No sé en qué momento se me ocurrió que las dominadas podían ser una buena idea. Supongo que tuvo algo que ver con haber visto a Oriana intentándolo unos días antes, aunque ella había necesitado una pequeña infraestructura de cajones de step para llegar hasta la barra. Germán la había ayudado a mantenerlos en su sitio y, después de varios preparativos, consiguió colgarse y hacer el ejercicio. No recuerdo si llegó a completar alguna dominada, pero sí que se lo tomó con bastante empeño.
Yo había observado la escena con cierta admiración. Oriana no era precisamente una atleta de competición, pero tenía esa determinación que a veces nos falta a los demás para intentar cosas que, de antemano, sabemos que se nos van a resistir.
Aquella mañana, mientras terminaba mi rutina, volví a mirar la estructura de dominadas. La barra estaba allí, tan tranquila, como si no supiera la cantidad de esfuerzos y frustraciones que provocaba. Me acerqué y levanté los brazos para comprobar si podía alcanzarla sin ayuda. Me faltaban unos centímetros. Tampoco era una novedad: nunca he destacado por mi estatura, y los años no habían contribuido a que creciera precisamente.
—¿Qué estás tramando?
La voz de Máximo me llegó desde atrás. Me volví y lo encontré a poca distancia, con una toalla al hombro y esa expresión suya que nunca terminaba de aclararme si estaba divertido o simplemente tenía ganas de conversar.
—Estoy pensando en hacer dominadas.
Miró la barra y después me miró a mí.
—¿Tú?
—No, mi prima. ¿Quién va a ser?
Se rio. Yo también, aunque no estaba dispuesta a darle la satisfacción de reconocer que la ocurrencia tenía bastante más de entusiasmo que de posibilidades reales.
—¿Llegas?
—Como puedes comprobar, no. Pero eso tiene fácil solución.
Me puse de puntillas y volví a estirar los brazos, como si la barra fuera a apiadarse de mí. Máximo se acercó.
—Espera, que te ayudo.
No sé por qué aquella frase, tan corriente y pronunciada sin ninguna intención aparente, me produjo una pequeña alteración. Quizá porque hasta entonces nuestras conversaciones habían transcurrido casi siempre de pie, hablando de cualquier cosa antes de empezar a entrenar, o porque dentro del gimnasio habíamos mantenido cierta distancia. En cualquier caso, me aparté un poco para dejarle sitio.
—A ver cómo lo hacemos —dijo.
—Si me subes a hombros, te advierto que no pienso hacerme responsable de las consecuencias.
—No creo que haga falta tanto.
Se colocó frente a mí y me indicó que me acercara a la barra. Después apoyó las manos en mi cintura.
Fue un gesto completamente normal. Lo habría sido para cualquiera que necesitase ayudar a otra persona a alcanzar una barra demasiado alta. Lo razonable habría sido que yo me concentrara en agarrarme bien y en colocar las manos a una distancia adecuada. Y eso intenté hacer, de verdad. El problema fue que, de pronto, era bastante más consciente de las manos de Máximo que de la barra que tenía encima.
—Cuando quieras —dijo.
Me impulsó hacia arriba y conseguí agarrarme. Durante un instante tuve la sensación de haberlo logrado, hasta que mis pies dejaron de tocar el suelo y mis brazos tuvieron que hacerse cargo de todo el peso de mi cuerpo. No tardé en descubrir que una cosa era llegar a la barra y otra muy distinta mantenerse colgada de ella.
—¿Bien? —preguntó.
—Estupendamente. Estoy disfrutando muchísimo.
Intenté doblar los codos, pero apenas conseguí moverme. Mis brazos parecían haberse puesto de acuerdo para abandonarme al mismo tiempo.
—No puedo —dije entre dientes.
—Prueba otra vez.
Lo intenté. El resultado fue exactamente el mismo, salvo que ahora tenía la certeza de que mis músculos estaban disfrutando de una huelga general.
—Máximo, creo que mis brazos no están por la labor.
—No pasa nada.
Y menos mal que no pasaba nada, porque yo ya estaba empezando a imaginarme allí colgada hasta que cerrasen el gimnasio.
Él volvió a sujetarme por la cintura para ayudarme a bajar. Mis pies buscaron el suelo, pero durante unos segundos no acerté a encontrarlo con la seguridad necesaria. Máximo me sostuvo con firmeza, acercándome a él para que no perdiera el equilibrio.
Noté sus manos en mis costados, el contacto de su cuerpo demasiado cerca del mío y el calor que me subió por el cuello con una rapidez bastante poco decorosa. Cuando por fin apoyé los pies, seguía sujetándome.
Y entonces levanté la mirada.
Estaba cerca. Mucho más de lo que habíamos estado en cualquiera de nuestras conversaciones anteriores. Tenía los ojos puestos en mí y yo, que normalmente no me quedaba sin palabras con facilidad, tardé un instante en encontrar algo que decir. No fue una mirada larga ni especialmente intensa, pero hubo algo en aquellos segundos que me hizo olvidar por completo que acababa de protagonizar uno de los intentos más desastrosos de la historia de las dominadas y él tardó quizá un segundo más de lo necesario en retirar las manos.
No sé si fue así o si a mí se me hizo más largo de lo que realmente había sido. Tampoco sabía qué podía significar. Lo único que sabía era que, cuando por fin se apartó, me quedé mirándolo con una sonrisa que tuve que disimular.
—Bueno —dije, intentando recuperar cierta dignidad—, ya hemos comprobado que esto no es lo mío.
—Es cuestión de entrenar.
—O de cambiar de brazos.
Volvió a reírse.
—Tienes que ganar fuerza. Poco a poco.
—Eso me han dicho muchas veces. Lo malo es que yo tengo mucha paciencia para unas cosas y muy poca para otras.
Me coloqué la camiseta, que se me había subido un poco durante el intento, y recogí la toalla. Él seguía a mi lado, sin prisa aparente.
—De todas formas, gracias por el rescate. Por un momento he pensado que iba a tener que llamar a los bomberos.
—Tampoco ha sido para tanto.
—¡Eso lo dices porque no has tenido que hacer el esfuerzo de verdad!
—No pesas tanto.
No sé por qué me fijé tanto en esa respuesta. Podía haber sido una simple cortesía, una frase dicha sin pensar, pero mi cabeza decidió guardarla y examinarla después, como si acabara de recibir una información de especial interés.
—Bueno, me voy a otra cosa antes de que me dé por intentarlo de nuevo.
—Vale. Nos vemos.
—Nos vemos, Máximo.
Me alejé hacia las máquinas procurando caminar con absoluta normalidad. No tenía ninguna intención de volver la cabeza para comprobar si me miraba. De hecho, me prohibí expresamente hacerlo. No iba a convertirme en una de esas mujeres que, después de un contacto accidental, empiezan a buscar significados en cada movimiento del otro. Aunque, bien pensado, tampoco había sido un contacto exactamente accidental. Yo había pedido ayuda y él me había ayudado. No había más misterio que ese.
Lo que sí había era una pequeña dificultad para concentrarme en el siguiente ejercicio. Me senté en una máquina, ajusté el respaldo y comprobé dos veces que había elegido el peso correcto. Después empecé a trabajar, pero mi cabeza parecía haberse quedado junto a la barra de dominadas.
No era la primera vez que me encontraba en una situación parecida. Había pasado buena parte de mi vida intentando controlar mis impulsos, mis fantasías y esa tendencia mía a concederle demasiada importancia a determinados detalles. Con los años había aprendido a distinguir entre lo que ocurría y lo que yo imaginaba que podía estar ocurriendo. No siempre lo conseguía, pero al menos había dejado de confundir una cosa con la otra.
Máximo me había ayudado a bajar de una barra. Punto. Que sus manos me hubieran producido una sensación agradable era asunto mío. Que durante unos segundos hubiera deseado que el momento durase un poquito más también. No tenía por qué convertirlo en nada, ni mucho menos esperar que él lo hiciera. Aun así, cuando terminé la serie, me sorprendí mirando hacia el otro extremo de la sala. Máximo estaba ocupado con su entrenamiento y no parecía pendiente de mí. Me alegré de comprobarlo, aunque una parte bastante menos sensata de mi persona habría preferido lo contrario.
Recogí mis cosas y me dirigí a la zona de estiramientos. Allí, mientras intentaba relajar los hombros, me descubrí sonriendo otra vez.
—Muy bien, Aitana —me dije en voz baja—. Has descubierto que no puedes hacer dominadas y que tienes una cintura perfectamente funcional para que te ayuden a bajar. Un éxito deportivo en toda regla. Me reí sola.
No había ocurrido nada extraordinario. Nadie había dicho nada que pudiera interpretarse como una insinuación, ni había sucedido nada que justificase sacar conclusiones. Pero algo había cambiado, aunque solo fuera en la manera en que yo recordaría aquella mañana. Y eso, por el momento, me bastaba.
La próxima vez que viera la barra de dominadas, seguramente pasaría de largo. O quizá no. Porque una cosa era saber que no tenía fuerza suficiente para levantar mi propio peso y otra muy distinta renunciar a la posibilidad de que Máximo volviera a ayudarme. Me pareció una reflexión bastante poco digna, pero tampoco iba a flagelarme por ello.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos