El precio de ser cómplices (9)

1
2529
T. Lectura: 12 min.

Mientras la noche se cerraba sobre la suite de Bianca a kilómetros de distancia, en el departamento residencial Ébano la tensión entre la otra pareja había llegado a su punto de quiebre.

Bruno no respondió con palabras. Clavó la mirada en los labios de Valeria, se inclinó rápido en el sofá y le tomó el rostro con las manos, hundiéndose directo en su boca antes de que ella pudiera reaccionar.

El beso la tomó por sorpresa. Valeria abrió los ojos de par en par durante una fracción de segundo, congelada por el impacto repentino de sus labios. Sin embargo, la sorpresa se transformó de inmediato en algo natural. En lugar de apartarse, entreabrió la boca y se pegó a él, respondiendo al beso con una intensidad densa y fluida. Rodeó la espalda de Bruno con los brazos y le apretó la camisa con los dedos, acoplándose a su ritmo mientras el cuero del sofá crujía bajo el peso de los dos.

El aire entre ambos se volvió pesado, cortado por respiraciones rápidas. Bruno deslizó una mano hacia el cuello de Valeria, subiendo el calor de la piel, mientras el labial rojo de ella se corrió por la comisura de sus bocas, rompiendo toda la distancia que habían mantenido desde el inicio.

Sin embargo, cuando la mano de Bruno descendió por el costado de su cintura, rozando la tela del vestido, la imagen de Bianca apareció de golpe en su mente. Pensó en ella atrapada en el hotel con Mauricio Vega y el cuerpo se le puso rígido, frenando el movimiento de sus dedos. El beso perdió el ritmo por completo.

Valeria notó el cambio al instante. Se apartó de forma abrupta, rompiendo el contacto, pero se quedó a pocos centímetros de su cara, respirando de manera agitada. Sus ojos se habían vuelto fríos. Con un movimiento seco del pulgar, le limpió el rastro de labial rojo de la boca a Bruno y se lo arrastró por la mejilla.

—Estás completamente congelado, Bruno —dijo en un susurro áspero, mirándolo con fastidio—. Tu cuerpo está aquí, pero tienes la cabeza en cualquier otra parte. Esa distracción nos va a costar la vida a los dos antes del amanecer.

Se puso de pie de un tirón, se acomodó el tirante del vestido que se le había caído y caminó hacia la barra. Bruno se quedó en el sofá, con el pecho subiendo y bajando, sintiendo el calor de la adrenalina y un vacío amargo en el estómago.

Valeria regresó desde la barra con dos tragos ya servidos en vasos de cristal grueso. Le tendió uno a Bruno, quien lo tomó y se lo bebió casi por completo de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta. Ella se sentó en la silla de enfrente, cruzando las piernas con fuerza y mirándolo con fijeza.

—Deja de mirarme así —soltó Valeria, inclinándose hacia él—. Si quieres salir vivo de aquí, tienes que entender cómo funciona este lugar. Afuera todos ven lo que queremos que vean, pero aquí adentro las cosas son distintas. Lo nuestro con Mauricio… es simplemente un pacto para seguir de pie.

Bruno la escuchó en silencio, notando la fuerte tensión en la mandíbula de la mujer. Ella dio un sorbo a su vaso antes de continuar, midiendo sus palabras.

—El Círculo te atrapa y no te suelta, Bruno. Nosotros llevamos tres años bajo sus reglas porque sabemos perfectamente lo que está en juego si nos negamos. Por eso, si te quedas paralizado, nos hundes a los dos. Y te aseguro que mi esposo no va a dudar ni un segundo allá afuera; él sabe que en esta transmisión el que se aburre, pierde.

Bruno apretó el vaso de cristal con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La realidad le cayó encima de golpe, dejándole claro que no había espacio para el orgullo; solo quedaba el instinto.

Le sostuvo la mirada en silencio, asimilando sus palabras mientras Valeria se inclinaba un poco más hacia él en la silla, acortando la distancia con una fijeza que terminó por encender el ambiente.

—Así que muévete, Bruno. Se terminaron las palabras —susurró ella, mirando de reojo el destello de la cámara en el techo, que les recordaba que el tiempo corría—. El Administrador está esperando el espectáculo.

Sin dudarlo, Valeria se puso de pie, llevó las manos a su espalda y abrió el cierre de su vestido rojo. Empujó la tela hacia abajo con un movimiento de hombros, dejándola caer sobre la alfombra.

Bajo la luz directa de las lámparas, su desnudez quedó expuesta por completo. Sin la tela del vestido, sus senos quedaron al descubierto, firmes y redondos, con pezones de un tono rosado claro y erectos que delataban la rapidez de su respiración. Su piel blanca bajaba hacia una cintura estrecha que se abría en unas caderas marcadas, permitiendo apreciar su silueta completa en medio de la habitación.

Su sensual tanga de hilo de encaje rojo, a juego con el vestido, apenas cubría lo esencial, dejando ver la forma de sus muslos. Con una soltura que desbordaba provocación, pero con la precisión de quien sabe que miles de ojos evalúan su sumisión en la pantalla, metió los dedos en las finas tiras de los costados de la prenda y la deslizó hacia abajo, despojándose de lo último que la cubría.

Bruno la contempló desde su lugar, impactado por la belleza de su silueta y la total seguridad con la que ella se exhibía. El pulso se le aceleró, dominado por un deseo primitivo que terminó por anular su raciocinio. Sin perder un segundo, se puso de pie e imitó su acción.

Se desabotonó la camisa con rapidez y la arrojó a un lado, dejando a la vista un torso de piel clara, estilizado y plano, de silueta atlética pero natural. De inmediato, se desabrochó el cinturón, se quitó los zapatos con un movimiento rápido y deslizó el pantalón junto con su ropa interior hacia el suelo, quedando completamente al descubierto frente a ella.

Valeria soltó una risita baja y coqueta al ver la reacción de Bruno. Su miembro ya latía completamente erecto y firme, con las venas marcadas por la excitación del momento.

Avanzó un paso sobre la alfombra y se arrodilló justo entre las piernas de él. Al verlo tan cerca, la respiración de Valeria se volvió aún más pesada, atrapada por la fijeza de su mirada. Su anatomía, con una medida perfecta que superaba el promedio sin resultar intimidante, despertó en ella una oleada de calor que no esperaba sentir. Le pareció ideal para el juego que estaba a punto de iniciar, encendiendo por completo su deseo de avanzar.

Estiró sus manos y rodeó con firmeza la base del miembro de Bruno, sintiendo el calor acumulado en la piel. Lo acarició de arriba abajo un par de veces para lubricarlo con el fluido que ya asomaba por la punta, mientras levantaba la mirada para sostenerle los ojos con una picardía absoluta.

—Esto es lo que querían ver… —murmuró en un susurro denso, dedicando la frase tanto a Bruno como al lente que los vigilaba, justo antes de incorporarse un poco.

Valeria se juntó más a él, presionó sus senos firmes con ambas manos y aprisionó el miembro de Bruno justo en medio de ellos, creando un canal estrecho, húmedo y cálido. Comenzó a moverse hacia adelante y hacia atrás con un ritmo rápido y constante, deslizando la piel de su pecho contra él. Subía y bajaba con una fricción intensa que cubría el miembro con su propio calor, mientras miraba a Bruno fijamente a los ojos, con una sonrisa cómplice que se proyectaba de reojo hacia la cámara de la esquina.

La intensa fricción y la soltura descarada de Valeria destruyeron por completo la resistencia de Bruno. Su pelvis comenzó a sacudirse en espasmos involuntarios; un gemido ronco escapó de su garganta cuando sintió que el límite era inevitable. Sosteniendo a Valeria por los hombros, Bruno se vino con fuerza, liberando una descarga abundante, densa y caliente que estalló de golpe sobre la piel blanca de sus senos y su escote.

Valeria no se apartó ni un milímetro; disfrutó del calor de la eyaculación sobre su cuerpo y esperó a que el miembro dejara de latir. Solo entonces dio un paso atrás, contemplando el rastro denso sobre su pecho con un gesto de absoluta victoria, sabiendo que el primer indicador de cumplimiento en la pantalla marcaría a su favor.

Bruno se dejó caer hacia atrás contra el cuero del sofá, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta mientras intentaba recuperar el aire y asimilar la velocidad con la que todo acababa de ocurrir.

Valeria no le dio tiempo a quedarse atrapado en sus pensamientos. Con un gesto rápido y descarado, pasó la palma de su mano por su pecho, arrastrando el rastro espeso de semen hacia abajo, esparciéndolo por su abdomen como un lubricante extra mientras le sostenía la mirada.

De inmediato, se giró sobre sus rodillas en la alfombra, apoyando las manos y arqueando la espalda justo delante de él. Bajó los antebrazos hacia el suelo y elevó los glúteos en una invitación directa, dejando su intimidad completamente expuesta ante los ojos de Bruno: una vulva rosada, húmeda y reluciente que brillaba bajo la luz de la sala.

—Ven aquí… no me hagas esperar —pidió ella, mirando sobre su hombro con los ojos entrecerrados.

Bruno bajó del sofá hacia el suelo, impulsado por la visión. Se acomodó de rodillas justo detrás de ella, la sujetó con fuerza de las caderas clavando los dedos en su piel, y alineó su miembro contra la entrada. Con un empuje firme y directo, se hundió en ella por completo.

—¡Ah… Dios, Bruno! —gimió Valeria, arqueando la espalda al sentir el impacto.

El ritmo en la alfombra se volvió salvaje. Bruno golpeaba con embestidas profundas, haciendo que los cuerpos chocaran con un sonido húmedo y constante. Valeria respondía empujando hacia atrás en cada golpe para buscar el impacto a fondo, perdiendo por completo la compostura.

—¡Sí… justo ahí… muévete más rápido! —gimió con la voz entrecortada, clavando las uñas con desesperación en las fibras de la alfombra.

Los ojos se le ponían en blanco por momentos y el sudor hacía que su piel brillara bajo los focos. Bruno incrementó la velocidad, sintiendo cómo las paredes internas lo apretaban cada vez más, calientes y empapadas. Ella sacudía las caderas de manera frenética, buscando el choque directo.

—¡Dale más duro, Bruno, ya no aguanto… me vengo! —chilló con un tono agudo, con la mandíbula temblando en una mueca de puro éxtasis.

El orgasmo la sacudió con violencia. Valeria soltó un grito largo que llenó la habitación, mientras su cuerpo sufría espasmos rítmicos que aprisionaron a Bruno con una fuerza descomunal.

Ese agarre ardiente destruyó la última pizca de control de Bruno. Al sentir las contracciones de ella, su pelvis se tensó al máximo. Clavó los dedos en sus caderas y arremetió tres veces más con una fuerza ciega, entrándole por completo hasta el tope.

Un gemido ronco saltó de su garganta cuando su miembro estalló por dentro, descargando una marea abundante y caliente que llenó a Valeria en una entrega absoluta. Ambos se quedaron congelados en la alfombra, temblando al unísono mientras las respiraciones se desvanecían lentamente.

Cuando el espasmo cedió y Bruno comenzó a retirarse muy despacio, el deslizamiento hacia afuera dejó un rastro inevitable. Al salir con un sonido húmedo, su miembro arrastró parte de la lubricación acumulada; de Valeria comenzó a escurrir un hilo espeso, una línea blanca y brillante que goteaba lentamente por la piel clara de sus glúteos hasta manchar las fibras de la alfombra.

Bruno se desplomó de costado ahí mismo, exhausto, contemplando el rastro de su entrega, mientras Valeria se dejaba caer boca abajo, con la piel perlada de sudor y una sonrisa de absoluta victoria. Las cartas estaban sobre la mesa.

El silencio que se instala en la suite fue denso, roto únicamente por el zumbido constante del aire acondicionado. El sudor comenzó a enfriarse sobre la piel de ambos. Bruno seguía de costado, con la mirada fija en el techo, sintiendo el peso de un remordimiento difuso que la adrenalina ya no lograba tapar.

A su lado, Valeria se giró despacio y se acomodó de lado, apoyando la cabeza en una de sus manos con una naturalidad felina. Miraba de reojo la cámara en la esquina, manteniendo una sonrisa enigmática, pero al bajar la vista hacia Bruno, sus ojos se volvieron mucho más cercanos.

—Es curioso cómo funciona el destino, ¿no crees? —comentó en un tono suave—. Mauricio y yo entramos en este círculo convencidos de que simplemente aceptábamos las reglas de un juego de élite.

Pero la ruleta es caprichosa, Bruno. Mauricio se volvió un estratega frío, alguien que no va a guardarse nada esta noche. Él juega a ganar, y tu esposa va a tener que seguirle el ritmo.

Valeria dejó escapar un suspiro sutil y, acortando la distancia en el suelo, comenzó a trazar círculos invisibles con la punta de sus dedos sobre el pecho de Bruno.

—Aunque debo confesarte un secreto… —murmuró, inclinándose un poco más, dejando que el calor de su aliento le rozara la mejilla—. Contigo la conexión es totalmente diferente. No eres como los otros, Bruno.

—A ellos el ego les ganaba y se lanzaban de inmediato, desesperados por devorarme para poder decir que me habían tenido. Seguían un libreto predecible y asquerosamente mecánico.

Le sostuvo la mirada fija con una sonrisa pícara y descarada que le iluminó el rostro, mientras sus dedos subían lentamente desde el pecho hasta acariciar la línea de su mandíbula.

—En cambio contigo… hay una complicidad deliciosa. Me haces olvidar por completo que hay ojos mirándonos detrás de esa lente. Qué bien me la estoy pasando contigo, Bruno… y todavía no quiero que se termine.

Le guiñó un ojo con un descaro absoluto, rozó sus labios con un beso relámpago en la comisura de la boca y se incorporó con un movimiento ágil y estilizado, caminando hacia el baño con paso firme.

Bruno se quedó unos segundos en el suelo, asimilando las palabras de Valeria mientras el calor de su beso aún le vibraba en la comisura de la boca. La miró caminar, imponente en su desnudez, disfrutando del vaivén hipnótico de sus caderas hasta que su silueta se perdió tras la puerta de vidrio del baño. Casi de inmediato, el sonido del agua caliente al caer comenzó a resonar con un eco denso contra los azulejos, y un vaho espeso y perfumado empezó a filtrarse por las ranuras de la puerta, entibiando el aire de la sala exterior.

Impulsado por el deseo magnético que Valeria acababa de encender en su pecho, Bruno se puso de pie. Sus músculos aún vibraban por el esfuerzo anterior, pero la perspectiva de lo que venía le aceleró el pulso de una manera distinta. Dejó atrás el desorden de la ropa esparcida en la alfombra y avanzó lentamente hacia el baño, sintiendo cómo el ambiente se volvía cada vez más húmedo y pesado a cada paso.

Al empujar la puerta de vidrio, una densa nube de vapor blanco lo envolvió por completo, empañando los espejos y reduciendo la visibilidad a una atmósfera íntima y difusa. A través del cristal esmerilado de la cabina de la ducha, la silueta de Valeria se recortaba como una sombra sinuosa y sugerente. Estaba de espaldas, con la cabeza inclinada hacia atrás, dejando que el agua abundante le empapara el cabello y corriera en hilos brillantes por la curva de su espalda y sus glúteos. Era una estampa perfecta, diseñada para desarmar cualquier rastro de cordura.

Bruno deslizó la puerta corrediza de la cabina. El calor concentrado le golpeó el rostro de lleno. Al sentir la corriente de aire frío, Valeria abrió los ojos despacio, apartando los mechones húmedos de su cara; una sonrisa lenta, cargada de una picardía descarada, se dibujó en sus labios húmedos. Sus ojos brillaban bajo las gotas de agua que resbalaban por sus pestañas.

—¿Te quedaste con ganas de más, Bruno? —coqueteó Valeria en un susurro denso, bajando la mirada de reojo hacia su anatomía que volvía a reaccionar con fuerza—. Sabía que no te ibas a resistir.

Bruno no respondió con palabras. Dio un paso al frente y se metió de lleno bajo el chorro de agua caliente, sintiendo el impacto denso del líquido golpeándole la espalda y los hombros mientras se pegaba por completo al cuerpo de ella. El contraste de sus pieles mojadas generó un calor instantáneo. Valeria soltó un suspiro ahogado cuando los brazos de Bruno la rodearon por la cintura desde atrás, atrayéndola con firmeza contra su pecho desnudo.

El agua corría entre los dos, lavando los restos del encuentro anterior, pero encendiendo un deseo mucho más voraz. Bruno deslizó sus manos hacia arriba, recorriendo los costados de su cintura estrecha hasta llegar a sus senos firmes. Los aprisionó con las palmas, masajeándolos bajo la presión del agua, sintiendo cómo los pezones rosados se ponían aún más duros y erectos al tacto. Valeria echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en el hombro de Bruno, entornando los ojos mientras dejaba que él la dominara con el movimiento de sus manos.

Bruno bajó una de sus manos por el vientre plano de Valeria, hundiéndose entre sus muslos mojados. Sus dedos encontraron una calidez extrema, un contraste ardiente frente al agua de la ducha. La palpó con lentitud, estirando los labios de su intimidad rosada y empapada, hundiéndolos suavemente para medir su receptividad. Valeria se estremeció por completo; se le escapó un gemido agudo que se ahogó contra el azulejo mientras separaba las piernas de forma instintiva, buscando más de esa fricción.

—No seas malo, Bruno… —suplicó ella con la voz quebrada, frotando sus glúteos de manera sutil contra el miembro de él, que empujaba firme y cargado de venas contra su espalda—. No juegues… ya estoy lista.

Bruno la hizo esperar unos segundos más, disfrutando de la tortura. Deslizó su boca por el cuello húmedo de Valeria, mordisqueándole el lóbulo de la oreja y dejando marcas de su urgencia en la piel caliente. Solo cuando la respiración de ella se volvió un jadeo desesperado y errático, Bruno la sujetó con fuerza de las caderas, clavando los dedos en su piel mojada. Valeria, entendiendo la señal, sonrió con un descaro absoluto y se apoyó hacia adelante.

Apoyó ambas palmas con firmeza contra la pared de vidrio, arqueando la espalda de manera sugerente mientras el agua corría en hilos por sus glúteos. Miró de reojo por encima de su hombro, invitándolo a tomarla desde atrás.

Bruno se acomodó de inmediato, la sujetó con fuerza de las caderas clavando los dedos en su piel mojada y, con un empuje directo y rotundo, se hundió en ella por completo de un solo golpe.

—¡Ah… Dios, Bruno…! —el gemido de Valeria se cortó en un hilo de aire ante la tremenda profundidad del impacto, obligándola a apretar los dedos contra el vidrio empañado, donde sus manos dejaron marcas nítidas.

El ritmo bajo la ducha se volvió frenético. Bruno la embestía con fuerza y profundidad, obligando a que la piel mojada de ambos chocara con un aplauso sordo y constante que competía con el estruendo del agua. Valeria respondía empujando sus caderas hacia atrás en cada impacto, buscando el choque a fondo. Sus paredes internas, sumamente sensibles, comenzaron a cerrarse en contracciones intensas que la llevaron rápidamente al límite.

Cada arremetida de Bruno arrancaba un quejido más agudo de su garganta. El agua caliente que caía desde el techo le golpeaba el rostro, obligándola a parpadear con desespero mientras sus dedos patinaban sobre el cristal esmerilado, buscando un apoyo firme que sus piernas, temblorosas y flácidas por el placer, ya no podían sostener. Las marcas de sus manos en el vidrio empañado se deslizaban hacia abajo con cada sacudida.

Con un último gemido desgarrado que empañó por completo el cubículo, Valeria estalló en un orgasmo violento, temblando de pies a cabeza mientras su cuerpo se contraía en puro éxtasis. Adentro, su anatomía se volvió un puño hirviente y rítmico que atrapó el miembro de Bruno con una presión descomunal. Las paredes la succionaban hacia el fondo, de una manera tan salvaje que el pulso en la pelvis de Bruno se aceleró al borde de la ruptura.

La mandíbula de Bruno se tensó tanto que los dientes le crujieron. Sentía la calidez del clímax de ella envolviéndolo, empujándolo a dejar ir su propia descarga. Tuvo que clavar los dedos con una fuerza casi dolorosa en las caderas de Valeria y congelar el movimiento por completo, respirando con dificultad por la boca, reteniendo la marea caliente que amenazaba con estallar en su interior.

Cuando el espasmo de ella cedió, Valeria notó que Bruno seguía empujando, firme y latiendo con fuerza, reteniendo su propia descarga. Sintió los latidos desbocados de ese miembro atrapado en su interior y entendió que el juego no había terminado. Con una sonrisa cargada de una picardía salvaje al ver que él aún no claudicaba, estiró la mano y cerró la llave de la ducha con un giro decisivo.

El ruido del agua se apagó de golpe, dejando el cubículo en un silencio denso donde solo resonaban sus respiraciones agitadas. El vapor atrapado mantenía la piel mojada de ambos completamente caliente mientras Valeria se deslizaba despacio hacia abajo, arrodillándose en el mármol justo entre sus piernas.

Valeria abrió la boca y lo recibió por completo, deslizando sus labios sobre la punta y bajando con una succión húmeda, profunda y rítmica que envolvió el miembro con la calidez de su garganta. Usaba una mano en la base para bombear en sincronía con el movimiento de su cabeza, usando la lengua con un desparpajo absoluto.

La intensa fricción y el calor de su boca destruyeron la última resistencia de Bruno. Su pelvis comenzó a sacudirse en espasmos involuntarios. Sosteniendo la cabeza de Valeria por el cabello, Bruno se vino con fuerza, liberando una descarga, densa y caliente que estalló de golpe en el fondo de su garganta.

Valeria no se apartó ni un milímetro. Mantuvo la succión firme y tragó cada uno de los chorros de la eyaculación con total naturalidad, recibiendo todo el semen dentro de su boca hasta que el miembro dejó de latir. Solo entonces se retiró despacio, pasándose la lengua por los labios con un gesto de absoluta victoria.

Bruno se apoyó contra el azulejo húmedo, intentando recuperar el aire. En ese instante, con la mente nublada por el orgasmo, un pensamiento rotundo e inevitable le inundó el cerebro: “Bianca jamás le había permitido hacer eso”.

Comparó la audacia descarada de la presentadora con el libreto rígido de su matrimonio. Bianca siempre buscaba la seguridad de las sábanas, la luz apagada y una timidez clínica; jamás en la vida se habría arrodillado a devorarlo con esa soltura salvaje, ni mucho menos habría disfrutado tragándose su semen con esa complicidad tan libre.

Bruno sonrió en medio de su ignorancia, sintiéndose el dueño de un secreto monumental. Estaba completamente ajeno a la realidad de que, a esa misma hora y en otra suite, esa supuesta timidez de Bianca ya no existía.

Bruno no tenía idea de que su esposa ya se había arrodillado antes frente a Mauricio Vega, haciendo eso y mucho más de lo que él apenas estaba descubriendo.

Mientras él creía romper las reglas por primera vez, Bianca ya llevaba la delantera, habiéndose entregado por completo y sin frenos a los brazos de Mauricio.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí