Fuera de rutina (1): El hombre de la camiseta gris

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A los cuarenta y seis años, Aitana había llegado a una conclusión bastante poco romántica: la mayoría de las cosas importantes de su vida sucedían por costumbre.

Se levantaba a las siete, preparaba café, discutía con su marido por alguna tontería doméstica, trabajaba ocho horas y, tres tardes por semana, acudía al gimnasio. No era infeliz. Al menos, eso se decía cuando alguna amiga le preguntaba cómo iban las cosas con Iker.

—Bien, como siempre.

Y era verdad. Precisamente ese era el problema.

Llevaba veintiún años casada. Tenía una hija de diecinueve que estudiaba fuera y un marido que la quería, aunque últimamente parecía quererla de la misma manera que quería su sillón favorito: estaba allí, era cómodo y no necesitaba prestarle demasiada atención.

El gimnasio había comenzado siendo una recomendación médica y terminado convirtiéndose en su pequeño territorio privado. Una hora sin marido, sin obligaciones y sin nadie preguntándole qué había para cenar.

Y entonces empezó a fijarse en él.

No recordaba cuándo lo había visto por primera vez. Seguramente llevaban meses coincidiendo. Era un hombre de unos cincuenta y tantos, alto, de hombros anchos, con algunas canas y una expresión que oscilaba entre la concentración y el aburrimiento.

No era especialmente guapo. Tenía la nariz un poco torcida y unas arrugas bastante marcadas alrededor de los ojos. Pero había algo en su manera de moverse, en esa tranquilidad de quien ya no necesita demostrar nada, que terminó llamándole la atención.

Solía llevar una camiseta gris.

Aitana lo bautizó mentalmente como “el de la camiseta gris”, aunque algunas tardes apareciera vestido de negro.

El primer intercambio de palabras fue absolutamente decepcionante.

—¿Te queda mucho?

Ella estaba utilizando una máquina de piernas.

—Una serie.

—Vale, espero.

Eso fue todo.

Ni una sonrisa especial, ni una mirada prolongada, ni música de fondo. Un hombre esperando para utilizar una máquina.

Sin embargo, dos días después, Aitana volvió a verlo y se sorprendió buscándolo con los ojos.

«Qué gilipollez», pensó.

Se llamaba Máximo.

Lo descubrió un jueves, cuando el monitor del gimnasio lo saludó desde la otra punta de la sala.

—¡Máximo! ¿Qué pasa, máquina?

—Aquí, intentando no venirme abajo.

Aitana sonrió mientras ajustaba el peso de una polea.

Le gustó su voz. Grave, algo ronca, sin resultar impostada.

Aquella tarde coincidieron frente al dispensador de agua.

—Hoy está esto imposible —comentó él.

—Los jueves parece que regalan algo.

Máximo soltó una carcajada.

—Pues a mí todavía no me han dado una mierda.

Ella se rio. Fue una tontería, pero hacía tiempo que no se reía espontáneamente con un desconocido.

—Habrá que reclamar.

—Desde luego.

Y cada uno siguió con lo suyo.

Aitana se marchó veinte minutos después. Mientras conducía hacia casa, se descubrió recordando aquella conversación absurda.

No sabía absolutamente nada de él.

Ni siquiera si estaba casado.

Durante las semanas siguientes, los saludos se hicieron habituales.

Primero un gesto con la cabeza. Después un «hola» acompañado de una sonrisa. Más tarde, algún comentario sobre el calor, la música insoportable o la cantidad de gente que ocupaba las máquinas mirando el móvil.

Aitana empezó a notar algo que le produjo una mezcla de diversión y vergüenza: los días que coincidía con Máximo entrenaba con mejor humor.

Y los que no aparecía, lo echaba de menos.

Aquello le parecía ridículo.

Una mujer hecha y derecha, con una vida organizada y un matrimonio de más de veinte años, pendiente de si un desconocido aparecía por el gimnasio.

Una tarde, mientras se recogía el pelo frente al espejo, lo vio entrar.

Llevaba pantalón corto negro y una camiseta azul oscuro. Saludó al recepcionista, dejó la mochila y se dirigió hacia las bicicletas.

Aitana se sorprendió enderezando la espalda.

«No jodas, Aitana».

Se miró de nuevo.

No estaba mal para su edad. Tenía algunas arrugas, un poco de barriga que se resistía a desaparecer y unas piernas que siempre le habían gustado. Su cuerpo había cambiado, naturalmente, pero seguía siendo suyo. Y últimamente comenzaba a mirarlo con menos severidad.

Lo que no esperaba era descubrir que le importaba cómo pudiera mirarlo otra persona.

El primer encuentro verdaderamente personal ocurrió un martes de lluvia.

El gimnasio estaba casi vacío. Aitana había terminado su entrenamiento y buscaba las llaves del coche cuando escuchó una voz detrás.

—¿Tú también has venido nadando?

Se volvió.

Máximo señalaba la puerta de cristal, tras la cual caía un auténtico diluvio.

—Casi. Y ahora tengo que cruzar todo el aparcamiento.

—Pues espera un poco. Esto no puede durar mucho.

Aitana miró el reloj.

—No tengo ninguna prisa.

Era mentira.

Había prometido llegar temprano para preparar la cena.

Pero, por alguna razón, aquella tarde decidió que Iker podía esperar quince minutos.

Máximo se apoyó en la pared, a una distancia prudente.

—Por cierto, soy Máximo.

—Aitana.

—Ya era hora de presentarnos, ¿no?

—Un poco. Llevamos meses compartiendo máquinas.

—Y sufrimientos.

—Sobre todo sufrimientos.

Sonrieron.

Después llegó ese silencio extraño que aparece cuando dos personas todavía no se conocen lo suficiente para conversar con naturalidad, pero tampoco tienen demasiadas ganas de marcharse.

—¿Vienes siempre a esta hora? —preguntó él.

—Casi siempre. Es cuando puedo escaparme de casa.

—¿Hijos?

—Una hija. Diecinueve años. Está estudiando fuera.

—Yo tengo dos. Veinticuatro y veintiuno.

—Entonces ya has pasado lo peor.

—Eso creía. Ahora los problemas son más caros.

Aitana volvió a reír.

—¿Y tu mujer también viene al gimnasio?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Máximo negó con la cabeza.

—Estoy divorciado. Hace cuatro años.

—Ah.

—¿Y tú?

Aitana notó una incomodidad absurda.

—Casada.

—Entiendo.

Él no añadió nada.

Y ella agradeció que no lo hiciera.

La lluvia aflojó unos minutos después.

—Bueno, parece que nos dejan salir —dijo Máximo.

—Eso parece.

Caminaron juntos hasta la puerta.

Antes de separarse, él comentó:

—Me ha gustado hablar contigo, Aitana.

No lo dijo de una manera especialmente insinuante. Ni siquiera bajó la voz. Simplemente la miró a los ojos.

—A mí también.

—Nos vemos el jueves.

—Seguramente.

Aitana salió al aparcamiento con una sonrisa que desapareció en cuanto se sentó al volante.

Se quedó unos segundos mirando el salpicadero.

¿Qué coño le estaba pasando?

No había ocurrido nada. Una conversación de diez minutos. Un hombre divorciado. Un intercambio de información absolutamente normal.

Y, sin embargo, hacía mucho tiempo que nadie le decía que le había gustado hablar con ella.

Muchísimo.

Aquella noche, Iker estaba viendo la televisión cuando Aitana llegó a casa.

—Pensaba que venías antes.

—Se ha puesto a llover muchísimo.

—Ah.

No preguntó nada más.

Durante la cena hablaron de la factura de la luz, de su hija y de un compañero de trabajo que estaba a punto de jubilarse.

Después, Iker se quedó dormido en el sofá.

Aitana recogió la cocina y se fue al dormitorio.

Se quitó la ropa frente al espejo y se observó durante unos segundos.

No buscaba defectos aquella vez.

Se preguntaba qué vería Máximo si la mirara.

La idea le provocó un pequeño sobresalto.

Se puso el camisón rápidamente, como si alguien hubiera podido descubrir sus pensamientos.

El jueves siguiente, Máximo no apareció.

Aitana hizo sus ejercicios, se duchó y regresó a casa.

El lunes tampoco.

El martes, cuando ya había decidido que estaba comportándose como una adolescente estúpida, lo encontró junto a las mancuernas.

—Hombre, el desaparecido —dijo, antes de pensar si debía decirlo.

Máximo levantó la cabeza.

—¿Me has echado de menos?

La pregunta la pilló desprevenida.

Podría haber respondido cualquier cosa. Una broma. Una evasiva. Algo inocente.

Pero sostuvo su mirada.

—Un poco.

Máximo sonrió despacio.

—Pues me alegro.

Aitana sintió que se le calentaban las mejillas.

—No te emociones. Es que necesitaba a alguien con quien quejarme de la música.

—Claro, claro.

Él dejó las mancuernas en su sitio.

—He estado fuera unos días. Mi hijo se ha mudado y necesitaba ayuda.

—¿Todo bien?

—Sí. Aunque he descubierto que a mi edad cargar muebles es una auténtica putada.

Aitana se rio.

—Pues para eso vienes aquí, ¿no?

—Yo venía para mantenerme en forma.

—¿Y ahora?

Máximo la miró.

No fue una mirada descarada. Tampoco inocente.

—Ahora hay algún motivo más.

Aitana sintió un vuelco en el estómago.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Después ella bajó los ojos, sonrió y se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Bueno, voy a seguir, que se me hace tarde.

—Claro.

Se alejó hacia las cintas de correr con la extraña sensación de que acababa de cruzar una frontera.

Una frontera diminuta, invisible, que no figuraba en ninguna parte.

Pero que existía.

Aquella noche, mientras Iker dormía a su lado, Aitana permaneció despierta bastante más de lo habitual.

Se preguntó si Máximo habría querido decir lo que ella había entendido.

Se preguntó si él también pensaría en aquella conversación.

Y se hizo una tercera pregunta que le resultó mucho más incómoda.

¿Qué haría si algún día él le propusiera tomar un café?

Se volvió hacia su marido.

Iker dormía boca arriba, con la boca ligeramente abierta. Lo conocía tan bien que podía anticipar sus movimientos, sus respuestas y hasta sus silencios.

Sintió una ternura antigua.

También una tristeza difícil de explicar.

No quería hacerle daño.

No quería destruir su matrimonio.

Ni siquiera estaba segura de querer acostarse con otro hombre.

Pero había algo que empezaba a reconocer, aunque todavía no se atreviera a decirlo en voz alta.

Le gustaba Máximo.

Le gustaba bastante.

Y, por primera vez en muchos años, esperaba con impaciencia que llegara el jueves.

No precisamente para hacer abdominales.

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