Ella sintió que volaba, sus pies no tocaban el suelo, la arena y el ruido de las olas rompiendo en la orilla del mar, desaparecieron. Lo único que existía en esos momentos, eran sus bocas, sus labios unidos por algo más que simplemente deseo. Se imaginó entrando en la mente de él, y compartiendo sus locuras, sus deseos, se dio cuenta que no era su imaginación si estaban así de compenetrados. Esa era su realidad a partir de ese momento.
Era casi como si algo sobrenatural se hubiera apoderado de ambos. Una vez más se sintió que volaban, la gravedad no existía en ese momento y eran dos seres etéreos flotando en el aire sobre el mar, alejándose cada vez más de la tierra. Y ahí, cuando no estaban atados por las leyes de la física y la razón su cuerpo, su piel fueron llenándose de una sensación que aunque no pudo identificar en un principio, se fue convirtiendo en placer. Este no era un placer como conociera antes, nunca había tenido una sensación similar, era como si estuviera siendo acariciada desde adentro de su cuerpo, no solo en la superficie, no solamente a flor de piel.
Abrió los ojos, y hubiera jurado que no había imaginado estar volando, sino que en realidad, la playa, los barcos en la bahía, se veían como a través de una lente que lo hacía todo borroso, y lo único que existía en ese mundo eran ellos dos, y sus cuerpos tocándose, queriendo fundirse en una sola masa amorfa, de cuatro brazos, cuatro piernas, dos cabezas. Le pareció que no podría soportar sentir aún más físicamente.
Y se bajó de la ola que amenazaba con arrastrarla a un lugar donde nunca había estado, un lugar de donde tal vez no pudiera regresar. Empujó su pecho con los brazos, separando los labios y terminando el beso.
-¿Qué fue eso? -le pregunto con voz temblorosa, tratando de calmar los latidos acelerados de su corazón.
-Eso -dijo él- Es solo el comienzo.
Se volvieron a besar y otra vez las sensaciones se vinieron encima de ambos, como si el mar se estuviera desbordando, y los halara con toda su fuerza a ese lugar que amenazaba con no soltar. El interrumpió el beso y la volvió a ver como si fuera una diosa, algo digno de ser tratado con adoración, con respeto, y a la vez aprovechado, hacer uso de su cuerpo, tomarla para sí.
Le dio miedo abandonarse a lo que sentía. Pensó en poner el alto ahí a lo que estaba pasando, pero no pudo decir las palabras. Se volvieron a besar, se quitaron las ropas con apuro, desesperación, hicieron el amor sobre la arena, (o habían estado flotando sobre ella?). Él besó su frente, sus ojos, sus mejillas, con ternura, con delicadez y sin prisa alguna. Fue bajando a su cuello, supo que él la estaba disfrutando toda entera. Antes le había dicho que se la iba comer completa, pedacito a pedacito, sonrió al pensar que no le había mentido pues sus labios, su lengua, sus dientes estaban sobre su piel.
Trazó su clavícula, sus dedos apretaron sus hombros. Ella le regresó el abrazo, apretó sus brazos, puso sus manos en su pecho y sintió sus músculos bajo sus dedos. Sintió su piel suave y la firmeza de la carne justo abajo, pensó en cómo le había gustado imaginar este momento, y como se quedó corta ante lo que era esta realidad.
Luego él cambió la intensidad de sus caricias, lo que había sido todo ternura y suavidad hacía solo un momento se estaba convirtiendo en una tempestad, Todo un vendaval que amenazaba con arrastrarla y le daba sentimientos que nunca había experimentado. Pensó en todo el tiempo que se había resistido, no queriendo aceptar que le gustaba, que ella también lo deseaba a él.
Y sus pensamientos fueron interrumpidos por sus dedos que ya no estaban en sus brazos, sus hombros, sus pechos, aunque aún sentía la piel hervir en todos los lugares que había tocado. Ahora sus dedos estaban entre sus piernas. El empezó a posicionar su mano entre sus piernas, abriendo espacio ahí, justo ahí donde en ese momento sintió que estaba el centro del universo, de su universo.
Sus dedos acariciaron sus labios, su clítoris, con movimientos expertos, calculados, excitándola, aún más, llevándola a niveles que no sabía que eran posibles. Y cuando sintió sus dedos entrar en ella, entonces si sintió que iba a morir, pero que dulce era morir así, en sus brazos, en su boca, en sus dedos. Quiso corresponder y bajó sus manos para tomar su hombría en las manos y se sorprendió de su tamaño, -Con razón tiene esa confianza en sí mismo este cabrón- pensó, – ¡Esta si que es una Verga!- por un momento sintió un poquito de temor, nunca había tenido algo así dentro de ella.
Luego se rio para sí pensando en lo escandalizadas que estarían sus amigas si la oyeran decir esa palabra, cuando ellas siempre buscaban ser muy propias diciendo, “pene”, “cosa”, “esos” a ella le encantaba verles la cara cuando ella decía “Verga” “Monda”. Volvió a sonreír cuando pensó que nadie en el mundo la imaginaría aquí, en este momento, vichi en la playa, con una verga en la mano, con “su” verga en la mano. ¡Nunca! ¿Ella? ¿Cuándo? ¿Como? Si ella no hacía cosas así. Pero esos pensamientos fueron interrumpidos y ya no pudo pensar en nada más que en el momento presente, en lo que estaba sintiendo en aquí y ahora.
Sintió como él besaba sus pechos con urgencia, la devoraba con un hambre que nunca había sentido en ningún amante. Sintió cómo fue bajando sus besos a su estómago, a su vientre, sus dedos ahora encontraron un punto que nunca nadie había tocado antes y la hizo tensarse toda, sintió como se mojaba aún más que lo que creía posible, y encima de todo, él la vio con una sonrisa, satisfecho de lo que estaba logrando, y le dijo -Niña, estás hecha un charco aquí abajo- pero que cabrón pensó, no conforme con lo que le hacía, le tenía que decir cosas para hacerla sentir vergüenza. Pero junto con esa vergüenza, sintió un placer que no conocía, como si sus mejillas calientes aumentaran la temperatura de todo su cuerpo.
De repente escuchó primero, antes que sintió, un ruido como de chapoteo, chuic chuic chuic, con horror se dio cuenta que ese ruido venía de su vagina, donde estaban entrando y saliendo los dedos de él. Y casi al mismo tiempo sintió el placer recorrerla como una corriente eléctrica, como un volcán que hace erupción y derrama la lava líquida que hace que todo arda, empezando en su vagina, en el punto que él estaba masajeando. Con los dedos adentro de ella, entrando y saliendo, provocando e irradiando el sentir desde allí a sus piernas, sus caderas, su vientre. Sintió sus músculos tensarse y contraerse, sintió las paredes de su vagina apretando sus dedos rítmicamente.
Y cuando pensaba que no podía subir más su nivel de excitación, sintió los labios de él, su lengua, aprisionado su clítoris, que se sentía hinchado, duro. Él la besaba, la chupaba, la lamía. “Te voy a comer enterita a pedacitos” recordó. Y explotó por un momento sintió que se orinaba una tensión inmensa como antes de vaciar su vejiga, quiso aguantarlo pero no pudo, cuando su orgasmo le llegó en la explosión de ese volcán que sintió antes, y todo fue placer, no había control sobre nada en su cuerpo más que ola tras ola de un placer casi insoportable.
Él levantó la cara con esa sonrisa de querer tragarse el mundo que tenía, y ella vio la barba y el bigote mojados, y le dijo -¿Qué me hiciste? ¿Qué me haces? -Lo que estabas necesitando- contestó él.
Entonces él se subió y llegó con su cara hasta la de ella. Una vez que se vieron frente a frente otra vez, la volvió a besar. Disfrutó el beso sin pensar en nada hasta que él le dijo -Ahora ya sabes a lo que sabes, ya sabes lo que me comí allá abajo -y ella pensó que nunca se había imaginado que iba a hacer eso, a saber a qué sabían sus propios sabores, sus flujos. -Que cabrón eres -le dijo, ahora ella tomando su turno para sonreír.
Pero él no estaba a punto de darle tregua, lo sintió acomodándose arriba de ella, entre sus piernas avasallándola con su tamaño, con su peso y abriéndole las piernas. Y otra vez sus movimientos fueron todo ternura, todo cuidado. Sintió su verga a la altura de su ombligo, y se dio cuenta que sus huevos estaban hasta abajo, tocando los labios de su vagina, se fue deslizando, arrastrándola por su vientre, siempre bajando, hasta poner la cabeza en su entrada. Colocó la cabeza entre sus labios y le dijo -¿Lista?- mientras movía el capullo desde su clítoris y pasaba por toda la vagina hasta abajo, casi hasta tocar su ano.
-Con cuidado le dijo ella. Despacito- y entonces lo sintió, sintió su cuerpo abrirse para recibirlo, sintió sus labios estirarse y todo su interior expandirse para acomodar su tamaño, jamás se había sentido tan llena. El entró en ella, centímetro a centímetro hasta que sintió que tocó el fondo. Entonces él empezó a salir, despacito, estirándola de nuevo y luego a entrar otra vez, esta vez tocó la pared, y empujó un poco más, avanzó unos centímetros más, sintió más placer, nunca se había sentido así, estaba tocando lugares que jamás habían sido tocados.
Repitió el movimiento, sacar, meter otra vez, y avanzar un poquito más. Cada vez que se movía, entrando, saliendo, la recorrían olas de placer en todo el cuerpo, como nunca había sentido. Sus pezones estaban duros, erectos, casi dolorosamente. Como si leyera su mente él empezó a besarlos, chuparlos, tomarlos ligeramente entre sus dientes, aumentando su placer más de lo que creía posible.
Sintió como entraba hasta donde no creía posible, para luego retirarse lentamente, dejándola sentir cada centímetro deslizarse en su interior, entrando, y saliendo, encontrándole ritmo, estirando, llenando todo, para luego retirarse. Sintió como ese ritmo iniciaba un calor que más que salir de su vulva era desde el centro de su ser, de en medio de sus piernas se irradiaba a sus nalgas, su espalda. Tenso sus piernas al sentir el placer obligarla a doblar los dedos de los pies, estirar las manos como queriendo agarrar esa ola de placer en aire, para acabar crispando las manos contra su espalda, arañando en su explosión.
Se vino en un orgasmo escandaloso, ella que nunca hacía ruido al hacer el amor ahora estaba gimiendo, gritando de placer, se sorprendió de escucharse a sí misma y después de que todo su cuerpo se hubo tensado, empezó relajarse y se abrazó a él con más fuerza de la que creía que tenía. Se acurrucó contra su cuerpo, sintiéndose pequeña, y a la vez poderosa, protegida como nunca antes. Y se quedó muy quieta, escuchando su respiración. Quería incrustarse en él, quería que este momento durara para siempre.
No sabía cuánto tiempo había pasado, podía haber sido solo un momento efímero, dolorosamente corto, como podían haber sido horas de placer, saciando sus cuerpos hasta que no quedaba más que desear, y a la vez alimentaba el deseo de vivirlo todo otra vez. Lentamente se empezó a levantar, sintiendo sus músculos cansados, como si hubiera trabajado intensamente por horas y no solo minutos.
Se estiró perezosa, como una gatita que va despertando, pensó que así se sentía, como una gatita que quería que la siguiera acariciando, su cuerpo quería más. Sabía que él la estaba viendo, completamente desnuda bajo la luz de la luna. Se sorprendió de que no le diera vergüenza. Quería que él la viera completa, que la admirara, que la siguiera deseando. Lo vio a el ahí, tirado en la arena aun, admiró su cuerpo, sus hombros y brazos poderosos, su pecho amplio y cubierto de bellos negros. Pensó que así se ve un hombre, no un chamaco, ni un viejo. Un hombre maduro, con todo el conocimiento de como hacer las cosas, y la fuerza para hacerlas.
Se vistieron lentamente, se abrazaron, entonces ella le preguntó de nuevo.
-¿Que fue eso?
-¿Qué fue? ¿Qué fue qué? -Preguntó él con una sonrisa
Ella dijo -Lo que haya sido, eso no fue normal.
Él sonrió y le dijo -¿Tu creés? ¿Qué tiene de anormal? ¿No es siempre así?
A pesar de que hizo esas preguntas él sabía perfectamente que no era normal. Se enterró por un momento en sus pensamientos, sus dudas. Y en un instante decidió hacerlo, ahí mismo le soltó su secreto, seguido de su propuesta.
-Es más normal de lo que te imaginas -dijo- Para nosotros, esto es lo normal.
Ella contestó.
-No.
-Si, para ti y para mí -dijo él- cada noche, de aquí a la eternidad.
-Como eres simple, esto no es algo que se pueda hacer todos los días, todas las noches, tanto placer, tanto disfrutar, no haría otra cosa más que pensar en eso, me perdería -dijo ella.
-No -rebatió él- no te perderías, nos encontraríamos el uno al otro, yo sería tu guia, yo te llevaría de la mano a donde nunca has imaginado.
Si no fuera por lo que acababa de vivir se hubiera reído de él. En otras circunstancias hubiera soltado la carcajada, le hubiera contestado alguna grosería, pero aún estaba sacudida por lo que había pasado, sentido, por lo que aun sentía en su cuerpo, en su piel, en su mente. En su corazón.
Le dijo lo que jamás se hubiera imaginado.
-Sería para siempre -dijo él- Todas las noches, y no solo eso, viajamos, experimentarás cosas que no tienes idea que existen, placeres que están reservados sólo para los que somos como yo. Sentimientos más intensos que los que vive cualquier ser humano.
Por un momento pensó que estaba bromeando, dando carrilla como solía hacerlo, solo plática para hacerla reír, pero seguía serio, y aparte de eso, sentía que lo que le estaba diciendo era cierto, lo sentía de una manera que la sacudía hasta lo más profundo de su ser.
Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
-No puede ser -dijo- Lo que estás describiendo no existe.
Pero él siguió hablando, le dijo cosas que si hubiera sido antes de lo que había pasado, ella lo hubiera creído un loco. Bueno, aun así seguía creyendo que estaba loco.
Y luego llegó la gota que derramó el vaso.
-Sería para siempre -insistió él- No habría muerte para nosotros, nada nos podría separar si nosotros queremos seguir juntos, serían siglos para ti, y para mí.- Y continuó- Te prometo, que no habría muerte para ti si te vienes conmigo. No habría vejez, no tendrías que ver tu cuerpo sufrir los estragos de los años, seguirás siempre así, como estas, hoy, como eres hoy. ¿Nunca has deseado eso? Vivir para siempre?
Silencio.
-Esto es serio, nunca he hablado más en serio que lo que te estoy diciendo ahora.
Entonces ella comprendió que él estaba hablando en serio, y cayó en cuenta de lo que eso implicaba. Se había vuelto loco, no había otra explicación, más loco que una cabra.
-¿Es en serio?
-Si.
-¿No estas bromeando?
-No.
¿Su respuesta? En su más clásico estilo le dijo:
-¡No seas mamón! -y se empezó a reír, -Ay no, solo a mí me pasan estas cosas, solo a mí me tocan estos pinchis loc…
No alcanzaron a salir todas las palabras de la boca, él se movió a una velocidad irreal, cubrió la distancia que los separaba y la levantó en sus brazos como si fuera una muñeca, sin peso real. Sintió movimiento, pero casi sin sentirlo, como cuando estás parado y lo que se mueve a tu alrededor es el mundo. Sintió que iban acelerando, cada vez más. Iban hacia arriba, el movimiento era vertical, algo imposible, aun así volteó para abajo, y lo que vio le rompió su realidad. La playa, las olas, la arena la bahía, el mar se alejaron vertiginosamente y se encontró contemplándolos desde cientos de metros de altura.
¿Estaban volando? Su cerebro no podía procesar lo que sus ojos estaban viendo, lo que sentía su piel al estar tan alto entre el viento y el frío. Vio que tan hermosa se veía la bahía desde arriba iluminada con la luz plateada de la Luna. Y se llenó de una emoción que nunca había sentido hasta ese momento. Estaba abrumada por todo lo que estaba pasando, sintió que le faltaba el aire, él se inclinó a besarla otra vez. Cuando sus labios se encontraron, cerró los ojos, y cuando los abrió de nuevo, estaban otra vez parados en la arena. Separados por esa distancia que parecía estar siempre presente entre los dos.
Entonces vino su propuesta:
-Vente conmigo -le dijo- Vente conmigo, toma esto que tengo y deja que sea mi regalo para ti. Te ofrezco vivir para siempre, siempre juntos, convierte esto que tengo, en una bendición.
Ella no contestó nada.
Su primera intención fue decirle que sí, recordó como se sentía cuando estaban juntos, como había sentido hace solo unos momentos, pensó en la posibilidad de sentir eso siempre. Cada vez que se dieran un beso, cada vez que se miraran a los ojos. Si esto era la promesa que él le hacía, su respuesta debería ser si. Pero en su silencio, cayó en cuenta que la invitación era solo para ella. Si aceptaba, implicaría dejar a su hijo, su familia y sus amistades. Verlos solo esporádicamente, y cuando los viera, irlos viendo envejecer, considerando lo que él había dicho de ser inmortales, hasta no verlos más. Quedarse solos ella y él, por siempre.
-No puedo -le dijo- y sus ojos se llenaron de lágrimas.- No puedo.
Entonces él la tomó de la mano una vez más, la acercó a su cuerpo y en un abrazo, la volvió a besar. Cerró los ojos abandonando sus sentidos a ese beso.
Cuando los abrió de regreso, estaban otra vez parados, separados y en la memoria de ella no quedaba ni un rastro de lo que acababa de vivir.
Él había usado su conocimiento, su poder para manipular la mente, y borró todo lo que acababa de suceder. No podía dejar que supiera su secreto, si no se iba a ir con él.
Y así, la noche terminaba para ambos ella en carro manejando de regreso a su casa, y él en el suyo. Ella sin idea de lo que había vivido solo hacía unas horas. Y él pensando que seguiría solo.
Y decidió esperar, “ya habrá un mejor momento” se dijo a sí mismo ahora lo que tengo más que nunca es tiempo.
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