Ginny de fin de semana con la familia de su novio

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T. Lectura: 12 min.

Bruno tenía 21 años y cursaba la universidad. Su novia, Ginny, acababa de cumplir 18 y aún estaba en preparatoria cursando su último semestre, era una belleza en toda la extensión de la palabra. Hija de madre irlandesa y padre mexicano, había heredado los rasgos más delicados de su mamá: piel extremadamente pálida, ojos verdes grandes y expresivos, y una melena pelirroja larga y brillante que parecía fuego bajo el sol.

Medía apenas 1.52 metros, con un cuerpo que quitaba el aliento: una cintura tan estrecha que se podía rodear con las manos, caderas redondas y nalgas, redondas y firmes, elevadas gracias a su disciplina en el gimnasio, y unos senos pequeños, casi planos, que le daban un aire aún más juvenil e inocente. Su rostro era puro, angelical, con labios rosados y suaves que solían curvarse en una sonrisa tímida. Cuando se sentía nerviosa, se escondía detrás de Bruno, aferrándose a su brazo como si fuera su escudo protector.

Aquel fin de semana de verano, los padres de Bruno habían sido invitados por unos familiares a una casa de campo en las afueras. Ellos no podían asistir pero Bruno estaba emocionado por salir un rato de la ciudad, así que hablaron con su hijo y le permitieron llevar a Ginny. Ella aceptó con ilusión, aunque también con algo de timidez ante la idea de conocer a más familiares.

Desde que llegaron, Bruno se sintió incómodo. Dos de sus primos mayores, aquellos que le hacían bullying de niño, no paraban de lanzarle comentarios sarcásticos. Un par de tíos también se unieron, burlándose de que “por fin” tenía novia, como si dudaran de que alguien tan callado como él pudiera conquistar a una chica tan hermosa. La casa tenía una gran alberca rodeada de jardín, y el ambiente era de risas, cervezas y música.

Ginny, al ver el agua, murmuró con una voz suave y casi inaudible que no se metería porque había olvidado su traje de baño. Laura, la prima de Bruno, amable, le ofreció uno de los que llevaba de repuesto. Ginny aceptó con pena y se fue a cambiar. Cuando salió, se cubría con una toalla blanca, apretándola contra su pecho. Bruno y la prima la animaron a quitársela entre bromas y risas. Tras varios segundos de sonrojo, dejó caer la toalla.

El bikini lila era pequeño, muy pequeño. La tela se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Sus senos apenas llenaban las copas, marcando sus pezones ligeramente endurecidos por el aire. Pero lo más impactante eran sus nalgas: redondas, firmes y perfectas. El bikini se hundía entre ellas de forma inevitable, convirtiéndose prácticamente en una tanga que dejaba expuesta la mayor parte de su carne pálida y suave. Cada paso que daba hacía que sus glúteos se movieran con un balanceo natural, hipnótico, inocente y a la vez terriblemente sensual.

Los primos no disimularon. Sus miradas se clavaron en ella.

—No mames, Bruno… ¿En serio ella es tu novia? —murmuró uno, sin apartar la vista mirando su cuerpo de arriba a abajo.

Ginny, avergonzada, se cubrió el pecho con los brazos y no quiso meterse al agua. Los primos la halagaron descaradamente: “Estás preciosa Rojita”, “Ese bikini te queda perfecto”. Ella solo sonreía tímidamente y se pegaba más a Bruno.

En un momento en que Ginny se disculpó para ir al baño, los primos no perdieron el tiempo. Mientras ella caminaba hacia la casa, observaron sin pudor cómo sus nalgas se movían, firmes y redondas, con esa forma tan perfecta que parecía hecha para ser admirada… y tocada.

—Hermano, ¿ya te la cogiste? —preguntaron sin rodeos, riendo.

Bruno, nervioso y molesto, negó con la cabeza.

—No… todavía no.

Los primos se miraron incrédulos.

—Estás loco. Con un culo así… Yo aprovecharía cada oportunidad para clavársela y hacerla gritar.

Bruno, furioso y avergonzado, se levantó y fue a buscarla. No la encontró ni en el baño ni en las habitaciones principales. Escuchó voces bajas al fondo de la casa, en una zona apartada, detrás de un muro de enredaderas donde apenas llegaba el ruido de la música en la alberca.

Se acercó con sigilo.

Allí estaba Ginny, de espaldas contra la pared, con la mirada baja y las manos jugueteando nerviosamente entre sí. Frente a ella, a solo unos centímetros, se encontraba uno de sus dos tíos, Raúl, un hombre de 1.90 metros, cuerpo macizo y musculoso por años de gimnasio obsesivo, con brazos gruesos tatuados y una presencia imponente. Tenía unos 48 años, barba corta salpicada de gris y una forma de mirar que intimidaba.

Raúl tenía una mano apoyada en la pared, justo al lado de la cabeza de Ginny, casi encerrándola. No la tocaba… todavía. Pero su postura era dominante, protectora y claramente cargada de intención.

—… y dime, princesa —decía con voz grave y baja—, ¿Cómo es que una chica tan hermosa como tú terminó con mi sobrino? Eres demasiado sexy para él. Mira esa carita de ángel… y ese cuerpo. Apuesto a que aún no te ha tocado como mereces.

Ginny tragó saliva, visiblemente nerviosa. Sus mejillas estaban rojas. El bikini lila contrastaba con su piel pálida, y sus pezones se marcaban claramente contra la tela fina por la tensión.

—Yo… yo lo amo mucho… me cuida bien —murmuró ella con voz casi inaudible, sin levantar la vista.

Raúl sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa. Bajó un poco la cabeza para estar más cerca de su rostro, Ginny sintió el aliento de Raúl muy cerca de su rostro.

—Querer es bonito, pero una mujer como tú necesita que la traten como se debe, que la hagan sentir mujer. Que le toquen esas nalguitas tan suaves y deliciosas y recorrer todo el cuerpo con la manos y lengua. ¿Él te hace correrte, Ginny? ¿Te ha comido hasta que llores de placer?

Bruno, oculto tras unas plantas, sintió cómo su corazón latía con fuerza. Una mezcla de rabia, humillación… y una excitación oscura y prohibida que no podía negar. Su polla comenzaba a endurecerse dentro del short mientras observaba a su tío hablando de forma tan explícita con su inocente novia.

Ginny apretó los muslos, visiblemente afectada. Sus manos temblaban.

—Tío Raúl… por favor… no debería hablarme así —susurró, pero no se movió. No intentó escapar.

Raúl soltó una risita baja y acercó más su cuerpo. Su mano libre bajó lentamente y rozó con los nudillos el borde del bikini en la cadera de Ginny, sin llegar a tocarla del todo.

—Solo estoy siendo honesto princesa. Mira cómo te tiemblan las piernitas. Apuesto que ya estás mojada solo de escucharme. Ese culito que tienes… es una obra de arte. Se ve tan apretado… tan virgen. ¿Quieres que te enseñe lo que se siente de verdad?

Bruno contuvo la respiración, oculto entre las enredaderas. Su corazón latía con tanta fuerza que temía que lo delataran. La escena frente a él era surrealista: su inocente novia, casi desnuda en ese diminuto bikini blanco, atrapada contra la pared por la imponente figura de su tío Raúl.

Ginny sentía que debía irse. Sabía que estaba mal. Sus piernas flaqueaban, temblaban visiblemente, como si sus rodillas fueran de gelatina. Quería dar un paso, empujarlo, correr de vuelta a la alberca… pero no podía. Una extraña parálisis mezcla de miedo y vergüenza clavada en el sitio.

Raúl, con esa sonrisa hambrienta, se inclinó un poco más cerca, inhalando el dulce aroma de su cabello pelirrojo.

—Puedes irte cuando quieras, princesita… —susurró con voz ronca—. Pero antes, déjame tocar una de esas nalgas perfectas. Solo una. Si me dejas, te suelto.

Ginny apretó los labios con fuerza, respirando entrecortadamente. Sus ojos verdes brillaban con lágrimas de vergüenza. Tras unos segundos eternos, asintió muy lentamente, casi imperceptiblemente.

Raúl sonrió triunfante. Su mano grande y áspera se posó primero en la cintura estrecha de Ginny, disfrutando del contraste entre su palma caliente y la piel fría y pálida de ella. Bajó lentamente, muy lentamente, rozando con los dedos cada centímetro de su cadera. Cuando finalmente llegó a su nalga derecha, la abarcó con toda la mano, apretando con posesión.

—No mames… —gruñó Raúl con placer

—Este culo es una puta obra maestra—

Ginny soltó un suspiro entrecortado, su pecho subiendo y bajando rápidamente. El rubor en sus mejillas se extendió hasta su cuello y pecho. Sus pezones se endurecieron visiblemente contra la tela blanca del bikini.

—Es… es perfecto —continuó Raúl, amasando la carne firme con deleite—. Tan redondo, tan duro y suave al mismo tiempo. Dime, Ginny… ¿Otros hombres han tocado este tesoro? Porque estoy seguro de que el pendejo de mi sobrino no se ha atrevido.

Ginny se cubrió el rostro con ambas manos, muerta de pena.

—Por favor… no quiero hablar de eso… —suplicó con voz ahogada.

Raúl apretó más fuerte su nalga, clavando los dedos en la carne suave, casi levantándola ligeramente. Ginny soltó un gemido involuntario, agudo y tembloroso.

—Habla —ordenó él con voz grave y autoritaria.

Ella, vencida, asintió entre sus manos.

—A veces… en el bus… cuando voy a la prepa… los hombres se pegan mucho a mí… me tocan. Me rozan con sus… sus cosas… duras… y a veces meten la mano por debajo de la falda del uniforme.

Raúl respiraba más pesado, claramente excitado. Sus dos manos ahora manoseaban ambas nalgas sin disimulo, separándolas ligeramente, apretando, amasando con hambre.

—¿Y tú qué haces princesa?

—Nada… —gimió Ginny, recargándose sin querer contra el pecho ancho de Raúl, buscando apoyo porque sus piernas ya no la sostenían—. Siento mucha pena y miedo… nunca digo nada. Solo me quedo callada hasta que llego a casa… y a veces mi falda… está manchada… con su ammm… su cosa.

Raúl soltó un gruñido de puro morbo. Sus manos se volvieron más agresivas, apretando las nalgas con fuerza, separándolas y dejando que el bikini se hundiera más entre ellas, exponiendo casi por completo su ano y el borde de su coñito.

—Qué puta pervertida estás hecha… —susurró con deleite—. ¿Y alguien más cercano lo ha hecho?

Ginny suspiró más fuerte, casi sollozando de vergüenza y excitación. Su cuerpo traicionero se arqueaba ligeramente hacia él.

—Mi instructor del gym… siempre me toca. Dice que es para corregir posturas… pero me aprieta las pompis cuando hago sentadillas… me empuja por la cintura… y al final de la rutina me da masajes… largos… muy largos. A veces me hace quitarme los leggings y me masajea en ropa interior…

Bruno, escondido, hervía. Sentía una rabia cegadora, celos que le quemaban el pecho… pero también una erección dolorosa, tan dura que le dolía. Nunca se había atrevido ni a rozar accidentalmente las nalgas de su novia por querer respetarla. Siempre tan respetuoso, tan cuidadoso. Y ahora descubría que otros hombres, desconocidos en el bus, su instructor, ya habían disfrutado de ese cuerpo que él apenas había besado.

Raúl soltó una risa baja y oscura, satisfecho.

—Así que mi sobrino tiene una novia virgen por fuera… pero ya bien toqueteada por otros. Qué rico. Ven aquí…

Sin pedir permiso, Raúl tomó una de las manos de Ginny y la llevó directamente a su entrepierna, presionándola contra el bulto enorme y grueso que se marcaba en su short de baño.

—¿Sientes eso? Eso es lo que una mujer como tú merece. No las caricias tímidas de un niñito. ¿Quieres que te enseñe cómo se siente de verdad, Ginny?

Ginny no respondió con palabras. Solo soltó un gemido bajito, temblando entera, mientras su mano pequeña permanecía presionada contra la verga gruesa y caliente de su tío.

Bruno estaba al límite. Su polla palpitaba en su mano sin que se diera cuenta de que se había empezado a tocar. La mezcla de ira, humillación y excitación morbosa lo tenía paralizado.

Ginny, aún con el rostro rojo de vergüenza, no pudo evitarlo. Su mano pequeña y temblorosa, presionada contra el bulto de Raúl, se movió instintivamente. Sus dedos recorrieron lentamente el grosor de esa verga enorme que palpitaba bajo el short, sintiendo cómo crecía aún más, endureciéndose brutalmente contra su palma.

Raúl soltó un gruñido bajo de placer.

—Así, buena chica… Hoy cada centímetro de esta verga gruesa va a entrar dentro de ti. Te voy a abrir completita y te la voy a meter hasta el fondo preciosa. Te voy a coger como el pendejo de mi sobrino nunca podrá hacerlo.

Ginny respiraba de forma acelerada, casi jadeando. Sus muslos se apretaban entre sí, intentando controlar el calor húmedo que sentía entre sus piernas. Estaba aterrorizada… y terriblemente excitada.

En ese preciso momento, Bruno hizo ruido a propósito. Pisó una rama seca que crujió con fuerza.

Raúl y Ginny se separaron de inmediato. Ginny dio un respingo y se cubrió el pecho con los brazos, mientras Raúl se giraba con calma, sin perder esa sonrisa arrogante.

Bruno apareció fingiendo sorpresa.

—¿Qué hacían aquí? —preguntó, intentando que su voz sonara normal.

Raúl se acercó y le dio una fuerte palmada en la espalda, casi burlona.

—Nada, sobrino. Solo platicaba un rato con mi nueva sobrinita. Es muy tímida y hay que hacerla hablar más, pero se está soltando poco a poco —dijo guiñándole un ojo.

Ginny asintió tímidamente, sin poder mirar a Bruno a los ojos. Cuando pasó junto a Raúl para acercarse a su novio, este bajó discretamente la mano y le apretó con fuerza una nalga, clavando los dedos en la carne suave. Ginny soltó un pequeño gemido ahogado que disimuló tosiendo.

—Vamos a la alberca… por favor —le suplicó a Bruno, tomándolo del brazo con fuerza y pegándose a él.

Raúl se quedó atrás, sonriendo con malicia. En su mente ya planeaba cómo tendría a esa pelirroja inocente esa misma noche, brincando sobre su verga gruesa.

De regreso, Bruno le preguntó en voz baja:

—¿Estás bien? Te ves rara.

—Sí… estoy bien —respondió Ginny con una sonrisa tímida—. Solo… no me dejes sola, ¿sí? Me da nervios hablar con desconocidos.

Bruno sintió una punzada extraña. Sabía perfectamente lo que acababa de pasar, pero ella actuaba como si nada. Esa mentira inocente, esa omisión, lo excitó de una forma enfermiza. Su polla seguía medio dura mientras caminaban.

Llegaron a la alberca y alguien propuso jugar vóley acuático. Formaron equipos con piedra, papel o tijera.

En un equipo: Bruno, su prima Laura y su otro tío, padre de Laura.

En el otro equipo: Ginny, sus dos primos mayores y Raúl.

Desde el primer minuto, quedó claro que el equipo de Ginny iba a aprovecharse.

Cada vez que Ginny saltaba para rematar o bloquear, los primos y Raúl se pegaban a ella “accidentalmente”. Bajo el agua, sus manos rozaban sus nalgas, sus muslos, incluso le pasaban los dedos por entre las piernas disimuladamente. Raúl era el más descarado: cuando saltaba, se pegaba completamente por detrás, dejando que su enorme bulto presionara contra el culo de Ginny durante varios segundos.

Ginny no sabía cómo reaccionar. Se ponía rígida, soltaba pequeños gemidos ahogados que disimulaba con risas nerviosas, y seguía jugando. Su rostro estaba permanentemente sonrojado. El bikini lila se le había movido tanto que una de sus nalgas casi estaba completamente expuesta.

Bruno, desde el otro lado de la red, lo notaba todo. Cada mano que se perdía bajo el agua, cada vez que Raúl se pegaba contra ella, cada vez que uno de sus primos “tropezaba” y terminaba con la cara cerca de sus tetitas o con la mano en su cintura. Sabía exactamente lo que estaban haciendo con su inocente novia.

Y lo peor… era que Ginny no se quejaba. Solo se mordía el labio, respiraba agitada y seguía jugando, como si estuviera atrapada en una especie de trance morboso.

En un momento, durante un punto muy disputado, Raúl “cayó” sobre Ginny bajo el agua. La tomó por la cintura con ambas manos y la pegó contra su cuerpo. Bruno vio claramente cómo la mano derecha de su tío bajaba y apretaba con fuerza una de las nalgas de Ginny, metiendo incluso un dedo bajo la tela del bikini por un segundo.

Ginny soltó un gemido más audible esta vez, disimulándolo como esfuerzo del juego.

Bruno sentía que iba a explotar. Celos, rabia, humillación… y una excitación tan fuerte que tenía que mantenerse agachado para que nadie viera su erección.

El partido de vóley terminó entre risas y chapuzones. Bruno se acercó rápidamente al borde de la alberca y extendió la mano para ayudar a Ginny a salir. Ella tomó su mano con una sonrisa tímida, todavía sonrojada. Cuando salió del agua, el bikini se le había pegado completamente al cuerpo, marcando cada curva. Sus pezones se transparentaban ligeramente y el fondo del bikini se había hundido tanto entre sus nalgas que parecía una tanga completa.

Desde el agua, Raúl y los dos primos la devoraban con la mirada sin disimulo.

—Míralo… no mames, qué culo tiene la rojita —murmuró uno de los primos lo suficientemente bajo para que solo ellos tres escucharan—. Se mueve como si estuviera pidiendo verga.

Raúl solo sonrió con esa expresión depredadora, sin decir nada, pero sus ojos seguían clavados en las nalgas firmes y redondas de Ginny mientras ella caminaba.

La tarde avanzaba. Los tíos se pusieron a preparar la carne en el asador grande. Ginny, poco a poco, se había soltado más y charlaba con su prima Laura cerca de la alberca. Se veía más ligera, incluso sonreía con mayor naturalidad mientras hablaban de la escuela, música y demás temas banales.

Bruno, sintiendo sed, se dirigió a la cocina de la casa de campo para buscar una bebida que no tuviera alcohol. Al acercarse, escuchó las voces de sus dos primos mayores hablando en voz baja pero clara:

—… está buenísima, carnal. Esa pelirroja tiene cara de santa pero que culo de puta tiene. Me la quiero coger este fin de semana sí o sí.

—¿Crees que se deje? —preguntó el otro riendo—. Parece bien tímida.

—Todas se dejan cuando les pones una buena verga en la cara. Podríamos pedirle ayuda a Laura… aunque no sé si acepte por celos. Pero estaría de huevos cogernos a las dos al mismo tiempo. Imagínate: una en cuatro mientras la otra me chupa, luego las cambiamos. O hacerles doble penetración a las dos. Total, Laura ya está acostumbrada, ya nos la hemos cogido varias veces.

Bruno se quedó congelado detrás de la puerta. Sintió un golpe en el estómago, no solo iban tras su novia, también su prima había caído en las garras de sus primos.

Los primos siguieron:

—Raúl ya está detrás de ella, se le nota. Pero le vamos a ganar la carrera. Primero empedamos bien a Bruno para que no estorbe, y luego vemos cómo quitarnos a Raúl de en medio. Esa blanquita rojita va a terminar con nuestros huevos bien adentro y vaciándonos en ella este fin de semana.

Bruno retrocedió en silencio, el corazón latiéndole con fuerza. La mezcla de indignación, celos y una excitación oscura lo recorría entero. Su pequeña Ginny, tan inocente y tímida… y ellos ya estaban planeando cómo cogérsela entre ellos.

Regresó rápidamente a la alberca, intentando mantener la calma. Solo estaba su prima Laura ayudando a su papá a organizar unas cosas para la cena.

—¿Y Ginny? —preguntó Bruno, tratando de sonar tranquilo.

Laura sonrió con naturalidad.

—Ah, se fue con tío Raúl al bosquecito de atrás. Fueron a traer ramitas secas para hacer fogata en la noche. Dijo que no tardaban.

Bruno sintió un nudo fuerte en el estómago. La imagen de Ginny sola con Raúl en un lugar apartado, después de todo lo que ya había pasado y lo que acababa de escuchar, le provocó una oleada de calor enfermizo. Sabía cómo actuaba su tío… y sabía que Ginny, a pesar de su timidez, no había opuesto mucha resistencia antes.

Bruno no pudo quedarse quieto. El nudo en su estómago se había vuelto insoportable. Con el corazón latiéndole en la garganta, se adentró en el bosquecito que estaba detrás de la casa, moviéndose con sigilo entre los árboles y arbustos, procurando no hacer ruido con las hojas secas.

El sol de la tarde filtraba algunos rayos dorados entre las ramas, creando un ambiente casi irreal. A lo lejos escuchó voces bajas, gemidos suaves y un sonido húmedo y obsceno que le heló la sangre. Se acercó más, ocultándose detrás de un tronco grueso.

Lo que vio lo dejó pálido, congelado, incapaz de moverse.

Sobre una toalla extendida en el suelo estaba Ginny, de rodillas, completamente sin la parte de arriba del bikini. Sus pequeños senos pálidos y firmes quedaban al descubierto, con los pezones rosados endurecidos por la excitación y el aire fresco. Sus manos pequeñas sostenían con dificultad una verga enorme, gruesa y venosa que pertenecía a su tío Raúl. La polla de Raúl era monstruosa: fácilmente 22 centímetros, con un grosor que hacía que las manos de Ginny se vieran diminutas a su alrededor.

Raúl estaba de pie, con los shorts bajados hasta los tobillos, una mano apoyada en la cabeza de Ginny.

—Qué buena chica eres… —gruñó con voz ronca y satisfecha—. Lo estás haciendo muy bien, princesa.

Ginny, con el rostro completamente sonrojado, levantó la mirada un segundo y murmuró con voz tímida y suave:

—Gracias…— mientras esbozaba una tímida sonrisa.

Raúl le acarició el cabello pelirrojo.

—Ahora lámelo, despacito. Quiero sentir esa lengüita caliente.

Ginny, obediente y nerviosa, sacó su lengua rosada y comenzó a hacer pequeños círculos alrededor del glande hinchado, lamiendo el precum que ya brotaba. Luego bajó lentamente por todo el tronco, recorriendo cada vena con devoción. Pasó la lengua por sus pesados testículos, chupándolos con suavidad, y volvió a subir lamiendo todo el largo una y otra vez.

Finalmente abrió su boquita y metió la cabeza. Apenas entraba la mitad cuando Raúl, impaciente, empujó su cabeza hacia adelante. Ginny tuvo arcadas fuertes, sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no se apartó. Sacó la verga tosiendo, con hilos gruesos de saliva colgando de sus labios, y siguió masturbándolo con ambas manos, moviéndolas de arriba abajo sobre esa superficie resbaladiza y brillante.

—Verga niña… ¿dónde aprendiste todo esto? —preguntó Raúl, respirando con dificultad.

Ginny sonrió tímidamente, aún con la verga rozándole los labios.

—Con… con mi instructor del gimnasio… —confesó con voz entrecortada mientras volvía a lamer el glande y metérselo en la boca—. Pero la tuya es mucho más grande… me está costando un poco…

Metió más de la verga en su boca, chupando con más ganas. Raúl la miró fijamente y ordenó:

—Mírame a los ojos.

Ginny obedeció, levantando su mirada dulce llena de lágrimas mientras seguía mamando. Raúl sonrió con morbo.

—¿Ya te quitó la virginidad ese hijo de puta?

Ginny negó lentamente con la cabeza, sin sacar la verga de su boca, mirándolo con esos ojos angelicales y dulces con un gesto de inocencia.

Esa imagen fue demasiado para Raúl. Soltó un gruñido animal, empujó su cabeza con fuerza y enterró su verga hasta el fondo de la garganta de Ginny. Ella se convulsionó con arcadas fuertes mientras él descargaba chorros gruesos y calientes de semen directamente en su garganta.

Cuando por fin la soltó, Ginny tosió violentamente. Semen blanco y espeso escapaba por las comisuras de sus labios, cayendo sobre sus senos pequeños y pálidos. Un hilo grueso colgaba de su barbilla.

Raúl, aun jadeando, le acarició la mejilla.

—Esta noche voy a tomar esa virginidad princesa. Te voy a coger hasta que no puedas caminar. Pero ahora tenemos que regresar antes de que sospechen.

Ginny solo asintió tímidamente, limpiándose como pudo con el dorso de la mano. Se colocó de nuevo la parte de arriba del bikini con dedos temblorosos, cubriendo sus senos manchados de saliva y semen.

Bruno permaneció oculto detrás del tronco, pálido, respirando agitadamente. Su mente no podía procesar lo que acababa de ver. Su novia inocente, tímida y angelical… de rodillas, mamándole la verga a su tío como una puta experimentada. Las confesiones sobre el instructor del gimnasio retumbaban en su cabeza ¿Desde hace cuánto su novia se comía la verga de ese sujeto?

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