El sexólogo dominante y la pareja iniciada (1)

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El consultorio olía a cuero nuevo y a algo más… cálido, como piel recién duchada. Joaco y Carla se sentaron en el sofá de cuero negro, demasiado cerca el uno del otro, nerviosos. Habían pedido una consulta de pareja “para mejorar la intimidad”, pero ninguno esperaba esto.

La puerta se abrió sin golpe.

Entró él.

Alto, camisa blanca arremangada hasta los codos, venas marcadas en los antebrazos. Pecho ancho que se adivinaba bajo la tela fina. Cabello oscuro, peinado hacia atrás con descuido deliberado. Una sonrisa lenta, casi perezosa, que no llegaba del todo a los ojos. Debía tener unos veintiocho, treinta como máximo. Mucho más joven, más fachero y más musculoso de lo que cualquiera de los dos había imaginado cuando reservaron la cita con “el Dr. Valdés”.

—Joaco… Carla —dijo con voz grave y tranquila, como si ya los conociera—. Siéntense bien. Relajados. Hoy no vamos a hablar de “problemas”. Vamos a ver qué les pasa realmente cuando alguien les dice qué hacer.

Cerró la puerta con suavidad. El clic del pestillo sonó más fuerte de lo normal.

Se sentó frente a ellos en el sillón grande, las piernas abiertas con naturalidad, los codos apoyados en los muslos. Los miró un segundo a cada uno. Primero a Joaco. Después a Carla. Más tiempo a ella.

—Ustedes dos están tensos. Se nota en cómo se tocan sin tocarse. En cómo ella se muerde el labio cuando él habla. En cómo él se acomoda el pantalón cada vez que ella se cruza de piernas.

Carla sintió un calor subirle por el cuello. Joaco se aclaró la garganta.

El sexólogo sonrió apenas.

—No se preocupen. No voy a pedirles que se desnuden todavía. Primero… van a obedecer algo pequeño. Algo sencillo. Para que el cuerpo empiece a entender quién manda acá.

Se inclinó un poco hacia adelante. La camisa se tensó sobre los hombros.

—Carla. Descruzá las piernas. Ahora. Y mantenelas abiertas. Sin apretar los muslos.

Ella dudó un segundo. Él no repitió. Solo la miró. Esa mirada quieta, paciente, que no pedía… esperaba.

Joaco notó cómo el pantalón se le ponía más ajustado solo de verla obedecer.

El doctor inclinó la cabeza hacia él.

—Y vos, Joaco… no la mires. Mirame a mí. Mientras ella mantiene las piernas abiertas. Quiero ver si podés aguantar sin mirarla.

La habitación se volvió más pequeña de golpe. El aire más denso. El cuero del sofá crujió bajo el peso de Carla cuando abrió las piernas, lenta, casi avergonzada… y al mismo tiempo excitada de una forma que no esperaba.

El sexólogo se recostó de nuevo, satisfecho, como si ya hubiera ganado la primera ronda sin tocarlos.

—Bien. Ahora sí… podemos empezar de verdad.

Sus ojos oscuros pasaron de uno a otro, calmados, dueños.

El doctor —Valdés— no dijo una sola palabra. Solo levantó dos dedos de la mano derecha, un gesto seco, casi clínico, y señaló hacia abajo, entre las piernas de Carla.

Ella entendió al instante.

Con las piernas ya abiertas, Carla enganchó los dedos en la tela fina de la tanga. La bajó despacio, rozando los muslos, hasta dejarla a media altura, enredada en las rodillas. La tela negra quedó colgando, inútil, mientras el aire fresco del consultorio le rozaba directamente el coño. Estaba más húmeda de lo que quería admitir. El olor suave, íntimo, empezó a llenar el espacio entre los tres.

Joaco, que había sido obligado a mirar solo al doctor, sintió un tirón en la entrepierna. La respiración se le hizo más pesada. Podía oír el leve sonido de la tela deslizándose, podía imaginar exactamente lo que veía Valdés… pero no podía girar la cabeza.

El sexólogo se inclinó un poco más adelante. Sus ojos bajaron sin prisa, recorriendo el triángulo de piel ahora expuesto, los labios hinchados, el brillo que ya se filtraba entre ellos. No sonrió. Solo observó, como quien inspecciona algo que ya le pertenece.

—Más abiertas —ordenó en voz baja, casi suave—. Hasta que la tanga quede completamente inútil. Quiero ver todo.

Carla obedeció. Separó más los muslos. La tanga quedó tensada entre las rodillas, un delgado hilo negro que ya no cubría nada. El coño quedó completamente expuesto, vulnerable, a centímetros de la mirada del hombre más joven y más fuerte de la habitación.

Valdés asintió una sola vez, satisfecho.

—Bien. Ahora no te muevas. No cierres las piernas. No te toques.

Su mirada se desvió hacia Joaco, todavía obligado a no mirar a su pareja.

—Vos… seguí mirándome. Quiero que escuches cómo ella respira. Quiero que sientas cómo se te pone dura la pija sin poder verla. Cuando yo diga, vas a mirar. No antes.

Se acomodó en el sillón, las piernas abiertas con naturalidad, la camisa aún perfecta, el cuerpo relajado pero dominante. Como si el control le costara cero esfuerzo.

—Carla… contame. ¿Estás mojada solo porque te lo ordené… o porque sabés que tu novio no puede mirarte mientras yo sí?

El silencio se densificó. Solo se oía la respiración de los tres y el leve crujido del cuero bajo las piernas abiertas de ella.

Con un movimiento lento, casi deliberado, se deslizó la tanga por completo hasta los tobillos y la pateó a un lado. El pequeño trozo de tela negra quedó olvidado en el piso. Después, con las manos temblorosas pero decididas, se levantó la pollera hasta la cintura, dejándola arremangada sobre el vientre. Las piernas se abrieron más, sin ningún obstáculo. El coño quedó completamente expuesto: labios hinchados, brillantes de humedad, el clítoris asomando entre ellos. El olor íntimo se volvió más fuerte, más personal, llenando el espacio entre los tres.

Joaco, todavía obligado a mirar solo al doctor, cerró los ojos un segundo. La respiración se le entrecortó. Podía olerla. Podía imaginar exactamente la vista que Valdés estaba disfrutando sin prisa.

El sexólogo no se movió de inmediato. Solo observó. La mirada bajó, se detuvo, recorrió cada centímetro de piel descubierta con una calma que resultaba casi cruel. Como si estuviera catalogando lo que ahora tenía delante.

—Perfecto —dijo al fin, voz baja, grave—. Así. Sin nada que tape. Sin nada que esconda.

Se inclinó un poco más hacia adelante. Las manos grandes descansaban sobre sus propios muslos, relajadas, pero la tensión en los antebrazos delataba la fuerza contenida bajo la camisa blanca.

—Joaco… ahora sí. Mirá.

La orden fue suave. Casi amable.

Joaco giró la cabeza. Sus ojos cayeron directo entre las piernas abiertas de Carla. La pollera subida, la tanga desaparecida, el coño expuesto y húmedo bajo la luz del consultorio. Tragó saliva con dificultad. La polla se le endureció de golpe, apretada contra el pantalón.

Valdés sonrió apenas, satisfecho de la reacción de ambos.

—Muy bien. Ahora los dos se quedan así. Ella con las piernas abiertas y la pollera arriba. Vos mirándola… pero sin tocarla. Sin acercarte.

Se recostó de nuevo en el sillón, como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Carla… pasate un dedo por en medio. Despacio. Solo uno. Quiero ver cómo se te moja más mientras él te mira y no puede hacer nada.

El control era absoluto. No gritaba. No amenazaba. Simplemente decidía.

Carla tenía el coño al aire, la pollera arremangada, las piernas abiertas de par en par… y la orden colgando en el aire.

—¿Están para más?

La pregunta cayó pesada en el aire del consultorio. No sonaba a duda. Sonaba a confirmación.

Carla, con la pollera todavía arremangada sobre el vientre, las piernas abiertas y el coño completamente expuesto, asintió sin dudar. La voz le salió ronca:

—Sí…

Joaco tragó saliva. La polla le latía contra el pantalón. Miró un segundo el cuerpo de ella, tan vulnerable, y después al doctor.

—Sí —respondió también.

Una sonrisa mínima se dibujó en los labios de Valdés. Como si ya lo supiera.

—Bien.

Se incorporó un poco en el sillón. La camisa blanca se tensó sobre el pecho ancho. Señaló a Joaco con dos dedos.

—Vos. Levantate. Bajate el pantalón y el boxer. Hasta los tobillos. Y después… posición.

No explicó cuál. No hizo falta. La forma en que lo dijo, la mirada fija, el tono bajo y seguro, alcanzó para que el cuerpo de Joaco entendiera antes que la mente.

Joaco se puso de pie. Las manos le temblaban un poco mientras desabrochaba el cinturón. El pantalón cayó. Después el bóxer. La polla saltó libre, dura, ya goteando un poco en la punta. Carla lo miró desde el sofá, con las piernas todavía abiertas, los ojos oscuros de excitación.

Valdés asintió, satisfecho.

—Ahora… de rodillas. Frente a ella. Pero sin tocarla. Manos atrás. Espalda recta. Quiero que ella vea cómo se te pone más dura mientras te miro.

Joaco obedeció. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Carla, la polla apuntando hacia arriba, las manos cruzadas detrás de la espalda. El aire frío del consultorio le rozó la piel desnuda de la cintura para abajo. Estaba completamente expuesto, igual que ella.

Valdés se recostó de nuevo, observándolos a ambos como quien contempla su propia obra.

—Perfecto. Los dos a mi merced. Ella con el coño al aire… vos de rodillas, con la pija afuera, sin poder tocarla.

Hizo una pausa. La mirada bajó hasta la entrepierna de Joaco, luego subió despacio hasta sus ojos.

Valdés no levantó la voz. Solo hizo un gesto seco con la mano.

—Todo. Desnudate del todo.

Joaco, todavía de rodillas, con el pantalón y el boxer ya en los tobillos, obedeció. Se quitó la remera, después los zapatos, los pantalones y la ropa interior restante. En segundos quedó completamente desnudo en medio del consultorio: piel al aire, polla dura y pesada colgando hacia adelante, pecho agitado. Carla lo miraba desde el sofá, con la pollera todavía subida y las piernas abiertas, el coño brillando.

El doctor se puso de pie. Alto, ancho de hombros, la camisa blanca aún impecable. Se acercó sin prisa. Dio la vuelta alrededor de Joaco, caminando despacio, como quien inspecciona una pieza.

—Manos atrás. No te muevas.

Joaco cruzó las manos detrás de la espalda. Valdés empezó el “chequeo”.

Primero le pasó una mano grande por el pecho, palpando los pectorales, los pezones. Los pellizcó apenas, lo suficiente para que Joaco se tensara. Después bajó por el abdomen, siguiendo la línea de vello hasta la base de la polla. No la tocó todavía. Solo la rozó con el dorso de los dedos, sintiendo el calor y el peso.

—Bien formado —murmuró, casi clínico—. Dura. Responde rápido.

Le dio la vuelta a Joaco. Las manos firmes le recorrieron la espalda, los glúteos. Le separó un poco las nalgas con los pulgares, observando. Un dedo pasó por el pliegue, seco, sin penetrar, solo comprobando. Joaco sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna.

Valdés volvió a ponerlo de frente. Le tomó la polla con una mano, pesándola, subiéndola y bajándola despacio, como midiendo. El pulgar pasó por la punta, recogiendo el hilo de líquido preseminal que ya se formaba.

—Goteás solo con que te mire. Interesante.

Carla, desde el sofá, no podía dejar de mirar. Las piernas le temblaban. El coño se le contraía solo de ver cómo el doctor manejaba el cuerpo de su novio con esa calma absoluta, como si le perteneciera.

Valdés soltó la polla de Joaco y se limpió el dedo en el muslo de él, deliberadamente.

—Chequeo terminado. Estás en condiciones. Y bastante más sensible de lo que aparentás.

Se quedó de pie frente a los dos, todavía vestido, mirándolos: ella con el coño expuesto, él completamente desnudo y de rodillas otra vez.

Valdés giró la cabeza hacia Carla.

—Tu turno.

No le pidió permiso. Simplemente se acercó al sofá. Joaco, todavía desnudo y de rodillas, quedó a un costado, obligado a mirar.

Carla tenía la pollera arremangada hasta la cintura, las piernas abiertas de par en par, el coño completamente expuesto y brillante. Valdés se detuvo frente a ella. La miró de arriba abajo con esa calma clínica que resultaba más excitante que cualquier toque.

—Levantá la remera —ordenó en voz baja—. Hasta arriba del pecho. Sin quitártela del todo.

Ella obedeció. La tela subió, dejando los pechos al aire. Los pezones ya estaban duros. Valdés se inclinó.

Primero le tomó un pecho con la mano grande, pesándolo, apretando apenas. El pulgar rozó el pezón, lo hizo girar despacio, sintiendo cómo se endurecía más bajo su dedo. Después hizo lo mismo con el otro. Los pellizcó con precisión, lo suficiente para que Carla soltara un gemido corto.

—Sensible —murmuró—. Bien.

Bajó las manos por el abdomen, rozando la piel, hasta llegar al borde de la pollera subida. Allí se detuvo un segundo, mirando el coño abierto frente a él. El olor de ella era más fuerte ahora.

Le puso una mano en cada muslo interno y los separó todavía más, hasta que sintió el tirón en las caderas. Carla jadeó. Valdés se arrodilló frente a ella, a la altura perfecta.

Los pulgares le abrieron los labios del coño con delicadeza casi médica. Observó el interior, el clítoris hinchado, el brillo de la humedad que ya le corría un poco hacia el ano. Un dedo índice pasó por en medio, lento, recogiendo el líquido. Lo levantó a la luz, mirándolo, y después se lo limpió en el muslo interno de ella.

—Muy mojada. Y apenas te toqué.

Le pasó el mismo dedo otra vez, esta vez deteniéndose en el clítoris. Hizo círculos lentos, precisos, sin prisa. Carla arqueó la espalda y un gemido más largo se le escapó. Joaco, de rodillas y completamente desnudo, tenía la polla palpitando, goteando sobre el piso, sin poder tocarse ni acercarse.

Valdés no dejó de mirarla mientras la tocaba.

—Respirá hondo. No cierres las piernas. Quiero que él vea exactamente cómo reaccionás cuando te examino.

El dedo bajó un poco más, rozó la entrada, pero no entró. Solo presionó, sintiendo cómo se contraía alrededor de la yema. Después subió de nuevo al clítoris y lo pellizcó suavemente entre dos dedos.

Carla tembló. Las piernas le vibraban.

Valdés se levantó despacio, todavía con los dedos brillantes de ella. Se limpió en el pecho de Joaco, deliberadamente, dejando el rastro húmedo sobre la piel del novio.

—¿Chequeo completo? No

—Sácate toda la ropa. Ahora le dijo a Carla.

Ella se levantó del sofá. La pollera cayó al piso. La remera siguió. En segundos quedó completamente desnuda frente a los dos hombres: pechos firmes, pezones duros, el coño todavía brillante de la revisión anterior. Joaco, ya desnudo, la miró con la polla palpitando.

Valdés señaló la camilla de exploración que había al fondo del consultorio, cubierta con una sábana blanca.

—Los dos. Pecho apoyado en la camilla. Culo hacia arriba. Piernas abiertas. Ya.

Joaco y Carla obedecieron. Se colocaron uno al lado del otro, el torso desnudo sobre la superficie fría, los brazos hacia adelante, el pecho aplastado contra la camilla. Las caderas quedaron levantadas, los culos expuestos, las piernas separadas. La posición era humillante… y profundamente excitante. Carla sentía el aire frío rozarle el coño y el ano. Joaco tenía la polla dura apuntando hacia abajo, goteando sobre el piso.

Valdés se puso unos guantes de látex negros. El sonido del material estirándose llenó el silencio. Se colocó detrás de ellos.

Primero se detuvo detrás de Carla. Le separó las nalgas con las dos manos, abriéndola por completo. El ano quedó expuesto, el coño hinchado y mojado justo debajo. Un dedo enguantado pasó por el pliegue, lento, recogiendo humedad, y después presionó contra la entrada anal. Dio vueltas, lubricando con los propios fluidos de ella, y empujó. El dedo entró hasta el nudillo. Carla soltó un gemido ahogado, el culo apretándose alrededor del dedo del doctor.

—Relajate —ordenó en voz baja—. Voy a revisar.

El dedo se movió dentro de ella, curvado, explorando. Después sacó y agregó un segundo. Los dos dedos entraron y salieron con calma clínica, abriéndola, revisando cada centímetro. Valdés observaba cómo se dilataba, cómo se contraía.

Cuando terminó con ella, se movió hacia Joaco.

Le separó las nalgas con la misma firmeza. El ano de Joaco quedó al aire. Valdés no preguntó. Un dedo enguantado, todavía brillante de Carla, presionó contra la entrada. Empujó. Joaco gruñó, la frente apretada contra la camilla. El dedo entró completo. Después el segundo. Valdés los movió con precisión, profundizando, girando, revisando la cavidad mientras la polla de Joaco latía debajo, sin poder tocarse.

—Los dos bien cerrados… y los dos respondiendo —murmuró, casi para sí.

Sacó los dedos de Joaco, se quitó un guante y se lo dejó puesto al otro. Se colocó otra vez entre los dos culos expuestos.

—Chequeo anal terminado. Ambos están listos para lo que yo decida.

Todavía hay más…

Primero se colocó detrás de Carla. Le separó más las nalgas con una mano enguantada y con la otra le abrió los labios del coño. Estaba empapada. Un dedo grueso entró sin dificultad hasta el fondo, curvado hacia arriba, presionando exactamente donde sabía que la iba a hacer temblar. Carla soltó un gemido largo, las caderas empujando hacia atrás contra la mano del doctor.

—Profunda… y muy mojada —comentó en tono clínico, mientras metía un segundo dedo y los movía en círculos lentos, abriéndola, revisando cada pared. El sonido húmedo de los dedos entrando y saliendo llenó el consultorio. Sacó los dedos brillantes y se los limpió en el muslo interno de ella.

Valdés se colocó frente a sus caras, todavía con ellos pecho contra la camilla. Esta vez no tiró del cabello con fuerza. Solo les acarició la nuca con las yemas de los dedos, despacio, casi con ternura, y les levantó la cabeza.

—Abran la boca… pero lento. Quiero que chupen de verdad.

Primero se detuvo frente a Carla. Le rozó los labios con el índice, sin empujar todavía. Ella abrió la boca y él deslizó el dedo dentro, suave, dejándola sentir la piel desnuda. Carla cerró los labios alrededor y empezó a chupar. Valdés no embistió. Dejó que ella lo hiciera: la lengua girando, chupando con lentitud, como si estuviera saboreando una polla. Él solo movía el dedo un poco hacia adentro y hacia afuera, muy despacio, disfrutando de cómo ella se entregaba al ritmo sensual.

—Así… más profundo, pero sin prisa. Sentí el sabor. Usá la lengua.

Cuando la tuvo gimiendo bajito alrededor de su dedo, sacó el dedo brillante de saliva y se lo ofreció a Joaco.

Joaco abrió la boca. Valdés le introdujo dos dedos esta vez, pero otra vez sin violencia. Los deslizó hasta casi la garganta y se detuvo, dejando que Joaco los chupara. Joaco cerró los ojos y empezó a mover la cabeza, chupando con ganas, la lengua pasando entre los dedos, succionando como si estuviera mamando una pija caliente. Valdés le acarició la mejilla con el pulgar mientras lo hacía, un gesto casi íntimo.

—Mirá cómo chupás… tan obediente. Tan rico.

Alternó entre los dos con la misma calma. Un rato en la boca de Carla, dejándola chupar lento y profundo, la saliva escurriéndole por la comisura de los labios. Después en la de Joaco, disfrutando de cómo el hombre se entregaba a chupar sus dedos como si fueran una polla de verdad. Cada vez que cambiaba, les pasaba los dedos húmedos por los labios, por la lengua, obligándolos a lamer antes de volver a meterlos.

El sonido era húmedo, lento, obsceno. Gemidos suaves. Respiraciones agitadas. La camilla se manchaba de saliva.

Valdés finalmente sacó los dedos de la boca de Joaco, los miró brillantes y chorreando, y se los ofreció otra vez a Carla para que los limpiara del todo con la lengua.

—Así se chupa… con ganas. Con hambre.

Se quedó frente a ellos, mirando las dos bocas hinchadas y húmedas, las lenguas todavía afuera por reflejo.

Carla seguía con el pecho aplastado contra la camilla, las piernas abiertas, el coño tan mojado que le brillaba hasta el muslo interno. Un hilo de lubricante le corría despacio hacia abajo. Joaco, a su lado, tenía la polla dura y pesada, goteando sin parar sobre el piso del consultorio. Un hilo transparente colgaba de la punta, temblando con cada respiración.

El doctor los recorrió con la mirada, lento, disfrutando del estado en que los había dejado: temblando, expuestos, completamente necesitados… y sin haber recibido nada más que dedos.

—Miren cómo están —dijo en voz baja, casi suave—. Ella chorreando. Vos goteando. Y ninguno de los dos se ha corrido.

Se acercó, les acarició la nuca a ambos con las yemas de los dedos, un gesto posesivo y calmado.

—Se acabó por hoy.

Los dos levantaron un poco la cabeza, sorprendidos, frustrados. Valdés sonrió apenas.

—Van a volver en dos días. Exactamente a la misma hora. Y hasta entonces… no se tocan. Ni un dedo. Ni se masturban. Ni se tocan entre ustedes. Quiero que lleguen igual de desesperados… o peor.

Hizo una pausa. La mirada se volvió más seria, más dueña.

—Y van a venir totalmente depilados. Los dos. Sin un solo pelo. Coño, culo, bolas, base de la pija… todo liso. No lo van a hacer ustedes. Voy a mandarles la dirección de alguien que conozco. Una persona de mi confianza. Van a ir, se van a dejar depilar completos, y van a volver aquí con la piel suave y lista.

Les pasó una mano por la espalda a cada uno, bajando hasta el culo, rozando apenas.

—Si llegan con un solo pelo… o si me entero de que se tocaron… la sesión va a ser muy distinta. Y no de la forma que les gusta.

Se enderezó. Se limpió las manos con calma.

—Levántense. Vístanse. Y salgan.

Joaco y Carla se incorporaron despacio, las piernas temblando, la excitación todavía latente y sin alivio. Valdés los observó mientras se vestían, sin dejar de mirar el coño hinchado de ella ni la polla aún dura de él.

Cuando estuvieron listos, les abrió la puerta.

—Dos días. Sin tocarse. Completamente lisos. Y cuando vuelvan… voy a revisar cada centímetro para asegurarme de que cumplieron.

La puerta se cerró detrás de ellos con un clic suave.

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