El precio de ser cómplices (13)

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El reloj marcaba pasadas las dos de la tarde cuando la primera parte del paquete de datos cifrados terminó de descargarse en el servidor privado que Valeria había dispuesto. Héctor había cumplido su palabra con una rapidez alimentada por el pánico y el deseo: las claves de acceso, las rutas de las empresas fantasma de Mauricio y los registros espejo de los movimientos bancarios estaban finalmente en su poder. La caída del imperio de Mauricio acababa de comenzar.

Bruno estaba apoyado contra el marco de la ventana del departamento de Valeria, mirando hacia el vacío de la calle con los brazos cruzados y los nudillos blancos de tanta presión. El sonido constante de las teclas mientras Valeria verificaba la autenticidad de los archivos financieros le resultaba martirizante.

—Los accesos son reales —dijo Valeria sin romper la compostura, iluminada por el brillo de la pantalla—. Héctor cumplió. Todo para la auditoría está en nuestras manos.

Bruno no se giró. Apretaba los dientes, sintiendo una mezcla amarga de asco y frustración que le recorría el pecho.

—¿Y cuándo es… la noche? —preguntó con la voz áspera.

Valeria hizo una pausa, deteniendo sus dedos sobre el teclado. Se giró despacio en su silla ejecutiva para mirarlo a los ojos. Su rostro no reflejaba duda ni miedo, solo una fría y calculadora resolución.

—En tres días —respondió con total franqueza—. Necesita ese tiempo para terminar de borrar sus rastros dentro del banco y armar la simulación del ataque cibernético. En tres días iré a su departamento a pagar mi parte del trato.

—Es un maldito asqueroso, Valeria… —escupió Bruno, girándose al fin con el rostro desencajado de rabia—. Te está chantajeando con lo que más le conviene. Me da rabia pensar en lo que vas a hacer por esa auditoría.

—No te confundas, Bruno —lo interrumpió ella, bajando el tono pero manteniendo la firmeza como una navaja—. Héctor cree que me está usando para cumplir una fantasía, pero el que está poniendo el cuello en la guillotina es él.

Cada segundo que pase conmigo en esa cama, me está entregando la soga con la que voy a ahorcar a Mauricio y a cualquiera que intente cubrirlo. Es un costo operacional, nada más.

Bruno la miró sin saber qué responder. Le perturbaba la frialdad con la que ella encaraba el sacrificio, pero al mismo tiempo sabía que no tenía forma de detenerla. Estaba atrapado en una espiral que ya no controlaba.

—Vete a tu casa —le dijo Valeria, volviendo la vista a la computadora—. Nos quedan tres días para afinar los detalles de la denuncia y revisar bien cada archivo. Ya no podemos hacer nada más por hoy.

Bruno asintió en silencio. Se dio la vuelta y salió del departamento, sintiendo el aire del pasillo como un respiro helado pero necesario.

El camino de regreso a su casa fue un trayecto pesado, envuelto en el ruido sordo del tráfico y el cansancio acumulado. Mientras manejaba, Bruno no podía sacarse de la cabeza la imagen de Valeria aceptando tan fríamente el chantaje de Héctor, ni la rabia de haber tenido que quedarse callado ante las insinuaciones del banquero. La idea de volver a su rutina de siempre y poner cara de normalidad frente a Bianca le revolvía el estómago; la culpa por ocultarle semejante enredo empezaba a carcomerlo, sintiéndose cada vez más atrapado en un juego peligroso donde ya no había marcha atrás.

Cuando Bruno abrió la puerta de su departamento, lo recibió un silencio absoluto. Recorrió la sala, la cocina y el pasillo, pero no había nadie. Miró la hora en su teléfono, extrañado; Bianca solía estar en casa a esa hora. Dejó las llaves sobre la mesa de la entrada, se quitó el saco y se dejó caer en el sillón, soltando un largo suspiro. El contraste entre la tormenta que acababa de vivir en la mañana y la soledad de su hogar solo hacía que el cansancio le pesara el doble en los hombros.

Apenas veinte minutos después, el sonido de la cerradura lo hizo reaccionar.

Bianca entró apresurada, cerrando la puerta a sus espaldas con cierto sobresalto al ver a Bruno sentado en la sala. Traía el cabello ligeramente desordenado, la respiración un poco agitada y el bolso apretado contra el costado. Venía exhausta del club privado; el dolor físico, la humedad entre sus muslos y el olor impregnado del perfume de Mauricio la tenían al borde de un colapso nervioso.

—Ah… Bruno… ya estás aquí —dijo Bianca rápidamente, evitando sostenerle la mirada y dando un par de pasos directos hacia el pasillo de los dormitorios.

—Sí, llegué hace un rato —respondió Bruno, poniéndose de pie al ver la prisa con la que ella avanzaba—. ¿Dónde estabas? Te llamé y no me contestaste.

Bianca se detuvo solo un segundo, dándole casi la espalda mientras apretaba las tiras de su bolso con los nudillos pálidos.

—Tuve… una mañana complicadísima afuera —improvisó Bianca a toda prisa, con la voz frágil y entrecortada—. Un cliente me llamó a última hora para hacer la tasación urgente de unas piezas de arte al otro lado de la ciudad… El tráfico estuvo fatal, estuve corriendo de un lado a otro cargando cosas bajo el sol y sudé muchísimo. Me siento fatal, necesito meterme a la ducha ya mismo. Antes de que Bruno pudiera decir algo más, Bianca se escabulló al baño y cerró la puerta con llave.

Bruno se quedó de pie en medio de la sala, mirando la puerta cerrada del baño. Escuchó casi de inmediato el ruido del agua de la regadera abrirse con fuerza. Un suspiro pesado se le escapó del pecho; atribuyó la actitud errática de su esposa al estrés del día, sin sospechar en lo absoluto que del otro lado de esa pared, Bianca se apoyaba contra los azulejos bajo el agua caliente, frotándose la piel desesperadamente para borrarse el rastro del semen de Mauricio y las secuelas de la traición.

Quince minutos después, la puerta del baño se abrió. Bianca salió envuelta en una bata holgada, con una toalla enrollada en la cabeza y el rostro pálido. Evitaba el contacto visual directo, pero la caminata lenta revelaba la incomodidad física que trataba de disimular.

—¿Todo bien? Te noto rara… —insistió Bruno desde la cocina, sirviéndose un vaso con agua.

—Sí… solo fue un día pesado y me duele un poco la cabeza —mintió ella, sentándose despacio en el borde del sofá y juntando las piernas con delicadeza. Miró a Bruno de reojo—. ¿Y a ti cómo te fue?

Bruno tragó saliva. El peso de ocultarle la reunión en el banco con Héctor, el papel de Valeria y la bomba que estaban a punto de hacer estallar le quemaba la garganta.

—Complicado también —respondió Bruno, caminando hacia la sala y dejándose caer en el extremo opuesto del sillón—. Un cliente muy difícil en el trabajo… nos tuvo estancados toda la mañana negociando unas condiciones pésimas, pero al final se logró un acuerdo.

—Qué bueno… —murmuró Bianca, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas.

Un silencio denso y cargado de secretos no dichos se apoderó de la sala. Estaban a solo un metro de distancia, compartiendo el mismo techo, pero separados por un abismo invisible de mentiras que ninguno de los dos se atrevía a romper.

Los dos días siguientes transcurrieron en un ambiente cargado de frialdad y distanciamiento en el departamento. Entre Bianca y Bruno apenas se intercambiaban las palabras necesarias para mantener la convivencia; él pasaba horas coordinando en silencio con Valeria los preparativos finales para la auditoría, mientras Bianca intentaba concentrarse en su trabajo en casa, atrapada en un bucle mental donde el recuerdo del encuentro en el club con Mauricio no le daba tregua.

Por más que intentaba fingir normalidad, el calor de la piel de Mauricio, la brusquedad de sus movimientos y la intensidad de esa mañana la perseguían en cada momento a solas.

Para la tarde del segundo día, la ansiedad terminó por vencer la poca cordura que le quedaba a Bianca. Estando en su escritorio, sacó el teléfono secreto del bolso, con las manos temblándole ligeramente sobre la pantalla, y le escribió un mensaje a Mauricio:

Bianca: No puedo sacarme de la cabeza lo que me hiciste el otro día… Necesito volver a verte.

La respuesta no tardó más de un par de minutos en llegar.

Mauricio: Me encanta saber que te dejé con ganas de más, Bianca. A mí me pasó exactamente lo mismo… No he dejado de pensar en lo bien que te veías esa mañana.

El vientre de Bianca se contrajo al leer la pantalla. Sonrió levemente, sintiendo cómo el calor le subía al rostro, y respondió al instante.

Bianca: Entonces dime cuándo nos vemos. No quiero esperar tanto.

Mauricio: Me gusta cuando te pones así de decidida… Pero esta vez quiero proponerte algo distinto. Si te atreves a volver, va a ser para probar algo nuevo. Algo bastante más interesante.

Un hormigueo de nervios y curiosidad le recorrió el cuerpo.

Bianca: ¿Algo nuevo? No me dejes con la duda, Mauricio… ¿Qué tienes pensado?

Mauricio: Eso no se explica por mensaje, mi amor. Esas cosas se proponen mirándote a los ojos y se disfrutan en persona. Si tienes la valentía de ir un paso más allá conmigo, nos vemos mañana.

La mañana del tercer día amaneció con un cielo despejado, pero la atmósfera dentro de la casa seguía siendo tensa y distante. La propuesta de Mauricio había flotado en la cabeza de Bianca toda la noche, encendiendo una mezcla de ansiedad, curiosidad y un deseo incontrolable que terminó por sepultar cualquier remordimiento.

A primera hora, mientras el agua caliente caía sobre su cuerpo en la ducha, Bianca repitió en su mente cada detalle de la mañana que estaba por vivir. Al salir, caminó hacia el armario con la toalla ajustada al pecho y comenzó a vestirse con una dedicación minuciosa.

Eligió un conjunto de lencería de satén en tono blanco perla, con finos bordados de encaje en los bordes y un liguero a juego que se ajustaba con firmeza a sus muslos. Sintió un leve escalofrío en el vientre al imaginarse las manos de Mauricio desabrochando cada broche.

Encima optó por una combinación irresistible: una blusa de seda manga larga en tono marfil, de caída suave pero ajustada en la cintura, y una falda tubo color crema que quedaba justo por encima de las rodillas. La prenda moldeaba sus caderas con una precisión tentadora y dejaba al descubierto sus piernas estilizadas.

Se aplicó unas gotas de su perfume más fino en las muñecas y el cuello, y se arregló el cabello y el maquillaje frente al espejo con trazos impecables, resaltando la mirada y dándole un tono vivo a sus labios.

Bruno estaba sentado al borde de la cama, terminando de abrocharse los zapatos. Levantó la mirada y se quedó observándola en silencio, extrañado. Hacía tiempo que no la veía arreglarse con tanto esmero para una salida matutina. La combinación de la falda, el corte elegante de la blusa, el aroma a perfume que invadió la habitación y la atención que Bianca le ponía a cada detalle de su aspecto le produjeron un cosquilleo raro en el estómago, una ligera sospecha que no supo cómo formular.

—Te ves muy bien… —comentó Bruno, entrecerrando ligeramente los ojos mientras la medía con la mirada—. ¿Vas a alguna reunión importante?

Bianca no se giró. Terminó de colocarse un pendiente con delicadeza frente al espejo, buscando mantener la voz serena para no delatarse.

—Sí… —respondió con calma ensayada—. Un cliente me pidió una tasación presencial de urgencia para una colección privada al otro lado de la ciudad. Es alguien muy exigente, tengo que dar una buena impresión.

Antes de que Bruno pudiera indagar más o cuestionar la urgencia, el teléfono en su bolsillo vibró con insistencia. Sacó el aparato y vio la pantalla iluminarse con una notificación de Valeria.

Valeria: Héctor ya confirmó. Todo está listo para esta noche. Ven a mi departamento ahora mismo, tenemos que revisar los archivos por última vez.

Bruno cerró el mensaje, apretando el teléfono en su mano. La inminencia de la auditoría y el peso de saber que esa misma noche Valeria se entregaría al banquero volvieron a ocupar toda su atención, sofocando de golpe la pequeña duda que le acababa de despertar la elegancia de su esposa.

—Está bien —dijo Bruno poniéndose de pie y tomando sus llaves—. Yo también tengo que salir a resolver unas cosas de trabajo que quedaron pendientes.

Bianca tomó su bolso, acomodó la tira sobre su hombro y le dedicó una leve sonrisa antes de caminar hacia la puerta.

—Que te vaya bien —murmuró ella.

—Igualmente —respondió él.

Ambos cruzaron el umbral casi al mismo tiempo, despidiéndose con un beso distante en la mejilla en el pasillo, sin sospechar que cada uno se dirigía a un punto de quiebre absoluto en este peligroso juego.

Bruno llegó al edificio de Valeria con la cabeza hecha un desastre. La imagen de Bianca al salir de casa no se le salía de la mente. Esa falda ajustada y el perfume fino que raras veces usaba en la mañana le habían dejado una espina clavada en el pecho. Intentaba convencerse de que solo era una coincidencia de trabajo, pero la duda ya estaba sembrada y le daba vueltas en el estómago.

Tocó la puerta y esperó unos segundos.

Valeria abrió al instante. Bruno se quedó congelado en el umbral, incapaz de disimular el impacto visual. Ella vestía un camisón corto de seda negra con finas tiras de encaje sobre el pecho, una prenda elegante y descaradamente sexy que revelaba la silueta firme de sus senos y la forma de sus piernas. Tenía la piel tibia y el cabello recogido de forma improvisada en la nuca.

—Entra rápido —murmuró Valeria, cerrando la puerta con doble cerrojo—. Héctor acaba de mandar el último bloque de accesos. Dejé la laptop encendida en la mesa para que vayas revisando mientras me doy una ducha rápida.

—Está bien… —atinó a responder Bruno, tragando saliva mientras la veía caminar con soltura hacia el baño, disfrutando del vaivén hipnótico de sus caderas bajo la tela suelta.

Bruno caminó hacia la mesa y se sentó frente a la pantalla iluminada de la computadora…

Se obligó a enfocar la vista en las carpetas recién descargadas. Al abrir las hojas de cálculo, los nombres de las empresas fachada de Mauricio y las firmas de Héctor Alarcón empezaron a desplegarse en la pantalla. Las cifras millonarias de lavado de dinero y las transferencias no declaradas estaban ahí, al descubierto. La caída de Mauricio era una realidad inminente, pero ver esos datos solo le recordaba a Bruno el precio tan sucio que estaban a punto de pagar por ellos.

A los pocos segundos, el sonido del agua al caer contra los azulejos comenzó a retumbar desde el baño…

Ese ruido seco y continuo actuó como un detonante inmediato en su cabeza.

Le vino de golpe el recuerdo de la madrugada en la suite del hotel. Se vio a sí mismo pegado a la espalda mojada de Valeria bajo el vapor, sintiendo el choque de sus pieles bajo el agua caliente, el agarre firme en sus caderas y la complicidad salvaje con la que ella se entregaba sin reservas. La respiración de Bruno se aceleró y sintió cómo el calor se le acumulaba en el cuerpo, mientras sus manos sobre el teclado apretaban la madera de la mesa.

Minutos después, el ruido del agua se apagó…

La puerta del baño se abrió despacio y una densa nube de vapor perfumado se filtró hacia la sala.

Valeria salió secándose el cabello con una toalla pequeña. Seguía vistiendo el mismo pijama de seda negra, pero la humedad del ambiente había provocado que la tela se le pegara sutilmente a la piel, marcando con descaro la firmeza de su cuerpo.

Caminó lentamente hacia la mesa donde estaba Bruno y se detuvo justo a su lado. La cercanía del calor que emanaba de su cuerpo recién bañado lo envolvió por completo.

—¿Lograste verificar las últimas claves? —preguntó ella, inclinándose hacia adelante para mirar la pantalla.

Al inclinarse, el escote de la pijama de seda se abrió ligeramente frente a los ojos de Bruno, dejándole ver la curva firme y redonda de sus senos a escasos centímetros de su rostro.

El aroma a jabón silvestre y el calor que emanaba de la piel de Valeria anularon por completo la concentración de Bruno.

Dejó de mirar los números, giró despacio la cara y se le quedó mirando fijamente, sintiendo cómo el pecho se le apretaba y la respiración se le aceleraba sin disimulo.

Valeria notó de inmediato la fijeza de esa mirada. Sintió el recorrido de los ojos de Bruno bajando por su cuello y deteniéndose en su escote, y una descarga de calor le recorrió el vientre. No se cubrió, al contrario, una leve sonrisa pícara se le dibujó en los labios, disfrutando del efecto que causaba en él. A Valeria se le erizó la piel del cuello y sintió cómo los pezones se le marcaban aún más bajo la seda húmeda por la excitación contenida. Le gustaba esa electricidad, sentirse deseada por un hombre que intentaba mantener el control pero que estaba al borde del colapso.

Sin tocarlo, Valeria se mantuvo a milímetros de distancia, mirándolo directamente a los ojos con una intensidad desafiante.

—Te cuesta trabajo concentrarte en los números, ¿verdad, Bruno? —murmuró ella con una voz ronca y serena, disfrutando de la tensión que flotaba en el aire.

—Es difícil mirar una pantalla cuando estás parada al lado así… —respondió Bruno con la voz baja, respirando el perfume de ella—. Y más sabiendo lo que vas a hacer esta noche con Héctor Alarcón.

Valeria borró levemente la sonrisa pícara, pero mantuvo la mirada fija en él…

—Héctor es solo un peón desesperado, Bruno. Esto no tiene nada que ver con él ni con lo que siento. Es solo el paso final para acorralar a Mauricio —dijo ella, con un tono firme pero cargado de esa misma tensión.

—Aun así me da rabia —admitió Bruno, apretando los puños sobre la mesa—. Saber que vas a meterte a la cama con ese tipo mientras yo tengo que dar la vuelta e irme a mi casa.

Esa confesión sincera flotó entre los dos. Valeria sintió una sacudida interna al escuchar la frustración de Bruno. Dio un paso atrás muy despacio, rompiendo el hechizo visual antes de que la cordura de ambos terminara de ceder.

—Tranquilízate y enfócate en lo nuestro —dijo ella, recuperando la compostura de estratega mientras se acomodaba el pijama—. Vamos a terminar de revisar esto bien. No podemos dejar ningún cabo suelto.

Valeria jaló una silla y se sentó al lado de Bruno, manteniendo una distancia prudente. Durante las siguientes horas, ambos se enfocaron en la pantalla, repitiendo la revisión de cada archivo, desencriptando los últimos accesos y confirmando que la auditoría creada por Héctor funcionaba sin fallas.

Cuando el último porcentaje de descarga marcó cien por ciento en el sistema, Valeria cerró la laptop de golpe, haciendo un chasquido seco en la sala.

—Listo. Ya está todo verificado —declaró ella, mirando la pantalla apagada—. La trampa para Mauricio está montada. Ya no hay nada más que hacer aquí por hoy.

—Entendido —respondió Bruno en un tono grave.

Se puso de pie despacio, tomando las llaves de su auto. Tragó saliva, tratando de dominar el choque de emociones que le carcomía el pecho. Le dedicó una última mirada a Valeria, quien permanecía sentada frente a la mesa, hermosa, sensual y firme en su decisión de encarar la noche más peligrosa de su vida.

—Cuídate, Valeria —le dijo él desde la puerta, con las claves en la mano.

—Nos vemos mañana, Bruno. —contestó ella con una sonrisa fría y cargada de determinación.

Bruno salió del departamento, cerró la puerta a sus espaldas y bajó las escaleras con la mente hecha un caos. Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde lo hizo reaccionar, pero la cabeza le seguía ardiendo entre el deseo reprimido por Valeria, la rabia por el chantaje de Héctor y esa espina de duda que le había dejado ver a su esposa arreglada tan temprano.

Mientras Bruno subía a su auto sumido en esa tormenta mental, horas antes esa misma mañana, al otro lado de la ciudad, un auto de lujo se detenía frente a las puertas del exclusivo club privado.

Bianca bajó del vehículo ajustándose la falda, oliendo a su perfume más fino y con el pecho agitado por los latidos.

Caminó con paso firme por el pasillo de acceso restringido hacia la suite donde Mauricio la esperaba, movida por una curiosidad inevitable y la necesidad de descubrir qué clase de propuesta estaba a punto de revelarle.

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