El precio de ser cómplices (6): Las horas de arena y humo

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El silencio que se instaló en la habitación principal de la casa aquella noche no era el de un hogar en paz, sino el de una celda de aislamiento. Tras el estallido de la ruleta y la confirmación del código “046” en la pantalla, Bruno y Bianca subieron las escaleras a pasos lentos, como si cargaran un peso invisible en los hilos de sus pensamientos. Sin embargo, antes de tocar la cama, la enorme presión de no saber qué les pasaría terminó por romper el ambiente.

—Tenemos que irnos, Bianca… empaquemos algo, salgamos de la ciudad ahora mismo —soltó Bruno de golpe, con la voz temblorosa, deteniéndose en medio de la habitación con las manos en la cabeza—. Esto se nos salió de las manos. Fuimos elegidos. No sé qué demonios nos van a pedir que hagamos mañana, pero no quiero averiguarlo. Es una locura.

Bianca lo miró desde el borde de la cama, con los ojos abiertos por el pánico pero con una lucidez amarga que la hacía temblar.

—¿Adónde vamos a ir, Bruno? —replicó ella, con la voz quebrada—. ¿Crees que no saben dónde trabajas? ¿Crees que no tienen nuestros datos, nuestras cuentas, todo? Si huimos, el Administrador va a lanzar la purga contra nosotros. Van a publicar los videos que ya tienen en el grupo, se los van a enviar a tu jefe, a mi familia… Nos van a destruir la vida en cinco minutos. Lo sabes perfectamente.

—¡Es que no es justo! —rugió Bruno, golpeando la pared con el puño, frustrado por su propia impotencia—. Entramos a esto buscando un juego, algo diferente, ¡pero la incertidumbre me está matando!

—¡Yo tampoco estoy lista, Bruno! ¡Tengo terror! —gritó ella, poniéndose de pie mientras las lágrimas finalmente le resbalaban por las mejillas—. Pero fuimos nosotros los que decidimos entrar, fuimos nosotros los que seguimos subiendo de nivel en el grupo porque nos gustaba la adrenalina. Nadie nos obligó.

Ahora la ruleta giró y nos tocó. Si intentamos jugar a los héroes ahora, lo perderemos absolutamente todo. Solo nos queda esperar a que llegue el mensaje mañana y afrontar lo que venga.

Bruno la miró, con el pecho agitado y los ojos inyectados en sangre, dándose cuenta de que las frías palabras de su esposa eran la única realidad disponible. No había escapatoria. La trampa que ellos mismos habían construido se había cerrado perfectamente sobre sus cuellos. Sin una sola palabra más que pudiera aliviar el peso del aire, el silencio regresó, pesado y definitivo.

Se acostaron sin mirarse, aplastados por la crudeza de su realidad y el pánico a lo desconocido. El televisor del dormitorio permaneció apagado y la oscuridad de la estancia solo era rota por la luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas…

Bianca permanecía de lado, dándole la espalda, con las manos apretadas contra el pecho y los ojos abiertos de par en par, fijos en el vacío de la ventana. El terror de la separación la estaba ahogando por dentro; la idea de que al día siguiente a las diez de la noche ya no estarían en la misma habitación, apoyándose o compartiendo el miedo, le abría un hueco en el estómago.

Sin embargo, en el rincón más oscuro de su mente, la culpa se disparó con una fuerza destructiva. En la quietud de la madrugada, su imaginación comenzó a traicionarla, dándole forma y rostro a la pareja 115 con el que la habían vinculado. «¿Cómo será?», se preguntó, sintiendo un escalofrío que no pudo controlar.

«¿Y si es un hombre alto, ancho, imponente?… ¿Y si se parece al Ejecutor del video?».

Se abrazó a sí misma con más fuerza bajo las sábanas, clavándose las uñas en los brazos. Sentía asco de sus propios pensamientos, una repulsión moral profunda. Le aterraba su propia biología, porque sabía que si ese extraño en el Punto 2 poseía la misma presencia brutal y dominante del hombre del video, su cuerpo podría traicionarla de nuevo. Podría ceder al placer absoluto en la locación secreta mientras Bruno, a kilómetros de distancia y atrapado en la ignorancia, se desintegraba por la duda.

Con esa doble tortura, el miedo al castigo y el miedo a sus propios deseos prohibidos, Bianca vio amanecer a través del cristal.

El día transcurrió como una lenta ejecución. Bruno se marchó temprano a la oficina. Pasó las ocho horas del día laboral flotando en una neblina gris, cometiendo errores elementales en las hojas de cálculo y respondiendo a sus compañeros con monosílabos mecánicos. Cada vez que miraba el reloj de la pared o la esquina de su computadora, el pecho se le contraía.

No podía concentrarse; la idea de tener que volver a casa a elegir su ropa lo perseguía como una sombra. Pensaba en la humillación oculta de tener que revisar su clóset, de escoger su mejor camisa y combinar sus prendas, no para ir a una fiesta o buscar un ascenso, sino con el único fin de gustarle a la esposa de otro hombre, mientras un desconocido hacía exactamente lo mismo en algún lugar de la ciudad para recibir a Bianca.

En la casa, el día no fue más clemente. El silencio de las habitaciones era sepulcral, interrumpido únicamente por el goteo constante de las horas en el reloj del teléfono de Bianca.

A las seis de la tarde, con la luz del sol comenzando a teñirse de un naranja mortecino, Bianca salió de la ducha. Se secó con lentitud, sintiendo el peso de las horas, y se paró frente al espejo del dormitorio completamente desnuda. Contempló las líneas de su cuerpo con una extraña mezcla de timidez y frialdad, viendo las gotas que aún resbalaban por su piel y asimilando el hecho de que esa noche su intimidad sería expuesta ante extraños.

Con un nudo en el estómago, abrió las puertas del clóset y comenzó a buscar la prenda exacta: algo que caminara por la delgada línea de lo cotidiano y lo sugerente. Tras varios minutos de indecisión, eligió un vestido corto de algodón en tono oscuro; no era un vestido de fiesta ostentoso, sino una prenda sencilla para una salida normal de fin de semana. Sin embargo, la tela suave se amoldaba por completo a su figura, marcando de forma muy natural la curva de sus caderas y el contorno de sus pechos con un escote sutil pero innegable. Por fuera, el conjunto la hacía lucir arreglada y hermosa sin parecer que se hubiera esforzado demasiado.

Sin embargo, el verdadero secreto estaba debajo. Bianca abrió el cajón inferior y sacó un conjunto de encaje negro que Bruno nunca le había visto; una prenda fina, de tiras delgadas que se ceñían a su piel y realzaban sus curvas de un modo agresivo. Mientras se lo colocaba, sintió que las manos le temblaban. Al mirarse de nuevo al espejo, aplicar un labial oscuro de larga duración y peinar su cabello con un cuidado milimétrico, un profundo sentimiento de degradación la golpeó. Se sentía como una cortesana vestida para el Círculo. Le horrorizaba el esmero, el detalle y la dedicación que le estaba poniendo a su aspecto físico para presentarse ante un desconocido en un punto ciego.

A las siete y media de la noche, Bruno cruzó la puerta de la casa. No hablaron. Subió directamente al dormitorio principal y, quince minutos después, bajó las escaleras convertido en un extraño. Vestía un traje oscuro de corte impecable, una camisa blanca perfectamente planchada que estructuraba sus hombros y zapatos de vestir relucientes. El aroma de su perfume, intenso y amaderado, inundó el pasillo de inmediato.

Cuando entró a la sala y se encontró con Bianca, se produjo un cortocircuito visual en el centro de la habitación. Bruno se detuvo en seco, recorriéndola de arriba abajo con una mirada lenta, pesada. La vio hermosa, sumamente atractiva en esa sobriedad elegante, y el impacto de su belleza actuó como un látigo directo a su orgullo. Los celos, agudos, comenzaron a quemarlo por dentro.

«¿Para quién te has arreglado tanto?», pensó con amargura, sintiendo que la sangre le hervía en las sienes. «¿Es para que el tipo del 115 te vea así? ¿Es para él?».

La mandíbula de Bruno se tensó tanto que una pequeña vena comenzó a palpitar en su frente. Bianca leyó la hostilidad y la inseguridad en los ojos de su esposo y prefirió bajar la vista, acomodándose el abrigo largo sobre los hombros. Ninguno de los dos se atrevió a romper la frágil tregua con palabras; el aire en la sala se había vuelto tan denso y asfixiante que costaba trabajo respirar. Caminaban por el espacio esquivando sus sombras, esperando el golpe definitivo.

A las ocho en punto, el teléfono de Bianca, que descansaba sobre la mesa de centro, rompió la tensión con un zumbido prolongado y rítmico.

Ambos se aproximaron al aparato como si fuera un altar profano. Bianca desbloqueó la interfaz con dedos helados. La luz escarlata de la aplicación iluminó sus rostros elegantes, desplegando las instrucciones finales y las coordenadas separadas:

Ruta del Perfil 046 — Instrucciones de Traslado.

Punto 1 — Bruno: Edificio Residencial Ébano, Departamento 402. Entrada por el estacionamiento posterior.

Punto 2 — Bianca: Hotel Boutique Nova, Suite Ejecutiva 09. Entrada discreta por el pasaje lateral.

Monitoreo Obligatorio: Ambas locaciones han sido completamente equipadas con sistemas de cámaras de alta definición. Todo lo que ocurra dentro de las habitaciones desde el momento de su ingreso será transmitido en vivo y en tiempo real.

Los demás miembros del grupo podrán ver y votar sobre el cumplimiento del encuentro durante toda la noche.

Duración del Encuentro: El reto se mantendrá activo durante toda la madrugada. Ninguno de los participantes podrá abandonar su respectiva locación ni apagar los sistemas de transmisión antes de las 7:00 de la mañana del día siguiente. A esa hora exacta se cortará la señal en vivo y se desbloquearán los accesos y los teléfonos para confirmar la finalización del reto.

La realidad del Reto en Puntos Ciegos se materializó ante ellos con la frialdad de un contrato. Bruno sacó su propio celular normal para pedir su transporte, mientras Bianca utilizaba la plataforma del taxis para solicitar el suyo. Pero la maquinaria del Círculo ya se había puesto en marcha, enviando dos autos distintos hacia la dirección de su casa.

Diez minutos después, las luces de los faros de los dos vehículos comenzaron a parpadear a través de las ventanas de la sala, deteniéndose frente a la fachada de la propiedad. Había llegado el momento.

Se colocaron frente a frente en el umbral de la puerta principal de la casa, elegantemente vestidos, oliendo a lociones caras, listos para salir a la noche como dos desconocidos que asisten a eventos diferentes. Bruno dio un paso al frente y tomó a Bianca de los hombros. Sus manos, firmes pero tensas, transmitían el temblor de su cuerpo. La miró fijamente a los ojos con una mezcla de desesperación y súplica primitiva, con el rostro pálido bajo la luz de la entrada.

—No te olvides de por qué hacemos esto, Bianca… —susurró con la voz rota, forzando las palabras a través de la garganta—. Solo es un trámite. Un maldito trámite para ganar los seis meses de paz. Cumplimos lo que pide la aplicación y regresamos aquí a la casa. No olvides quién eres. No olvides quién soy.

Bianca sintió un nudo amargo en la garganta que le impidió formular una respuesta articulada. Se limitó a asentir con la cabeza, manteniendo la mirada fija en la de su esposo, tratando de transmitirle una seguridad que ella misma no poseía.

—Cuidado, Bruno —alcanzó a decir en un hilo de voz.

Bruno soltó sus hombros, dio media vuelta y caminó hacia el primer auto que esperaba junto a la acera. Bianca lo vio subir, cerrar la puerta y desaparecer en el tráfico de la calle oscura sin volver la vista atrás.

Sola en el umbral de la casa, sintiendo cómo el viento frío de la noche le rozaba la piel expuesta de las piernas bajo el vestido, Bianca sacó su teléfono del bolso con dedos trémulos. Al encender la pantalla, comprobó que el Círculo ya había tomado el control del dispositivo: el acceso a sus redes sociales, sus llamadas y su agenda de contactos había desaparecido por completo, dejándola completamente incomunicada.

Bianca guardó el teléfono en el bolso, tragó saliva para contener las náuseas que le provocaba el miedo y caminó con paso vacilante hacia el vehículo que acababa de detenerse frente a la acera. Abrió la puerta trasera y se deslizó en el asiento, sintiendo el aroma sintético del ambientador del auto. Mientras el automóvil avanzaba alejándose de la seguridad de su hogar, ella se recostó contra el respaldo, contemplando el reflejo de sus labios pintados y sus ojos asustados en la ventana oscura.

El abismo de las dos locaciones diferentes, vigiladas por cámaras en vivo hasta las siete de la mañana, ya se había abierto por completo entre Bruno y ella. Estaba sola, atrapada en su propia elegancia, viajando en la penumbra hacia un punto ciego donde su peor pesadilla y su fantasía más prohibida la esperaban detrás de una puerta cerrada…

El sonido sordo de la puerta del auto al cerrarse aisló a Bruno del exterior. El vehículo se puso en marcha de inmediato, devorando las calles oscuras de la ciudad con una parsimonia que a él le resultaba exasperante. Bruno se recostó contra el asiento de atrás, apretando los puños sobre sus rodillas revestidas por la tela fina del pantalón de vestir.

Fue en ese instante de soledad, bajo la luz tenue de los postes de alumbrado público que se colaba por la ventana, cuando un golpe de fría realidad lo impactó en el pecho. Se le cortó la respiración al darse cuenta del error garrafal que ambos habían cometido. «La 115…», pensó, y un sudor helado le brotó en la nuca. Con la sorpresa, la angustia y el colapso psicológico de ver su código destellar en la pantalla, ni a él ni a Bianca se les había ocurrido revisar el historial del grupo para averiguar quiénes eran la pareja 115. Tenían el tiempo, tenían la herramienta, pero el pánico los había cegado por completo. Ahora era demasiado tarde.

Bruno sacó su celular de la chaqueta con desesperación, pero la pantalla estaba congelada. No había forma de interactuar con el chofer, ni de cambiar el rumbo. El Círculo manejaba todo a control remoto; el viaje ya estaba pagado y programado de forma automática por la organización desde la cuenta del grupo. Bruno iba completamente a ciegas, directo a encontrarse con una mujer de la que no sabía absolutamente nada.

La culpa de ese descuido se transformó rápidamente en una paranoia asfixiante. El aroma de su propio perfume amaderado, que horas antes había seleccionado para mantener una fachada de control, ahora le provocaba náuseas. Se sentía ridículo dentro de ese traje oscuro impecable y la camisa estructurada; era una vestimenta de gala para asistir a su propia ejecución moral.

El viaje terminó cuando el vehículo redujo la velocidad y se desvió por un pasaje angosto, hundiéndose en el estacionamiento posterior del Edificio Residencial Ébano, tal como exigían las instrucciones de la ruta. El sótano del edificio era un espacio de concreto gris, sumido en una penumbra densa y fría.

El taxi se detuvo por completo, desbloqueó los pestillos de las puertas y Bruno bajó del auto, en cuanto sus zapatos pisaron el suelo de cemento, el vehículo dio media vuelta y subió la rampa, dejándolo solo en la inmensidad del subterráneo.

El silencio allí abajo era absoluto. Bruno miró su teléfono una última vez; el temporizador marcaba las 9:53 pm. Al aproximarse a la puerta metálica del ascensor, esta se abrió de forma automática, sin necesidad de presionar ningún botón, como si el edificio mismo supiera que él estaba allí. Subió y marcó el cuarto piso. Mientras el cubículo ascendía, Bruno sentía el latido de su corazón retumbando en sus oídos como un tambor de guerra. Al llegar, las puertas se deslizaron hacia los lados dando paso a un pasillo alfombrado de color verde musgo.

Bruno avanzó con las piernas rígidas, guiándose por los números de bronce clavados en las puertas de madera hasta detenerse frente al Departamento 402.

La perilla del acceso no tenía cerradura tradicional, sino un panel digital con una pequeña luz azul que parpadeaba. Bruno extendió la mano, con los dedos temblando ligeramente, y antes de que llegara a tocar la superficie, un chasquido electrónico resonó en el pasillo. La luz azul cambió a un verde brillante y la puerta cedió un centímetro, abriéndose sola hacia el interior. Ya no había marcha atrás.

Bruno empujó la madera pesada y entró a la estancia, cerrando detrás de sí. Lo primero que lo golpeó fue la iluminación del lugar: sutil, indirecta, diseñada con un propósito estético perverso. En las esquinas superiores del techo de la sala, los pequeños lentes de tres cámaras de alta definición parpadeaban con un punto rojo fijo. El Círculo estaba transmitiendo en vivo.

Bruno tragó saliva, sintiéndola seca como la arena, y desvió la mirada hacia el centro del salón. Sentada en un sofá de cuero oscuro, con las manos entrelazadas y la respiración contenida, se encontraba una mujer que le hizo dar un paso atrás por la sorpresa. El corazón le dio un vuelco, pero esta vez no fue solo por el miedo.

Frente a él estaba Valeria Santoro.

No requería presentación; era una de las presentadoras de noticias más famosas y reconocidas del país, una mujer de una belleza imponente, facciones perfectas y una elegancia que diariamente hipnotizaba a millones de espectadores a través de la pantalla. Era el prototipo de mujer inalcanzable, deseada en secreto por medio país. Verla allí, despojada de la seguridad del estudio de televisión, vistiendo un espectacular vestido de seda rojo que se ceñía a sus curvas y realzaba su piel bronceada, fue un impacto brutal para Bruno.

El Círculo, en su retorcida genialidad, le estaba entregando una fantasía de un nivel inimaginable. Valeria lo miró con los ojos inyectados en sangre, reflejando el mismo pánico primitivo que él cargaba en el pecho, pero manteniendo esa presencia magnética que la caracterizaba.

El silencio que siguió al descubrimiento fue denso, casi de plomo. Bruno se quedó de pie junto a la puerta, incapaz de avanzar, con la mirada fija en la mujer que tantas veces había visto a través de la pantalla de su televisor. Ver a Valeria Santoro en persona, a menos de tres metros de distancia, rompía cualquier lógica. La frialdad profesional y la distancia de la pantalla habían desaparecido; en su lugar, Bruno descubrió los detalles reales de su angustia: el sutil temblor en sus dedos perfectamente manicurados, la respiración agitada que hacía oscilar el pronunciado escote de su vestido rojo y la rigidez de su postura sobre el sofá de cuero oscuro.

Valeria fue la primera en romper el escrutinio visual. Parpadeó con lentitud, tragando saliva, y su voz, esa voz educada y firme que solía narrar las noticias del país, sonó rota, desprovista de toda su armadura mediática.

—Tú… tú eres el Perfil 046, ¿verdad? —preguntó en un susurro áspero, buscando confirmación en los ojos de Bruno.

—Sí —respondió él, encontrando al fin su propia voz, aunque la sintió extraña en sus oídos—. Mi nombre es Bruno. Soy el 046.

Valeria asintió levemente, dejando caer los hombros con una mezcla de resignación y alivio amargo. Se pasó una mano por la frente, cuidando de no estropear su maquillaje, aunque el sudor de la ansiedad ya comenzaba a brillar bajo las luces indirectas de la sala.

—Al menos eres alguien normal —murmuró ella, mirando de reojo veía una de las luces rojas del techo—. Llevo media hora aquí metida, mirando esas malditas cámaras. Sabía que nos estaban filmando, pero no sabía a quién iban a meter por esa puerta. Tenía terror de que fuera un maldito psicópata.

Bruno frunció el ceño ligeramente, extrañado por sus palabras. Dio un paso hacia el centro de la habitación, desabrochando el botón central de su saco para ganar comodidad, imitando de forma inconsciente la elegancia con la que ella se manejaba.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Bruno, clavando su mirada en ella—. Pudiste haber investigado en el grupo quiénes éramos mi esposa y yo. Tampoco es que llevemos mucho tiempo en esto, pero ya teníamos algunos videos subidos en el foro. Bastaba con revisar el historial de códigos antes de venir.

Valeria esbozó una sonrisa enigmática, una mueca fría que no llegó a sus ojos y que transformó por completo la expresión de su rostro. Lo miró fijamente, sosteniéndole la mirada con una fijeza que le erizó la piel a Bruno.

—No podíamos hacerlo, Bruno… —dijo en un tono de voz bajo, que arrastraba las palabras con una sensualidad misteriosa—. Con mi esposo tenemos una regla de nunca investigar a las parejas con las que jugamos. Nos gusta mantener el misterio hasta el último segundo.

Después de todo, este es un juego pícaro, un juego de sorpresas y fantasías prohibidas, ¿no crees? Descubrirlo todo antes de tiempo le quita toda la gracia a la noche. Además… hay secretos en este grupo que es mejor no desenterrar. La ignorancia hace que el encuentro sea mucho más intenso. Por eso preferí no saber quién eras… hasta que entraste y me di cuenta de que la suerte estuvo de mi lado.

Bruno se quedó inmóvil, sintiendo un vuelco en el estómago al asimilar el tono críptico y provocador de sus palabras. Valeria no solo era hermosa; dominaba el lenguaje de la seducción con una madurez que lo desarmaba.

Quedaban exactamente nueve horas de encierro forzado, incomunicados con el exterior y bajo la vigilancia fija de esas luces rojas que parpadeaban en el techo. En la quietud asfixiante del departamento, frente a la mujer más codiciada de la televisión abierta, Bruno sintió que el recuerdo de Bianca empezaba a verse amenazado por la innegable proximidad física, el aura intrigante y el juego peligroso que Valeria acababa de proponer. La Fase de Disolución estaba en marcha, y la noche apenas comenzaba.

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