El vendedor de fruta nos coge a los dos

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T. Lectura: 7 min.

Mi nombre es Carlos, tengo 46 años y mi esposa se llama Julia y tiene 39 años. Es morena clara, descaradamente cachonda y posee unos atributos que despiertan pasiones allá a donde va: unas tetas de soberbio tamaño coronadas con aureolas anchas y pezones grandes, siempre erguidos cual frutas maduras, además de un culito firme, respingón y profundamente apetecible.

Había pasado apenas un mes desde que el marchante y su sobrino le dieron aquella tremenda y salvaje cogida en la trastienda de Tecozautla. Una noche, mientras la tenía de frente comiéndole las pechugas y penetrándola con fuerza, Julia comenzó a retorcerse. —Ahhh, qué rico, papito… —gemía ajustando sus muslos a mi cintura—. Sabes, amor… ando hirviendo otra vez. Tengo el antojo atragantado de que me vuelvan a empinar el marchante y su sobrino. Quiero sentir esas vergotas metiéndose hasta el fondo de mi vientre, que me hagan bramar de placer y empezó a columpiarse con mayor frenesí sobre mi miembro hasta alcanzar un orgasmo fulminante. Al recuperarse, me miró con ojos cargados de vicio y complicidad.

—Viendo la cara de gozo que pones mientras les chupas la verga y como las disfrutas, hasta a mí ya se me antoja darles unas buenas chupadas —le confesé con la verga latiendo. —¡Ay, mi amor, eres un calenturiento! —rio ella encantada.

De inmediato, Julia tomó el teléfono y le marcó al vendedor para invitarlo a él y a Ramiro a tomar café en nuestra habitación del hotel el fin de semana. El marchante le explicó que Ramiro ya había regresado a la universidad, pero que, si queríamos, podía llevar a Pedro, su nuevo ayudante de trabajo. —Por mí encantada… pero vengan al hotel para estar bien cómodos —respondió ella con la voz temblorosa de anticipación.

El sábado a mediodía llegamos a Tecozautla. Caminamos por sus calles empedradas y comimos en el jardín principal recién restaurado, pero Julia no podía quedarse quieta en la silla; la expectativa la tenía al borde del colapso. De regreso en el hotel se metió a bañar, salió del baño con una pequeña toalla cubriendo su delicioso cuerpecito, luego se sentó a la orilla de la cama y preparó su cuerpo con la devoción de una sacerdotisa del sexo. Se rasuró por completo el montecito dejando su vulva sonrosada y expuesta. Se perfumó el cuello, los pechos, las corvas y la entrepierna. Luego se enfundó en una bata de seda transparente, completamente desnuda por dentro, acompañada por unas sandalias finas que acentuaban sus piernas.

Se dio cuenta que la observaba ya con la verga bien dura bajo el pantalón y dio un giro coqueto frente al espejo y la bata se abrió al vuelo, revelando su papayita ya abierta, dilatada y chorreando lubricante. —¡Mi amor, estás hecha una diosa, sumamente comestible! —exclamé con la verga a punto de reventar el pantalón. —¡Estoy lista, amor… y muero de ganas por verga! —susurró con la mirada encendida. ¡Si amor te has vuelto una golosa e insaciable luego de lo reservada que eras! ¡Uy, amor tú tienes la culpa jaja y me encanta!

A las 7:00 pm exacta tocaron a la puerta, Julia se levantó del sofá al instante. Al abrir, al marchante y a Pedro se les iluminó el rostro de pura lujuria desenfrenada al contemplar el cuerpo desnudo de mi mujercita tras la seda. Pedro, un tipo joven, acuerpado y de mirada audaz, se quedó pasmado. —Señora Julia, qué barbaridad… está usted hermosa —dijo el marchante, mientras Pedro se acercaba a darle un beso en la mejilla que terminó rozándole el cuello.

Julia los hizo pasar y los acomodó en el sofá mientras les servía café. Los hombres se sentaron y no perdieron de vista a mi putita, viéndole ese delicioso culo a través de la transparencia mientras iba por el café y unas galletas finas, regreso, les dio una taza cada uno y una a mí, luego fue y se sentó en medio de los dos invitados con su taza de café en la mano, el marchante y Pedro le dieron un sorbo a su café mientras contemplaban las tetas de mi mujer, vendedor: ¿a este café le falta un poco de leche no crees Pedro?

El ambiente estaba cargado de deseo, Julia estaba ruborizada deseando ya acción, Pedro abrió la bata de mi mujercita y se prendió de uno de sus pechos y empezó a mamarlo con intensidad, ella solo echo la cabeza para atrás disfrutando de esa boca caliente, poco después el marchante se apodero de la otra teta y Julia empezó a gemir disfrutando de tremenda mamada de tetas a dos bocas, mientras Pedro empezaba a hurgar en la panochita abierta y lubricada de mi calenturienta mujer.

Luego la recostaron el sofá, Pedro separo las piernas de Julia de par en par, mostrándose esa papayita ya muy dilatada, bajo su rostro y empezó a recorrer con su lengua toda su vulva desde el clítoris hasta el ano, también metiendo profundamente su lengua en la vagina, Julia se empezó a retorcer empujando su cadera hacia la lengua de su picador para sentirla a más profundidad, el marchante mientras ya se había desnudado y con la verga bien firme penetraba la boca de mi mujercita que hacía sonidos guturales y por momentos arcadas.

Por un instante se sacó la verga de la boca, mira mi amor que rica verga… esta deliciosa… mmmm que sabrosa…, después de un rato le llego un intenso orgasmo por el tratamiento que le estaban dando sus picadores, empapando el rostro de Pedro con sus fluidos femeninos, ¡ahhhh asiii…. Que rico… me vengooo!

Para entonces, impulsado por el morbo desenfrenado de la escena, yo ya me había quitado toda la ropa. Estaba sentado en el sillón contemplando aquel espectáculo sexual con la verga completamente erguida y palpitante. Pedro se limpió el rostro de los fluidos de Julia, se desnudó sin prisa y dejó ver un pito hermoso, grueso y venoso. Sin rodeos, tomó a Julia firmemente de los tobillos y, de un solo empujón seco, le enterró la verga hasta los ovarios. Mi esposa soltó un gemido profundo, pero no interrumpió su ritmo: continuó mamándole la polla al marchante con desesperación. Así la estuvieron bombeando por sus dos agujeros durante un largo rato, llenando la habitación con el sonido rítmico y húmedo de la carne chocando.

De pronto, el marchante se sacó el cipote de la boca de Julia. Ella me miró con los ojos encendidos de lujuria, dio un chasquido con los labios y me dijo: —Mira, mi amor, qué rica verga tiene el marchante… ven a probarla. No me hice del rogar. Me acerqué a la orilla del sofá, me puse en posición y le di una primera chupada profunda: la carne estaba dura, caliente y gruesa. Durante varios minutos, Julia y yo nos turnamos para mamarle la verga al vendedor, acariciándola con la lengua mientras él gemía de placer al sentir la boca de ambos alternándose en su miembro.

En ese momento, Pedro sacó su verga de la vagina de mi mujer. Al verme en cuatro, con el culo al aire y entregado a la mamada del marchante, se posicionó detrás de mí. —Patrón, qué rico culo tiene… y está pidiendo verga a gritos —murmuró Pedro con voz ronca. Separó mis piernas con las manos y apoyó la cabeza de su pito en mi ano. Poco a poco fue empujando la cabecita mientras yo respiraba profundo, sintiendo cómo mi esfínter cedía ante la presión. Siguió empujando hasta clavar de golpe la mitad de su grosor. Sentí una punzada fuerte cuando la carne atravesó el segundo esfínter. Retuve el aire un segundo y Pedro terminó de enterrármela hasta los huevos.

Se quedó inmóvil un momento para que mi cuerpo se acostumbrara al volumen de su miembro. Luego comenzó un vaivén suave que gradualmente subió de intensidad. La molestia inicial se transformó en un placer sofocante. Empecé a empujar mi cadera hacia atrás para recibir cada estocada completa, mientras continuaba mamando la verga del marchante junto con mi esposa. Sentir a Pedro poseyéndome con firmeza mientras compartía la boca con mi mujer multiplicó el morbo de la habitación.

Al cabo de un rato de intensa faena, el marchante nos contempló a los dos y exclamó entre jadeos: —¡Yo también quiero penetrar ese rico culo del patrón! Nos trasladamos a la cama para continuar con mayor libertad. Me recosté de espaldas, Julia coloco una almohada bajo mi cadera y abrí las piernas de par en par. El marchante se acomodó entre mis muslos, aplicó suficiente lubricante en la punta de su gruesa verga y la alineó a mi ano. Entró suavemente hasta el fondo y comenzó a follarme con fuerza rítmica e implacable. —¡Ahhh, qué delicia… así, duro! —gemía yo, apretando las sábanas.

Pedro se acercó a mi rostro y me ofreció su verga erguida. Me la empujé a la boca sin dudarlo, saboreándola entera mientras el marchante me reventaba el culo por abajo. Mi propia verga estaba rígida y apuntando al techo y Julia al ver el estado de frenesí en que nos encontrábamos y viendo cómo poseían a su marido, se dejó llevar por la excitación: me dio unas deliciosas chupadas un rato y luego se montó sobre mi miembro duro y comenzó a cabalgarme como una amazona descontrolada.

La habitación se convirtió en una bacanal de lujuria total: el sonido de las embestidas, el sudor de los cuerpos chocando, los gemidos entrecruzados y los jadeos continuos marcaron el ritmo de la orgía, ahí estaba gozando en gran manera de ese delicioso sándwich y entendí por qué mi mujercita bramaba de placer cuando se la cogían por todos sus orificios.

El desenlace llegó de manera casi simultánea para los cuatro: El marchante en mi culo: Sentí cómo su verga se hinchaba aún más en el fondo de mi recto, comenzando a vibrar en espasmos violentos mientras me llenaba el anochecer con chorros hirvientes de su leche. Pedro en mi boca: La verga de Pedro comenzó a pulsar fuertemente dentro de mi garganta, expulsando una gran cantidad de semen que me tragué gustoso por el calor del momento. Julia y yo: Mi esposa comenzó a gritar y a convulsionar en un orgasmo fulminante sobre mi pelvis, apretándome con fuerza justo cuando yo descargaba toda mi leche dentro de su papayita.

Exhaustos nos recostamos todos en la cama para descansar un poco, un rato después mi mujer se acercó a Pedro y el marchante, les empezó a mamar sus vergas dejándoselas limpias y nuevamente erectas. Julia, fuera de sí, se montó en Pedro, tomándole el miembro para encajárselo hasta la raíz en su papayita. Comenzó a cabalgarlo con un vaivén rítmico y salvaje. Pero su insaciabilidad no tenía freno. Miró al marchante, que permanecía de pie al borde de la cama exhibiendo su enorme garrote duro, y le suplicó con los ojos extraviados de morbo: —¡Ábreme el culo, marchante! ¡Métemela por mi anito mientras cabalgo a Pedro! ¡Quiero sentir las dos vergas aplastándome por dentro!

El marchante no se hizo rogar. Se posicionó detrás de ella, lubricó la cabeza de su polla con la saliva de Julia y, de un solo empujón seco y firme, le atravesó el ano. El grito de Julia retumbó en la habitación. Ensamblada en ese sándwich humano, comenzó a columpiarse de adelante hacia atrás, sintiendo cómo el pitote de Pedro le desgarraba la vagina por enfrente mientras el mazo del marchante le reventaba el recto por detrás. —¡Aaaah! ¡Qué rico, dios mío! ¡Sientan cómo los aprieto, cabrones! ¡Colúmpienme en sus vergas! —bramaba Julia con la voz quebrada, cabalgando sobre Pedro mientras la cadera del marchante percutía con fuerza contra sus nalgas.

El ritmo se volvió intolerable de caliente. Cambiaron de postura: el marchante se sentó en la orilla de la cama y Julia se le acomodó encima, dándole la espalda. Guio la verga del vendedor directo a su culo y se dejó caer de golpe, enterrándosela por completo. Mientras el marchante la sujetaba firmemente de las caderas bombeándole el ano desde abajo, Pedro se puso de pie frente a ella. Julia, al ver el tolete de Pedro meciéndose a la altura de su rostro, lo agarró con ambas manos y comenzó a mamárselo con ferocidad insaciable, tragándose hasta los testículos y ahogándose con gusto mientras por abajo su recto recibía el castigo del marchante.

Finalmente, llegó el clímax del encuentro. Acostaron a Julia de lado con una pierna levantada. Pedro se colocó por delante para embestirle la vagina con estocadas profundas que le alcanzaban el cuello del útero, mientras el marchante, pegado a su espalda, le encajaba nuevamente la verga por el culito. La doble penetración directa fue brutal, coordinada y despiadada. El sonido de la carne chocando rítmicamente contra la piel bañada en sudor impregnaba el ambiente. Julia no podía articular palabras claras; solo emitía bramidos sordos, jadeos descontrolados y pedía más castigo con la mirada desorbitada. —¡Me deshacen… me rompen toda! ¡Échenme todo adentro! ¡Así… más duro ¡Aaaahhh! —gritaba convulsionando!

Los dos hombres aceleraron el paso. Pedro le vació una carga abundante de leche caliente en el fondo de la vagina. Casi al mismo instante, el marchante soltó un rugido gutural y le llenó el ano con su semilla hirviente. La sobrecarga de estimulación, los orgasmos continuos y la intensidad de tener ambos hoyos rellenos de semen maduro y joven provocaron que a Julia se le fuera el aire, se le pusieran los ojos en blanco y cayera desmayada sobre las sábanas por un par de minutos, abrumada de puro y absoluto placer. Al volver en sí, respirando agitadamente y con sus dos agujeros derramando la leche de sus agresores sobre la cama, me miró con una sonrisa exhausta, sumisa y eternamente satisfecha.

Los invitados se vistieron y se despidieron de Julia besándola profundamente y agarrándole sus nalgas y tetas: —¡Patrones, cuando quieran otra buena cogida nos llaman! Quedamos recostados en la cama. Julia escurría leche por su culito abierto y rojo, y su papayita aun totalmente dilatada; yo también escurría leche por mi culito recién estrenado por dos pitotes. Estábamos plenos, bien cogidos y felices.

—Mi amor, ¿te gustó cómo te cogieron mis picadores? ¿Y ver cómo me hicieron sándwichito? —preguntó Julia.

—¡Sí, mi amor, me encantó! ¡Ahora somos las putitas de esos dos cabrones y de sus deliciosas vergas! —¡Sí, cielo, tenemos que repetirlo pronto…! La abracé, ya tenía nuevamente la verga dura; ella se subió de nuevo y empezó a cabalgar…

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