Finales de agosto.
Sofía, que pasaba de los cuarenta y muchos, se tumbó de lado en la cama. El camisón fino y corto dejaba mucha piel al aire, piel que, de alguna manera, se las arreglaba para recibir la caricia de un ventilador que ronroneaba al lado de la pared. Era ruidoso, pero era el ruido o el calor pegajoso.
A su lado, tumbado boca abajo en calzoncillos, Paco, su marido. Un hombre que rondaba los cincuenta, pelo y barba que empezaban a tornarse grises, vientre contenido.
Sofía reptó arrastrando su cuerpo sobre el colchón, acercándose al otro cuerpo. Noto que los calzoncillos de su esposo no cubrían el culo por completo, el nacimiento de la raja, rodeada de vello, asomaba sin pudor. Sofia había visto el trasero de Paco muchas veces, pero no se cansaba de mirarlo. A veces era un trasero guarro, del que escapaba aire, pero habitualmente era un lugar aseado que olía a gel y jabón. Juguetona, deslizó su mano bajo la prenda interior acariciando las nalgas para a continuación, distraída, tirar uno a uno de los muchos pelos que nacían, brotando como césped, aquí y allá.
—Auf ¿qué haces? —se quejó Paco.
—Me aburro
El marido no dijo nada y Sofía, enfadada, tiró de los calzoncillos desnudando el culo y le propinó un azote. Luego, ignorando las protestas se levantó de la cama y cogió las cartas que descansaban en orden sobre la mesilla.
Un sobre dorado le llamó la atención.
—Es de los nuevos vecinos —dijo en voz baja como hablando para si misma.
Mientras leía la carta, su rostro mudó entre la indiferencia y la sorpresa, para acabar en una actitud pensativa que se prolongó durante bastantes minutos.
Manuel abrió el buzón y se hizo con la única carta que había.
Ni siquiera la miró.
Al llegar al piso, se quitó las zapatillas de correr y tras coger una Coca-Cola se fue a su habitación y abrió el libro de física. Tenía que estudiar. Sus padres y su hermana pequeña se habían ido de vacaciones a la playa dejándole solo en casa. La vida del universitario de primer año era dura. Si al menos tuviera chica, pero no, nada de chicas en su vida.
Cerró el libro.
Cogió la Tablet y se metió en la web de incógnito.
El video iba pronto al grano y la asiática, tras sonreír, se quedó en bolas. Un tipo afortunado comenzó a chuparle los pezones.
“Tas too buena.” balbuceó Manuel bajándose los pantalones apresuradamente.
El meneo del miembro no duró ni un minuto. Eyaculó.
“Esta tarde me llaman mis padres mejor leo la carta” se acordó de repente.
Era una invitación “para adultos de la familia” es decir, dadas las circunstancias y la fecha, solo para él.
Margarita y Lucía cenaban hablando sobre una carta que acababan de recibir.
—¿Qué opinas? —dijo Lucía, la más joven, tras beber un sorbo de vino tinto.
—No sé. Se pasan un poco no… ¿tú crees que irá alguien?
—Solo dudo de Susana.
—Esa chica es un poco rarita, pero creo que esto encaja con ella. —reflexionó Margarita.
—¿Te la imaginas?
—Lee mucho… quién sabe lo que se esconde en esa cabecita.
—¿Te gusta? —preguntó Lucía con un tono de envidia.
—Un poco —dijo la mayor aposta para picar a su compañera.
Lucía hizo una mueca y Margarita, que no quería enemistarse con ella se acercó y la besó en la boca.
Una boca que sabía a vino y a promesas.
La aludida, Susana, estaba leyendo un libro en ese momento, era su manera de vivir todo tipo de experiencias sin necesidad de relacionarse con otros. Especialmente con chicos. Una vez, una amiga le había dicho que todos esos prejuicios estaban solo en su cabeza, que seguro que varios chicos se habían fijado en ella.
Su amiga era una buena persona. Una pena que se hubiera mudado de ciudad.
A lo largo de la Historia el canon de belleza femenino había cambiado bastante. De pequeña, el cuadro que más le llamó la atención fue el de las “Tres Gracias”. Esos cuerpos (¿diosas mitológicas?) de carne generosa, ese culo contundente, esos muslos dónde la celulitis abundaba. El caso es que aquellas mujeres reían, eran jóvenes, estaban sanas y, según le contaron, era el tipo de tías que gustaban en la época.
Ella se parecía un poco, trasero más que generoso, algo caído. Lo único que no pegaba eran sus gafas anacrónicamente modernas y sus tetas más bien pequeñas.
Su amiga tenía razón en una cosa, siempre habría algún chico que se fijase en ella, había en el mundo tanto pervertido suelto.
En los libros había príncipes y cada vez que leía, ella podía disfrazarse de princesa, caminar entre las diosas, o ser la elegida y dominada por uno de esos fetichistas que, en las novelas románticas, eran imposiblemente guapos.
Luego estaba la carta, la invitación. Le gustaba la parte artística, lo del reto…
Se puso colorada de vergüenza con solo pensarlo.
“Margarita… no mejor una margarita, de esas que se deshojan y ayudan a dejar en manos del destino las decisiones.”
Felipe vivía solo, Sandra, su chica, tenía piso propio y venía de visita tres o cuatro días por semana. La verdad es que no estaba claro que fuese “su chica”, nunca habían oficializado su situación. Ni siquiera habían firmado, al menos verbalmente, un contrato de exclusividad.
Felipe sospechaba que Sandra solo buscaba una cosa, incluso se lo había dicho directamente.
—Sandra, tú, tú lo único que quieres es follar.
Ella no lo había negado. No era de esas que dicen “te quiero”, no buscaba engañar.
El caso es que la situación de conveniencia les venía bien a ambos.
—¿Y esto? —dijo la mujer notando un sobre de color dorado sobre la mesa.
—Es una invitación para una orgía. —respondió Felipe.
—Anda ya. —dijo Sandra con incredulidad. Aun así sacó la carta del envoltorio y empezó a leer en silencio.
—Ves como no te miento. —dijo el hombre cuando su pareja terminó de leer.
Sandra miró a Felipe. De repente le apetecía que se la metieran.
—Tengo diez minutos. Me haces un “Rapidito” —añadió bajándose las bragas y dándose la vuelta.
El culo tierno, hermoso, tentador, al aire.
Felipe no se lo pensó, sacó el trabuco, se situó en posición y empujó.
Sandra gimió.
—Oye —dijo la chica recuperando el aliento. —yo voy, incluye a parejas.
Felipe no respondió y se limitó a metérsela de nuevo hasta el fondo.
Rodolfo era un tipo de pelo largo y rizado, rostro bronceado y espalda ancha. Treinta años, amante de la música y el arte. Su compañera, un año mayor, tenía el pelo corto color castaño, ojos inquisitivos, constitución fibrosa y delgada, pechos pequeños y culito respingón.
La idea de la fiesta de bienvenida, llevaban apenas tres semanas en el bloque de vecinos, surgió de una conversación informal, de esas que sirven para hacer más llevadero el tiempo perezoso de una tarde calurosa.
—Faltan la mitad de los vecinos. —señaló Ana, que así se llamaba la nueva.
—Sí, cabemos de sobra. —observó Rodolfo.
—Y no hay niños. Una velada para adultos. —dijo la mujer rascándose distraídamente el brazo.
El silencio se extendió durante un tiempo.
Rodolfo sonrió unos segundos antes de romperlo y revelar lo que había pensado.
—Podemos colgar unos cuadros, láminas, puzzles por el salón.
—¿Qué tipo de cuadros?
—Desnudos, por supuesto. Clásicos, por ejemplo “La Venus del Espejo” del gran Velázquez.
—Sí, tienes un puzzle de ese además.
—Adan y Eva de Botero, alguno de Toulouse Lautrec.
—Hombre en el baño también…
—Sí y algunos cuadros japoneses de arte Shunga y claro… uno de Gustave Courbet
—No te referirás al cuadro que parece una foto y muestra el coño de una tía. —apuntó Ana
—Sí a ese… y luego música clásica y a medida que avanza la noche y los efluvios del alcohol hacen su efecto… ritmos eróticos mezclados con canciones como “Despacito”
—En fin… —comentó la mujer haciendo con los ojos un gesto de resignación.
—¿Vendrán? —preguntó finalmente.
El sábado por la tarde, a la hora acordada, los primeros invitados llamaron a la puerta.
—Bienvenidos —Les recibió la anfitriona con un vestido rojo semitransparente.
Los ojos de Paco se fueron directos a los pechos de Ana que sonrió satisfecha de que la propuesta tuviera éxito.
—Pasad, pasad.
Ana se dio la vuelta abriendo el camino y Sofía se fijo brevemente en el trasero que les precedía, notando que no llevaba bragas. Luego, tanto su marido como ella, miraron alrededor, había cuadros por todas partes.
—A mi chico le gusta el arte.
—Y los desnudos—añadió la invitada con familiaridad.
En ese momento, saliendo de la habitación, apareció Rodolfo. Camisa de manga corta y pantalones de cuero que se pegaban a su cuerpo moldeando cada curva de la anatomía.
“A su lado con traje de vestir parezco aburrido” pensó Paco tras darle la mano.
—¿Conoces el cuadro? —preguntó Rodolfo en el momento en que Sofía se fijaba en una mujer desnuda.
—No soy experta… el autor puede ser este francés del can-can y el Moulin Rouge y… ¿cómo se llamaba?
—Toulouse Lautrec. Sí, tiene pinturas bastante íntimas. —completó Rodolfo.
Entre los dos había química y Paco sintió un pequeño ataque de celos.
Los siguientes en llegar fueron el estudiante y Susana que, para sorpresa de todos, se había atrevido con un sugerente traje de pantalón vaporoso que, aunque no se pegaba a la piel, si dejaba bastante definido su generoso trasero.
Sandra y Felipe llegaron después y con una copa en la mano, pasearon la vista por la exhibición.
—La Venus del espejo nos observa, sabe que le estamos mirando el culo. —comentó Felipe.
—Es irresistible, ¿verdad? —dijo Ana
—Pues yo siempre me he preguntado como serían sus pechos —dijo Paco.
—Me han dicho que pintas. ¿Cuál es tu especialidad? —preguntó Sandra dirigiéndose a Ana.
—Vosotros sois mi especialidad.
—¿Perdón? —preguntó Susana pestañeando tras sus gafas.
—No seas tan curiosa. Ya lo sabréis más adelante —comentó el anfitrión.
La joven con el trasero caído se ruborizó levemente.
—Llaman al timbre, deben ser las chicas.
Margarita que traía falda y Lucía vestida con pantalones cortos saludaron a los presentes repartiendo besos en las mejillas.
—Vaya, vaya, estamos todos. Bienvenidos. —dijo la anfitriona de pelo corto.
—Os cuento, podéis coger bebidas de la nevera, ver los cuadros y disfrutar de la música. Más tarde tenemos preparado un juego y luego…
—Oye, y eso que poníais de la orgía. —preguntó Lucía
—Sí, estamos preparados. Más tarde pondremos unas colchonetas y en este cajón tenemos condones. —dijo Rodolfo abriendo el cajón y sacando una caja de preservativos.
—También tenemos algunos juguetes y un pequeño látigo por si alguien se anima a recibir unos azotes.
La tarde avanzaba y la temperatura subía en la habitación. El aire acondicionado fue sustituido por la brisa que a esa hora ya entraba por las ventanas abiertas, brisa de tormenta.
—Si alguien tiene calor puede quitarse la ropa. Se admiten invitados en bolas. —dijo Paco bajo los efectos del alcohol.
Susana y Manuel, el estudiante, tras picar unos trozos de tortilla, se fueron al rincón donde estaba el libro de ilustraciones con pinturas “shunga”.
—Dicen que representan la vida sexual del periodo Edo. —se atrevió a decir el estudiante.
Susana, algo tímida, asintió y comentó.
—He leído que “shun-ga” viene de los kanji japoneses “shun” primavera y “ga” pintura. La verdad es que las mujeres y los hombres exponen sus genitales como flores abriéndose por primavera.
—¿Tú crees que lo hacían mucho? —dijo él.
—No sé. Yo creo que los tíos la tenían pequeña… seguro que tu la tienes más grande—comentó Susana un poco achispada por las copas de vino que había consumido.
—Te la enseño cuando quieras con una condición.
—¿Qué condición pervertido?
—Vaya, vaya, así que soy un pervertido.
—Un poco… bueno… pero dime ¿qué condición?
—Que me dejes tocarte el culo.
—Definitivamente eres un pervertido
Ambos rieron.
Mientras, Lucía y Margarita observaban el cuadro del coño.
—Es muy realista con esa mata de vello púbico. —comentó Lucía.
—Me lo comería ahora mismito. —dijo Margarita ladeando la cabeza para verlo desde otro punto de vista.
Lucía deslizó una mano bajo la falda de su compañera y le dio un pellizco en la nalga.
—¿Qué haces? nos van a ver —susurró Margarita retirando su trasero.
—Y no te pone cachonda que nos miren…
Ana miró el panorama y haciendo tintinear su copa con una cucharilla alzó la voz para pedir atención.
—Mal muy mal. Estamos aquí para conocernos y salvo Susana y Manuel, todos estáis con vuestras parejas. Por fortuna tenemos un juego picante para romper el hielo. Y no, no vale eso de “no juego”.
A regañadientes de cara al público, pero con esa extraña mezcla de excitación y temor que conlleva la curiosidad, todos los presentes se dispusieron a jugar. Pronto llegaron las primeras pruebas y retos. “Tira el dado, cuenta y da un beso en la boca a quien te toque”, “dos azotes en el trasero para el que menos capitales conozca”.
En la quinta tirada le tocó a Sofía.
—No es justo. —protestó con la cara encarnada.
—Leo otra vez, “a la de tres enseñas el culo otra vez”
—Está bien, pero cinco segundos.
Sofía se puso en pie, dio la espalda a sus vecinos, tragó saliva y desnudó el culo.
Sonidos de admiración, algún piropo y mucha vergüenza.
Tras solamente cuatro segundos se cubrió rápidamente.
—No ha sido para tanto. —dijo Paco acariciando a su mujer que aun notaba el calor en las mejillas.
—Bueno, que sepáis que hoy todos vamos a desnudaros. —dijo Ana.
Los presentes cuchichearon, algunos protestaron.
La pareja de la anfitriona tomo la palabra.
—Estamos rodeados de arte, desnudos de hombres y mujeres que han pasado a la historia. En el fondo los admiramos, los disfrutamos, queremos saber que hacen en sus momentos privados, deseamos conocerlos en más detalle. Imagino a Velázquez, en Italia, cuando pintó a la muchacha de espaldas… hoy no está aquí el maestro, pero tenemos a mi mujer y propongo que os pinte…desnudos. No tenemos tiempo ni ganas de posar en cueros durante horas, pero si de hacernos una foto, foto que Ana usará de modelo.
La decisión no fue fácil, igual que no lo fue convencer a todos. Pero finalmente, minutos después, la cámara con el temporizador apuntó al grupo. Todos los vecinos, de espaldas, cogidos unos a otros por la cintura. Los culos al aire, unos firmes, otros ligeramente ladeados dependiendo de la pierna que los soportaba, abundantes o pequeños, peludos, firmes, lampiños, saltones, planos, redondos, caídos, apretados, abiertos, cerrados, con granos, lunares, marcas, arrugas, con hendiduras finas e infinitas o rajas cortas y anchas. Cinco fotos capturando el instante.
Luego de la foto, nadie tuvo prisa en cubrirse, la música se hizo más sensual, las letras más provocativas.
Paco, Felipe, Manuel y el anfitrión paseaban con sus penes colgando ante las miradas de todos. Susana, por primera vez en su vida, exhibiendo la contundencia de sus carnes que, por supuesto, Manuel tocó.
En un momento, ambos fueron al baño.
Manuel cogió un preservativo de camino.
Allí, con el dedo índice, exploró los recovecos de la vagina de Susana haciéndola gemir y proferir insultos mientras la corriente de placer recorría su cuerpo. Luego pasaron a la penetración, por detrás, como no podía ser de otra manera, dando protagonismo al culazo de la mujer que, con un deseo que no creía tener, disfrutaba de la verga palpitante de aquel joven imberbe.
Mientras tanto, en el salón, los anfitriones, Paco y Sofía habían formado un cuarteto de caricias, los cuerpos enrollados sobre la colchoneta, la lengua de Paco en el clítoris de Ana y la lengua de Sofía buscando el ano de Rodolfo.
Felipe, Sandra, Lucía y Margarita miraban sin decidirse.
—Tú, ven conmigo. —dijo de repente Lucía cogiendo a Felipe de la mano —te voy a dar unos azotes con la mano por travieso.
Sandra desde la distancia, observó a su chico con derecho a roce tumbado sobre el regazo de aquella joven, recibiendo nalgadas.
—Solo quedamos tú y yo. ¿Lo has hecho alguna vez con una mujer? —preguntó Margarita
—No, pero habrá que probar digo yo.
Margarita sujetó la cara de Sandra en sus manos y la besó en los labios.
—He bebido cerveza. —dijo Sandra cuando se separaron
—Y yo vino… ¿vamos a ver a que sabe la mezcla? —ronroneó Margarita con deseo mientras sobaba las nalgas de su amante.
Se fundieron en un beso ansioso, las lenguas buscándose y el sabor adictivo de la saliva mezclada.
Sobre la colchoneta Sofía se corrió mientras Rodolfo le chupaba los pezones.
Desde el cuarto de baño, llegaba el inconfundible sonido de los huevos chocando contra las temblonas nalgas.
Y Felipe de pie, con el culo contraído, hacía lo imposible para no explotar y descargar el semen acumulado mientras Lucía le chupaba el rabo.
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