaba de su cintura, separando también sus nalgas, y me sentía entrar y salir gloriosamente, en un ritmo frenético, sintiendo mis huevos chocar contra ella, sintiendo su humedad mojarme, sintiendo mi verga latir en su interior. La escuchaba gemir, decir que era mi puta, que le gustaba sentirme adentro, que la cogiera más, que lo hiciera más fuerte… Yo estaba enloquecido, en un trance de placer absoluto, enceguecido, solo podía sentir, escuchar lo que me decía y el sonido de nuestros cuerpos al chocar, como si fuesen la ovación que merece lograr algo tras tanta espera…

Por momentos me detenía, y ella tomaba la posta, moviendo su culo, su cadera, comiéndose mi verga con un vaivén delicioso… Ahí mi labor era nalguearla, hasta ver su blanco culo rojo por mis manos… Putearla, decirle cuánto la deseaba, cuanto me calienta… Cuanto me encanta.

Sin salir de ella, me arrodille en la cama, ella también lo hizo, pasando sus brazos por detrás de su cabeza, y agarrándome un poco de la nuca, un poco del pelo, para poder equilibrarse… Otra vez su espalda contra mi pecho, como al inicio…Giró su cabeza hacia atrás y volvimos a besarnos, otro de esos besos que nos trenzaban y no podíamos deshacer… Seguimos moviéndonos… ella circularmente subía y bajaba su cintura y parecía que nuevas profundidades se alcanzaban…Mis manos volvieron a su concha y sus tetas… Y fue así, basándonos, saboreándonos, fundiéndonos… acabamos juntos.

Sentí su concha apretar con fuerza mientras me inundaba de su pasión, y yo sentí vaciarme en su interior… caímos rendidos. Mirándonos a los ojos, respirando agitados… sin nada que decir.

Con los ojos clavados en los del otro como estacas, nos contemplamos, mientras de a poco la potencia de aquel impacto cedía. Nuestra respiración estaba sincronizada, y paulatinamente fue bajando en frecuencia, y en intensidad.

La calma volvió y con ella, al parecer también las palabras…

—¿Qué es esto? ¿Cómo puedo sentirme tan conectado a vos? 21 años pasaron…

—Creo que es una fantasía, si fuese real, nos sentiríamos mal, o bien… pero es distinto. Es como soñar una infidelidad, sentís inquietud, no culpa…

—Trato de entender cómo me puede movilizar tanto… Prácticamente somos desconocidos, no se tu canción favorita, qué te gusta bailar, ¡Si es que bailar te gusta! No conozco tu plato preferido, tu postre más deseado… ¿Te gusta viajar? ¿Preferís el mar, el río, la montaña…? ¿Qué fantasías sexuales tenés?

—Jaja, ¡eso último seguro que lo querés saber! ¿Pero el resto de cosas te importan, de verdad?

—La cuestión es esa, que no importa. Por supuesto que me encantaría saber todo eso y más. Pero a la hora de la verdad no importan, porque no las sé, y me siento conectado a vos de una forma que no cuestiona todo lo que no se… lo que no sabemos. La conexión no puedo negarla, pero tampoco sé definirla…

Nuestros cuerpos desnudos reposaban lado a lado, mientras la conversación transcurría. Por primera vez creí verla a ella, a la mujer, y no a ese ser que personifica mi pasado, mi pasión y desenfreno. Con las yemas apenas de mis dedos la recorría, acariciaba el contorno de su figura como queriéndolo grabar en la memoria de mi tacto. Subía por sus piernas, detallando sus muslos, rozando ese camino bendito que es su piel. Contorneé su cintura en una caída sublime que me llevó por su costado hasta su hombro, para al fin comenzar el camino de retorno hasta sus piernas.

La observaba mientras prendía un cigarro. Esta vez ya no eran aquellos Viceroy, sino uno de los no más de seis Philip Morris que se permite al día… Como todo lo que hace con su boca, fumaba de forma sublime, hipnotizante.

La calma no fue eterna, mientras veía el humo escapar de su brasa, el deseo se apoderó de mí en una forma nueva, tenía claro lo que quería, y me dispuse a hacerlo.

Cuando finalmente terminó de exhalar la última pitada, y descartó su colilla, la besé de la forma más tierna que pude. Nuestros besos siempre estuvieron cargados de pasión, éste, en cambio, fue lento, calmo, deseante si… pero suave. Mis caricias ya no se limitaban a rozarla con las puntas de mis dedos, toda mi mano la recorría, mientras la lentitud del beso parecía detener el tiempo en la habitación. Mi mano se dio un tour por sus pechos, sus glúteos, sus cintura y finalmente acabé acomodándola boca arriba, y dirigiendo mis caricias a su sexo.

Ella recibió mis atenciones separando sus piernas delicadamente, el beso se deshizo con un gemido igual de profundo y delicado. Cerró sus ojos y se acomodó en la cama para poder disfrutar lo más cómoda posible lo que venía, su entrega fue inmediata y total. Pero yo supe instantáneamente que su entrega no era hacia mí, sino al mismo deseo que me había arrebatado la calma, el mismo al que siempre nos rendimos, sin opción, ni culpa.

Su vulva estaba apreciablemente más cálida que el resto de su cuerpo, y mis dedos recorrían sus labios despacio, presionándolos, pero con calma. Cada caricia llegaba al final y comenzaba nuevamente en sentido inverso. la humedad no tardó en notarse, y mi dedo mayor comenzó a separar sus labios en su recorrida. cada vez más húmedo y caliente, comenzó a ejercer más presión entre sus labios, mientras el resto de mis dedos los acariciaban por fuera.

Ella gemía con los ojos cerrados, y sus manos comenzaron a acariciar sus pechos, los recorría con la misma suavidad que yo pretendía darle a mis movimientos. Mis dedos se movían y yo me sentía como quien controla una marioneta. No porque tuviese control sobre ella, en absoluto. Sino porque a cada movimiento, le correspondía una reacción, un gesto, un gemido… Yo estaba embobado viéndola gozar.

Cuando la humedad fue la suficiente, centré mis caricias en su clítoris… sensible y caliente, lo acaricie, lo rodee, lo presione y pasaba mis dedos velozmente por él. Los gemidos crecieron, ya no eran susurros placenteros, eran quejidos suplicantes que pretendían más…

Posé nuevamente mi dedo mayor entre sus labios, ejerciendo cada vez más presión, hasta que su estrechez cedió, y su vagina le dio paso. Busqué rápidamente esa rugosidad encima de la entrada, la presione y acaricie, mientras ahora con mi pulgar masajeaba su clítoris… Su cuerpo se movía involuntariamente, sus espasmos cada vez eran más seguidos, y su voz gozando era la música más hermosa…

Algo en mí, dijo que era el momento, entonces retiré mi dedo, y esta vez entré con dos. Su concha los recibió caliente y sin problemas. Adentro y afuera, a la vez que presionando arriba y abajo… El ritmo de las penetraciones crecía, mi mano hacía círculos en su interior y la sentía disfrutar de cada movimiento. Sentí la presión de su concha al contraerse, su mano agarrándome de los pelos de mi nuca, sus ojos por fin abiertos clavados en los míos…

El clímax estaba cerca, y al parecer no quería que me perdiera ese segundo glorioso. Su boca se movía en quejidos mudos, abierta, suplicante, y en un momento más… la explosión. Sentí mi mano inundarse de su placer, vi su expresión triunfante al acabar, sus ojos quisieron cerrarse, pero lo evitó, me mantuvo la mirada, como si con ella quisiera regalarme ese orgasmo, intenso y mudo…

Esa tarde la intensidad se vistió de furia y de calma, de posesión y de entrega. En lo que nos quedó de tiempo dentro de esa habitación nos seguimos regalando placer de cuántas formas sentimos. Claro que el tiempo no fue suficiente, claro que al irnos queríamos más aún, por supuesto que el fuego que estábamos alimentando no se había apagado… pero el tiempo si.

En la vereda, después de darnos el último beso para cada uno partir en dirección opuesta, ella buscaba algo en su cartera, y como coreografiados, yo hacía lo mismo en el bolsillo interior de mi saco. Al mismo tiempo, y sin preámbulo alguno, ella sacó aquella piedra, y yo aquel aro, nos los mostramos, sonreímos, los guardamos y partimos…

Quizá la historia de aquella piedra era cierta, quizás esos souvenirs de nuestra historia juntos sean más de lo que aparentan… Tal vez el destino, dio en nosotros dos puntadas de su dichoso hilo rojo cuando nos regalamos aquellos objetos. No sé si vuelvo entendiendo algo más, estoy bastante seguro que ahora tengo más preguntas que hacerme, más cosas que quiero preguntarle, más cosas que quiero hacerle y que me haga… Pero sí sé una cosa, después de dos encuentros fuertes e intensos… Aún no nos pusimos al día.

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