El Convento de las Hermanas de la Purificación Eterna se alzaba sobre el acantilado de Sant’Agata, en la costa amalfitana italiana. Era una construcción del siglo XIV de piedra blanca erosionada por la sal marina, con torretas que parecían dedos esqueléticos señalando el cielo tormentoso. La joven sor Isabella llegó una tarde de octubre, cuando la brisa envolvía los acantilados como un sudario húmedo propio del otoño.
Tenía veinticuatro años, piel tan bella que podría ser comparada con porcelana italiana y un hermoso cabello negro que había rapado al tomar los hábitos, ahora apenas un vello oscuro que contrastaba con sus ojos color avellana. Había elegido la vida monástica tras la muerte de su madre en un accidente de aviones en costas del mediterráneo, buscando no la fe —que nunca había tenido del todo— sino el olvido y la cura a sus tristezas.
La Madre Superiora, sor Agata, una mujer de sesenta años con ojos grises que parecían haber visto demasiado, la recibió en el vestíbulo de mármol frío, dándole una fría bienvenida.
Aquí guardamos silencio desde las ocho de la tarde hasta laudes —dijo, entregándole el hábito de lana gruesa. Pero hay lugares donde el silencio… se interpreta de forma diferente.
Isabella no entendió la advertencia hasta la tercera noche.
Despertó sedienta, pasada la medianoche. El convento dormía en una oscuridad absoluta, rota solo por el resplandor de las velas de aceite en los pasillos las cuales con el movimiento del viento generaban sombras danzantes. Caminó por el corredor de piedra hacia la cocina, buscando agua, con la garganta seca.
Fue entonces cuando escuchó los gemidos.
No eran de dolor. Venían de la capilla privada cuya entrada estaba diagonal a la cocina, una estancia pequeña reservada para la oración nocturna de las hermanas de más rango. Isabella se acercó, con el corazón martilleando contra sus costillas producto de un leve miedo. La puerta estaba entreabierta, y la luz de las velas proyectaba sombras danzantes sobre la pared.
Lo que vio la dejó sin aliento.
Sor Margarita, la tesorera del convento; una mujer de cuarenta años con caderas anchas y busto generoso que el hábito apenas disimulaba, estaba arrodillada ante el altar de aquella pequeña capilla. Pero no rezaba. Estaba desnuda hasta la cintura, el hábito recogido en su cintura, mientras sor Beatriz, la bibliotecaria, una morena esbelta de treinta y cinco años, la penetraba con un crucifijo de marfil tallado que debía medir quince centímetros de largo.
—Más profundo —jadeaba sor Margarita, ahh, ahh, siii….. agarrándose a los bordes del altar—. El señor me ve, El señor me ve…
—Que te vea susurraba sor Beatriz, moviendo el crucifijo con movimientos precisos, casi litúrgicos—. Que vea cómo te abres para mí y dejas tu hermoso culo bien abierto para mi, mientras soltaba un sonrisa complice.
Isabella debería haber huido. Debería haber corrido a su celda y fingido que nada había pasado. Pero sus pies no obedecían, y sentía un calor extraño irradiando desde el vientre, un pulso que nunca había experimentado en sus noches. Hizo un pequeño movimiento producto de la excitación de su cuerpo y la puerta hizo un sonido de rechinado.
Entonces sor Beatriz la vio.
No hubo susto en sus ojos. Solo una sonrisa lenta, cómplice.
—Tenemos espectadora, hermana —dijo, sin detenerse.
Sor Margarita giró la cabeza, el rostro congestionado por el placer, y sus ojos encontraron los de Isabella. Quien apenas se reflejaba con la luz de la vela y su sombra en la puerta entre abierta.
—La nueva —jadeó—. Ven, niña. No temas. Esto también es oración.
Isabella retrocedió un paso, pero sor Beatriz ya se había levantado, el crucifijo reluciendo húmedo entre sus dedos, el hábito abierto dejando ver un cuerpo firme y musculoso de nadadora.
—¿Nunca has sentido el éxtasis divino? —preguntó, acercándose—. No el que predican los padres en el púlpito. El verdadero. El que hace que veas a Dios entre las piernas le susurro en baja voz.
La tomó de la mano antes de que Isabella pudiera protestar. Su piel estaba caliente, casi quemaba. La guio hacia el altar donde sor Margarita ahora se recostaba, abriéndose completamente, mostrando su vagina rosada y húmeda con un clítoris un poco pronunciado que palpitaba al ritmo de su respiración acelerada.
—Tócala —ordenó sor Beatriz—. Solo con los dedos. Aprende el mapa del placer prohibido.
Isabella entre temblor y miedo movió su mano por voluntad propia, acariciando el muslo interno de sor Margarita, sintiendo la piel suave, el vello oscuro, el calor creciente en su piel. Cuando sus dedos rozaron sus labios vaginales húmedos, sor Margarita gimió, arqueando la espalda.
—Dentro —susurró—. Dos dedos. Hazlo en nombre del Padre, del Hijo…
Isabella penetró a la mujer, sintiendo la carne cálida y resbaladiza cerrarse alrededor de sus dedos. Era distinto a tocarse a sí misma en la oscuridad de su celda. Era poder. Era transgresión. Era algo vivo.
Sor Beatriz se posicionó detrás de ella, y sintió las manos de la bibliotecaria desabrochar su propio hábito, bajándolo hasta dejar sus pechos expuestos al aire frío de la capilla. Los pezones rosados se endurecieron instantáneamente.
—Tienes pechos hermosos —murmuró sor Beatriz contra su cuello, mientras una mano descendía por su vientre—. Pechos Virginales. Pero no por mucho tiempo!.
Cuando los dedos de sor Beatriz encontraron su vagina, Isabella jadeó, inclinándose hacia adelante sobre el altar, manteniendo aún los dedos dentro de sor Margarita. Era una cadena de placer, un circuito de sacrilegio que las unía.
—Mañana —susurró sor Beatriz, moviendo los dedos en círculos alrededor del clítoris de Isabella—. Te llevaré a la bodega. Allí está el archivo de los pecados. Cada hermana tiene un cofre con sus juguetes. Crucifijos, sí, pero también cosas que los peregrinos dejan en el confesionario. Dildos de cristal de Venecia. Acariciadores de marfil. Una colección que haría palidecer al Papa.
Isabella sentía que el orgasmo se acercaba, una ola imparable que venía desde lo profundo.
—Y sor Agata —continuaba sor Beatriz, mordisqueando la oreja de isabella susurrándole La Madre Superiora tiene el cofre más grande. A ella le gusta observar. Le gusta dirigir. A veces, si te comportas mal —su risa era un soplo cálido—. Te deja arrodillarte ante ella mientras te castiga con la lengua.
Sor Margarita se vino entonces, contrayéndose alrededor de los dedos de Isabella, un grito ahogado que sonó casi como un canto gregoriano. El placer contagioso empujó a Isabella al borde, y cuando sor Beatriz introdujo dos dedos en su interior mientras su pulgar presionaba su clítoris, se deshizo.
Fue un orgasmo religioso, literalmente. Vio estrellas detrás de los párpados, y por un instante creyó ver la cara de dios, pero no era el dios vengativo de los sermones. Era un dios de carne y sudor, de gemidos y lenguas exploradoras.
Cuando volvió en sí, estaba despatarrada sobre el altar, entre sor Margarita y sor Beatriz, las tres desnudas en la casa de dios.
—Bienvenida al convento —dijo sor Beatriz, lamiéndose los dedos con descaro—. Mañana te enseñaré lo que hace sor Lucía con las verduras del huerto. Y el jueves… el jueves es la noche de sor Agata. Te elegirá a ti, estoy segura. Le gustan las nuevas. Les gusta su miedo.
Isabella se vistió en silencio, las piernas temblorosas, su vagina palpitante todavía. Cuando regresó a su celda, no pudo dormir. Pensaba en los cofres de la bodega, en los juguetes sagrados profanados, en la Madre Superiora observando desde las sombras.
Y por primera vez desde que había tomado los hábitos, deseó que llegara la noche siguiente.
La bodega se extendía bajo las cocinas, excavada en la roca misma del acantilado. Para llegar, sor Beatriz guio a Isabella por una escalera de caracol oculta tras una cortina de sacos de harina, descendieron en espiral hasta que el aire se volvió denso, impregnado de humedad salina y el olor terroso del vino almacenado en barricas centenarias.
Al fondo, tras una arcada de ladrillo, se encontraba la cámara secreta.
Sor Beatriz encendió una lámpara de aceite que proyectó sombras titilantes sobre cientos de cajas de madera apiladas contra las paredes de piedra. Cada una llevaba un nombre grabado en latín, junto con fechas que databan de siglos atrás.
—El archivo de los pecados —susurró Beatriz, su voz reverberando en el espacio cerrado—. Cada hermana, desde la fundación del convento en 1320, ha dejado aquí sus… devociones privadas.
Abrió una caja al azar. Dentro, sobre terciopelo rojo desgastado, yacían prendas que hicieron que Isabella se ruborizara. Tangas de encaje negro tan finas que parecían hechas de sombra y aire, hilos de seda que apenas cubrirían los pliegues más íntimos. Otras eran de color carne, transparentes, con aberturas calculadas.
—Sor Margarita tiene debilidad por la lencería francesa —explicó Beatriz, levantando una tanga con los dedos, dejando que la luz de la lámpara atravesara el encaje—. Mira los detalles. Bordado a mano. Cuesta más que su hábito anual.
Isabella tocó el tejido. Era exquisito, casi imperceptible contra su piel. Imaginó a la robusta sor Margarita usando esto bajo su hábito de lana áspera durante las oraciones matutinas, y sintió un nuevo estremecimiento entre las piernas.
Pero fue la siguiente caja la que hizo que su respiración se detuviera.
Beatriz abrió un cofre más grande, forrado en terciopelo púrpura. Dentro, ordenados como reliquias sagradas, yacían los vibradores, dildos y plugs.
Eran docenas. Quizás cientos.
Había algunos antiguos, de marfil y madera noble, tallados con escenas bíblicas pervertidas —Salomé danzando, Susana y los viejos—, con formas fálicas que medían desde quince hasta veinticinco centímetros. Otros eran modernos, de cristal de Murano en tonos ámbar y esmeralda, algunos con curvas diseñadas para alcanzar puntos específicos. Había de metal, pesados y fríos al tacto, con rosetones para estimulación externa. Y en un rincón, envueltos en seda, los más recientes: silicona médica rosa y púrpura, con controles remotos y múltiples velocidades.
—Sor Ágata colecciona —dijo Beatriz con admiración—. Cada vez que un benefactor importante muere, deja dinero al convento. Ella usa parte para… ampliar la colección. Este —levantó uno de cristal verde, grueso como una muñeca de adulto, con venas talladas—. Llegó el mes pasado. Lo probé. Hace que veas ángeles.
Isabella no podía apartar la vista. Su mano se movió sola, tomando un vibrador de marfil más pequeño, del tamaño de su puño cerrado, con la base ensanchada para no perderse dentro.
—¿Quieres sentirlo? —preguntó Beatriz, acercándose por detrás, su aliento cálido en el cuello de Isabella—. Aquí abajo, el silencio es absoluto. Nadie oirá tus gritos.
Sin esperar respuesta, Beatriz tomó la mano de Isabella y la guio hacia un diván cubierto de pieles de cordero, situado en el centro de la cámara. Era un mueble obsceno en aquel contexto, claramente diseñado para el placer.
—Quítate el hábito —ordenó—. Quiero verte solo con una de estas.
Seleccionó una tanga de hilo negro y dorado, casi invisible, con un pequeño triángulo de encaje que apenas cubriría el monte de Venus. Isabella se desvistió temblorosa, sintiendo la humedad de la bodega besando su piel desnuda. Cuando Beatriz le colocó la prenda, el hilo se hundió entre sus nalgas, una presión constante y excitante que la hizo gemir.
—Perfecto —susurró Beatriz, arrodillándose ante ella—. Ahora, elige tu instrumento de penitencia.
Isabella miró el cofre abierto, los cristales brillando como gemas. Señaló uno de tamaño mediano, de un rosa translúcido, con forma curva y una pequeña protuberancia en la base.
—Buena elección —aprobó Beatriz—. Ese era de sor Claudia, antes de que la trasladaran a Roma. Tiene tres velocidades. Y es silencioso… casi.
Beatriz tomó el vibrador y lo encendió. El zumbido bajo resonó en la bodega como un insecto atrapado. Lo acercó a los labios de Isabella, húmedos ya de anticipación.
—Pídelo —susurró Beatriz—. Pídele al Señor que te penetre.
—Por favor —jadeó Isabella—. Por favor…
Beatriz deslizó la mano libre por debajo de la tanga dorada, encontrando la humedad que empapaba el hilo fino. Con dos dedos, apartó la prenda a un lado, dejando expuesto la vagina rosada y palpitante de Isabella.
—Mirada —dijo Beatriz, posicionando la punta del vibrador en la entrada—. El primero siempre duele un poco. Pero es un dolor santo.
Empujó.
Isabella gritó y luego se mordió los labios, el sonido reboto en las paredes de piedra. El vibrador entró lento, inexorable, llenándola de una forma que ningún dedo podía igualar. Cuando estuvo completamente dentro, Beatriz activó la segunda velocidad.
El placer fue eléctrico e inmediato.
Isabella se arqueó sobre el diván, agarrándose a las pieles, las piernas abiertas sin pudor. La tanga dorada cortaba sus nalgas, recordándole su desnudez parcial, lo prohibido de todo aquel encuentro.
Beatriz no se detuvo. Con una mano movía el vibrador en movimientos circulares, mientras con la otra tomaba otro de los cristales de Murano, más pequeño, y lo acercaba al culo de Isabella.
—¿Doble penitencia? —preguntó, ya empapando la punta en la humedad que goteaba—. Sor Margarita siempre dice que dos agujeros llenos es la verdadera comunión con el Espíritu.
Isabella asintió frenética, incapaz de hablar.
Beatriz penetró su segundo orificio con el cristal frío, y Isabella sintió que se desmoronaba. Era demasiado, era perfecto, era sacrilegio puro. Los dos objetos estaban dentro de ella, y la vibración y el movimiento creaban una resonancia que sentía hasta en los dientes.
—Mira esto —susurró Beatriz, y con la mano libre abrió otra caja cercana.
Dentro había un espejo antiguo, de mano, con marco de plata. Lo posicionó entre las piernas de Isabella para que pudiera verse: el cristal saliendo y entrando en su culo, el vibrador en su vagina, la tanga dorada empapada y desplazada, su propio rostro contorsionado por el éxtasis de placer.
—Eres hermosa pecando —dijo Beatriz—. Más hermosa que en la misa. Aquí eres real.
Aumentó la velocidad del vibrador principal al máximo.
Isabella se vino con fuerza brutal, un orgasmo que pareció arrancarle la médula, contracciones que expulsaron casi el cristal de su interior, tuvo un squirt que mancharon el diván y las pieles. Gritó el nombre de Dios, de la Virgen, de Beatriz, un babel de sacrilegio y adoración.
Cuando terminó, jadeante, deshecha, Beatriz retiró los objetos lentamente, con ternura, y lamió el cristal limpio con la lengua.
—El sabor de la salvación —bromeó—. Ahora, vístete. La Madre Superiora nos espera para la cena. Y mañana… —guardó los vibradores en sus cajas, pero guardó la tanga dorada en el bolsillo de su hábito—. Mañana te enseñaré el cofre de sor Ágata. Tiene algo que ninguna otra hermana se atreve a usar. Algo que requiere tres personas.
Isabella se levantó, las piernas inestables, el cuerpo todavía sintiendo el placer. Al subir la escalera de caracol, sentía la humedad de la bodega impregnada en su piel, y sabía que nunca volvería a ser la misma.
El convento tenía secretos que la Iglesia pagaría cualquier precio por ocultar. Y ella, ahora, era uno de ellos.
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