Julia, la farmacéutica (13): Una tarde inesperada

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Hasta al cabo de una semana no volví a ver a Julia, la farmacéutica. No había manera de conseguir reunir suficiente dinero para estar con ella. El pasado jueves me acerqué a la farmacia con la excusa de comprar unas aspirinas, pero ella no estaba y no me atreví a preguntar a su jefe el porqué de su ausencia. Así que me fui a la carpintería con unas aspirinas que no necesitaba para nada.

Por fin, este martes pude hablar un momento con ella, aprovechando que el farmacéutico había salido por algunos recados.

-Julia ¿cuándo podremos vernos?

-Pues enseguida si es que usted ya tiene dinero.

-No, no es eso. Bueno, podría gastar unos cien euros.

-¿Cien euros? Con eso usted no tiene usted ni para…

-Sí, lo sé. Por eso. No, ya, prefiero esperar a ver si reúno algo más.

-Sí, mejor.

-¡Es que deseo tanto poder estar con usted!

-Ya, eso le sería fácil si no tuviera tantos problemas económicos.

-Sí, es que mi exmujer y las niñas… además la carpintería no me va muy bien últimamente. La verdad es que la tengo algo descuidada. Es que no me centro en mi trabajo.

-Eso no es bueno si es que usted quiere tener dinero.

-Sí, ya sé, pero usted tiene algo de culpa.

-¿Yo? ¡Pobre de mi!

-¡Es que solo hago que pensar en usted!

-¡Pues va, a ver si por fin reúne algo de dinero para pagar unos de mis servicios! ¡Seré muy cariñosa con usted! ¡Es que me cae usted bien, don carpintero! Pero hasta que no pueda tener el dinero…

-¡Pero quizá, usted y yo, podríamos vernos y hablar como hace unos días!

-No, no. Me gustaría. Pero no. Es que mi esposo no se tomaría bien si yo no fuera a comer a casa otra vez.

-Yo la invito, Julia.

-¡Pero si usted no tiene dinero!

-La invito a un bocadillo o a una ensalada.

-Ya. ¡Uy, vaya, la señora Romuálguez! Y mi jefe está por llegar. Tengo que dejarle, don carpintero.

-Espere, va ¿cuándo comemos juntos?

-Miro de montármelo algún día y le aviso, va. Buscaré una excusa ¡Señora Romuálguez, buenos días!

-¡Buenos días, bonita!

-¡Qué alegría de volverla a ver por aquí! Vaya pasando a la sala, que enseguida que llegué don Boscos, voy con usted.

-Sí, mientras me iré preparando.

-¡Está usted muy guapa hoy!

-¡Gracias, bonita! – la señora entra a la sala.

-¿Es que con ella usted también…?

-Sí, pobrecilla. Ella es viuda y, bueno, tiene mucho dinero, y yo le doy cariño cuando viene.

-¿Solo cariño?

-Bueno, sobre todo cariño. A ella le gusta mucho darme el pecho. Aunque es bastante mayor, tiene unas tetas muy apetecibles, no crea.

-¿A sí?

-Sí. A mí no me atraen nada las mujeres, ya sabe, pero ella es una de mis mejores clientes especiales.

-¿Así, usted le mama las tetas?

-Sí, y además, mientras se las chupo y beso, ella me masturba. ¡No crea, es muy hábil y hace que me corra enseguida!

-¿A sí?

-Sí, sí. Y siempre terminamos que le chupo el clítoris y ella se corre en mi cara.

-¡Oh! ¡Ya me ha puesto a cien, Julia!

-Uy, no, no, venga, váyase, que no quiero que don Boscos le vea por aquí. Le ha cogido a usted mucha manía.

-Julia, deje por lo menos que la huela un momento.

-Venga, sí, eso gratis para usted, como un buen amigo que es – me ofrece el cuello y yo acerco mi nariz para aspirar toda su fragancia y empaparme con ella.

-¡Va, ya está! – me aparta y me da un besito en los labios – ¡Esto también es gratis, je, je, je! Ya le avisaré cuando pueda pasar un mediodía con usted.

-Sí, por favor. ¡Otro piquito!

-No, no, váyase. ¡Enseguida vengo, señora!

-¡Bonita, sí, por favor, yo ya estoy a punto!

Cada noche me hice una paja pensando en Julia, en lo que me contaba, imaginándola en esa casa con esos hombres, incluso estando con esa señora y corriéndose con ella. Hasta al cabo de diez días no volví a saber de la farmacéutica más sexy que jamás he conocido. Tenía la esperanza de que quisiera estar conmigo en mi casa o en la carpintería, pero ella me dejó claro que solo aceptaba encontrarnos en el bar del primer día. Para hablar y comer algo. Que si no, me dijo, sentiría que engañaba a su marido. A mí, eso me cuesta de entender, pero debo respetar sus principios.

Ya que no quería hacer nada conmigo si no cobraba, yo, por lo menos, tenía ganas de que me continuara contando ese servicio tan, tan especial en qué la pagaron tan bien para simular, durante cinco días, ser la novia de un hombre y dejar que este la compartiera con su tío, muy acaudalado, quien pagaba todos los gastos del viaje, los regalos y lo que pagaban por ella. Lo que me iba contando, me ponía muy cachondo y luego, como te he contado, me masturbaba en casa pensando en todo ello, imaginándomela en ese palacete con su novio, su tío y esos otros invitados.

Me explicó que el viernes, el tercer día de esas vacaciones, se fueron a la playa con Pancracio, su novio de pega. Él fue muy amable con ella y estuvo muy atento, e incluso cariñoso. La animó a hacer toples y Julia lo hizo encantada. Reconoció que le gustaba exhibirse y que debía aprovechar que aún tenía un buen cuerpo para lucir. Le encantó ver que muchos hombres la miraban, con más o menos disimulo. Incluso chicos mucho más jóvenes que ella. Me contó que hacía posturitas que sabía muy provocativas.

Después comieron en un muy buen restaurante y volvieron pronto al palacete. Pancracio se despidió hasta la cena y le recomendó que durmiera una buena siesta. Aunque ella le dejó ver que le gustaría pasar la tarde con él, ni que fuera durmiendo, Pancracio prefirió que cada uno estuviera en su habitación porque “así descansaremos mejor” dijo.

-Pero yo no descansé nada, don carpintero.

-¿A no?

-No, verá. Al llegar a la habitación me duché y me puse ropa limpia, cómoda, nada, unos pantaloncitos cortos y una camiseta. Vi que sobre la cama tenía preparada la ropa para la cena. Era un bonito traje azul claro, muy elegante, con chaqueta y falda corta. También había una blusa blanca, preciosa. Y un sostén muy bonito, blanco, de encaje, muy sexy. La sorpresa fue ver que, al lado, había unas bolas chinas. Yo nunca las había usado, pero sabía lo que eran porque lo había visto en alguna película.

También había una nota en que me daban instrucciones: “Señorita Julia, para la cena, usted debe ponerse esta ropa que hemos escogido mi sobrino y yo. Verá que, por supuesto, no hay bragas. Debe introducirse las bolas chinas. Las cinco de un extremo, en la vagina, y cinco del otro extremo en el ano. Como mínimo. Aunque si usted quiere hacer feliz a su tío que tanto la quiere, le animo a que se introduzca más. Verá que hay un total de quince y que van aumentando de tamaño, desde los extremos, las más pequeñas, hasta las del centro, las más grandes.

Si tuviera algún problema con las bolas, usted puede avisar a mi criado Anselmo para que la ayude. Él es muy eficaz para esas cosas.” Y la firma “Su admirador, su tío Alejandro”. Y una postdata: “Su novio Pancracio está de acuerdo con todo y desea que cumpla mis deseos, que también son los de él, que tanto la quiere”.

“Para probar, me tumbé en la cama y me bajé el pantaloncito y las bragas y me introduje un par de bolas en el chichi. No me costó porque era verdad que las primeras eran bastante pequeñas y además yo ya estaba algo mojada. Me metí un par del otro extremo en el culo, pero, aunque si pude meterme dos más en la vagina, que rezumaba de flujo, ya no pude insertar ninguna otra en el ano. Así que me las quité y lo dejé para más tarde. Seguro que tendría que usar vaselina o alguna de las cremas si quería conseguir meterme cinco en la vagina y cinco en el culo.

Esperaba no tener que pedir la ayuda del criado, pero si hacía falta lo haría, que ahora ya había confianza. La verdad es que pensar en eso me excitó todavía más. Creo que en ese momento me podría meter por lo menos siete u ocho en el coño, porque estaba muy húmeda. Pero bueno, me dispuse a descansar un rato porque ya intuía que la noche volvería a ser movidita. Ya habría tiempo para bolas y, seguro, para orgasmos.

“No llevaba ni cinco minutos de siesta que llaman a la puerta. Pensé que quizá era mi novio de pega, pero no. ¡Qué va!

-Señora, ¿puedo pasar?

-¿Quién llama? ¿Eres Bárbara?

-Sí, señora. ¿Entro?

-Es que ahora mismo, estaba intentando dormir.

-Perdone, pues ya me voy – sollozando – Siento haberla molestado.

-Espera, ¿es que estás llorando?

-No, señora. Bueno un poco sí.

-Espera, espera, no te vayas -me subo las bragas y los pantaloncitos -Entra, va.

-¡Señora! – se abalanza sobre mí y me abraza.

-¿Pero qué lloras, hija?

-Estoy muy triste. Y asustada.

-Dime, ¿qué ocurre? ¿Es que estás embarazada?

-No, bueno, no sé, espero que no.

-¿Pues qué? ¿Es Anselmo? ¿Es que él…?

-No, él ahora está siendo agradable y amable conmigo.

-¿Entonces?

-¡Es el señor Gaspar!

-¿El mayordomo?

-¡Sí! Esta mañana me ha llamado a su despacho y… ay, ¡qué vergüenza!

-¿Qué ocurrió?

-Él me dijo que cerrara la puerta. Se levantó y puso su mano bajo mi faldita. Yo había hecho caso a lo que él me había ordenado y, claro, me había acortado bastante más la falda e iba sin bragas y con el tapón que usted me regaló metido en el culo. Él quiso comprobar que cumplía sus órdenes.

-Ya. Y vio que sí, claro.

-Sí. Metió su mano entre mis nalgas y palpó el extremo del plug, con el brillante. Señora, por favor, ¡lléveme con usted! Se ve que tiene dinero. Yo seré su criada y verá que soy trabajadora y no tendrá ninguna queja de mí.

-No puede ser. Ya me iría bien, ya, con mis hijos. E incluso seguro que mi esposo estaría contento contigo, eres un bombón. Pero no puedo permitirme tener servicio, no. No me sobra el dinero, Bárbara.

-Pero usted se ve una señora. Muy elegante.

-A ver, mi familia es muy adinerada y tuve una infancia de niña rica. Pero desde que me casé, que nada.

-Oh, señora, ¡no sé qué voy a hacer! – llora desconsolada.

-No pasa nada, Barbara. Ese viejo verde ha revisado si has hecho lo que te pidió y ya está.

-No, no, al contrario. Él, al comprobar que llevaba la falda tan corta, sin bragas y con el plug, me dijo: “Ya veo que tenemos una puta en la casa. Una chica decente nunca iría enseñándolo todo y con un tapón en el culo para que todos vean lo guarra que es”. Yo le dije que solo hice lo que él me ordenó, pero él me contestó que “solo había querido ponerme a prueba.”

-Bueno, no te lo tomes a mal. Ya está, Bárbara.

-No, al contrario, no está, no. Me ha dicho que, ya que soy una cerda, esta tarde vaya a su habitación y que veré como trata él a las fulanas. Que me va a follar por delante y por detrás y que se correrá en mi cara o en mis tetas. Donde él quiera.

-Oh ¿Eso te dijo?

-Sí, señora. Me volvió a llamar puta y me dijo que seguro que me gustaría que él me folle tantas veces como él desee. Que no me preocupara porque me trataría como lo que soy, una puerca. ¡Que seguro que me gustaría follar con todo el servicio! ¡Yo quiero irme con usted!

-No puede ser. Ya te digo que no soy rica. ¡Si supieras cómo gano mi dinero!

-Es que, si no hago lo que me pida, dice que me van a echar, por guarra.

-Oye ¿por qué no se lo dices a don Alejandro?

-No, eso sería empeorarlo todo. Don Alejandro hace todo lo que el mayordomo dice. Son muy amigos, desde hace muchos años. Desde que los dos eran niños.

-Ya, entiendo.

-Debo marcharme, señora – solloza- Seguro que él ya me está esperando en su habitación y me reñirá por no ir puntual.

-Bueno, a ver, tampoco será tan grave, haz lo que te pida y ya está. Le tendrás contento y…

-No ¡me da asco!

-Oye, tampoco es tan feo.

-Es muy mayor. ¡Y un cabrón!

-Sí, eso sí.

-¡Asqueroso! ¡Un baboso!

-Ya. Oye, mira, a ver, espera. No vayas.

-¡Debo ir!

-Iré yo a hablar con él. Mira, espera un momento. Me arreglo un poco y tú me acompañas hasta la puerta de su habitación, que yo no sé cuál es.

-Se va a enfadar. ¡Él no quiere que yo se lo cuente a nadie!

-Verás como no se va a enfadar. Tú, déjame a mí.

-A ver, sácate el plug y dámelo.

-Sí, uy, a ver, hm, ya está, tome. ¿Para qué…?

-¡Qué bien huele, hija! Se nota que eres una chica limpia.

-Sí, señora. Pero es que va usted a… ¡Oh!

Se sorprende al ver que lo huelo y me lo meto directamente en el culo. Me quito la camiseta, el pantaloncito y las bragas y abro mi maleta. Decido vestirme con la ropa de colegiala sexy y cachonda. Me hago unas coletas y me maquillo un poco, sobre todo las mejillas, muy coloradas. Compruebo que la blusita es muy transparente y me gusta, pero me pongo un sostén verde brillante que solo recoge mis pechos por debajo y deja al descubierto las aureolas y los pezones, que se clavan en la tela.

-¿Estoy bien, Bárbara, para ir a ver al mayordomo?

-Ay, no sé. Parece usted una niña, señora.

-¿Pero una niña mala o una niña buena?

-Bueno, yo…

-¡Una niña mala! Al mayordomo le gustan las niñas como tú y las fulanas. Pues allá voy. Tendrá a una colegiala y a una fulana. Porque es así como me veo, ¿no? ¡Una niña viciosa y cachonda, con ganas de follar!

-Oh, señora, ay, yo no sé.

-Venga, acompáñame hasta su habitación. Pero espera, me pondré este batín tan bonito, que no quisiera que nadie me vea así por la casa.

“La criada me acompaña hasta las habitaciones del personal y me indica cuál es la habitación de don Gaspar. Entro sin llamar. Bárbara se queda fuera. Veo al mayordomo con una camiseta y en calzoncillos.

-¿Pero qué…?

-Hola, Gaspar.

-¡Señora! Yo… Espere que me vista.

-No, no hace falta, Gaspar.

-Es que solo voy con…

-Sí, con los gayumbos. Ya veo.

-Espere un momento fuera… enseguida salgo y la atiendo.

-No, Gaspar. Creo que usted esperaba a alguien.

-Señora, no… yo… ¿a quién?

-A una chica, casi una niña. No le da vergüenza ¿a su edad?

-No, yo no. ¡Seguro que es cosa de Bárbara! No sé qué le habrá contado. ¡Esa chica me va a oír!

-De ninguna manera, Gaspar. A partir de ahora, usted la va a tratar con respeto.

-Pero si yo no…

-Ella es una niña y sería asqueroso que usted le hiciera nada. Así que, déjela en paz.

-¡Ya no es una niña! Ella es solo una criada y yo…

-Usted, nada. A ver, entiendo que le guste la chica, es bonita y tiene un buen cuerpo.

-No sé. Yo no me fijo en esas cosas.

-Mire -me quito el batín y él abre unos ojos como un búho mirando mis muslos y mi pecho-Creo que sí se fija. Estoy completamente segura de que usted me estuvo observando cuando llegue aquí. Seguro que me miró el culo. Y no me extrañaría que, con lo cerdo que es usted, se haya hecho más de una paja pensando en mí.

-¡Señora! Yo, no. ¡Soy un hombre casado!

-Ya. A ver ¿le gusto cómo vengo a verle, verdad, vestida como una niña mala y cachonda?

-A ver, yo… señora… -me subo un poquito la falda para que se de cuenta de que no llevo nada debajo.

-Por lo que veo, sí le gusto. El bulto en sus calzoncillos lo delatan.

-Oh, perdone usted – se tapa con las manos, pero no deja de mirarme los muslos – yo no… ¡qué vergüenza!

-No debe avergonzarse. Es normal que a usted le guste las mujeres como yo. Sé que soy atractiva y sexy. Y puedo ser muy, muy cariñosa. Y servicial. Mire, no diré nada a mi novio sobre su acoso a Bárbara, pero debe asegurarme que nunca más va a molestarla.

-Pero si yo no…

-Sí, usted sí. Entiendo que a usted le pongamos cachondo mujeres como nosotras, por más casado que usted esté. Si me promete que va a dejar a la chica en paz, yo se lo puedo agradecer con un premio – me desabrocho un par de botones de la blusita.

-Yo… le aseguro que, no…

-¿No va a insultar más a la chica?

-Es que yo no…

-¿Ni va a insinuarse ni obligarle a nada?

-Si yo nunca…

-Sí, Gaspar. Usted sí.

-Es ella que… no sabe usted cómo me vino a ver antes, sin bragas y con…

-Cómo yo. ¿Así? – me subo la faldita hasta el ombligo para que pueda admirar mi pubis rasurado, peladita como una niña, y me doy la vuelta y le enseño el culo – ¿y así, con este tapón anal?

-¡Señora!

-Mire, ya ve que puedo ser una colegiala sexy para usted, mala y viciosa. Pero muy obediente. La verdad es que tengo ganas de que usted me perfore con su tranca que me parece que es gordota y larga. A ver… -le bajo los calzoncillos y sale disparado su miembro, inhiesto, en diagonal, apuntando arriba, más que horizontal. Me relamo – Sí, se ve una polla muy sabrosa. Si me promete que usted no molestará más a la niña, se la voy a chupar y cuando esté bien empinada, dejaré que me folle tanto como quiera. Puedo estar con usted más de dos horas. Será su muñeca sexual, su niña pervertida a quién le gustan los viejos verdes como usted.

-No voy a decirle nunca nada más a Bárbara, de verdad, señora.

-Llámeme, Juli, y tráteme de tú. Durante esta tarde seré su puta y debe tratarme como usted trata a las fulanas.

-Pero usted es una señora. ¿Y su novio? Yo no…

-Mire, ¿usted cree que una señora respetable lleva esta clase de ropa interior? -me desabrocho la blusita y él ve como el sostén no me cubre ni las aureolas ni los pezones – Soy una niña mala, me pica el coño y el culo, me arden, y deseo su polla en los dos sitios. ¿Usted podrá metérmela en el chichi y en el ano, ¿verdad?

-Sí, sí. ¿De verdad que puedo tratarla de tú?

-Yo le digo. Si usted deja en paz a la niña, esta tarde soy su sirvienta, su esclava. Para usted seré Juli, la escolar guarrindonga.

“El mayordomo se abalanza sobre mí y me agarra las tetas y me besa en la boca. Huele a licor. Pero no es desagradable. Dejo que me bese cuánto quiera y que me magree los pechos. Luego me pongo en cuclillas y empiezo a mamar su pene. Está muy erecto y comienza a rezumar líquido preseminal. Lo lamo. Me introduzco la verga en la boca y el glande me llega hasta la campanilla. Le digo:

-Gaspar, si lo desea puede llamarme guarra, cerda, cochina, no se apure. Soy su puta esta tarde, ya lo sabe. Toda para usted.

-Yo, señora, no.

-Como quiera. Ya ve que soy una mamona.

-Sí, Juli. Chupa, chupa.

-¡Así me gusta! – le digo, aunque no se deben entender mis palabras con su gorda tranca en mi boca – ¡Puedo ser muy sumisa con usted, mi amo!

-¡Chupa, cerda!

-¡Sí, me encanta, señor!

“Al cabo de unos minutos, don Gaspar me suplica:

-¡Para, para, hija, por favor! ¡Ay!

-¿Es que no le gusta?

-¡Sí, sí, demasiado, por eso, para!

-¡Es que su polla es muy sabrosa! ¡Quiero saborearla más!

-Sí, ya, pero… ¡para, niña! ¡Es que no quiero correrme todavía, no en su boca! ¡Me gustaría poder… follarla bien y llenarle el coño con mi lefa!

-Bueno, primero usted puede eyacular mientras se la mamo y después…

-No, no, pare, ay. Yo no podría… a mi edad… dos veces, no.

-Sí, verá cómo sí. ¡Le voy a escurrir todo su esperma!

No dejo de mamar y en un par de minutos él me llena la boca con su semen. La separo un poco para que me dé varios chorros a mi cara. Cuando ya no le queda nada para eyacular, me levanto y me bajo la falda.

-Me ha encantado su leche, señor. Espero que en un rato tenga usted más para mí.

-No, no puedo. Me has dejado seco. Dudo que pueda volver a empinarse antes de unos días.

-Gaspar, ya vio usted que soy una niña mala. Creo que me merezco un castigo.

-Señora…

-Señora, no! Juli. Su niña mala. ¡Castígueme duro, Gaspar!

Me tumbo en su regazo y me subo la falda para que vea bien mis nalgas y el tapón ensartado en mi culo. Él me da una nalgada y le digo que me dé más fuerte. Sus bofetadas empiezan a ser más intensas y a cada una yo emito un gemido.

-He engañado a mi novio con usted. Soy una chica muy mala.

-Sí, eres muy mala, niña – y me va dando nalgadas hasta que se detiene y me dice que me espere un momento.

Se levanta y saca algo del armario. No sé bien lo que es, como una cuchara grande de madera y plana. Después supe que era un atizador.

-¿Puedo?

-Soy su sirvienta sumisa.

“Vuelvo a tumbarme en su regazo y me da con eso en el culo. Mis gemidos ahora son sinceros. Me duele bastante, pero dejo que me dé algunos golpes más porque sé que eso debe excitarle. Y sí, porque noto que, otra vez en los calzoncillos, su pene empieza a crecer y a endurecerse.

“Entonces él…

-¡Uy, don carpintero, es muy tarde! Debo irme enseguida, o voy a llegar tarda a la farmacia.

-¡No, espere!

-¡Pero ha visto la hora que es! No quiero que don Boscos se enfade conmigo.

-¡Es que quisiera saber qué más pasó!

-Otro día le cuento. Pagará usted la comida, ¿verdad?

-Sí ¡Deme al menos un beso!

Nos damos un piquito y sale corriendo hacia el trabajo. Me ha pasado el rato volando.

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