El agua caliente de la regadera en la suite del club no le había servido de nada a Bianca. No le quitó la sensación de estar llena por dentro ni el mareo que le daba vueltas en la cabeza.
Vestirse fue una tortura. La lencería manchada y húmeda en los bordes le pesaba sobre la piel sensible. El encaje de la falda le rozaba los muslos irritados, y cada paso que daba hacia la salida le recordaba el abismo en el que acababa de caer. Mauricio la había despedido con un beso suave en la frente y una mirada fría de triunfo que ella, aturdida como estaba, no logró entender.
Cuando Bianca abrió la puerta de su casa pasadas las cuatro de la tarde, traía la mirada perdida. Apretaba el bolso con fuerza contra el vientre. Caminaba despacio y con cierta rigidez, intentando disimular el dolor interno y la debilidad en las piernas.
Bruno estaba en la sala, caminando de un lado a otro con el teléfono en la mano. Al escuchar el cerrojo, se detuvo y la miró. El contraste entre los dos era total. Bruno venía de pasar horas encerrado con Valeria, lleno de rabia por la auditoría y por la espina de celos que Bianca le había dejado en la mañana. Pero al verla entrar, la molestia de Bruno se convirtió en desconcierto y alarma.
—Bianca… menos mal que llegas —dijo Bruno, acercándose rápidamente a ella—. Vi que no me contestaste y me preocupé bastante.
¿Estás bien? Te ves muy pálida.
Bianca evitó a toda costa mirarlo a los ojos. Se quitó los tacones torpemente, apoyándose contra la pared.
—Te dije que la tasación de la colección privada era lejos… —murmuró con la voz baja y rasposa—. El cliente fue muy exigente. Me tuvo de un lado a otro, casi todo el tiempo de pie. Me duele muchísimo la espalda y la cabeza.
—Voy a recostarme un rato… Por favor, no me pidas nada de cenar, no tengo hambre —añadió a toda prisa, escabulléndose hacia la recámara principal.
Bruno se quedó solo en el pasillo. Soltó un suspiro pesado y miró la hora en su teléfono: 6:45 pm. El pensamiento sobre Bianca se disipó al recordar algo más urgente: Valeria.
En menos de una hora, ella saldría a cumplir la condición que le impuso Héctor Alarcón a cambio de los accesos para la auditoría.
A varios kilómetros de ahí, en su departamento, Valeria terminaba de abrocharse un vestido de noche vino tinto.
Frente al espejo, su postura era erguida y su mirada fría. Sentir el roce de la tela directamente sobre la piel desnuda le devolvía el control.
A las 7:30 pm, su teléfono vibró sobre la mesa. Era un mensaje directo de Héctor con la ubicación del pent-house. Valeria lo leyó en silencio, pero antes de guardar el aparato, una segunda notificación iluminó la pantalla.
Sabrina: Valeria, sé perfectamente del trato que hiciste con Héctor mi esposo para obtener las claves de la auditoría y la dirección que te acaba de mandar. Quiero ser muy clara contigo, en cualquier otra circunstancia, créeme que yo misma hubiese disfrutado enormemente ver cómo mi esposo te tomaba…
Pero esta vez no será necesario tu sacrificio. Yo misma me encargaré de manejar a Héctor y garantizar que tengas la información que necesitas sin que tengas que poner un solo pie en ese penthouse. Ya hablaremos de nosotras con más calma después.
Valeria soltó un suspiro imperceptible, guardó el teléfono en el bolso y se quitó el abrigo. La jugada estaba completa sin necesidad de pagar el peaje físico que esperaba.
A la mañana siguiente, los primeros rayos de luz filtrados por las cortinas de la sala despertaron a Bruno. Tenía el cuello rígido y la espalda entumecida por haber pasado toda la noche tirado en el sofá, incapaz de conciliar un sueño profundo.
Se incorporó despacio, pasándose las manos por la cara para quitarse la pesadez del cansancio. Lo primero que hizo fue mirar la pantalla de su teléfono, no había llamadas ni mensajes de Valeria.
Un nudo frío se le asentó en el estómago. Miró hacia el pasillo que conducía a la recámara principal donde Bianca aún dormía, y luego volvió a fijar la vista en el teléfono, atrapado entre la incertidumbre de lo que Bianca le ocultaba y el silencio absoluto tras la noche de sacrificios de Valeria.
Bianca abrió la puerta de la recámara a paso lento. Llevaba una bata holgada que no dejaba ver la molestia física que aún sentía en la parte baja de la espalda y en su intimidad, sensible y resentida tras haber sido poseída por Mauricio y Diego.
El remordimiento le quemaba el pecho, pero, al mismo tiempo, un calor húmedo e involuntario se le encendía entre los muslos al recordar las imágenes de la tarde anterior en la suite. Sentirse tomada por dos hombres a la vez la perturbaba, pero la chispa del morbo ya había echado raíces en su cabeza.
Vio a Bruno incorporándose con torpeza del sofá, despeinado y con cara de no haber dormido.
—¿Por qué dormiste aquí? —preguntó Bianca con la voz rasposa, apoyándose en el marco de la puerta para disimular la pesadez de sus piernas.
—Te veías muy cansada ayer y no quise molestarte —mintió Bruno, disimulando el nudo que tenía en la garganta—. ¿Cómo te sientes?
—Todavía algo molesta de la espalda… Creo que hoy me quedaré a trabajar desde casa —respondió ella, evitando sostenerle la mirada y regresando despacio hacia la cocina.
Antes de que Bruno pudiera responder, su teléfono vibró. Un mensaje directo de Valeria iluminó la pantalla:
Valeria: Tengo las pruebas definitivas y el respaldo de la fiscalía. Las órdenes están emitidas y van a intervenir a Mauricio en un par de horas en el club privado. Ven a mi departamento ahora.
A Bruno le dio un vuelco el corazón. Miró hacia la cocina, donde Bianca servía un vaso con agua.
—Bianca, me surgió una reunión de emergencia con un cliente —dijo Bruno a toda prisa, tomando las llaves y su saco—. Vuelvo en cuanto termine.
—Está bien… no te preocupes —murmuró ella desde la cocina, aliviada en el fondo por quedarse sola con sus propios pensamientos.
Bruno condujo a toda velocidad hasta el departamento de Valeria. Subió las escaleras de dos en dos y tocó la puerta con la respiración agitada.
Cuando Valeria abrió, Bruno se quedó petrificado buscando alguna marca, algún rastro del sacrificio de la noche anterior con Héctor. Pero Valeria lucía impecable, vestía un traje sastre oscuro, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una expresión seria, decidida, sin perder un solo ápice de su encanto habitual.
—Valeria… ¿estás bien? —alcanzó a murmurar él.
—Estoy perfectamente, Bruno. El trabajo está terminado —respondió ella con tono neutro y firme, tomando su abrigo—
Los detectives de la policía nos esperan en la entrada del club. Vamos a cerrar esto y acabar con el círculo de una vez por todas.
Subieron al auto de Valeria. El trayecto hacia el exclusivo club privado fue tenso y silencioso. Al llegar a la entrada principal, dos patrullas de la policía anticorrupción y un vehículo sin logotipos con detectives de civil ya estaban estacionados a la espera.
Valeria descendió del vehículo con paso firme, seguida por Bruno. Mostró la carpeta con las órdenes judiciales al inspector a cargo y avanzaron juntos a través del elegante vestíbulo del club, dirigiéndose hacia la zona de los salones privados donde Mauricio solía pasar las mañanas.
Valeria avanzó a paso firme al frente de la comitiva, marcando el ritmo con el golpeteo seco de sus tacones sobre el mármol del club privado. Detrás de ella, los tres detectives de la policía y Bruno completaban el grupo.
Al atravesar las puertas de madera pesada del salón VIP, la escena dentro no podía ser más tranquila. Mauricio estaba sentado en un sillón de cuero con una copa en la mano y la laptop abierta sobre la mesa.
Al ver irrumpir a la policía junto a Valeria y a un hombre desconocido para él, Mauricio frunció el ceño y dejó su copa a un lado.
—¿Qué significa esto, Valeria? —preguntó Mauricio con tono de disgusto, levantándose despacio—. ¿Qué clase de broma es esta?
—Se acabó el juego, Mauricio —respondió Valeria con voz fría y tajante, sin un solo rasgo de duda—. Ya no vas a usarme más para cubrir tus operaciones ni las del Círculo.
Entregué cada registro, cada firma y cada movimiento bancario a la división de delitos financieros. Es hora de que respondas por todo y dar los nombres de los que están a la cabeza de esta red.
Mauricio soltó una risa burlesca, pero su mirada denotaba desconcierto al girar hacia Bruno.
—¿Y este quién es? ¿Tu nuevo abogado o tu perro de guardia?
Bruno dio un paso al frente, con la mandíbula apretada y los puños cerrados a los costados.
—Soy Bruno. La pareja 046 del círculo—dijo con voz firme, clavándole la mirada.
Al escuchar el número, Mauricio abrió los ojos con sorpresa antes de soltar una carcajada sonora y despectiva que resonó en todo el salón.
—¡Ah! Con que tú eres el famoso esposo de Bianca… —dijo Mauricio mientras el inspector a cargo se le acercaba por un costado, sujetándole los brazos hacia atrás para colocarle los grilletes.
—Mauricio, queda usted arrestado por lavado de activos, fraude financiero y asociación ilícita —dictó el detective con tono neutro, haciendo sonar el chasquido seco de las esposas.
Mauricio no prestaba atención a los cargos que le leían al oído. Su vista permanecía clavada en Bruno, disfrutando cada segundo del veneno que estaba a punto de soltar.
—Déjame decirte algo, Bruno… Tu esposa es un verdadero manjar —murmuró Mauricio con una sonrisa perversa—. Qué manera de mover esas caderas y qué entrega tiene en la cama. Una maravilla de mujer.
Bruno sintió que la sangre se le subía a la cabeza, pero apretó los dientes y respondió tratando de mantener la compostura.
—Ella solo hizo lo que hizo esa noche porque el Círculo se lo ordenó. No tenía otra opción y estaba acorralada.
Mauricio volvió a reírse con ganas, negando con la cabeza mientras el policía lo empujaba suavemente para obligarlo a caminar hacia la salida.
—No me refiero a la noche del intercambio, imbécil… Me refiero a lo que pasó ayer por la tarde, aquí mismo, en este salón —soltó Mauricio con malicia, inclinándose hacia él antes de que lo arrastraran—. Revisa la computadora del escritorio. Ve a ver las grabaciones de la cámara… ¡Jajaja!
Los detectives se llevaron a Mauricio escoltado fuera del salón. El eco de la risa de Mauricio se fue apagando por el pasillo hasta dejar la habitación en un silencio sepulcral.
Bruno se quedó helado en medio del lugar, con el rostro desencajado y la palidez invadiéndole los labios. La frase retumbaba en su cabeza como un eco ensordecedor. Sin decir una sola palabra, caminó a pasos torpes hacia el escritorio ejecutivo donde estaba la laptop de Mauricio.
Valeria lo siguió en silencio, manteniéndose a una distancia prudente.
Bruno tocó el mouse. La pantalla se encendió de inmediato, mostrando una carpeta abierta con archivos de video etiquetados por fecha y hora. La toma correspondía a la tarde anterior. Con los dedos temblorosos, Bruno hizo doble clic en el archivo más reciente.
El reproductor se abrió.
El color se le fue por completo del rostro a Bruno. La toma en alta definición mostraba la suite privada del club. Ahí estaba Bianca, su esposa, la mujer a la que tanto intentaba proteger y por quien había estado dispuesto a todo.
La escena era brutalmente clara, Bianca no solo estaba desnuda, sino entregada por completo, siendo penetrada por Mauricio y por Diego al mismo tiempo, jadeando y respondiendo al placer de ambos hombres sin la menor resistencia.
Bruno sintió un vacío violento en el estómago, como si el piso se hubiera abierto bajo sus pies. Se apoyó con ambas manos en el borde de la mesa, incapaz de apartar los ojos de la pantalla, sintiendo cómo todo su mundo se desmoronaba en un segundo.
Valeria se acercó despacio por un costado. Miró la pantalla por unos instantes, observando la escena sin juzgar, y luego puso una mano firme pero comprensiva sobre el hombro de Bruno.
—Tranquilo, Bruno… —murmuró Valeria con voz suave pero realista—. Te comenté que esto podría llegar a pasar.
Bruno se quedó paralizado frente a la pantalla. La imagen de Bianca entregada por completo en ese video le nublaba la vista y le dejaba un zumbido sordo en los oídos. En un impulso desesperado, sacó su teléfono con las manos temblorosas, conectó la laptop mediante la red local del club y transfirió una copia exacta del archivo de video a su almacenamiento.
Necesitaba esa prueba, aunque tenerla en su poder le quemara las entrañas.
Al terminar la descarga, las piernas no le respondieron. Se dejó caer de rodillas al costado del escritorio, con el teléfono apretado contra el pecho y la mirada completamente perdida en el alfombrado.
Valeria se agachó a su lado. Lo tomó con firmeza por los brazos y, aplicando la fuerza necesaria, lo ayudó a levantarse hasta ponerlo de pie. Bruno parecía un cascarón vacío, incapaz de articular palabra, atrapado en el dilema violento entre salir corriendo hacia su casa para encarar a Bianca y destrozar todo a su paso, o quedarse colapsado en ese salón.
—Sé perfectamente lo que está pasando por tu cabeza ahora mismo, Bruno —dijo Valeria sosteniéndole la mirada con serenidad y autoridad—. Y sé que quieres ir directo a reclamarle por lo que acabas de ver. Pero si vas así, deshecho y cegado por la rabia, solo vas a perder el control.
Bruno la miró con los ojos inyectados en sangre, respirando con dificultad.
—Vamos a mi departamento —sentenció Valeria en tono firme, tomándolo del saco para guiarlo hacia la salida—. Ahí vas a poder tranquilizarte un poco antes de hacer cualquier cosa. Vas a pensar con la cabeza fría y vas a decidir qué hacer con esto.
Bruno no opuso resistencia. Con el video guardado en el teléfono y el alma hecha pedazos, se dejó llevar por Valeria fuera del club, caminando a ciegas hacia un desenlace inevitable.
El silencio en el departamento de Valeria era denso. Sirvió dos dedos de whisky en un vaso bajo y se lo tendió a Bruno, quien permanecía hundido en el sofá con los codos sobre las rodillas.
—Tómalo. Ponte cómodo —dijo Valeria con tono tranquilo—. Me daré una ducha rápida después de esta jornada agitada y regreso contigo.
Bruno asintió en silencio. Escuchó los pasos de Valeria alejándose y el sonido constante del agua cayendo en la regadera. El vapor y el ruido de fondo lo sacaron gradualmente del trance. Se levantó hacia la barra, tomó la botella y se sirvió un segundo trago, sintiendo el ardor del licor bajándole por la garganta mientras la amargura mutaba en un resentimiento caliente.
Unos minutos después, el agua se detuvo. Valeria salió secándose el cabello húmedo con una toalla pequeña. Se había cambiado a una bata de seda corta color crema, ligera y ceñida a la cintura, que dejaba al descubierto sus piernas y entreabría un escote suave. Olía a limpio y a un perfume tenue. Dejó la toalla sobre una silla y se sentó a su lado.
—Fui un imbécil, Valeria… —murmuró Bruno con la voz rasposa, apretando el vaso—. Arriesgué todo, pasé noches en blanco para salvarla… mientras ella disfrutaba en esa recámara con dos hombres al mismo tiempo.
—No fuiste un imbécil. Actuaste como un hombre que quería proteger a su esposa —respondió Valeria, apoyando su mano tibia sobre la de él—. El problema fue que no tenías toda la verdad.
Bruno miró la mano de Valeria sobre la suya y luego bajó la vista hacia el vaso de whisky. La calidez de ella y el olor a limpio tras su ducha le ofrecían un refugio tentador, pero la cabeza le retumbaba demasiado; el peso del video guardado en su teléfono lo mantenía sumergido en un abismo de confusión y dolor.
Soltó un largo suspiro, dejó el vaso sobre la mesa de centro y se puso de pie despacio, pasándose la mano por la cara.
—Gracias por todo, Valeria… de verdad, por la ayuda con la fiscalía y por no dejarme solo en el club —dijo Bruno con la voz apagada y rasposa—. Pero es mejor que me vaya.
Valeria lo observó con la mirada serena, sin intentar detenerlo ni presionarlo. Comprendía perfectamente el nivel de colapso emocional en el que se encontraba.
—¿Vas a ir a tu casa? —preguntó ella suavemente, ajustándose la bata.
—No. No puedo ver a Bianca ahora —respondió Bruno, negando con la cabeza con firmeza mientras tomaba su saco—. Si voy a la casa en este momento y la tengo enfrente, no sé de qué vaya a ser capaz. Necesito pensar bien las cosas con la cabeza fría.
—Está bien —asintió Valeria levantándose para acompañarlo a la puerta—. Tómate el tiempo que necesites, Bruno. Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme.
Bruno asintió en silencio, cruzó el umbral y salió al pasillo.
Al bajar a la calle, el aire fresco de la noche le dio de golpe en el rostro, pero no logró despejarle la mente. Se subió a su auto y condujo sin un rumbo fijo durante varios minutos, con la mirada perdida en el asfalto y el teléfono pesándole en el bolsillo como si fuera de plomo.
Finalmente, se detuvo frente a un hotel discreto a varias calles de distancia. Registró una habitación a su nombre, subió en el ascensor sin cruzar palabra con nadie y abrió la puerta de la recámara.
Cerró con cerrojo, arrojó el saco sobre una silla y se dejó caer de espaldas sobre la cama. En medio de la penumbra y el silencio absoluto de la habitación, Bruno se quedó mirando fijamente el techo, atrapado entre la rabia y el desengaño, sabiendo que esa noche no volvería a su casa y que nada en su vida volvería a ser como antes.
A la mañana siguiente, el sonido de la televisión encendida rompía el silencio de la casa de Bianca.
En la pantalla, el noticiero matutino transmitía en vivo desde los exteriores de la fiscalía. Las imágenes mostraban a Mauricio siendo escoltado por agentes policiales, cubriéndose la cara ante las cámaras. El reportero anunciaba la desarticulación de una red de lavado de dinero y chantaje que operaba bajo la fachada de un exclusivo grupo privado denominado El Círculo. Se detallaba que Mauricio había comenzado a declarar, entregando nombres de altos ejecutivos y socios implicados a cambio de beneficios procesales.
Bianca observaba la transmisión desde el sillón, con las manos frías y el estómago revuelto. La ausencia de Bruno, que no había regresado a dormir en toda la noche, la tenía al límite de los nervios. Ver a Mauricio caído y el nombre de la organización expuesto en televisión la hizo temblar.
De pronto, su teléfono personal emitió un pitido. En la pantalla apareció una notificación del sistema de la plataforma:
Aviso del Sistema: El grupo y el servidor privado han sido clausurados definitivamente por violar las normas comunitarias e incurrir en actividades ilícitas. Su acceso ha sido revocado.
Bianca dejó caer el teléfono sobre el cojín. Un suspiro de alivio se le escapó del pecho al comprender que el riesgo había terminado. El Círculo ya no existía. Sin embargo, al ver las imágenes de Mauricio en la televisión, una mezcla de culpa y una extraña lástima por el hombre que la había poseído la tarde anterior se le instaló en el pecho.
En ese momento, el sonido del cerrojo de la puerta principal resonó en el pasillo.
Bruno entró. Tenía el rostro duro, pálido y los ojos fríos, sin reflejar una sola emoción. Ignoró por completo a Bianca, pasó de largo por la sala y caminó directo hacia la recámara principal.
Bianca se levantó a toda prisa y lo siguió hasta la puerta del cuarto, apoyándose en el marco al verlo sacar una maleta del armario y empezar a meter su ropa sin mirarla.
—Bruno… ¿dónde estabas? Me tenías preocupadísima —dijo Bianca con la voz temblorosa—. ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué empacas?
Bruno no respondió. Guardó un par de camisas, cerró el cierre de la maleta con un golpe seco y finalmente se giró para encararla. Sacó su teléfono del bolsillo, buscó la copia del video que había descargado en el club y le extendió la pantalla a pocos centímetros de la cara.
—Mira esto —dijo con una voz helada que Bianca jamás le había escuchado.
Bianca bajó la vista hacia la pantalla. Al presionar el reproductor, la toma en alta definición de la suite del club privado comenzó a correr: ahí estaba ella, completamente desnuda, entregada al placer y siendo penetrada por dos hombres al mismo tiempo.
El color se le fue del rostro de golpe. Bianca sintió que las piernas se le doblaban y tuvo que sujetarse del marco de la puerta para no caer. Las lágrimas le brotaron de inmediato, bañadas por una vergüenza paralizante.
—Bruno… no… por favor… —alcanzó a articular entre sollozos, llevando sus manos a la boca—. Perdóname… yo… esto no es lo que parece…
—¿No es lo que parece? —la interrumpió Bruno, manteniendo la compostura para no gritar—. Desde la noche del intercambio, estuve trabajando en secreto con Valeria.
Arriesgué mi trabajo, me metí en asuntos peligrosos y busqué la forma de destruir al Círculo para librarte de esa mierda y protegerte. Creí que habías sido una víctima.
Bianca lo miró con los ojos desorbitados, procesando la revelación.
—Mientras yo me jugaba la vida por ti, tú ibas por tu propia voluntad a ese club a acostarte con dos hombres a la vez —continuó Bruno, tomando su maleta con firmeza—. Se acabó, Bianca.
Cuando Bruno tomó su maleta y avanzó hacia la salida, Bianca reaccionó con desesperación y corrió a interponerse entre él y la puerta principal, bloqueándole el paso con los brazos abiertos.
—¡No, Bruno! ¡Por favor, no te vayas! —suplicó Bianca con la voz rota y el rostro empapado en lágrimas—. Escúchame… tienes razón.
—Cuando pasó lo del intercambio esa primera noche, estaba aterrorizada —confesó ella entre sollozos, buscando desesperadamente sostenerle la mirada—. Pero después… no sé qué me pasó. Se encendió algo en mí que no pude apagar. Me ganó el deseo, el placer… la tentación fue más fuerte que yo y no pude detenerme. Sé que me convertí en una basura, pero te amo. Eres mi esposo y no quiero perderte… no me dejes, por favor.
El silencio se apoderó de la sala. Bruno la miró con una mezcla de amargura, despecho y dolor. Al verla destrozada y recordar todo lo que habían pasado juntos, entendió que cruzar esa puerta no borraría lo sucedido.
Soltó un pesado suspiro y dejó caer la maleta al suelo.
—No me voy a ir —dijo Bruno con la voz helada, sin reflejar calidez alguna—. No voy a tirar a la basura todo lo que construimos. Pero esto no significa que te haya perdonado, Bianca.
Bianca bajó los brazos, respirando con agitación mientras se limpiaba las lágrimas.
—Las cosas cambiaron para siempre desde hoy —sentenció él, mirándola fijamente—. Si me quedo, es bajo mis términos.
Bianca asintió en silencio, aliviada en el fondo por no haberlo perdido del todo. Bruno tomó su maleta, se dirigió a la habitación de huéspedes y cerró la puerta, dejando en claro que el matrimonio continuaba, pero en una realidad completamente distinta.
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Está historia me está gustando cada vez más de las mejores que he leído hasta la fecha
La trama del círculo fue muy buena
Continuará?
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