El precio de ser cómplices (12)

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El recorrido en el taxi fue una tortura de nervios y silencio. Apoyada contra el respaldo del asiento trasero, Bianca miraba a través de la ventana cómo la ciudad avanzaba a ritmo acelerado. El perfume que se había aplicado en el cuello comenzaba a envolverla en el espacio cerrado, recordándole a cada segundo que no iba a una reunión de negocios ni a una visita casual; iba al encuentro del hombre que había trastocado su tranquilidad en una sola noche.

Sostuvo el bolso contra sus piernas, sintiendo el relieve del teléfono secreto a través de la tela. Le ardía la cara de solo recordar la noche anterior en su cama con Bruno, la insatisfacción amarga que la había llevado a dar el paso esa misma mañana. Sabía que no había vuelta atrás, pero la mezcla de culpa y adrenalina le hacía dar un vuelco en el estómago con cada semáforo en rojo.

El vehículo se desvió de la avenida principal e ingresó por una calle privada rodeada de vegetación, hasta detenerse frente a la imponente fachada de un club exclusivo. Era un lugar discreto, diseñado precisamente para personas que buscaban privacidad absoluta sin dejar rastro.

Al bajar del auto, Bianca ajustó la tira de su bolso y respiró hondo para disimular el temblor de sus manos.

Cuando Bruno estaba sentado en el sillón de Valeria discutiendo los pases forzosos, Bianca ya se encontraba cruzando las puertas de aquel club privado, iluminado por la suave luz de la mañana. Fue guiada por un empleado de confianza que la condujo con absoluta reserva por un pasillo exclusivo hacia una suite de acceso restringido.

Al entrar, el olor a tabaco caro la recibió de inmediato, envolviéndola en esa atmósfera de peligro. Mauricio estaba de pie junto al ventanal, contemplando los jardines con un vaso de whisky en la mano, dejando que los primeros rayos del sol resaltaran su imponente presencia. Al escuchar el clic de la puerta, se giró despacio, dibujando en su rostro una sonrisa relajada, atractiva y llena de seguridad.

—Vaya… qué grata sorpresa, Bianca —dijo Mauricio, dejando el vaso sobre una mesa de caoba y avanzando hacia ella con pasos lentos, mirándola de arriba abajo con un descaro que la hizo ruborizar—. Debo admitir que no esperaba que me buscaras tan pronto, pero me alegra mucho que lo hayas hecho. Te ves espectacular esta mañana.

Bianca sintió que los nervios la traicionaban bajo esa mirada tan intensa. Intentó mantener una postura firme y cruzó los brazos.

—Mauricio… yo solo vine porque… bueno, lo que pasó esa noche me dejó pensando —empezó a decir, buscando las palabras adecuadas—. Quería hablar contigo a solas, aclarar las cosas.

—¿Aclarar las cosas? —Mauricio soltó una risa corta, casi un susurro, acortando la distancia hasta quedar a solo un paso de ella, invadiendo su espacio de una forma abrumadora—. Me parece perfecto. A mí también me encanta hablar…

Él estiró la mano con total naturalidad y, de forma atrevida, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja, dejando que sus dedos rozaran la piel de su cuello con deliberada lentitud. Bianca contuvo el aliento, pero no se movió.

—Dime una cosa, Bianca —continuó él, bajando la voz a un tono más íntimo, casi confidencial, mientras sus ojos se clavaban en los labios de ella—. ¿De verdad viniste hasta este club, solo para hablar? ¿O es que te pasó lo mismo que a mí? Porque yo no he podido sacarme de la cabeza lo hermosa que te veías esa noche… y lo bien que se sintió tenerte tan cerca.

Bianca sintió un vuelco en el estómago. El calor de su aliento y la mirada fija en sus labios le acortaron la respiración, dejándola sin margen para reaccionar. No había espacio para las dudas; la tensión entre los dos era tan densa que solo le quedaba dejarse llevar.

—Tuve una mañana… complicada —atinó a decir ella en un hilo de voz, bajando la mirada hacia el pecho de él, sintiendo el calor que emanaba.

—Me lo imagino —respondió Mauricio en un murmullo, dando un paso al frente hasta romper cualquier distancia entre los dos. Estiró la mano para deslizar la yema de sus dedos por el contorno del cuello de Bianca, bajando despacio hasta el borde del vestido—. A veces solo hace falta un pretexto para dejar de fingir.

Bianca contuvo el aliento, sintiendo un escalofrío inmediato recorriéndole la espalda. El calor de Mauricio y el aroma de su perfume la envolvían por completo. Él bajó la mirada hacia las caderas de ella, apoyando la mano en su cintura para pegarla suavemente hacia su cuerpo, un gesto firme que no le dejó margen para retroceder.

—Me encantas, Bianca. Desde la primera vez que te vi —le susurró cerca del oído, disfrutando de la forma en que ella reaccionaba a su contacto—. Y sé que no te has podido sacar de la cabeza lo que vivimos esa noche.

Esa última frase desarmó por completo la poca cordura que a Bianca le quedaba. La combinación de la tensión acumulada, la audacia de Mauricio y la cercanía de sus cuerpos rompió cualquier barrera.

Desesperada por apagar el fuego interno que la quemaba, Bianca rompió la distancia, rodeó el cuello de Mauricio con los brazos y lo jaló hacia ella, uniendo sus labios en un beso apasionado.

Mauricio la recibió con firmeza, sujetándola de la cintura y pegándola por completo contra su cuerpo mientras correspondía el beso con una intensidad salvaje. El beso, cargado de deseo acumulado y morbo, se prolongó por varios segundos en medio de la suite iluminada por la mañana, sellando el pacto silencioso de una traición que ya no tenía vuelta atrás.

Sin romper el beso, Mauricio la giró con firmeza y la encaró contra la pared. Bianca, con el pulso desbocado, llevó las manos a la correa de él para soltársela con prisa, mientras Mauricio se desabrochaba el pantalón y se lo bajaba lo suficiente para liberarse. Acto seguido, él le subió el vestido a Bianca por encima de los muslos y deslizó a un lado la tanga de seda, encontrando su sexo empapado y ardiendo de excitación.

Instintivamente, Bianca apoyó las palmas de las manos contra la pared, abrió ligeramente las piernas e inclinó el torso hacia adelante, levantando la cadera para ofrecerle un ángulo perfecto. Mauricio soltó una respiración pesada al ver la figura que ella le regalaba; la tomó con fuerza de las caderas para fijarla en su lugar y apoyó la cabeza de su miembro justo en la entrada húmeda.

Con un empuje lento, pesado y continuo, fue introduciendo su miembro hasta metérselo todo.

—Ah… dios, Mauricio… —se le escapó a Bianca en un grito ahogado contra el muro, echando el cuello hacia atrás al sentir la presión estirándola por dentro.

Hace solo unas horas había estado en la cama con Bruno soportando una rutina, pero esto era completamente distinto. Sentir el tamaño y el grosor de Mauricio abriéndose paso hasta tocar fondo le hizo temblar las piernas; la diferencia física con su esposo era brutal y la dejaba sin aliento.

—Mírame… —le murmuró Mauricio, pegándose a su espalda para besarle el cuello mientras terminaba de acomodarse hasta la base, chocando su ingle contra sus nalgas.

—Siento todo… es demasiado… —jadeó ella con la boca abierta, apretando los puños contra la pared mientras sentía la dureza de él en lo más profundo—. No te muevas… déjame acostumbrarme…

Mauricio la escuchó y se quedó inmóvil un segundo, sintiendo las contracciones involuntarias de ella alrededor de su miembro. Inclinándose sobre su espalda, le pegó los labios al oído y le susurró con la voz rasgada:

—Estás apretadísima, Bianca… me vas a volver loco…

Con extrema paciencia, Mauricio dio un primer tirón hacia atrás, muy despacio, y volvió a entrar en ella con un vaivén lento, pesado y medido. El roce suave pero profundo encendió a Bianca por completo; el calor de la penetración y el impacto de tenerlo adentro hicieron que su intimidad comenzara a humedecerse aún más, soltando una lubricación abundante por la excitación que la recorría de cabeza a pies.

Al sentir cómo fluía y cómo ese movimiento pausado la estiraba de una forma deliciosa, a Bianca se le escapó un suspiro entrecortado.

Se le fue la vergüenza por completo y, moviendo levemente la cadera hacia atrás para buscar más contacto, le pidió despacio, casi en un ruego:

—Más… dale así… más fuerte…

Esa petición fue la señal para Mauricio. Tomándola firmemente de las caderas, aceleró la marcha y comenzó a embestirla con golpes secos, pesados y profundos que hacían retumbar la pared.

Sin salir del todo de ella, Mauricio la tomó con firmeza por las caderas, la levantó ligeramente para despegarla del muro y la llevó a un par de pasos, obligándola a inclinarse sobre el amplio espaldar del sillón. En esa postura, con la cadera bien levantada y la luz de la mañana iluminándole la espalda, él reanudó el empuje desde atrás, marcando un ritmo aún más ruidoso y constante.

Bianca se agarró del cuero del sillón, mordiéndose el labio para no gritar. El roce directo le hacía perder la cabeza, sintiendo la humedad bajándole por la entrepierna mientras el impacto le recorría todo el cuerpo.

—Mauricio… ah… no me pares… —gemía ella con la cabeza hundida entre sus brazos.

—Mira cómo estás… te encanta —le dijo él con la respiración agitada, dándole un apretón firme en la cadera mientras la acompañaba en cada movimiento.

Buscando un contacto de frente, Mauricio la hizo girar. Le terminó de quitar el vestido y la lencería de un tirón, dejándola completamente desnuda sobre los cojines. Él se acomodó contra el respaldo y la tomó de la cintura para guiarla a ponerse encima.

Al sentirlo entrar de nuevo hasta el fondo en esa posición, Bianca soltó un suspiro ahogado y tomó el control. Apoyó las manos firmes sobre el pecho de Mauricio y empezó a subir y bajar a su propio ritmo, marcando un vaivén de caderas desesperado y continuo. Desde arriba, viendo cómo él disfrutaba con la vista de su cuerpo, Bianca aceleró el movimiento. La fricción constante la llevó directo al límite.

—Me voy a venir… Mauricio, dios… me voy a venir… —soltó en un gemido entrecortado, apretándolo con espasmos involuntarios.

El orgasmo la sacudió por completo, haciéndola caer de pechos sobre el tórax de él, temblando mientras sus paredes internas se contraían frenéticamente a su alrededor. Mauricio la sujetó con fuerza de la cintura, la giró en el sillón para quedar arriba y aprovechó esas últimas contracciones para embestir con fuerza y rapidez, alcanzando su propio clímax en un gemido sordo.

Con la respiración agitada y los músculos todavía tensos, Mauricio se fue retirando lentamente, sacando su miembro de golpe. Bianca se quedó tendida sobre los cojines, con las piernas entumecidas y abiertas, dejando ver la entrada de su sexo entreabierta y dilatada por el esfuerzo, desde donde comenzaba a derramarse un hilo espeso de semen que se mezclaba con su propia humedad. Mauricio contempló la escena un segundo, recuperando el aire, mientras ella cerraba los ojos, completamente exhausta y satisfecha.

Mientras Bianca quedaba tendida sobre los cojines del sillón, tratando de recuperar el aire con el cuerpo entumecido y las piernas temblando por el esfuerzo, a kilómetros de allí la atmósfera era completamente distinta. La tensión se masticaba en el aire mientras la mañana avanzaba sin tregua.

El viaje en el auto desde el departamento de Valeria fue silencioso, pesado, cortado solo por el zumbido del motor y la tensión entre los dos. Bruno manejaba con la mirada fija en el asfalto, mientras Valeria miraba el tráfico y el movimiento de la ciudad por la ventana bajo la luz clara de la mañana. Ambos sabían que estaban cruzando una línea sin retorno.

Se dirigieron al centro financiero y se detuvieron frente a un edificio imponente de vidrios que a esa hora ya bullía de gente con la llegada de empleados y ejecutivos. Gracias a su rostro conocido como una de las presentadoras de noticias más famosas del país y a su cercanía previa con los altos mandos por ser la pareja de Mauricio, el personal de recepción la saludó con respeto y pudieron pasar sin problemas.

Tomaron el ascensor hasta el piso de la gerencia general. Al salir, la alfombra del pasillo ahogaba sus pasos. A través de la mampara de vidrio de la oficina principal, se veía a Héctor Alarcón revisando unos balances en su tableta, con el saco colgado en el perchero y la corbata a medio soltar.

Valeria empujó la puerta sin tocar, rompiendo la tranquilidad de la oficina.

Héctor levantó la mirada, sorprendido y molesto por la interrupción. Sus ojos se fijaron de inmediato en ella, ignorando al hombre que venía detrás.

—¿Valeria? —dijo Héctor, dejando la tableta sobre el escritorio—. ¿Qué significa esto? Estoy revisando mi agenda y no tengo ninguna reunión marcada contigo a esta hora.

—No busques en tu agenda, Héctor. Esto no está agendado ni lo va a estar —respondió Valeria con una calma fría, caminando con paso firme hacia una de las sillas para sentarse. Bruno se quedó de pie a un paso de la puerta, vigilando el pasillo en silencio.

Héctor miró a Bruno un segundo, midiéndolo con desprecio antes de volver a enfocar a Valeria.

—Sabes perfectamente que los asuntos bancarios y de negocios se ven en reuniones programadas, no a escondidas en mi oficina —reclamó Héctor, acomodándose en su sillón para intentar imponer autoridad—. ¿Y quién es este tipo? No tienes por qué traer a desconocidos a mi despacho.

—No soy ningún desconocido —intervino Bruno, dando un paso firme al frente para plantarse ante la mesa—. Soy el ganador del pase forzoso. El que salió en el video del último evento.

Héctor se quedó callado un segundo. Miró a Bruno de arriba abajo y una sonrisa burlona y cínica se le formó en la boca al juntar las piezas. Él sabía perfectamente que solo existían dos pases.

—Ah… con que una de las parejas eres tú —dijo Héctor, tirándose hacia atrás en su asiento con morbo—. Así que tú eres el del video. Vaya, vaya… Tienes una esposa muy… exquisita. Una joya. Todo el Círculo vio esa transmisión, y tu mujer sí que sabe cómo complacer a un hombre. No me imaginaba que su pareja fuera alguien tan… poca cosa.

—Cierra la boca —lo cortó Bruno, dando un paso al frente con la voz ronca de rabia—. No vine a escuchar tus pendejadas. Vine a dejarte claro lo que pienso hacer con el pase que tengo en las manos.

Héctor lo miró de arriba abajo, sin perder la postura, y soltó una risa seca.

—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que vas a hacer? —provocó el banquero, recostándose en su sillón.

—Una subasta de sumisión total de pareja para ti y para Sabrina este fin de semana —escupió Bruno, mirándolo a los ojos—. Ese es el reto que te tengo preparado.

Héctor escuchó las palabras de Bruno, se echó a reír y le restó importancia con un gesto de la mano.

—¿Una subasta? ¿Eso es todo? —bromeó Héctor, recuperando el aire de superioridad—. Valeria, por favor, una subasta no es nada del otro mundo. Un reto así no me asusta, sé perfectamente cómo se manejan esas cosas.

—Te va a asustar cuando sepas quién va a ganar esa subasta, Héctor —soltó Valeria despacio y con voz helada—. En cuanto hagamos efectivo el pase, yo misma voy a manipular la red para que no haya competencia. La única oferta que voy a dejar pasar es la de los Benavides. El fin de semana tú y Sabrina van a ser propiedad de ellos.

A Héctor se le borró la sonrisa de golpe. Se puso pálido y la cara se le desencajó de puro pánico. Sus manos empezaron a temblar sobre el escritorio. Sabía perfectamente quiénes eran los Benavides y las locuras sádicas que hacían. Solo pensar en entregarle a su esposa Sabrina y su propio cuerpo a esa pareja durante un fin de semana entero lo aterrorizó.

—Están locos… ¡Esto es una maldita extorsión! —gritó Héctor, levantándose de golpe y agarrando el teléfono de su escritorio—. ¡Voy a llamar a seguridad ahora mismo y los voy a meter a la cárcel a los dos!

—Llamalos —lo desafió Valeria sin parpadear—. Pero antes de que crucen esa puerta, el reto se ejecutará. Y si rechazas el reto, el sistema libera automáticamente todos tus videos archivados a la junta del banco y a tu familia, además de bloquearte y borrarte cada cuenta de dinero que tienes. Te vas a quedar sin reputación, sin familia y en la calle en cuestión de minutos. Tú decides.

Héctor se quedó congelado con el teléfono en la mano. Miró a Valeria y luego a Bruno. Sabía que ella no estaba jugando y que si decía eso, lo cumplía. Estaba acorralado.

Vencido, se dejó caer pesadamente en el sillón, sobándose la frente.

—¿Qué mierda quieren? —preguntó con la voz quebrada.

—Una auditoría espejo de todas las cuentas de las empresas de Mauricio. Queremos los accesos, las claves y los registros reales de lavado que manejas en este banco —explicó Valeria con firmeza—. Si nos das todo, el pase forzoso se guarda y nadie se entera de nada.

Héctor tragó saliva, pensando rápido las opciones. Si traicionaba a Mauricio corría peligro, pero si no aceptaba, su vida se acababa ese mismo día. Levantó la mirada hacia Valeria y el miedo se convirtió en rabia.

Si iba a arriesgarse, se lo iba a cobrar caro.

—Está bien. Puedo armar el paquete de datos y simular un ataque cibernético para que tengan la auditoría sin que mi nombre aparezca —dijo Héctor, achicando los ojos—. Pero esto va a tener un precio, Valeria. Sobre todo para ti.

—Te escucho —dijo ella.

—Primero, inmunidad total. Mis cuentas, mi dinero y mi esposa no entran en ninguna denuncia cuando hundan a Mauricio. Me dejan limpio. Segundo, mi seguro: vas a firmar una carta donde declaras que tú eres la cabeza de todo este complot. Si yo caigo, te vas conmigo.

Héctor hizo una pausa, se inclinó sobre el escritorio y miró fijamente a Valeria a los ojos, ignorando a Bruno por completo.

—Y tercero… un adelanto por lo que estoy arriesgando. Todos estos años viéndote pasar, Valeria, y siempre me pareciste una mujer increíble, inalcanzable por estar con Mauricio.

Así que hoy las cosas cambian. Si voy a poner el cuello en la guillotina por ti, quiero una noche entera contigo. Una noche a solas en la cama, donde vas a hacer todo lo que yo te pida. Ese es mi precio. Si quieres las cuentas de Mauricio, me vas a dar esa noche de sexo. Si no, dile a tu perro que envié el reto.

Al escuchar la propuesta, Bruno dio un paso al frente fuera de sí. Una rabia ciega le nubló la vista y la mandíbula se le apretó al límite.

—No te pases de listo —escupió Bruno con la voz temblando de furia, acercándose al escritorio—. Vinimos a hacer un trato de negocios, no a cumplir tus asquerosidades.

Héctor soltó una risa burlesca, disfrutando ver cómo lo había sacado de quicio.

—Lo tomas o lo dejas, Valeria. Yo arriesgo mi carrera, tú me das una noche en mi cama. Es un trato justo.

Antes de que Bruno se le fuera encima, Valeria estiró la mano y lo frenó con fuerza. Con una calma absoluta, se giró hacia Bruno. Sus ojos estaban fríos, pero le habló despacio para calmarlo.

—Tranquilo, Bruno —le dijo mirándolo a los ojos—. Déjalo. Todo esto es por el objetivo final. A veces hay que pagar estos precios para ganar. No vamos a arruinar el plan ahora.

Bruno la miró con bronca por dentro, con el estómago revuelto de solo imaginarla con el banquero, pero impotente al ver que ella no iba a dar marcha atrás.

Valeria volvió a mirar a Héctor con una sonrisa helada.

—Tenemos un trato, Héctor. Consigue los accesos de la auditoría y prepara la declaración. Nos vemos cuando tengas todo listo.

Sin agregar una sola palabra más, Valeria se dio la media vuelta y caminó hacia la salida con paso firme y elegante, rompiendo el aire tenso del despacho. Bruno se quedó congelado un segundo, clavándole a Héctor una última mirada cargada de odio puro antes de darle la espalda y seguirla hacia el pasillo.

El trayecto de regreso en el ascensor fue un silencio asfixiante. Bruno apretaba los puños dentro de los bolsillos, sintiendo cómo el estómago se le revolvía. La idea de que Valeria fuera a entregarse a ese tipo por el plan le quemaba por dentro, pero la frialdad con la que ella lo había aceptado lo dejaba aún más desarmado.

Al cruzar las puertas de cristal del edificio y salir a la calle, la luz brillante de la mañana y el ruido del tráfico del centro financiero los golpearon de frente. Valeria se detuvo junto al auto, sacó sus lentes de sol y se los puso con una calma pasmosa, ocultando cualquier rastro de emoción.

—¿De verdad vas a hacerlo? —rompió el silencio Bruno, con la voz rasgada por la frustración—. ¿Vas a meterte a la cama con ese infeliz?

Valeria se giró despacio hacia él. A través de los cristales oscuros, su expresión permaneció impenetrable y su voz sonó tan fría como el hielo.

—Es el precio que hay que pagar para destruir a Mauricio, Bruno. Y lo voy a pagar —respondió ella, abriendo la puerta del auto con total determinación—. Súbete. Todavía nos queda mucho por hacer hoy.

Bruno respiró hondo, sintiendo un nudo amargo en la garganta. Sabía que no había marcha atrás y que, en esa guerra, ambos estaban dispuestos a perderlo todo.

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