El salón

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El hombre había pasado meses buscando en internet. Foros ocultos, galerías de fetiches, fotos que lo obsesionaban noche tras noche de mujeres convertidas en esculturas brillantes de látex negro. Sus fantasías más profundas lo habían empujado hasta allí. Encontró la dirección exacta, pagó un precio discreto y le pidieron indicara sus medidas personales, con el pulso acelerado, cruzó la pesada puerta de metal.

Esta se cerró tras él con un chasquido definitivo. Ya no había vuelta atrás. La amplia estancia estaba iluminada con luces rojas y blancas que hacían brillar todo como si estuviera mojado, el esperaba encontrarse con una tienda de fetiches extremos, pero en cambio, encontró a cuatro mujeres que lo esperaban en silencio. La primera era una pelirroja de cabello recogido en un moño alto y rebelde.

Su catsuit negro relucía intensamente, era de una sola pieza con cremallera frontal que bajaba desde el cuello alto hasta la cintura, marcando sus pechos generosos. Llevaba un corsé de látex con hebillas plateadas que le estrujaba la cintura de forma extrema. Guantes largos hasta los codos y botas altas con cordones y tacón de aguja completaban su imagen. Apoyaba la barbilla en su mano enguantada, mirándolo con una sonrisa lenta y peligrosa.

A su lado, sentada en un banco, estaba una mujer de cabello castaño largo y ondulado, su catsuit negro tenía detalles en rojo brillante, una línea que bordeaba el escote en corazón, otra en la cintura y hebillas rojas en las caderas. Sus botas eran espectaculares, subiendo hasta la parte alta de los muslos con cremallera lateral y un brillo hipnótico. El látex se pegaba a sus piernas como una segunda piel pintada. La tercera mujer se mantenía de pie con las piernas muy abiertas en pose dominante.

Cabello negro liso y maquillaje oscuro. Su catsuit negro de cuello alto y cremallera central marcaba cada curva de sus senos y caderas. Las botas de tacón alto con cordones subían casi hasta las rodillas, y cada movimiento hacía crujir el látex tenso. La cuarta mujer yacía recostada sobre el suelo de mármol blanco y negro que parecía un tablero de ajedrez gigante.

Su catsuit negro se adhería como una capa de aceite, resaltando la curva pronunciada de sus glúteos y la longitud de sus piernas. Guantes largos y botas altas con cordones completaban su postura felina. Lo observaron y las cuatro se acercaron.

Manos enguantadas en látex negro lo tocaron y la que parecía ser la líder susurró.—Sabíamos que vendrías —, rozando sus labios contra su oreja—. Buscaste esto durante mucho tiempo, ¿verdad?- el hombre un poco atontado solo asintió.

Entonces lo tomaron y sin su consentimiento lo desnudaron con lentitud deliberada. Camisa, pantalones, ropa interior… todo desapareció. Quedó completamente desnudo y excitado ante ellas. Entonces trajeron su traje a medida, un catsuit masculino de látex negro, grueso, brillante y diseñado para él, negro, del mismo brillo intenso y grosor que los de ellas, pero cortado para su cuerpo masculino, más ancho de hombros, con refuerzo en el pecho y una cremallera especial en la entrepierna.

El proceso de vestido fue lento, casi un ritual. Primero le hicieron sentarse. Dos de las mujeres sostuvieron las piernas del traje abiertas. La pelirroja y la de las botas rojas le levantaron un pie y comenzaron a deslizar el látex frío y resbaladizo por su tobillo. El material se estiraba y se contraía, abrazando su piel. Subieron lentamente por la pantorrilla, por la rodilla, por el muslo. Cada centímetro era una caricia apretada y brillante. Repitieron el proceso con la otra pierna.

Cuando llegaron a la altura de sus caderas, el látex ya le envolvía ambas piernas como una segunda piel reluciente. La mujer del cabello negro se arrodilló frente a él. Con dedos enguantados tomó su miembro erecto y lo acomodó con cuidado dentro del refuerzo del traje antes de subir la parte inferior. El látex se cerró alrededor de sus caderas y glúteos, apretando, moldeando, haciendo que cada movimiento fuera una sensación de compresión deliciosa. Luego le pusieron los brazos. Una le levantó un brazo y deslizó la manga larga.

El látex subió por su antebrazo, por el codo, por el bíceps, hasta el hombro. El material crujía y brillaba bajo las luces. Repitieron con el otro brazo. Ahora su torso estaba expuesto, pero no por mucho tiempo. Entre todas lo levantaron. La pelirroja sujetó la parte superior del traje y la bajaron sobre su pecho. Sintió cómo el látex frío cubría su espalda, sus costillas, su abdomen. La cremallera frontal comenzó a subir con un sonido metálico lento.

Cada diente que se cerraba apretaba más el traje contra su cuerpo, comprimiendo su torso, marcando sus pectorales y su cintura. Finalmente, subieron la cremallera hasta el cuello alto, a continuación, le indicaron se colocara unas botas altas de látex negro eran robustas pero elegantes, con cremallera interna y cordones frontales. Le levantaron un pie y deslizaron la bota fría y resbaladiza por su pantorrilla, apretándola firmemente hasta justo debajo de la rodilla. Repitieron con la otra pierna.

El peso y la rigidez de las botas le recordaron que ya no era un hombre común. En ese momento, la mujer de cabello negro liso sacó unas tijeras y con una sonrisa le sujetó la cabeza y comenzó a cortarle el pelo muy corto, casi al ras. Cada tijeretazo era un paso irreversible. El cabello caía al suelo mientras las otras lo mantenían inmóvil. Después el paso final para su transformación, le colocaron una capucha de látex negro grueso y brillante, con aberturas solo para los ojos, la nariz y la boca.

El material se deslizó sobre su cabeza rapada, ajustándose como una segunda piel. Tiraron suavemente hasta que encajó perfectamente, dejando solo sus ojos, nariz y boca expuestos. La capucha se unía al cuello alto del catsuit, entonces las mujeres besaron al hombre y dijeron – por este fin de semana serás nuestro y si pasas las pruebas te daremos podrás unirte a nuestro peculiar club.

Finalmente, la pelirroja tomó un pequeño candado de metal brillante. Lo pasó por los anillos metálicos del traje y de la capucha, uniéndolos de forma permanente. El sonido del cierre resonó en la sala. El candado sellaba su transformación. Ahora era una figura reluciente y anónima, vestido como ellas. Cinco cuerpos enfundados en látex negro se miraron en los espejos.

El hombre, ahora completamente enfundado, respiraba agitado. El traje lo apretaba por todas partes, caliente, brillante, inescapable. Las mujeres lo rodearon, acariciando su nuevo cuerpo de látex con sus propias manos enguantadas. —Bienvenido al otro lado —susurró la pelirroja, presionando su cuerpo contra el de él y la puerta, del salón fue sellada entonces por varios días.

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