Irene venía cada tarde, a eso de las seis y media. Justo cuando tomaba mi té con bizcochos. Entraba en mi estudio y esperaba que la invitase a pasar. Bastaba una mirada y ella dejaba escapar una risita. Yo seguía pegando mis sellos en el álbum, sin apenas darme cuenta de la caída de la tarde, oblicua y encendida. Las avecillas retornaban a sus ramas a esa precisa hora, todos los días.
Irene se ponía a mi lado. De repente deslizaba la mano y se abría la bata de seda floreada. El aroma perfumado brotaba entre sus senos desnudos. Irene tenía unas tetas grandes, pero hermosas, subidas en una oración completa contra la ley de la gravedad. Conocía el sabor de sus pezones puntiagudos, y la textura granulada de las aréolas oscuras e irregulares.
Como solía hacer tomó mi mano y la llevó a las mamas. Me bastaba notar la blandura de flan de la carne para tener mi primera erección. Ella lo sabía. Yo me giraba y me quedaba mirando los frutos carnosos redondeados. Ella dejaba caer la bata y la selva encrespada de su monte de Venus lograba conducirme a la máxima excitación. Así solía ser todas las tardes.
¿Lo hago?, pregunta esta tarde, como las otras tardes; todas las tardes desde que Luis, mi hermano está en el club, jugando a pádel, jugando al golf, jugando a tenis…, jugando a lo que quiera que sea. ¿Pídeme que lo haga, Cosme?, dicen sus labios gordezuelos, pintados de un suave carmín. Sí me lo pides…, lo hago. Hazlo, le digo.
Ella abre el tarro de la miel con que endulzo mi té y se lleva la cuchara de madera a los labios; se impregna la lengua con la untuosa capa brillante y se acerca a mi boca. Su lengua penetra como un pez resbaladizo, se enrosca en la mía y me recorre el paladar. El agradable sabor inunda mis papilas gustativas y sujeto el nervioso miembro entre mis dientes; succiono la miel ensalivada de Irene y la saboreo: a ella, el calor de su cuerpo encendido, su deseo. Ella entonces me come los labios, acaricia mis encías, sorbe mi saliva. Yo pellizcó sus pezones hasta que emite un gemido.
Eres un goloso, me habla en voz baja a pesar de que no hay nadie en la casa salvo nosotros dos. ¿También quieres… lo otro? Asiento con la cabeza. Me lo tienes que pedir, exige. Me muero porque me lo hagas, Irene, pudo casi como una súplica: mi sexo aprieta mis pantalones. Ella quiere seguir jugando: ¿Qué es lo que quieres, putito? Me lo has de decir… Noto cómo la punta de mi falo está echando flujo. Que me comas la polla, Irene; eso quiero.
Ella me abre la hebilla, baja la cremallera y extrae mi tranca. La sujeta con su puño. Mírala, pobrecilla, ¿la ves? Miró mi pene. Está tieso. La cabeza del capullo aparece enrojecida entre las yemas de sus dedos. Apriétala, pido. La presión aumenta deliciosamente. Muerde el capullo, ruego. Siento sus fiebres en un mordisco suave como cuando la loba lleva a sus cachorros fuera de todo peligro. Irene me coge los huevos y juega con ellos. Los separa y los junta dentro de la bolsa peluda del escroto.
Irene suelta la presa. Mi polla está completamente erecta. Las venillas destacan, azuladas y gruesas por la tensión. Menéatela, ordena. Procedo a toquetearla. Subo y bajo el prepucio. Estíralo a tope, dice. El frenillo se pone tenso y blanquecino. Menéatela, insiste, vamos. Lo hago. Por el agujero la boquita rosada escupe unas gotitas de fluido transparente. ¡Uhhhmmm!, dice Irene. Contente y no te corras, me advierte con severidad. Sigue pajeándote, repite. Mientras, ella se soba las tetas.
Se abre bien la bata y separa los muslos. Su conejito abre su boquita. Irene se acaricia los labios. Hurga en el interior de la vagina. Saca los dedos empapados de líquido y juega con el rubí pálido de su clítoris. Notó el calor en mi cara; siento llegar el clímax. Ella, que no deja de mirarme, me interrumpe salvadoramente: ¡Para!
Irene me mira y dice: Has sido malo. Con la palma de la mano da un par de cachetadas al miembro. Éste, exclama mientras lo sujeta con las dos manos, es mío…, sólo mío. ¿Cómo la tienes? Me gusta dulce, corazón, dice e inmediatamente la cubre de miel. Luego se la lleva a la boca. Sus labios se abren y tragan toda la verga, a la vez que hace girar mis pelotas en sus dedos. Su lengua recorre todo el cilindro duro y paladea la miel. Irene lame y succiona toda mi polla; la tiene dentro; toda ella; entera. Succiona y sorbe. Yo tengo los ojos cerrados. Y…
Sin poder aguantar más notó el manguerazo lácteo derramándose en la caliente cavidad. Ella retiene entre la lengua y el paladar mi miembro que espasmódicamente se vacía en la boca de ella. Cuando observó cómo su garganta sube y baja al tragar mi esperma aumenta mi libido. Irene exprime la polla hasta que no queda ni una gota de leche en mis cojones. Ella deja escapar ronroneos.
Cuando termino, me sujeta el aparato, se lo saca y se queda mirando. Y tú, ¿me quieres comer la almeja? Me muero de ganas. ¿Quieres?, insiste relamiéndose los labios. Ni siquiera respondo: me arrodillo delante de ella y le abro el rizoso felpudo. Desplazo los grandes labios vulvares y hundo mi cara en el coño chorreante de Irene. Introduzco mi lengua y trago a sorbos los flujos. Recorro toda la extensión del chocho de lado a lado, de arriba abajo, en especial la membrana de separación entre el coño y el ano: eso la pone frenética. Irene se frota el chocho y empieza a jadear… Sin más se corre con un orgasmo magnífico. Entre mis labios galopa el clítoris en oleadas de placer. Sigo succionándolo hasta que ella me separa la cabeza de su sexo.
Irene, con los ojos todavía cerrados, respira dificultosamente. Cuando recupera la normalidad, sigue el juego. Llegamos a la parte final.
¿Y ahora? ¿Viste lo que has hecho? Mereces un castigo. Ordena: ponte de rodillas. Yo obedezco con una renovada tensión sexual en mis genitales. Se sitúa detrás de mí; yo estoy en posición de caballito. Irene se unta el dedo medio en miel y sentencia: el castigo por lo que has hecho es de quince penetraciones. Ipso facto me sujeta los cachetes del culo. Su dedo entra todo de una hasta lo más hondo de mi recto. Lo hunde y hace dar vueltas en el estrecho canal. El dedo entra en el ojete y comienza a salir y entrar dilatándose. Yo gimo al sentir el placer de ser penetrado por Irene. Al décimo folleteo anal me corro de nuevo. Irene continúa hasta cumplir el castigo, deja el dedo dentro, en el cálido agujero satisfecho.
Túmbate, exige. Me giró con su dedo medio hundido en mi ojo del culo y me tumbo como pidió. Y como expiación final, saca el dedo de mi ano y lo lleva a mi boca: chupetéalo. Sin rechistar dejó que me meta el dedo en la boca y chupo varias veces. Irene saca el dedo y se tumba sobre mí. Me besa con pasión y me calienta hasta que mi polla se yergue, la introduce en su coño y me folla hasta que tiene su segundo orgasmo.
De nuevo yo me corro, dolorosamente; mi falo palpita en el chocho resbaladizo y le aprieto los cachetes del culo con los últimos latigazos de mi verga fatigada.
Una vez los dos normalizamos nuestra respiración, Irene me besa el flácido miembro y se pone la bata. Entre los muslos, en la enredadera de vello púbico se distinguen los brillantes restos de mi semen y su flujo vaginal.
Cuando regresa Luis los dos estamos sentados en el sofá viendo la televisión. ¿Habéis tenido una buena tarde?, pregunta. Sí, querido, responde Irene; yo sonrió y afirmó subiendo y bajando la cabeza. Luis, como cada noche, se saca la verga y se masturba delante nuestro hasta correrse. El semen se descarga con violencia; la cabecita rojiza de su picha echa a borbotones el esperma espeso que resbala entre sus dedos gordezuelos.
Irene le limpia la polla con unos pañuelos de papel. Estabas muy lleno hoy, querido, dice Irene. ¿Estás satisfecho?, pregunto yo. Más que ayer, mucho más. Pero mañana será mejor, responde mi hermano. Me percato entonces que al día siguiente es sábado. Los sábados Luis se queda con nosotros, mirando en la habitación, como Irene y yo jodemos ante él y disfrutando de una buena masturbación en el trío perfecto que componemos desde hace dos años.
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