El eco de los tacones de Bianca sobre el piso del pasillo privado sonaba con un ritmo acelerado, al compás de los latidos que le martillaban en el pecho, respiró hondo para calmar el temblor de sus manos antes de tocar la puerta de la suite.
La puerta se abrió despacio. Mauricio la recibió de pie, vistiendo una camisa de vestir azul oscuro a medio desabrochar. Sostenía un vaso corto con hielo en la mano y la miró con una sonrisa pausada, disfrutando de la presencia de ella.
—Adelante, Bianca… Me alegra ver que no dudaste en venir —dijo él en un murmullo grave, haciéndose a un lado y cerrando la puerta con pestillo a sus espaldas.
El ambiente olía a tabaco de pipa y a una fragancia intensa de notas secas y cuero. Bianca dio un par de pasos hacia el centro de la sala, dejando su bolso de mano sobre una repisa. Al girarse, la sorpresa la hizo dar un leve salto; Mauricio no estaba solo en la estancia.
Sentado en uno de los sillones, un hombre alto, de hombros robustos y mirada incisiva, la observaba en absoluto silencio mientras bebía un trago. Llevaba un saco gris sobre una camisa clara sin abrochar. Tenía un aspecto maduro y dominante, y midió la figura de Bianca con una lentitud que le hizo dar un vuelco al estómago.
—Mauricio… ¿quién es él? Pensé que estaríamos solos —dijo Bianca, sintiendo cómo se le apretaba la garganta y cómo una ola de calor le subía directo al rostro.
—Él es Diego, mi hermano de la vida y la persona de mayor confianza que tengo —explicó Mauricio con tranquilidad, caminando despacio hasta colocarse a un costado de ella—. Te prometí por mensaje que hoy probaríamos algo distinto, Bianca.
Bianca dio un paso hacia atrás, sintiéndose abrumada por la presencia de ambos y cruzando los brazos sobre el pecho de forma defensiva.
—Esto no fue lo que conversamos, Mauricio —reclamó Bianca con la voz alterada, mirando de reojo a Diego—. Yo vine pensando que hablaríamos tú y yo a solas. No entiendo qué hace alguien más aquí ni a qué te refieres con “algo distinto”. Me da la impresión de que me estás emboscando y no me gusta esto. Me voy.
Cuando amagó con darse la vuelta para tomar su bolso, Diego se puso de pie con una calma calculada. Su voz sonó baja, firme y profunda.
—Tranquila, Bianca, no hay ninguna emboscada —intervino Diego con una voz serena, manteniendo una distancia respetuosa para no intimidarla—. Entiendo perfectamente tu reacción. Si Mauricio me hubiera invitado a una reunión privada y encontrara a alguien más, también me parecería desubicado.
—Perdóname si te tomé por sorpresa, Bianca, pero no quería que lo pensaras demasiado —dijo Mauricio, inclinándose ligeramente hacia ella—. La propuesta es simple: quiero que vivamos una experiencia diferente los tres. Diego y yo queremos complacerte, darte una mañana donde tú seas el centro de atención de dos hombres que te desean. Sin presiones y con total discreción.
Bianca se quedó sin aliento. La propuesta explícita flotó en la habitación como una bomba. Miró a Mauricio y luego a Diego, sintiendo un choque violento entre la culpa y una repentina descarga de morbo.
—Están locos… Eso es ir demasiado lejos —atinó a decir Bianca con la voz temblorosa, tratando de mantener la compostura—. Yo no hago estas cosas.
—Si decide quedarse, será porque ella lo quiere así, Mauricio —agregó Diego con una voz serena y una sonrisa sutil, mirándola fijamente a los ojos—. No hay ninguna prisa. Si sientes que no es tu momento, la puerta está abierta y aquí no ha pasado nada. Pero si decides dar el paso, te aseguro que será inolvidable.
La tranquilidad con la que Diego le daba la libertad de irse la frenó en seco. Mauricio, que permanecía pegado a ella, aprovechó esa brecha de duda para apoyar suavemente las manos en sus caderas, inclinando la cabeza hasta rozar el oído con los labios.
—Escúchalo, Bianca… nadie te está presionando —le susurró Mauricio con un tono ronco y envolvente—. Pero mírate… estás absolutamente espectacular. Tienes un magnetismo y una sensualidad que te desbordan hoy. Eres una mujer bellísima, y me resulta imposible dejar de mirarte. Diego es de mi entera confianza. Te prometo que todo lo que pase aquí se quedará entre nosotros tres.
El calor del aliento de Mauricio le erizó la piel del cuello. Bianca miró a Diego a los ojos; la forma en que él la contemplaba no tenía un solo rastro de falta de respeto, sino una fascinación física contenida pero evidente. Sentirse el centro de atención de dos hombres tan atractivos y con tanto poder terminó por aplastar cualquier intento de prudencia.
—¿De verdad… me juran que esto jamás va a salir de esta habitación? —preguntó Bianca en un hilo de voz, mostrando su primera grieta de rendición.
—Te doy mi palabra de caballero —respondió Diego, acortando la distancia que los separaba hasta quedar frente a ella y tomarle suavemente la mano—. Solo se trata de disfrutar. Déjanos cuidarte y llevarte a un nivel que nunca has experimentado.
En lo alto de la biblioteca de caoba que decoraba la pared, disimulada entre las sombras de unas molduras, se encontraba una cámara de alta definición. Aquel dispositivo, instalado originalmente en la suite por motivos de seguridad, registraba cada segundo, capturando el rostro dubitativo de Bianca y el momento exacto en que sus defensas se derrumbaron.
Bianca soltó un largo suspiro, sintiendo cómo sus rodillas flaqueaban por la mezcla de nervios y anticipación. En su vida jamás se había imaginado en una situación semejante; la idea de estar con dos hombres la superaba por completo y ni siquiera sabía cómo debía actuar o qué se suponía que tenía que hacer.
—Está bien… pero con calma —murmuró, entregándose por completo a la tentación.
Mauricio sonrió con satisfacción. La tomó suavemente por el mentón y la atrajo para besarla en la boca, explorando su cavidad con intensidad, mientras Diego se desplazaba hasta colocarse detrás de ella, deslizando las manos por sus caderas.
Mauricio le fue desabotonando la blusa hasta dejarla caer por los hombros, mientras Diego le bajaba el cierre de la falda, dejándola deslizar hasta el suelo. Bianca quedó parada sobre la alfombra luciendo únicamente su conjunto de lencería blanca: el sostén de satén marcando sus pechos, la tanga de seda, las medias finas sujetas a sus muslos y sus tacones altos.
La imagen era brutalmente sexy. La mirada combinada de los dos hombres devorando cada curva de su cuerpo en lencería le provocó a Bianca un hormigueo eléctrico que le recorrió todo el vientre.
Sin romper el beso apasionado con Mauricio, Bianca sintió cómo las manos de Diego se deslizaban por su espalda hasta desabrocharle el sostén por detrás. Al liberarlo, Diego le retiró los tirantes despacio, dejando sus senos al descubierto y rozando con sus dedos sus pezones erguidos, sacándole a Bianca el primer gemido ahogado de la mañana.
Mauricio dio un paso hacia atrás, sin quitarle la mirada de encima. Bianca, movida por una mezcla de inercia y seducción, se acercó a él; la familiaridad que ya tenía con su cuerpo le daba la seguridad que le faltaba con Diego. Con manos temblorosas pero decididas, empezó a desabrocharle la camisa a Mauricio hasta quitársela, y luego le bajó el pantalón junto al bóxer, dejando al descubierto esa anatomía imponente y descomunal que ya conocía bien.
Bianca se hincó despacio sobre la alfombra. Quedó frente al miembro erecto de Mauricio, una pieza colosal y gruesa que no dejaba de impresionarla. Entreabrió los labios, lo envolvió con la lengua y se lo llevó a la boca despacio, comenzando una succión rítmica y profunda que hizo que Mauricio soltara un suspiro grave de satisfacción.
A un costado, Diego se desvistió solo con total calma, cuando quedó completamente desnudo, Bianca levantó de reojo la mirada sin soltar el miembro de Mauricio y pudo apreciar el cuerpo de Diego: era un hombre de torso bien marcado, atlético y trabajado.
Su mirada bajó hasta la entrepierna de Diego. Su miembro era erguido, firme y bien moldeado; no alcanzaba el tamaño descomunal de Mauricio, pero era visiblemente más grueso y grande que el de Bruno. Descubrir la anatomía impecable de Diego le provocó a Bianca un chispazo instantáneo de excitación que le aceleró el pulso.
Diego se dio cuenta de cómo Bianca lo observaba. Dio dos pasos hacia adelante, quedando justo al lado de la cabeza de ella, y acercó su miembro a su mano libre…
—Aprovéchalo, Bianca… no te cortes —le murmuró Diego con voz ronca y serena.
Bianca envolvió sus dedos alrededor del miembro de Diego, sintiendo la dureza y el calor de la piel, y comenzó a masturbarlo con un movimiento pausado de arriba abajo mientras no dejaba de complacer con la lengua a Mauricio.
«Dios mío… ¿Qué demonios estoy haciendo?», se dijo Bianca en un grito sordo en su mente, sintiendo pánico por el nivel de libertinaje al que había llegado. Sin embargo, la sobreestimulación de tener a dos hombres atléticos entregados a ella aplastó cualquier atisbo de culpa; la excitación salvaje le pudo más.
Sintiendo la curiosidad y la excitación al límite, Bianca liberó despacio el miembro de Mauricio. Levantó la mirada hacia Diego, buscando su contacto visual, y recibió la cabeza de su miembro entre los labios, envolviéndolo con la lengua para empezar a succionar con un ritmo suave y constante.
Sin dejar que el momento perdiera intensidad, Mauricio la tomó suavemente por los hombros para guiarla hacia la amplia cama de la suite. Bianca cedió sin resistencia y se acostó de espaldas sobre el colchón.
Estar tendida ahí la dejó en la posición más vulnerable y atractiva. Mauricio se inclinó sobre ella para retirarle despacio la tanga, que ya estaba completamente impregnada por su propia lubricación hasta dejarla totalmente desnuda.
El panorama era un espectáculo: la piel clara de Bianca resaltaba contra las sábanas, exponiendo la figura de su cuerpo y, entre sus muslos suavemente abiertos, su vagina rosada, estrecha y empapada de deseo.
Diego se acomodó a la altura de su cabeza, al borde de la cama. Bianca se incorporó un poco, apoyando los codos sobre la almohada para alcanzar su miembro, recibiendo gustosa la cabeza entre sus labios para envolverlo con la lengua.
Aprovechando esa posición, Mauricio se acomodó entre sus piernas bien abiertas. Al ver ese sexo rosado y brillante tan expuesto, se inclinó y pegó la boca a su entrepierna.
Bianca soltó un gemido que quedó ahogado contra la virilidad de Diego en cuanto la lengua cálida de Mauricio comenzó a lamerle el clítoris y a recorrer sus labios húmedos, saboreando el flujo constante que ella emanaba.
—Mmmh… Ahh, Mauricio… —alcanzó a jadear Bianca al sacar un segundo el miembro de Diego de su boca, sintiendo la lengua de Mauricio succionando su clítoris con una precisión que le hacía arquear la espalda.
—Eres una delicia, Bianca… —le dijo Mauricio con la voz ahogada entre sus muslos, antes de volver a hundir la lengua en su sexo.
Bianca volvió a atrapar el miembro de Diego con la boca, mirándolo desde abajo con los ojos entreabiertos y brillosos por el morbo. Diego la observaba con una sonrisa pesada de satisfacción, acariciándole el cabello suavemente mientras ella le marcaba un ritmo fluido de succión.
El ataque implacable de la boca de Mauricio devorándole la entrepierna, sumado al roce constante de su garganta rodeando a Diego, sobrepasó el límite de la sensibilidad de Bianca. De pronto, un espasmo violento le recorrió todo el cuerpo.
Bianca apretó con fuerza el miembro de Diego entre sus labios, sintiendo las primeras contracciones salvajes que le sacudieron el vientre. Incapaz de sostener la carga de placer, soltó de golpe el miembro de Diego, echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas y soltó un grito ahogado de Orgasmo puro que resonó en la habitación, mientras su piel se erizaba por completo y su vagina expulsaba oleadas de calor sobre los labios de Mauricio.
Aún atrapada en el letargo del orgasmo, Bianca mantenía los ojos cerrados, con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando aceleradamente. Ni siquiera se percató de cómo Diego recibió el pase libre de Mauricio y se acomodó rápido entre sus piernas abiertas.
Firme en su posición, Diego tomó sus caderas y apoyó la cabeza de su miembro en la entrada de su sexo húmedo y palpitante.
Sin previo aviso para ella, empujó despacio hacia adentro. El estiramiento repentino y la firmeza de la cabeza abriéndose paso por sus paredes apretadas la sacaron de golpe de su trance. Bianca levantó la cabeza de la almohada, abrió los ojos entreabiertos y brillosos, y al ver a Diego sobre ella, soltó su primer gemido ahogado:
—Ahhh… Diego…
Diego continuó entrando con una lentitud, disfrutando en cada centímetro lo estrecha y apretada que se sentía la vagina de Bianca a pesar del orgasmo anterior. El grosor de Diego la llenaba por completo.
—Despacio… por favor, Diego… despacio… —le pidió ella con la voz entrecortada, apretando las sábanas mientras sus paredes vaginales se iban cediendo y amoldando al tamaño de él.
Mientras Diego marcaba esa entrada lenta y constante, Mauricio se inclinó sobre el torso de Bianca. Atrapó uno de sus pechos con la mano, rodeó el pezón y empezó a succionarlo, sacándole a Bianca una doble corriente de placer que la hizo soltar un jadeo continuo.
Poco a poco, el cuerpo de Bianca terminó de acostumbrarse al grosor de Diego. La fricción constante y el calor de la penetración empezaron a encenderla aún más.
—Mmmh… sí… así… —jadeó Bianca, clavando sus uñas en los hombros de Diego y mirándolo con los ojos empañados de morbo—. Más… dame más fuerte, Diego…me encanta…
Diego sonrió con satisfacción y obedeció de inmediato, acelerando la penetración y aumentando la fuerza de las estocadas. La habitación se llenó del sonido húmedo del choque de sus cuerpos y de los gemidos cada vez más altos de Bianca, cuyos senos rebotaban entre las manos y la boca de Mauricio.
Mauricio se despegó de sus pechos con un hilo de saliva, miró a Diego con complicidad y se acostó de espaldas sobre la cama.
Diego dio un par de estocadas más, intensas y profundas, antes de retirarse despacio de Bianca. Al sentir la ausencia repentina de Diego dejándola vacía y chorreando placer, Bianca abrió los ojos, respirando de forma agitada. Vio a Mauricio recostado a su lado, exhibiendo su miembro firme y erguido apuntando hacia arriba, y entendió de inmediato lo que debía hacer.
Sin necesidad de que nadie se lo dijera, Bianca tomó el control: se giró despacio, acomodó sus rodillas a los lados del torso de Mauricio y se posicionó sobre su vientre, bajó la mirada hacia la virilidad de él, firme y palpitante. Con la mano aún temblorosa por la excitación, rodeó la base de su miembro y guio la cabeza ancha e imponente justo hacia la entrada de su sexo húmedo.
Aunque la penetración previa de Diego la había dejado perfectamente dilatada y lubricada, el grosor superior de Mauricio se hizo sentir de inmediato. En cuanto apoyó la punta y comenzó a dejarse caer despacio, Bianca apretó los dientes y echó el cuerpo ligeramente hacia atrás al sentir la tremenda presión abriéndose paso.
—Mmmh… Ahhh… Dios mío, Mauricio… —jadeó ella, pausando un segundo a mitad del descenso, sintiendo cómo sus paredes vaginales se estiraban al límite.
—Eso es, hermosa… —le dijo Mauricio con la voz gruesa, tomándola suavemente por las caderas para sostenerla.
Bianca respiró hondo, clavó las uñas en el pecho de Mauricio y continuó bajando centímetro a centímetro. La sensación de plenitud era abrumadora; el frote interno le sacó un gemido largo y rasgado que le vibró en la garganta:
—¡Ahhh… sí…! Es enorme… ahh, me abres toda…
Poco a poco, terminó de asentarse hasta que su pelvis chocó contra la de él, albergándolo entero en su interior. Bianca soltó un suspiro ahogado de satisfacción, saboreando el calor y la firmeza que la ocupaban por completo.
Permaneció un instante inmóvil, dejando que su cuerpo se acostumbrara al volumen de Mauricio, hasta que comenzó a elevar y bajar la cadera en un contoneo suave. Marcó un ritmo pausado y voluptuoso, sacándole a Mauricio un leve gruñido de placer mientras ella empezaba a soltar jadeos continuos:
—Mmmh… ahh… así… qué rico… ahh…
Mientras Bianca continuaba subiendo y bajando sobre Mauricio a un ritmo cadencioso y húmedo, soltando jadeos constantes por la intensidad del grosor que la llenaba, Diego se acomodó a sus espaldas, deslizó su mano impregnada de lubricante y flujo, y rozó con la yema del dedo la entrada expuesta y sensible de su ano.
Al sentir ese contacto invasivo y repentino, Bianca dio un respingo en el aire. Instintivamente apretó los muslos y detuvo el vaivén sobre Mauricio, intentando apartar ligeramente la cadera por la timidez y la sorpresa del toque.
—Ah… no, Diego… ahí no… —murmuró con la voz temblorosa, girando un poco el rostro con una mezcla de pudor y sobreestimulación.
—Tranquila, hermosa… Solo déjate llevar—le dijo Diego con voz suave y dominante, manteniendo la presión sutil del dedo en la entrada sin forzarla.
Mauricio comenzó a embestir despacio hasta el fondo, haciéndole sentir de nuevo todo su tamaño en la vagina.
—Hazle caso, Bianca… vas a ver lo rico que se siente…—le susurró Mauricio con la voz ahogada.
La combinación fue devastadora. La embestida profunda de Mauricio llenándola por completo, sumada a la caricia tibia y firme de Diego en su zona más secreta, derritió cualquier intento de resistencia. Una ola de calor le recorrió el vientre y Bianca soltó un suspiro largo, aflojando los músculos y rindiéndose por completo a la sensación.
—Mmmh… ahhh… Dios mío… —jadeó Bianca, echando la cabeza hacia atrás y volviendo a dejarse caer con fuerza sobre Mauricio—. Está bien… ahh… hazlo… pero despacio, Diego…
Diego sonrió con satisfacción y comenzó a presionar con la yema en movimientos circulares lentos, logrando que su dedo se deslizara suavemente hacia adentro. Bianca soltó un gemido agudo al sentir cómo ese nuevo espacio empezaba a ceder y a dilatarse mientras Mauricio la sostenía firme desde abajo.
Diego sumó con paciencia un segundo dedo, girándolo con lentitud para ir estirando el pliegue sin prisa, asegurándose de que la lubricación cubriera cada milímetro. Bianca soltaba pequeños suspiros cortos, sintiendo la invasión gradual mientras el vaivén sobre Mauricio la mantenía tibia y receptiva.
Sabiendo que el esfínter ya había cedido lo suficiente, Diego retiró los dedos despacio. Tomó su miembro, firme y húmedo, y apoyó la cabeza ancha justo en la entrada del ano de Bianca.
Pero en cuanto la cabeza intentó abrirse paso, el estiramiento violento encendió una alarma instintiva. Bianca dio un brinco en el aire, apretando la cadera y deteniendo el descenso sobre Mauricio por la punzada de dolor que le atravesó el vientre.
—¡Aaaahh! ¡No, no! —gritó Bianca, sofocada, apoyando las manos con fuerza en el pecho de Mauricio—. ¡Sácalo, Diego… por favor, sácalo que me duele! ¡Es demasiado!
Diego detuvo el avance de inmediato, manteniendo apenas la punta apoyada sin forzar un solo milímetro más.
—Tranquila, mi amor… respira. No voy a empujar más hasta que estés lista —le dijo Diego con la voz pausada y serena.
Mauricio, desde abajo, la tomó suavemente del rostro para obligarla a mirarlo a los ojos, dándole un punto firme donde refugiarse.
—Mírame a mí, Bianca… despacio, bota el aire —le susurró Mauricio con tono protector, acariciándole la mejilla—. No pienses en la presión. Déjate llevar por mi ritmo, afloja el cuerpo… vas a ver cómo el dolor cede en cuanto te relajes con nosotros.
Bianca cerró los ojos, escondiendo el rostro en el cuello de Mauricio. Siguió el compás de su respiración, soltando el aire poco a poco mientras sentía cómo la tensión en su cadera comenzaba a ceder gradualmente.
Para asegurar que todo fluyera sin lastimarla, Diego tomó el frasco de lubricante, vertió una buena cantidad en su mano y cubrió generosamente la cabeza de su miembro. Luego, posicionó la punta lubricada justo en la entrada del ano de Bianca.
Con un empuje firme pero muy pausado, la cabeza ancha terminó de abrirse paso. El estiramiento repentino le sacó a Bianca un grito rasgado que retumbó en las paredes de la habitación:
—¡Aaaahhh!… ¡Se siente tan lleno!…
—Tranquila, mi vida… así, despacio, respira conmigo —la tranquilizó Diego, sosteniéndola de la cadera mientras avanzaba milímetro a milímetro.
—Ahhh… despacio, Diego… por favor, entra despacio… —pedía ella con la voz entrecortada, escondiendo la cabeza en el cuello de Mauricio.
Diego obedeció la súplica de Bianca, empujando con extrema delicadeza hasta lograr introducir la mitad de su longitud. Una vez allí, se detuvo por completo, dejando su miembro enterrado hasta ese punto para que el canal anal de Bianca se amoldara al volumen sin lastimarla.
Pasaron unos segundos en los que solo se escuchaban sus respiraciones agitadas. Poco a poco, la quemazón inicial comenzó a disiparse, reemplazada por una vibración cálida de llenado total. Sintiendo que el dolor cedía para dar paso a un morbo abrumador, Bianca tomó la iniciativa: apoyó con fuerza los brazos en el pecho de Mauricio y comenzó a subir y bajar lentamente sobre su vagina.
Diego entendió la señal de inmediato y empezó a acompañar el movimiento de Bianca, sacando y metiendo despacio esa mitad para no saturarla.
Poco a poco, los tres fueron encontrando un compás perfecto. El vaivén sobre Mauricio y el frote constante de Diego por atrás encendieron en Bianca una chispa de placer. La fricción doble despertó una ola de calor que la hizo gemir cada vez más alto, contoneando la cadera con frenesí hasta que los primeros espasmos de un nuevo orgasmo —mucho más violento que el primero— comenzaron a sacudirle el vientre.
En el preciso instante en que Bianca soltó el grito deshecho del clímax, Diego no le dio tregua: impulsó la cadera hacia adelante con fuerza y enterró su miembro por completo hasta la base.
—¡Aaaah! ¡Nooo… ahhh! ¡Dios mío, me matan! —gritó Bianca, totalmente sobreestimulada, con los músculos vaginales y anales apretando implacablemente a ambos hombres.
Ninguno de los dos se detuvo. Sin darle un solo segundo de respiro, Mauricio empezó a embestir con fuerza mientras Diego encadenaba estocadas profundas y rítmicas por atrás. La intensidad era tan abrumadora que, con la piel erizada y entre gemidos descontrolados, Bianca sintió cómo una tercera ola de placer incontenible se emparejaba con el punto final de sus acompañantes.
¡Ay… me vengo otra vez con los dos dentro..! —soltó ella en un chillido ahogado, quebrantado de puro placer, mientras echaba la cabeza hacia atrás.
El orgasmo le estalló en las entrañas con una fuerza salvaje. En pleno éxtasis, sus paredes vaginales y su esfínter se contrajeron en espasmos violentos y rítmicos, aprisionando los miembros de Mauricio y Diego con una presión tan apretada, caliente y estimulante que detonó el punto de no retorno en ambos hombres al mismo tiempo.
Sin pronunciar una sola palabra, solo con la respiración entrecortada y los músculos tensados al límite, Mauricio y Diego se hundieron profundamente en ella, soltando oleadas densas y calientes que inundaron por completo sus entrañas en una eyaculación simultánea.
Los tres colapsaron al mismo tiempo sobre la cama, atrapados en un abrazo de temblores, jadeos y respiraciones.
Cuando la tormenta de sensaciones finalmente se calmó, los hombres se retiraron con extrema lentitud. Exhausta, con la piel erizada y aun temblando, Bianca quedó recostada de lado sobre las sábanas. La lente de la cámara capturó en alta definición el resultado final: el fluido espeso y abundante de ambos comenzaba a desbordarse lentamente por sus dos entradas, sellando así el desenlace de un encuentro de pura pasión.
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Algo así estaba esperando leer ufff me hizo volar la imaginación, esta es x mucho mi historia favorita
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