El verano todavía pegaba fuerte en la ciudad, la fiesta popular había teñido cada esquina de papelitos y serpentinas. Yo había vuelto temprano del show donde toque como telonero, en las calles Rodrigo sonaba omnipresente donde quiera que se estuviera “A 2000”. Recién separado, treinta y un años, me había refugiado en la música y en la docencia como quien se refugia en un bunker.
No esperaba que aquella noche cambiara todo.
Estaba invitado a una juntada, al reencuentro previo al calendario académico que se hacía en casa de María.
Mi compañera de cátedra en Arte y Música Contemporánea, esa pelirroja de cuarenta años que despachaba teoría estética con la misma precisión con la que ocultaba su colección de Anaïs Nin en la biblioteca de su dormitorio. La conocía desde hacía tres años: estricta, esbelta, con perfumes franceses a flor de piel que impregnaba cada sala por la que pasaba. Nunca imaginé que bajo sus faldas de tubo y sus blusas de cuello alto se escondía alguien que fantaseaba con arneses de cinturonga y la piel de otras mujeres.
Su hija Helena estaba de visita. Veintiún años, estudiante de Letras, una rubia de piernas interminables que ocultaba tras lentes de carey demasiado grandes para su rostro lo que vóley le había esculpido en los muslos y las caderas. La había visto algunas veces en la facultad: siempre con un libro, siempre apartada, siempre aparentando inocencia. No sabía entonces que bajo esos vestidos amplios se ocultaba una criatura morbosa que gemía con la boca abierta cuando la sujetaban con pañuelos de seda.
La fiesta en lo de María era informal. Unos colegas, mesa regada con buenos vinos, discusión sobre instalaciones sonoras mientras Rodrigo seguía sonando de fondo en la zona del quincho, donde algunos bailaban. Helena se quedó en la sala, fingiendo interés en la charla de otro colega, pero sus ojos —esos ojos claros que los lentes no lograban ocultar del todo— me seguían cada vez que me movía.
María, por su parte, se había empinado el tercer vaso de Malbec antes que yo llegue. Rara vez la veía así: desinhibida, riendo demasiado alto, rozándome el hombro cada vez que pasaba. “Jorge, toca algo”, me pedía, cuando lo hice, ella cerraba los ojos con una expresión que no tenía nada que ver con la música.
En lo mejor de la joda se apagaron las luces.
La oscuridad fue total, absoluta, seguida de los murmullos de los invitados y el chirrido de las sillas contra el piso de madera. Alguien buscaba velas y casi todos, se despedían y se iban. María se había quedado en silencio, y yo sentí su mano en mi muslo antes de que mis ojos se adaptaran a la penumbra. “Quédate”, susurró, y su aliento olía a vino y a algo más antiguo, más salvaje.
Me levante para guardar la guitarra en el estuche, que había quedado lejos y me encontré en la oscuridad, con un cuerpazo.
Era Helena. En la confusión de las sombras, en el desorden, mis manos tropezaron con una cadera que no reconocí, una cintura demasiado joven, demasiado firme. “¿María?”, pregunté en voz baja. “No”, respondió una voz, y luego sentí sus labios en mi cuello, sus manos en mi cinturón, su urgencia silenciosa. Y nos fuimos donde ella me llevo.
No sé cuánto duró. El tiempo en la oscuridad es elástico, traicionero. Sé que la tomé contra la pared, que sus gemidos quedaron ahogados, que cuando mis dedos encontraron su humedad ella ya estaba lista, desesperada, que cuando la penetré por detrás —como ella quería— sentí que algo se rompía en ella, alguna resistencia, alguna máscara. Los pañuelos de seda que llevaba en el bolsillo sirvieron para atarle las muñecas suavemente detrás de la espalda. Se vino con la boca abierta contra la pared, aplastando su grito, y nos fuimos en penumbra y en silencio, encontré el estuche y guarde mi guitarra.
Cuando volvió la luz, Helena buscaba algo en el sofá, los lentes de carey perfectamente acomodados, un libro en las manos que no había estado leyendo. María, desde la cocina, nos observaba con una sonrisa que no logré descifrar. ¿Había visto? ¿Había escuchado? Los invitados se fueron todos, y yo me quedé, paralizado por la culpa y la excitación que aún me recorría las venas.
Fue María quien rompió el silencio.
“Mi hija se fue a dormir”, dijo, sirviéndose otro vaso de vino. “Parece… contenta”. Su tono no era acusatorio. Era algo más peligroso: era cómplice.
“María, yo… no sabía que era ella. La oscuridad…”
“Lo sé”. Se sentó a mi lado, demasiado cerca. Su olor me envolvió. “Helena habla mucho de vos, tu inteligencia, tu forma de tocar. Tu…” hizo una pausa, sus ojos fijos en los míos, “… tu paciencia”.
No supe qué responder. María se inclinó, y su mano encontró la mía, todavía húmeda del sexo con su hija. No apartó los dedos. Al contrario: los entrelazó con los suyos.
“¿Sabes qué leo cuando nadie me ve?”, preguntó, y no esperó respuesta. “Leo sobre mujeres que comparten. Sobre madres e hijas que encuentran placer en los mismos cuerpos. Sobre el arnés y la entrega”. Su voz se había vuelto ronca, gutural. “Tres años llevo fantaseando con esto, Jorge. Tres años desde que te conocí. Y esta noche, cuando escuché sus gemidos ahogados… no sentí celos. Sentí… hambre”.
Lo que siguió no fue delicado. No fue romántico. Fue salvaje, desesperado, el desenlace de una tensión que habíamos acumulado durante semestres enteros de clases compartidas y miradas furtivas. María me empujó contra el respaldo del sofá, se montó encima de mí con agilidad y cuando se desvistió —cuando vi sus pechos pequeños y firmes, su vientre plano, el vello rojizo entre sus piernas— supe que había estado deseando esto tanto como yo, aunque por razones diferentes.
Me tomó dentro de ella con un gemido que sonó a victoria. Se movió con una cadencia perfecta, calculada, como si dirigiera una orquesta. Y cuando estaba a punto de venirse, cuando sus uñas se clavaban en mis hombros, susurró: “Ella lo sabe. Lo planeó. Los pañuelos… yo se los di y el apagón, nos bendijo”.
La revelación me hizo estallar dentro de ella, un orgasmo tan intenso que vi estrellas. María se terminó segundos después, mordiéndose el labio hasta hacerlo sangrar, y se desplomó sobre mí, jadeante, satisfecha.
“Helena quiere aprender”, murmuró contra mi pecho. “Y yo… quiero enseñarle. Con el cinturonga. Con nosotros. Los tres”.
Esa noche, cuando Helena bajó a la cocina en busca de agua —con sus lentes de carey y su camisón inocente— no hubo vergüenza. Solo una mirada cómplice, un asentimiento, una invitación tácita.
El trío duró tres años. Tres años de encuentros en departamentos vacíos, de tardes en que María tomaba con su arnés a su hija y yo enloquecía y observaba, aprendía, participaba. Tres años de sujeciones con pañuelos de seda, de sexo anal que Helena pedía con una educación que contrastaba con la crudeza de su deseo, de noches en las que madre e hija compartían no solo mi cuerpo sino sus propios secretos, sus propias caricias, sus propias confesiones.
Nunca supe quién de las dos fue la verdadera arquitecta de aquella primera noche. Quizás ambas. Quizás la oscuridad fue solo una excusa, una cortina de humo para que lo inconfesable pudiera ocurrir sin culpas. Lo cierto es que cuando Rodrigo sonaba de fondo y el vino corría, las dos mujeres sabían exactamente lo que hacían. Y callaron. Y disfrutaron. Y me arrastraron con ellas a un laberinto de carne y literatura erótica del que nunca quise salir.
El principio y el clímax de esta relación fue cuando llego una tercera musa, seis meses después, cuando el calendario ya marcaba agosto y nuestra trinidad había desarrollado rituales propios: los jueves en el departamento de María, los fines de semana en la casa de campo que Helena heredó de su padre, los pañuelos de seda que ahora ocupaban un cajón entero junto al arnés negro que María había bautizado como “el profesor”.
Helena la trajo una tarde de lluvia, bajo el pretexto de estudiar para un parcial de Literatura Comparada. Lucía, 22 años, morena de piel aceitunada y cabello negro que llevaba recogido en un moño severo. Estudiante de Bellas Artes, compañera de taller de Nadia en grabado. La presentó como “mi amiga de las tatoos”, y cuando Lucía extendió la mano para saludarme, noté que sus dedos estaban manchados de un azul índigo que no se lavaba, y que sus ojos —cafés, enormes, con pestañas que nunca habían visto rímel— me recorrieron de arriba abajo con una evaluación que no tenía nada de ingenua.
“Lucía lee lo mismo que yo”, dijo Helena aquella tarde, sirviendo té mientras María observaba desde su sillón con esa sonrisa de gata que ya conocía. “Pero ella es más… visual”.
La morena no se inmutó. Sentada en el borde del sofá con sus faldas largas de lino beige y sus blusas de cuello cerrado, Lucía parecía haber salido de un cuadro de Vermeer: recatada, iluminada por una luz que no existía, inalcanzable. Hasta que habló.
“Helena me contó sobre los pañuelos”, dijo, y su voz era más grave de lo esperado, con un dejo de algún pueblo del interior que arrastraba las erres. “Yo prefiero las cintas de tela. Más anchas. Que dejen marcas”.
María dejó su libro. El silencio se hizo denso, eléctrico.
“¿Y qué más te contó Nadia?”, preguntó María, cruzando las piernas con esa elegancia que siempre precedía a la tormenta.
Lucía nos miró a los tres. A mí, con una curiosidad intelectual que me recordó a Helena la primera noche. A María, con un desafío que solo las mujeres que han dominado a otras pueden reconocer. Y a Helena, con una complicidad que trascendía la amistad.
“Me contó que ustedes saben callar para pasarlo bien”, dijo Lucía, y se llevó la taza a los labios sin que le temblara la mano. “Yo también sé callar”.
Helena se sentó junto a ella, y vi cómo sus manos se buscaban bajo la mesa, cómo sus dedos se entrelazaban con una familiaridad que sugería que esta “amistad” había sido ensayada en otros escenarios, con otros cuerpos. Lucía era, descubrí después, la dueña de un apetito que complementaba el de Nadia: mientras la rubia gemía con la sujeción suave, la morena exigía la firmeza, la marca, el límite exacto entre el dolor y el placer. Practicante de yoga que podía doblarse en ángulos imposibles, que tenía un tatuaje de serpiente en la base de la espalda que solo se veía cuando la tomabas por detrás, que gemía en latín —deus meus— cuando el orgasmo la sorprendía.
La primera vez fue en esa misma tarde de lluvia. María, como directora de orquesta que era, propuso la escena: Helena atada con sus propios pañuelos, Lucía con las cintas de tela que sacó de su mochila —cintas de seda azul índigo, del mismo tono de sus manos—, las dos en el suelo de la biblioteca, sobre alfombras persas que María nunca había permitido que nadie pisara con zapatos.
“Enséñale, Helena”, ordenó María, y ya llevaba puesto el arnés, el cinturonga negro que brillaba con la luz tormentosa. “Enséñale cómo te gusta”.
Lo que siguió fue un ballet de cuatro cuerpos que duró horas. Helena, sumisa pero guiando, mostrándole a Lucía cómo se abría para mí, cómo pedía el sexo anal con una palabra —”ahora”— que significaba todo un universo. Lucía, aprendiendo rápido, descubriendo que ella prefería la doble penetración, que cuando María la tomaba con el arnés mientras yo estaba en su boca, sus ojos se ponían en blanco de placer, que las marcas de las cintas en sus muñecas la excitaban tanto como el propio acto, tanto como cuando el macho alfa le perforaba el culo a la dueña del cinturonga.
María, por su parte, encontró en Lucía algo que ni Helena ni yo podíamos darle: una rival. Una mujer joven que no se sometía completamente, que devolvía cada caricia con otra más fuerte, que unió sus labios a los de mi compañera de cátedra en un beso que duró minutos mientras Helena y yo observábamos, excitados, fascinados.
Las dos historias en paralelo se convirtieron en cuatro, en ocho, en una red de silencios cómplices que se extendió. Lucía compartía con Helena no solo los libros eróticos —desde Anaïs Nin hasta Bataille— sino también los secretos de cómo mantener dos vidas: la de la estudiante aplicada que asistía a mis clases de Teoría Musical con cuadernos impecables, y la de la amante que los fines de semana se desataba en gemidos que podían oírse desde la calle.
Durante tres años, los cuatro —porque María y Lucía desarrollaron su propia intimidad, su propio idioma de miradas y encuentros furtivos cuando Helena y yo no estábamos— mantuvimos el equilibrio precario de este cuarteto. Lucía trajo nuevas prácticas: el sexo en lugares públicos, la provocación en silencio durante las reuniones de facultad, las marcas de mordidas en zonas que solo las ropas de verano revelaban.
“Ella es como yo”, me dijo Helena una noche, cuando Lucía dormía entre nosotros, exhausta, con las cintas aún atadas a una de sus muñecas. “Pero más valiente. Yo necesito a mi mamá para atreverme. Ella… ella se atreve sola”.
Y así fue como Lucía se convirtió en el catalizador, en la que empujó los límites más allá de donde María y Helena se habían detenido. Fue ella quien propuso el intercambio de roles —María sometida por todos cada tres encuentros, atada por las cintas que ella misma había traído—, Helena empoderada, usando el arnés en doble penetración con su madre, ella quien organizó el encuentro final, el de despedida, cuando los tres años tocaron a su fin y cada uno debió seguir caminos separados.
Pero esa es otra historia. Y como todas las demás, comenzó con un silencio cómplice, con una mirada que decía “sé que sabes”, y con la certeza de que entre mujeres que saben callar para pasarlo bien, los hombres solo somos instrumentos, medios para un fin más antiguo y más puro que el placer mismo: la comprensión absoluta de que el deseo, cuando se comparte sin vergüenza, no conoce de límites ni de números.
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