Inyecciones y lesbianismo entre estudiantes

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Hacía dos meses que Laura compartía habitación con una chica Ana, un par de años más joven. Se conocieron en la universidad, frente a un tablón de anuncios donde se ofrecían alquileres cerca del campus. Laura estudiaba enfermería, tenía el pelo largo recogido en una coleta y usaba gafas de pasta color negro. Era algo más alta que la media y adoraba los pantalones vaqueros, los cinturones anchos y las camisetas con eslóganes reivindicativos. A su lado, más bajita y menuda, estaba una estudiante de filología inglesa. Cabello rubio, rostro pálido y vestido con falda de una pieza. Dos estilos opuestos, dos carreras distintas, pero un mismo reto, encontrar piso.

Aquella tarde Laura rompió el hielo, hablaron, sonrieron y fueron juntas a la cabina telefónica. Lo demás era ya historia.

Secretamente, la estudiante de enfermería se sentía atraída por su compañera y en más de una ocasión estuvo tentada en besarla en los labios, pero no hizo nada. Ana parecía una chica bastante formal, algo tímida y, porque no decirlo, algo indecisa. “Una presa fácil.” Pensó Laura avergonzada. Y definitivamente no lesbiana. Aunque eso no quería decir nada a priori.

Un mes más tarde ocurrió algo que lo cambió todo.

Laura entró al piso por la tarde y oyó la tos de su compañera.

Acercándose a la puerta de su habitación llamó con los nudillos.

—¿Estás bien?

La respuesta fue un nuevo acceso de tos.

—¿Puedo pasar? —Y sin esperar respuesta entró.

Ana estaba en cama, tapada con la colcha. Su cabeza y sus brazos enfundados en un pijama azul es todo lo que quedaba a la vista. La frente perlada de sudor, el rostro más pálido de lo habitual, y las mejillas coloradas.

—Me duele la cabeza. —dijo con dificultad.

Su compañera se acercó y puso la mano sobre la frente. Estaba ardiendo.

—¿Deberíamos llamar a un médico?

—Ya estuvo aquí esta mañana y me dejó una receta. —añadió con dificultad mientras señalaba el cajón del escritorio.

Laura leyó la prescripción y salió hacia la farmacia.

De vuelta habló claro.

—He comprado inyecciones intramusculares. Podemos llamar al médico pero no creo que esté aquí hasta mañana.

Las mejillas de Ana se ruborizaron más.

—¿Tú eres enfermera?

Laura negó con la cabeza —Estudiante de enfermería… aunque la clase de administrar inyecciones la dimos hace un par de semanas. Si quieres.

Ana reflexionó durante unos segundos, tuvo otro ataque de tos y noto aun más la irritación de la garganta. Así no podía estar.

—Sí, por favor.

Laura preparó la medicina siguiendo los pasos metódicamente. El líquido era blanco y de la temible aguja salieron unas gotas.

—Lista. —dijo poniendo el capuchón a la aguja y abriendo el bote de alcohol. El olor característico del “desinfectante” lo inundó todo.

Ana hizo un esfuerzo para girar sobre sí misma y quedar acostada sobre el estómago.

Laura retiró la manta y observó el cuerpo de su compañera en pijama. Estaba totalmente rendida e inmóvil. Deslizó la yema de los dedos bajo el pantalón a cuadros y de un tirón, atrapando la tela de las braguitas también, expuso el culito de Ana. Las nalgas se asemejaban a dos medias lunas separadas por una hendidura fina. Un granito diminuto se confundía con la piel de gallina del resto de la superficie.

—¿Glúteo derecho? —preguntó la que iba a pincharle en el trasero.

Ana asintió con un sí o eso creyó entender la futura enfermera.

—Relájate. —añadió mientras frotaba vigorosamente la parte superior externa de la nalga elegida haciendo temblar todo el pompis.

Luego llegó el picotazo de la aguja.

—Se que duele, lo haré despacito.

El líquido entraba en el músculo lentamente inmovilizando la zona como si una gran manaza agarrase la carne con fuerza, una sensación de pellizco continuada. Ana, adormilada, apenas se quejó.

—Ya estamos casi casi al final. —comentó Laura segundos antes de sacar la aguja.

Luego, uso algodón de nuevo para desinfectar el micro agujero, subió las bragas y los pantalones de Ana, la cubrió con la colcha y apartando un mechón de cabello húmedo de la frente, le dio un beso.

—Has sido muy valiente, estate un rato boca abajo hasta que remita la molestia.

Ana le dio las gracias. Nada de aquello parecía real , sin embargo, el trasero palpitaba como si allí hubiese un segundo corazón.

La luz de la habitación se apagó y pronto la enferma cayó en los brazos de Morfeo.

Al día siguiente por la tarde Ana estaba mejor, más consciente. Su compañera entró en la habitación a la misma hora.

—Estoy mejor. Gracias. —dijo permitiendo que una sonrisa se dibujase en sus labios. —Voy a ducharme.

—No creo que sea una buena idea, estás todavía algo débil. Si quieres te ayudo a quitar el sudor con una toalla.

Ana se levantó y fue al baño. Allí se quitó la ropa, se puso un sujetador nuevo y desnuda se sentó en el retrete. Tiró de la cadena y aprovechó el ruido del agua para tirarse unos pedos previos al chorro de pis.

Luego se lavó el trasero en el bidé, se puso las bragas nuevas, los pantalones de un pijama a rayas y volvió a la habitación con una esponja y un cuenco de agua.

Laura mojó la esponja, la escurrió y comenzó a pasarla por la espalda desnuda de su compañera. El cuello le pareció hermoso y delicado.

—Eres bonita. —dijo en voz alta.

Ana se dio la vuelta, se desabrochó el sostén y ofreció las tetas, coronadas con jóvenes pezones.

Laura tragó saliva, mojó la esponja en agua y la pasó con lentitud sobre los pechos expuestos. Sin querer, quizás, Ana gimió.

—Perdona —dijo la enferma ruborizándose.

—No hay nada que perdonar. —susurró Laura sintiendo de nuevo esa urgencia por besarla.

Terminado el lavado, luchando contra el deseo egoísta de disfrutar de la desnudez de la chica, la apremió.

—Será mejor que te pongas la chaqueta del pijama o cogerás frío.

Ana obedeció.

—No te metas en la cama aun.

—¿Por qué?

—La inyección, recuerdas.

Ana puso morritos pero su compañera fue inflexible y pronto el culito estuvo de nuevo al aire. La aguja, inclemente, perforó el cachete izquierdo y el líquido penetró dolorosamente en el cuerpo de la joven. El día anterior la modorra había servido de anestesia, y esta vez dolió bastante más. Una lágrima, traicioneramente, se deslizó por la mejilla.

—Pobre, calma, ya está, ya está. —dijo Laura acariciándole el pelo.

—Duele. No te vayas. —dijo Ana

La futura enfermera sopesó la situación y sin consultar se quitó la camiseta y el sostén.

—Hazme hueco. —dijo tumbándose en vaqueros y con los pechos a la vista al lado de Ana.

Sus caras quedaron muy cerca.

Los ojos explorando la mirada de la otra.

Y finalmente ocurrió lo inevitable.

El beso. Largo, profundo, pasional.

La mano de Ana buscó el trasero de su compañera. Apretando la nalga.

—Yo también quiero tocarte el culo, solo que la inyección… —susurró Laura.

—Lo sé. Por eso te lo toco yo a ti.

—¿Eres… lesbiana? —preguntó al fin la futura enfermera.

—Digamos que estoy agradecida. —confesó la futura filóloga con delicadeza mientras su mano buscaba el botón de los vaqueros de su compañera de piso.

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