El precio de ser cómplices (11)

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T. Lectura: 11 min.

El trayecto en el asiento trasero del taxi fue un viaje a través de un silencio denso, con el parpadeo intermitente de los postes de luz marcando el ritmo de la mañana. Bruno apoyaba la cabeza contra la ventana, contemplando el amanecer gris de la ciudad.

En su bolsillo descansaba la tarjeta de presentación que Valeria siempre usaba en sus negocios, pero esta vez era diferente; en el reverso, escrito apresuradamente con un lapicero, estaba su número telefónico privado.

Recordaba la firmeza en la voz de ella al estrecharle la mano: «A partir de ahora, somos socios. Nos vamos a cuidar las espaldas mutuamente». Para Bruno, ese número anotado a mano era la única llave para auditar el lavado de dinero de Mauricio y encontrar la forma de destruir a la organización desde adentro.

El impulso de proteger su vida y, sobre todo, de blindar a Bianca contra la frialdad de ese entorno, le devolvía una determinación que la culpa de la madrugada le había arrebatado.

Cuando el taxi lo dejó en la puerta de su casa, Bruno enderezó la postura e intentó borrar el cansancio de su rostro. Al cruzar el umbral, la familiaridad del hogar lo recibió con una quietud casi artificial.

Bianca ya estaba allí. Había llegado un poco antes y se encontraba de pie cerca de la mesa de centro de la sala. Bruno avanzó hacia ella, le quitó el abrigo con delicadeza y la tomó de las manos, dándole un apretón suave.

—Ya pasó, mi amor… Ya estamos en casa —le dijo en un susurro.

Bianca le sostuvo la mirada, esbozando una sonrisa sutil y distante. Sin embargo, bajo la tela de su ropa, sus dedos rozaban de forma inconsciente el teléfono secreto que llevaba oculto. En su interior, la madrugada seguía vibrando con fuerza, atrapada en el eco de las sensaciones de la noche anterior.

En ese instante, una vibración aguda rompió el silencio de la sala. Provenía únicamente del bolso de Bianca. Ella sacó su celular descubriendo el destello dorado en la pantalla, y leyó el comunicado en voz baja.

—«Reto cumplido con éxito. Ambas parejas vinculadas recibirán inmunidad total durante los próximos seis meses. No recibirán retos, no serán juzgadas y sus cuentas estarán completamente protegidas hasta el final de la temporada». —Bianca miró a su esposo—. Seis meses, Bruno… Nos van a dejar en paz por medio año.

Bruno asintió, fingiendo una calma total y dejando escapar un suspiro de alivio.

—Es la oportunidad que necesitábamos para desconectarnos de todo esto y recuperar nuestra rutina —respondió con voz pausada, abrazándola—. Olvidémonos del grupo por un tiempo.

Bianca bajó la mirada hacia la pantalla, donde un segundo recuadro, teñido de un rojo corporativo, terminaba de desplegarse.

—«Beneficio Plus: Ambas parejas recibirán un Pase de Selección Forzosa. Este derecho les permite nominar directamente a cualquier pareja para que participe de forma obligatoria en el reto que ustedes elijan. El beneficio se activa de inmediato».

—¿Un pase forzoso? —murmuró Bianca, entornando los ojos—. Qué extraño… dice que podemos obligar a cualquiera a jugar cuando queramos.

—Ya no importa, guardemos eso —le restó importancia Bruno de manera deliberada, evadiendo el tema por completo—. Lo que importa es que estamos a salvo. Ve a descansar, te ves muy cansada.

Bianca asintió despacio. Se acercó a Bruno, le dio un beso en la mejilla y, con la excusa de darse un baño largo para quitarse el cansancio, subió las escaleras a toda prisa, dejando a su esposo solo en la sala.

Cuando las pisadas de Bianca se desvanecieron en el segundo piso y se escuchó el eco lejano de la puerta del baño al cerrarse, la rigidez en los hombros de Bruno desapareció por completo. Se dejó caer pesadamente en el sofá de la sala, hundiéndose en el silencio. Pasó ambas manos por su rostro, sintiendo el ardor en los ojos por el insomnio, y se quedó contemplando el techo mientras el cansancio empezaba a vencerlo.

En el piso de arriba, el sonido del agua de la ducha comenzó a correr. Bianca se despojó de la ropa y se metió bajo el agua caliente, dejando que el vapor inundara la habitación. Al salir, envuelta en una toalla, se dirigió a su bolso en absoluta reserva. Sacó el teléfono secreto que Mauricio le había entregado en la suite, lo encendió en silencio y miró la pantalla en la penumbra del baño antes de guardarlo minuciosamente entre su ropa limpia.

Minutos después, Bruno subió a la habitación principal arrastrando los pies por el sueño. Ambos se acomodaron en la cama, compartiendo las cobijas de siempre y el cansancio finalmente los venció, arrastrándolos a un sueño profundo.

Durante los siguientes días, la casa se mantuvo en un silencio incómodo. Compartían los desayunos en la cocina y hablaban de las cosas de la casa, pero se notaba que algo se había roto. Bruno intentaba estar más pegado a ella, abrazándola por la espalda mientras cocinaba o buscándole la mirada para demostrarle que todo estaba bien. Bianca le sonreía y le seguía la corriente, pero su mente se quedaba colgada en cualquier parte, dándole vueltas a lo que pasó en el hotel.

La tensión se rompió al cumplirse la semana. Era medianoche y la habitación estaba a oscuras. Bruno se giró en la cama, estiró el brazo y comenzó a acariciarle la cintura por debajo del polo suelto con el que dormía. Bianca no se apartó; al contrario, sintió unas ganas repentinas de liberar toda la presión de la semana y se dio la vuelta para besarlo con fuerza.

Entre los besos rápidos, Bruno le levantó el polo por la cabeza y le deslizó hacia abajo la delicada tanga de encaje que ella siempre solía usar, dejándola completamente desnuda antes de deshacerse de su propio bóxer. Bianca abrió las piernas de inmediato, dejando que él se acomodara encima y se colocara entre sus muslos. Guiado por la humedad de ella, Bruno empujó su miembro erecto, duro por la excitación, introduciéndolo por completo en su intimidad de un solo movimiento suave.

Al principio, Bianca se entregó al acto, moviendo las caderas al ritmo de su esposo y arañándole la espalda mientras buscaba el orgasmo. Pero a los pocos minutos, en la mitad del vaivén, sintió una tremenda necesidad de más potencia. El ritmo de Bruno era el mismo de siempre: lento, predecible y cuidadoso.

Fue ahí donde la comparación la golpeó de lleno. Sentir el pene de Bruno, con su grosor y tamaño habitual, la hizo recrear inevitablemente la anatomía de Mauricio. La diferencia era abismal. Extrañó la sensación de plenitud absoluta que le daba el miembro de Mauricio, notablemente más largo y grueso, que la estiraba por dentro y la llenaba por completo con cada embestida salvaje.

Mientras Bruno la penetraba con delicadeza, ella cerraba los ojos imaginando las manos de Mauricio sujetándole las caderas con fuerza, hundiéndose en ella con una brutalidad que la dejaba sin aire. Cuando Bruno terminó con un gemido, ella tuvo que fingir su propio clímax, abrazándolo contra su pecho mientras se quedaba con una insatisfacción tremenda y el cuerpo ardiendo.

A la mañana siguiente, el cuarto amaneció iluminado por el sol. Bruno se levantó temprano para dejarla descansar y bajó las escaleras. Bianca se quedó boca arriba, completamente desnuda entre las sábanas, sintiendo la tela suave sobre su piel todavía sensible. Se quedó un rato largo mirando el techo de la habitación, sintiendo un vacío raro en el vientre. Sabía que lo correcto era quedarse quieta y cuidar su matrimonio, pero el recuerdo detallado de la noche anterior y la calentura acumulada no la dejaban en paz.

Con el corazón latiéndole a mil y las manos temblándole por la culpa, se levantó en silencio, se puso su bata y caminó descalza hacia su bolso y sacó el teléfono oculto. Se encerró en el baño, pasó el pestillo con torpeza y se sentó en el borde de la tina.

Al encender la pantalla, vio que el dispositivo estaba completamente limpio; no había aplicaciones extra ni redes sociales, únicamente el número de Mauricio guardado en la libreta de contactos. Dudó durante varios segundos, con el pulgar suspendido sobre la pantalla mientras una voz en su cabeza le suplicaba que apagara el aparato. Pero no pudo. Seleccionó el único chat disponible y, evitando parecer desesperada o demasiado directa, le escribió con cautela: «No me he podido concentrar en toda la semana. Necesito que hablemos sobre lo que pasó en la suite».

Abajo, Bruno se sirvió una taza de café caliente y caminó hacia el patio trasero, cerrando la puerta de vidrio para tener privacidad. Se sentó en una de las sillas del jardín, respiró el aire fresco de la mañana y sacó el celular del bolsillo. Buscó el contacto de Valeria, a quien ya había agendado discretamente días atrás, y le escribió un mensaje de texto para preguntarle cuál iba a ser el primer movimiento que harían y por dónde iban a empezar.

A los pocos minutos, mientras Bruno terminaba de tomar los últimos sorbos de su café, el celular vibró en su mano. Era el mensaje de respuesta de Valeria.

En la pantalla, ella le explicaba que no era seguro hablar de estrategias ni de los movimientos de las cuentas a través de mensajes o llamadas telefónicas. En su lugar, le envió la dirección de un pequeño departamento. Le aclaró que era el lugar donde vivía antes de casarse; una propiedad de soltera que aún conservaba en secreto y donde nadie los buscaría. Lo citó ahí para esa misma mañana para poder hablar de frente.

Bruno guardó el teléfono en el bolsillo y se quedó un momento de pie en el jardín, mirando hacia la casa. Por un instante, sintió la fuerte necesidad de subir y contarle a Bianca los planes que estaba armando con Valeria; quería ser transparente con ella y demostrarle que estaba moviendo el cielo y la tierra para protegerlos. Sin embargo, la prudencia lo frenó. Sabía perfectamente que entre menos supiera ella de los detalles peligrosos, más segura estaría si las cosas salían mal con la organización.

Decidido a mantenerla al margen por su propio bien, pensó en una excusa rápida y regresó al interior de la casa. Dejó la taza en la cocina y subió las escaleras. Mientras tanto, en la habitación, Bianca escuchó los pasos en el pasillo; guardó a toda prisa el teléfono en su bolso, salió del baño y se volvió a meter entre las sábanas para disimular. Cuando Bruno abrió la puerta del dormitorio principal, la encontró acostada, intentando proyectar una calma que por dentro estaba lejos de sentir.

—Bianca, tengo que salir—le dijo con naturalidad—. Surgió un asunto pendiente en el trabajo que debo resolver en persona.

Bianca sintió un pequeño vuelco en el estómago. Por un segundo temió que él hubiera notado su nerviosismo o el ligero temblor en sus manos, pero al ver la expresión tranquila de Bruno entendió que no sospechaba nada. Una mezcla contradictoria de alivio y culpa la recorrió por completo; que él se fuera le daba el espacio que necesitaba desesperadamente para asimilar lo que acababa de hacer, aunque le pesara en la conciencia ver lo confiado que se mostraba.

Tragó saliva para aclarar la voz, acomodó las sábanas sobre su pecho y le dedicó una sonrisa para no levantar sospechas.

—Está bien amor, ve con cuidado —respondió intentando sonar relajada, mientras por dentro el corazón le seguía martillando el pecho.

Bruno se despidió con un beso en la frente, se cambió de ropa y salió de la casa, sabiendo que el primer movimiento contra el Círculo estaba a punto de comenzar.

Subió a su vehículo, encendió el motor y tomó la avenida principal tratando de pasar desapercibido entre el tráfico de la mañana. Condujo con la mirada fija en el retrovisor, asegurándose de no ser seguido. Se estacionó a un par de cuadras del edificio residencial de fachada discreta y caminó con paso firme, manteniendo el perfil bajo. Al llegar al piso indicado, tocó la puerta con un golpe rítmico

La puerta se abrió y Valeria lo recibió con una sonrisa de alivio al verlo. Se acercó con soltura, saludándolo con un beso en la mejilla que se prolongó un segundo de más antes de hacerse a un lado.

—Entra —le dijo en un susurro, cerrando la puerta con doble cerrojo.

El departamento era pequeño, moderno y elegante. Lucía impecable y completamente ordenado, manteniendo un ambiente fresco y privado que contrastaba con el caos de afuera.

Valeria caminó hacia la pequeña barra de la cocina para servirse un vaso con agua, mientras Bruno se quitaba la chaqueta, dejándola en el respaldo de uno de los sillones.

—Qué semana tan pesada —comentó ella, apoyando los codos en la barra y mirándolo de reojo con una mueca de cansancio—. Mauricio ha estado insoportable con las reuniones del negocio, dando vueltas por toda la casa. Ya no sabía qué excusa inventar para salir un rato.

—Te entiendo perfectamente —respondió Bruno, soltando una pequeña risa y dejándose caer en el sillón—. En mi casa las cosas tampoco están precisamente tranquilas. Entre la rutina y la tensión constante, ya hacía falta un respiro como este.

—Aprovechemos el tiempo entonces —dijo ella, dejando el vaso a un lado—. Se acercó a la sala y se acomodó en el sillón contiguo, cruzando las piernas con la familiaridad de siempre—. Lo que tenemos que organizar hoy nos va a tomar bastante trabajo. Con Mauricio encima de toda la red de comunicaciones, este es el único lugar donde podemos mover las fichas con seguridad.

—De acuerdo —dijo Bruno, dejando atrás el cansancio y enfocándose en ella—. Dime qué tenemos.

Valeria se inclinó un poco hacia él, bajando la voz.

—Tenemos los pases forzosos. Es el poder absoluto, por una única vez, de nombrar a los participantes, diseñar el reto a nuestra medida y fijar el castigo. Ya tengo decidido a quién se lo vamos a aplicar: a Héctor Alarcón y su esposa Sabrina.

Bruno frunció el ceño, procesando el impacto del nombre. Héctor Alarcón era el gerente general de uno de los bancos de inversión más importantes del sistema financiero; el hombre que manejaba las cuentas corporativas de las empresas fachada y el socio clave de Mauricio para lavar el dinero del grupo. Sabrina, por su parte, era una mujer que cuidaba su imagen pública por encima de todo.

—Si logramos auditar las cuentas personales de Héctor y Mauricio, así los tendremos contra las cuerdas —continuó Valeria, fijando sus ojos en los de él—. Pero Héctor no va a soltar nada por las buenas. Por eso, el reto que diseñaremos para ellos tiene que ser determinante. Una subasta de sumisión total de pareja.

—¿Una subasta? —preguntó Bruno.

—Sí. El reto consistirá en que Héctor y Sabrina serán subastados en la próxima gala. La pareja que gane la puja tendrá el control absoluto sobre sus cuerpos y sus voluntades durante todo un fin de semana, sin derecho a réplica. Y para asegurarnos de que Héctor sienta la presión necesaria, moveremos los hilos para que esa subasta la ganen los Benavides.

Bruno frunció el ceño, sorprendido al escuchar ese apellido.

—¿Los Benavides? —preguntó con curiosidad—. Jamás he oído hablar de ellos. ¿Quiénes son?

Valeria soltó una risa corta, acortando un poco más el espacio entre los dos al responder.

—Es normal que no los conozcas, operan en los niveles más oscuros y enfermizos del Círculo. Son una pareja siniestra, destructiva… prácticamente unos monstruos con dinero. No buscan complacer un capricho común; a ellos les mueve quebrantar a las personas, humillarlas y destruirlas psicológica y físicamente por puro placer. La sola idea de saber que él y Sabrina van a terminar en las manos de los Benavides durante todo un fin de semana será suficiente para aterrorizar a Héctor y romperlo por completo. Eso, sumado a la amenaza de filtrar todos sus archivos a la junta del banco y a sus familias si se niega, no le dejará más opción que aceptar nuestra auditoría secreta como su única salida.

Bruno guardó silencio, analizando el riesgo y procesando la frialdad de la estrategia.

—Es un plan sólido para presionar a Héctor —dijo Bruno—, pero Mauricio no es tonto. Si atacamos directamente a su socio financiero con un pase forzoso, va a sospechar que esto viene de alguien muy cercano a sus operaciones.

Valeria sonrió, complacida por su respuesta, y rozó levemente la rodilla de Bruno con la suya al responder.

—Ahí es donde usamos el segundo pase forzoso, el de ustedes. Lo activaremos al mismo tiempo como una cortina de humo. Diseñaremos otro reto fuerte contra una pareja completamente al azar, alguien que no tenga vínculos con los negocios de Mauricio. Al lanzar ambos ataques en paralelo, parecerá un movimiento aleatorio del sistema o una purga general de la administración. Mauricio buscará culpables en otro lado y no se fijará en nosotros.

Bruno asintió, viendo la viabilidad de la jugada. El tablero estaba listo: Héctor Alarcón tendría que elegir entre entregar los secretos financieros de Mauricio o enfrentar la ruina total junto a su esposa, mientras que el segundo pase actuaría como el señuelo perfecto para mantenerlos a salvo.

Valeria se quedó pensativa un momento, contemplando el plan que acababan de trazar, y luego estiró la mano hacia la mesa para tomar su vaso.

—Entonces está decidido —dijo ella—. En cuanto llegue a casa voy a redactar el reto para mandarlo al grupo de una vez.

—Espera —la interrumpió Bruno, deteniéndola con un gesto suave—. Si mandas el reto de golpe al grupo, Héctor lo tomará como un reto más del juego y no sabrá qué pedimos a cambio. El verdadero poder de esto es usarlo como chantaje directo. Primero tenemos que abordarlo en privado y ponerle las cartas sobre la mesa: o nos da el acceso a las cuentas para la auditoría, o lanzamos la subasta con los Benavides al grupo y destruimos su vida. Cuando vea lo que está a punto de caerle encima, se va a quebrar.

Valeria se detuvo, analizando la propuesta, y asintió lentamente.

—Tienes razón. El miedo directo funciona mejor que una notificación anónima. Él buscará una salida antes de que el Círculo se entere.

—Y hay otro detalle —continuó Bruno, cruzándose de brazos y mirándola fijamente—. Para amenazar a Héctor, es mejor usar el pase que tengo yo con mi esposa. Si usamos el tuyo, Mauricio podría terminar conectando los puntos por la cercanía que tienes con sus cuentas. En cambio, si usamos el mío para la amenaza directa, la sospecha se aleja por completo de tu entorno. El tuyo lo dejamos guardado en el sistema para la cortina de humo con la pareja al azar.

Valeria se quedó en silencio un segundo, procesando la jugada de Bruno, y luego soltó una sonrisa ligera, ladeando la cabeza.

—Tienes toda la razón… qué descuido el mío. Estaba tan enfocada en el golpe financiero que no vi el rastro que dejaba. Es perfecto. Usamos tu pase como el arma real y el mío se queda como el señuelo.

—¿Cuándo y cómo empezamos? —preguntó Bruno.

—Ahora mismo —respondió Valeria con determinación—. Si dejamos pasar el tiempo, perderemos el factor sorpresa. No hay que darle a Héctor ni tiempo para reaccionar. Tenemos que abordarlo hoy.

Bruno asintió, sintiendo la adrenalina del primer movimiento real en el tablero. Se levantó del sillón y comenzó a ponerse la chaqueta.

—Vamos entonces —dijo él, caminando hacia la salida mientras Valeria tomaba las llaves.

Horas antes…

Apenas el auto de Bruno se perdió de vista en la avenida, Bianca se puso de pie y caminó hacia la ventana de la habitación. El silencio en la casa se volvió pesado mientras procesaba la excusa de su esposo sobre un “asunto pendiente en el trabajo”.

Esperó un momento para asegurarse de estar sola y respiró hondo intentando calmar su corazón. La culpa la golpeaba, pero el deseo acumulado era más fuerte; sabía que al buscar a Mauricio esa mañana había cruzado un límite, pero la idea de reencontrarse con él le hacía arder la piel de la impaciencia.

El teléfono vibró a los pocos minutos. En la pantalla apareció la dirección de un club privado para encontrarse esa misma mañana.

Al ver la pantalla y con las manos aún temblorosas, guardó el teléfono en el fondo de su bolso y caminó hacia el baño a pasos rápidos.

Se despojó de la bata y se metió bajo el chorro de agua caliente, sentía una vergüenza tremenda al saber que Bruno recién acababa de cruzar la puerta confiando ciegamente en ella, pero al mismo tiempo, el choque entre el remordimiento y la humedad de su propio cuerpo la aceleraba por dentro, volviéndola completamente vulnerable al deseo.

Al salir, envuelta en una toalla frente al espejo empañado, se miró a los ojos y respiró agitadamente. Ya no había marcha atrás.

Se dirigió al vestidor y buscó en el fondo del cajón una caja pequeña que mantenía intacta. Era un conjunto de lencería de seda en tono rojo vino que Bruno le había regalado en su último aniversario, una prenda especial que guardaba para una ocasión importante y que nunca se había llegado a poner. Sentir la tela suave entre sus dedos le produjo un pinchazo punzante en la conciencia, pero aun así se la puso, dejando que el tono resaltara con fuerza contra su piel.

Combinó el conjunto con un vestido ajustado de corte sobrio, que resaltaba su figura con discreción mientras se ceñía a su cintura. Se maquilló lo justo para disimular la tensión y se aplicó unas gotas de perfume en el cuello y las muñecas.

Echó una última mirada a la cama deshecha, donde horas antes había intentado buscar sin éxito lo que Mauricio le dio con tanta facilidad.

Ajustó el bolso sobre su hombro, verificó que el teléfono oculto estuviera bien guardado, tomó las llaves y bajó las escaleras.

Al cruzar el umbral de la casa y cerrar la puerta con llave detrás de sí, el aire fresco de la mañana la recibió en el rostro. Bianca avanzó hacia la acera con paso firme, oliendo a su propio perfume y con el corazón martillándole el pecho, lista para abordar el vehículo que la llevaría al club.

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