Fuera de rutina (2): La excusa perfecta

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Hay días en los que una se levanta con la firme intención de comportarse como una mujer sensata y, antes de las diez de la mañana, ya ha empezado a hacer el ridículo. Aquel viernes fue uno de esos días y todo comenzó con una rodillera.

La mía tenía la desagradable costumbre de enrollarse cada vez que doblaba la pierna. Había probado a colocarla más arriba, más abajo y a ajustarla de distintas maneras, pero nada. A los pocos minutos parecía una persiana averiada.

Máximo utilizaba una que, al menos a simple vista, permanecía en su sitio. Y yo necesitaba una nueva. Dos circunstancias perfectamente compatibles con una conversación inocente. ¿Que también me apetecía hablar con él? Por supuesto, no voy a fingir una virtud que nunca he tenido.

Llegué al gimnasio unos minutos después de las nueve. Dani estaba en recepción, entretenido con el ordenador, y Germán discutía con otro socio sobre una máquina que, según él, llevaba semanas haciendo un ruido extraño. Máximo estaba junto al remo, lo vi nada más entrar. No porque lo buscara, naturalmente, bueno, sí, lo buscaba, pero con discreción.

Después de dejar mis cosas en la taquilla, me subí a la elíptica y puse en marcha mi música. Durante los primeros minutos me concentré en el movimiento de las piernas, aunque de vez en cuando mis ojos se desviaban hacia la zona de musculación. Máximo se había sentado para ajustarse la rodillera. Aquello era casi una invitación del destino. Terminé mi ejercicio, me quité los auriculares y me acerqué.

—Perdona, Máximo, ¿puedo preguntarte una cosa?

Levantó la cabeza.

—Claro.

—¿Dónde compraste esa rodillera? Es que tengo una que se me enrolla continuamente y estoy hasta las narices de ella.

Miró su rodilla y después la mía.

—Esta me la recomendaron cuando empecé con la lesión. La compré en una ortopedia, pero no recuerdo la marca.

—Pues vaya ayuda me estás dando —bromeé.

Se echó a reír.

—Espera, que lo miro.

Se inclinó para comprobar la etiqueta. No la encontró y terminó levantándose un poco el borde de la prenda.

—Aquí está. Mira.

Me acerqué para leer el nombre. Tuve que inclinarme ligeramente y, durante unos segundos, quedé más cerca de él de lo que acostumbraba. Olía a jabón y a algo más que no supe identificar. Nada extraordinario, simplemente olía bien.

—¿Lo has visto? —preguntó.

—Sí, sí.

¡Mentira, no había visto una mierda!

—¿Quieres que te lo apunte? —ofreció.

—Mejor, porque tengo una memoria estupenda para lo que no me interesa y lamentable para lo demás.

Sacó el móvil del bolsillo y me mostró la marca en la pantalla, la leí dos veces… esta vez de verdad.

—Gracias. A ver si consigo una que no intente estrangularme la pierna.

—También depende de la talla —comentó—. Igual la tuya es demasiado grande.

—Pues mira, podría ser.

—Si quieres, un día la traes y la vemos.

Lo dijo con tanta naturalidad que tardé un instante en responder.

—¿La rodillera?

Máximo me miró, desconcertado.

—Claro.

—Ah, vale.

¡La rodillera, Aitana! ¿Qué coño iba a ser?

Volví a mis ejercicios con una sensación extraña. No había sucedido absolutamente nada. Habíamos hablado de una prenda ortopédica, un asunto que difícilmente podía considerarse el comienzo de una historia apasionada, y sin embargo, me sentía contenta. Quizá porque había sido yo quien se había acercado. Quizá porque la conversación había resultado fácil. O quizá porque Máximo había sonreído más de lo habitual. Aunque, pensándolo bien, no tenía ni idea de cuánto sonreía habitualmente. Era uno de los inconvenientes de observar a alguien desde lejos: una terminaba creyendo que lo conocía mejor de lo que realmente lo conocía.

Me senté en la bicicleta y comencé a pedalear. A mi derecha, Germán se preparaba para utilizar una máquina.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —me preguntó.

—Acabo de empezar.

—Pues dale un poco más de resistencia.

—Germán, ¿tú no tienes una vida propia?

—Te lo digo por tu bien.

—Y yo te digo por el tuyo que me dejes tranquila.

Se alejó riéndose. Yo también sonreí, hasta que vi a Máximo acercarse.

—Oye, Aitana.

Me quité un auricular.

—Dime.

—He encontrado la tienda donde compré la rodillera.

Me mostró otra vez el móvil.

—Ah, estupendo.

—Está en el centro. Si quieres, te paso la dirección.

Ahí estaba la frase más inocente del mundo y una posibilidad que mi imaginación reconoció antes que mi sentido común. Para pasarme la dirección necesitaba mi número o eso pensé.

—Como quieras —respondí, procurando parecer indiferente.

—¿Tienes papel?

Me quedé mirándolo.

—¿Papel?

—Sí, para apuntártela.

¿¡Papel!? ¿En pleno siglo XXI? Por un instante me dieron ganas de echarme a reír.

—No, hombre, si le hago una foto a la pantalla y ya está.

—Ah, claro.

Nos reímos los dos. Saqué mi teléfono y fotografié la dirección y ahí terminó el asunto, sin intercambio de números, sin invitación a tomar café, sin violines. Una dirección de una ortopedia y dos adultos que acababan de demostrar que podían complicar innecesariamente una operación de lo más sencilla.

Aquella mañana terminé el entrenamiento antes de lo habitual. Germán seguía empeñado en que hiciera otra serie de abdominales, pero yo tenía cosas que hacer.

—Mañana me cuentas qué tal —me dijo.

—¿Qué tal qué?

—La rodillera.

Lo miré con desconfianza.

—¿Y tú cómo sabes lo de la rodillera?

—Porque os he oído hablar.

—¡Pues no escuches conversaciones ajenas!

—Si estabais hablando a mi lado.

—Eso no te autoriza a meterte en mis asuntos.

Germán sonrió con esa expresión suya que siempre me hacía sospechar que se estaba divirtiendo a mi costa.

—Yo no me he metido en nada.

—Pues sigue así.

Me despedí de él y fui hacia los vestuarios. Cuando salí, Máximo estaba junto a la recepción, hablando con Dani. No tenía por qué detenerme, podía despedirme y marcharme, como cualquier persona normal, pero había algo que me apetecía hacer. Y lo hice.

—Máximo.

Se volvió.

—Dime.

—Que muchas gracias por lo de antes. Ya te contaré si encuentro una rodillera que me sirva.

—De nada. Y si no, me dices.

—Eso haré.

Le sonreí, esta vez sin disimular y él me devolvió la sonrisa y me fui.

Al llegar a casa, Iker estaba preparando café.

—¿Qué tal el gimnasio?

—Bien. He preguntado por una rodillera nueva.

—¿A quién?

—A un compañero que usa una.

—Ah.

Me sirvió una taza y seguimos hablando de los planes para el fin de semana. No había nada que ocultar. Y, sin embargo, mientras removía el café, me sorprendí recordando un detalle absurdo, esa manera en que Máximo se había inclinado para buscar la etiqueta de la rodillera, sus manos, la cercanía y el olor a jabón. Me sentí ridícula y después me reí de mí misma.

Porque, vamos a ver, Aitana: tienes 59 tcos, has conocido hombres, has vivido romances, llevas más de veinte años casada y ¿vas a perder la cabeza porque uno te ha enseñado una etiqueta? Pues aparentemente sí, aunque perder la cabeza era una expresión exagerada, digamos que se me había desordenado un poquito.

Aquella tarde busqué la tienda en internet y tenían la rodillera. Era bastante más cara de lo que esperaba.

—¡Joder! —murmuré frente a la pantalla—. Por ese precio debería venir con una rodilla nueva.

Estuve a punto de cerrar la página, pero entonces vi que ofrecían asesoramiento para elegir la talla y recordé las palabras de Máximo «Si quieres, un día la traes y la vemos». Podría llevar mi vieja rodillera al gimnasio y preguntarle, sería lo más lógico, lo más sencillo, lo más inocente.

Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos y después cerré el ordenador. No. No iba a convertir una rodillera en una excusa interminable para acercarme a aquel hombre porque una cosa era dejarse llevar por una pequeña ilusión y otra muy distinta fabricar oportunidades a todas horas. Y además, me conocía. Cuando tenía veinte o treinta años, si un hombre me gustaba, no esperaba sentada a que el destino hiciera su trabajo, Buscaba la manera de hablar con él, de conocerlo, de averiguar si aquella atracción podía convertirse en algo más. Y no siempre me había salido bien, pero nunca me había arrepentido de intentarlo.

Ahora las cosas eran diferentes, no porque hubiera dejado de ser aquella mujer, sino porque mi vida estaba llena de decisiones tomadas, de afectos construidos y de personas que podían salir heridas, incluida yo.

El lunes siguiente llegué al gimnasio a mi hora habitual, no había visto el coche de Máximo fuera. Me dije que no importaba y, en realidad, no importaba.

Comencé mi entrenamiento y me olvidé del asunto durante un rato hasta que alguien se detuvo junto a mi bicicleta. Levanté la cabeza. Era él.

—Buenos días.

—Hola, Máximo.

—¿Qué tal la rodillera?

Me quité los auriculares.

—Todavía no la he comprado. Cuesta un dineral.

—Sí, son caras.

—Por ese precio esperaba que viniera con una rodilla de repuesto.

Soltó una carcajada y entonces hizo algo que no esperaba, se apoyó ligeramente en el manillar de la bicicleta contigua, como si no tuviera ninguna prisa por marcharse.

—Oye, ¿tú vienes siempre a esta hora?

La pregunta era perfectamente normal. Podía referirse al horario, a las máquinas, a cualquier cosa, pero noté que algo dentro de mí se ponía alerta.

—Casi siempre —respondí—. ¿Por?

Máximo dudó apenas un instante.

—Por nada. Es que llevo unos días pensando en cambiar mi horario.

—Ah.

Nos quedamos mirándonos, no fue un silencio largo, quizá dos segundos, pero tuve tiempo suficiente para pensar que, treinta años atrás, habría aprovechado aquella pausa para decir algo descarado, algo que lo hiciera reír, algo que dejara claro que me interesaba, en cambio la Aitana de hoy, se limitó a sonreír.

—Pues si vienes a esta hora, ya sabes lo que te espera.

—¿El qué?

—A Germán dándote órdenes y a mí mandándolo a paseo.

Máximo se rio.

—Eso ya lo he visto.

Y se marchó hacia las máquinas y yo me quedé pedaleando y pensando, no sabía si su pregunta había tenido alguna intención, probablemente ninguna, pero mientras volvía a colocarme los auriculares, pensé en aquella Aitana de antaño que todavía vivía dentro de mí y la conocía bien. Y estaba bastante segura de que, si hubiera estado sentada en aquella bicicleta, habría encontrado la manera de averiguarlo. Sonreí. Tal vez algún día la dejara hablar.

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