Infiel con un viejo amigo de su esposo

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Mario había insistido toda la semana con esa pinche carne asada. “Es solo para convivir, mi amor, son los del trabajo, unos tragos, unos taquitos”, le había dicho mientras ella se pintaba los labios frente al espejo. Sofía ya se había cansado de discutir. Al final, como siempre, la casa terminaba siendo suya: la limpieza, la comida, la sonrisa de anfitriona, y él con una cerveza en la mano haciéndose el importante.

Así que decidió que, al menos iba a verse espectacular. Se puso un vestido de tirantes, corto, color rojo, ajustado al cuerpo, con un escote que dejaba a la vista ese par de tetas que todavía le levantaban miradas en la calle aunque ya tuviera treinta y cuatro. Se calzó unas sandalias de tacón alto que le hacían las piernas infinitas y se soltó el pelo oscuro sobre los hombros. Se miró en el espejo y sonrió. Estaba buena, y lo sabía.

Los invitados empezaron a llegar como a las dos de la tarde. Poco a poco el patio se fue llenando de risas, de música norteña, del humo del carbón y de las carcajadas de borrachos. Estaban los del equipo: el flaco Beto y su esposa Karla, la gordita Lupita y su marido el Chilango, el joven Kevin que había ido solo porque estaba recién separado. Todos la saludaban, todos le decían lo mismo: “Sofí, estás guapísima”, “ay, mira nada más cómo te ves”, “Mario, cuida a esta mujer que te la van a robar”. Las mujeres, con un poquito de envidia bien disimulada, le tocaban el vestido y le preguntaban dónde lo había comprado. Sofía sonreía y repartía la comida, y con cada paso se movía con esa gracia que hacía que más de uno dejara de masticar. Y luego llegó Ramiro.

Ramiro era uno de los amigos más viejos de Mario. Tenía cincuenta y ocho años, barriga de cervecero que le colgaba sobre el cinturón, cara redonda y sudorosa, bigote ralo y unos ojos pequeños y brillantes que no paraban quietos. Feo no era la palabra exacta; era más bien desagradable a la vista. Y venía con su esposa, la pobre Marta, una mujer callada, flaca, de cara cansada, que llevaba veinte años aguantándole los desplantes.

Sofía los saludó con la cortesía de siempre, un beso en la mejilla a Marta y un apretón de manos a Ramiro. Y en ese apretón notó algo. La mano del viejo era grande, húmeda, y la sostuvo un segundo de más mientras la miraba de arriba abajo sin disimulo, deteniéndose en el escote, luego en las piernas, luego otra vez en el escote.

—Qué guapa está la esposa de mi amigo, es un gusto—dijo él, con una voz ronca—.

—Ay, gracias —respondió ella, y se fue a atender a los demás.

Al principio no pasó nada. Ramiro se sentó en una silla de plástico cerca de la parrilla, con su cerveza en la mano, y desde ahí la observaba. Cada vez que Sofía se agachaba a servir los platos, cada vez que se estiraba a alcanzar los vasos en la mesa alta, cada vez que cruzaba las piernas, esos ojitos brillantes la seguían. Y ella lo empezó a notar. Notaba cómo el viejo se acomodaba en la silla, cómo se pasaba la lengua por el bigote, cómo se le quedaba viendo las nalgas cuando se daba la vuelta.

Era un coqueteo tímido, silencioso. Ella servía la carne y él le decía “gracias, preciosa”. Ella le rellenaba el vaso y él le rozaba los dedos. Cosas pequeñas, de esas que se pueden echar a la basura o guardar. Pero Sofía las guardó.

A las cuatro de la tarde, Mario se fue con Beto y el Chilango a la tienda por más hielo y más cerveza. Kevin se puso a jugar con el perro en el patio. Karla y Lupita se sentaron a platicar de sus cosas. Y Sofía quedó de pronto más cerca de Ramiro de lo que esperaba, porque Marta se había metido a la cocina a ayudarle con la salsa.

El viejo aprovechó.

—Oye, Sofí —dijo, levantándose y acercándose—, ¿necesitas ayuda con algo?

—No, gracias, ya casi…

—Déjame aunque sea cargar esto.

Y al estirar el brazo para tomar una charola, pasó por detrás de ella, muy cerca, y le rozó la cintura con la barriga. Fue un roce breve, pero ella sintió el calor del cuerpo del viejo, ese olor a colonia barata y a sudor limpio, y por primera vez se le puso la piel de gallina.

—Perdón —murmuró él.

—No, no pasa nada —dijo ella, y le sonrió.

Y esa sonrisa él lo vio como una invitación. Ramiro se animó. Empezó a platicarle de su trabajo, de sus cosas, con esa labia que tienen los viejos cuando se proponen conquistar. Le contaba chistes, la hacía reír, le decía cosas como “es que tú no pareces de treinta y cuatro, pareces de veinticinco” y “Mario sí que se sacó la lotería contigo”. Y Sofía, que llevaba años casada y años de que ningún hombre le dijera esas cosas con intención, empezó a coquetear de vuelta.

Primero fue suave. Una risa de más cuando él decía algo gracioso. Una mano en el brazo cuando le contaba algo. Un “ay, Ramiro, exageras” que no era un rechazo sino un permiso.

—Es que mira —le dijo él, ya con tres cervezas encima—, cuando tú entras a un cuarto, todos voltean. Todos. Hasta los viejos como yo.

—¿Como tú? —se burló ella—.

—Viejo, gordo y feo —dijo él, y se dio una palmada en la panza—. Pero con buen ojo. Y ese vestido, Sofí… ese vestido es un pecado.

Sofía sintió cómo le subía el calor a las mejillas. Se pasó la mano por el pelo, se acomodó el tirante del vestido, y ese gesto —tan simple— hizo que Ramiro se quedara mirando el escote como un niño frente a un pastel.

Ella ya lo tenía caliente. Y lo sabía. Y le gustaba.

Conforme pasaba la tarde, los coqueteos se subieron de nivel. Ramiro se había ido soltando, y Sofía también. Ya no era solo la mano en el brazo: ahora ella le tocaba la espalda cuando pasaba detrás de él, se inclinaba más de lo necesario al servirle, dejando que él mirara hacia abajo del escote. Y él, animado por el alcohol y por la respuesta, se atrevía más.

—Si yo tuviera veinte años menos —le dijo en un momento, cuando los dos quedaron solos junto a la mesa de las bebidas.

—¿Y qué harías? —preguntó ella, con una sonrisa torcida.

—Te robaría —dijo él, mirándola fijo.

Y ahí, en ese instante, Sofía sintió el clic. Se dio cuenta de que aquel viejo, gordo y feo, la deseaba. De que llevaba toda la tarde deseándola. De que le temblaban un poco las manos cuando le hablaba. Y le pareció de pronto lo más halagador del mundo: que un hombre que no tenía ninguna obligación de mirarla la mirara así, como si fuera la única mujer del patio.

Así que decidió jugar.

Empezó a insinuarse de verdad. Cuando Ramiro fue al baño, ella aprovechó para pasar por el pasillo justo cuando él salía, y le rozó todo el cuerpo al pasar. “Uy, perdón”, dijo, y no se movió tan rápido como debía. Cuando él se sentó otra vez, ella se sentó a su lado —no enfrente, a su lado— y le dejó el muslo casi pegado al suyo. Cuando le hablaba, le tocaba la rodilla para enfatizar. Cuando se reía, se inclinaba hacia él y le dejaba el escote ahí, a centímetros de la cara.

Ramiro ya no sabía ni qué decir. Tenía las orejas rojas. Y en un descuido, cuando ella se levantó a buscar más limones, le puso la mano en la cintura para “dejarla pasar”, y esa mano se quedó un segundo de más, bajando apenas hacia la cadera.

Sofía se volteó.

—Qué manos tienes, Ramiro —dijo.

—Qué cintura tienes tú —contestó él.

Y los dos se rieron, pero la risa tenía otra cosa debajo.

Marta, desde la cocina, no se daba cuenta de nada. Karla sí. Karla le dijo a Lupita, en voz baja: “Mira nomás a Sofí con el viejo, ya lo tiene babeando”. Y Lupita se rio y dijo: “Es que está buenísima la desgraciada, quién no”.

Como a las siete, Mario y los demás regresaron con el hielo y lo demás que se necesitaba. Sofía tuvo que volver a su papel de anfitriona, a servir, a sonreír a todos, a sentarse junto a su esposo. Pero cada vez que podía, buscaba los ojos de Ramiro al otro lado del patio. Y él la buscaba a ella. Era un juego silencioso, de miradas que duraban un segundo de más, de sonrisitas cómplices que nadie más notaba.

La cosa se puso buena cuando empezó a oscurecer y la gente se fue acomodando en el patio con las luces de la serie. Sofía puso música más suave, y alguien sugirió bailar. Mario, que ya estaba bastante borracho, se puso a bailar con Karla. Marta se sentó porque le dolían los pies. Y Ramiro, “por no quedarse solo”, le tendió la mano a Sofí.

—¿Bailas? —le dijo.

Sofí se levantó y la tomó de la cintura. Y ahí, pegados, con la música lenta, fue otra cosa. Él la tenía cerca, muy cerca, y por primera vez ella sintió su aliento en el cuello, su panza contra su vientre, sus manos grandes en su cintura y bajando, poquito, hasta la parte alta de las nalgas. Bailaba mal, el pobre, pisándola a cada rato, pero tenía algo. Algo que Sofía no había sentido en mucho tiempo con Mario.

—Estás temblando —le susurró él al oído.

—Es el frío —mintió ella.

—No hace frío.

Sofía levantó la cara y lo miró. Estaban a un palmo. Y en ese momento, con las luces bajas y la música y el alcohol, a ella le dieron ganas de besarlo. Pero no lo besó. Solo se mordió el labio y se separó cuando terminó la canción, dejándolo plantado con las manos en el aire.

—Gracias por el baile —dijo, y se fue a servir más.

Ramiro se quedó parado, mirándola irse, y se pasó la mano por la cara. Estaba perdido. Y ella, con cada paso, sabía perfectamente lo que le estaba dejando: las ganas.

A las diez, la fiesta empezó a desinflarse. Beto y Karla se fueron. El Chilango y Lupita también, medio borrachos. Kevin se quedó un rato más, hasta que también agarró su camioneta y se largó. Quedaron solo Ramiro y su esposa, que vivían lejos y a los que Mario, generoso, había invitado a quedarse “a dormir si se les hacía tarde”.

Y ahí empezó lo bueno.

Mario, ya bastante pedo, dijo que iba a poner el partido en la tele de la sala. Marta se acostó en el sillón con una cobija, porque el calor y la cerveza la tenían muerta de sueño. Y Sofía dijo que iba a “recoger un poco la cocina”. Ramiro dijo que iba a “ayudarle”.

Y los dos se metieron a la cocina.

Apenas cruzaron la puerta, la cosa cambió. Ya no había público. Ya no había disimulo. Sofía cerró la puerta corrediza que separaba la cocina de la sala —”para que no entre el humo del carbón”, dijo, aunque nadie se lo creyó— y se volteó a verlo.

—Bueno —dijo—. Aquí solos.

—Solos —repitió él.

Y se acercó. La tomó de la cintura, ahora sí, sin disimulo, y la jaló hacia él. Sofía no se resistió. Se dejó pegar, sintió la barriga del viejo contra su vientre, las manos grandes subiendo por su espalda, y levantó la cara.

—Ramiro —dijo.

—Sofí.

Y se besaron.

Fue un beso de hambre contenida. El viejo besaba bien, mejor de lo que ella esperaba, con lengua, con ganas, como si llevara toda la tarde aguantándose. Le agarró las nalgas con las dos manos, se las apretó, y Sofía soltó un gemidito que se le escapó de las tripas. Él le pasó la boca por el cuello, por la clavícula, y llegó al escote, y ahí se detuvo, respirando fuerte.

—Estas tetas —murmuró—. Me han tenido loco toda la tarde.

—Pues son tuyas —dijo ella—. Ahorita.

Y se bajó el tirante. Y luego el otro. Y el vestido le quedó a la cintura, con las tetas de fuera, y el viejo se quedó viéndola como si hubiera ganado la lotería.

—Hijo de tu madre —dijo—. Qué buenas estás.

Y se le echó encima, chupándole los pezones como un desesperado, y Sofía se agarró del filo de la mesa para no caerse. Le agarró la cabeza, le pasó los dedos por el pelo ralo, y le decía bajito “ay, sí, así, no pares”. El viejo le chupaba, le mordía, y con una mano le bajaba el vestido hasta los tobillos, y con la otra le agarraba el culo.

—Ven —dijo ella, jalándolo de la camisa—. Ven.

Y él la levantó como pudo —era viejo y gordo, pero tenía fuerza de cargador— y la sentó en el filo de la barra de la cocina, con las piernas abiertas, y se puso entre ellas. Y ahí, parado, con el pantalón ya incómodo de la erección, se le fue encima otra vez.

—Estás bien mojada —dijo él, metiéndole la mano .

—Cállate —dijo ella— y métemela.

En la sala, a cinco metros, Mario veía el partido con una cerveza en la mano. Y Marta dormía en el sillón con la boca abierta. Ninguno de los dos tenía la menor idea de lo que estaba pasando en la cocina.

Sofía se bajó de la barra, le bajó el zíper a Ramiro y le sacó la verga que estaba dura y era gruesa, y a ella se le hizo agua la boca. Se agachó y se la metió a la boca, y el viejo soltó un “aaaay, Sofí” que casi se oye en toda la casa. Le chupó la cabeza, le pasó la lengua por el tronco, se la metió hasta el fondo hasta que le dieron arcadas, y él le agarró la cabeza con las dos manos y le movía la cadera despacito, gimiendo como un perro.

—No, ya —dijo él—, ya, que me vengo.

—Pues vente —dijo ella, levantándose—. Pero no adentro. Ahorita.

Ramiro la volvió a sentar en la barra, le bajó la tanga y se la sacó por los tobillos. Le abrió las piernas, se miró la verga, la acomodó, y la penetró de un solo golpe.

Sofía tuvo que taparse la boca con la mano. Entró hasta el fondo, la llenó completa, y por un segundo los dos se quedaron quietos, respirando, mirándose, con la boca abierta.

—Hijo de puta —susurró ella—. Qué rico.

Y el viejo empezó a moverse. Primero despacio, saliendo casi hasta la punta y volviendo a entrar hasta el fondo, y cada embestida le sacaba un gemido que Sofía trataba de ahogar con la mano. Le agarró las nalgas, le jaló las caderas para pegarle más, y le embestía con esa fuerza de hombre grande, de hombre que lleva años esperando.

—Así, papi —le decía ella al oído—. Así, más fuerte.

—Qué rica estás —jadeaba él—. Qué rica, cabrón.

—Más fuerte, más fuerte, no te aguantes.

El viejo la agarró del pelo, se lo jaló un poquito, y le empezó a dar duro, fuerte, de verdad, con la barra crujiendo y las cosas de la cocina temblando. Sofía ya no se aguantaba; se mordía el labio, cerraba los ojos, y sentía que el orgasmo le subía desde las rodillas. Le pasó las uñas por la espalda, le clavó los talones en los riñones, y le dijo “no pares, no pares, no pares”.

Y en la sala, Mario le subió el volumen a la tele porque no quería perderse el gol.

Ramiro la sacó de la barra y la volteó. La puso de espaldas, inclinada sobre la mesa, le escupió el ano y poco a poco fue introduciendo su verga, cuando la tuvo hasta adentro y dejando un momento para que ella se acoplará así, sin verle la cara, con la mano en su nuca y la otra en su cadera, le dio como un animal. La mesa se movía, los platos saltaban, y Sofía tenía la cara pegada al mantel y gemía sin disimulo ya, sin importarle nada.

—Estás bien apretada —dijo él—. Qué rico aprietas.

—Es que me la tienes bien dura —contestó ella—. No sabía que un viejo como tú…

—¿Cómo tú? —la interrumpió él, dándole más fuerte.

—No sabía que un viejo como tú la tuviera tan buena.

Y él se rio y le dio una nalgada. Y otra. Y Sofía gritó un poquito y luego se rio también, y luego los dos se callaron porque Marta se movió en el sillón.

Esperaron. Silencio. La respiración de Marta se oyó de nuevo, lenta, dormida.

—Sigue —susurró Sofía—. Sigue, pero despacio.

Y él siguió despacio, profundo, largo, con la panza pegada a sus nalgas, susurrándole cosas al oído: que estaba buenísima, que se la quería comer toda, que por qué no la había conocido antes. Sofía cerró los ojos y se dejó llevar. Nunca se había sentido tan deseada, tan deseable. Se sentía como una diosa, doblada sobre su propia mesa, con un viejo gordo y feo metiéndole la verga como si fuera la última vez de su vida.

—Ya voy —dijo él—. Ya voy, ya voy.

—Ven —dijo ella—. Vente, pero sácala.

Y él se la sacó, se la empezó a sobar con la mano, y Sofía se dio la vuelta, se agachó, y le abrió la boca. El viejo se vino con un gemido ronco, largo, y le llenó la boca, y ella lo recibió todo, y se lo tragó, y se limpió el labio con el pulgar mientras lo miraba desde abajo.

—Ay, Sofí —dijo él, sin aliento—. Ay, Sofí.

Ella se levantó, se arregló el vestido, se acomodó las tetas y se pasó los dedos por el pelo. Él se subió el pantalón como pudo. Los dos estaban colorados, sudados, y con esa cara de quien acaba de hacer una travesura.

Y en ese momento, desde la sala, Mario gritó:

—¿Sofí, ya vas a venir o qué?

—¡Ya voy, mi amor! —contestó ella, con una voz que le salió más o menos firme.

Ramiro se rio por lo bajo. Sofía le dio un codazo y le puso un dedo en los labios.

—Ni una palabra —dijo.

—Ni una —prometió él.

Y abrieron la puerta corrediza, y salieron los dos a la sala, con las caras más inocentes del mundo, a sentarse como si nada junto a Mario que veía el partido y junto a Marta que dormía tranquila en el sillón, sin saber que a cinco metros de ellos acababa de pasar todo.

Mario se acomodó y le pasó el brazo por encima a Sofía.

—¿Ya terminaste? —preguntó, sin mirarla.

—Ya —dijo ella, y le dio un beso en la mejilla.

Y Ramiro, desde su sillón, con la cerveza en la mano y una sonrisa que no se le podía quitar, la miró por encima del vaso.

Y ella le devolvió la mirada.

Y los dos supieron que eso no había terminado ahí.

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