La desnudez en Japón. Jorge y Tanabe san

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Jorge fue a Japón tras estudiar el idioma en su país durante cuatro años. No fue fácil adaptarse cuando llegó, sobre todo a la empresa. El idioma usado en negocios no tenía nada que ver con lo que él había aprendido, pero lo más difícil fue el choque cultural. Cualquier otro se hubiera echado a un lado, pero Jorge decidió poner toda la carne en el asador.

Por fortuna, los negocios no se le daban mal y sus ideas, más allá de la corrección de su japonés, se tenían en cuenta.

Aquella tarde de otoño las hojas de los árboles coloreadas de rojo y marrón jugaban a crear belleza. Su empresa había organizado una reunión de trabajo en un hotel algo retirado y prácticamente toda la plantilla estaba allí.

El empleado, siguiendo el ejemplo de otros compañeros, se quitó el albornoz y las zapatillas. Luego, sin darle mucha importancia, tiró del elástico de sus calzoncillos quedándose desnudo.

No era el único. Su jefe, varios años mayor que él, caminaba hacia la puerta corredera que daba acceso al onsen. Las nalgas temblonas y caídas se movían siguiendo a una prominente barriga bajo la que, haciendo un esfuerzo considerable, podía distinguirse un pito pequeño.

Jorge cerró la taquilla y ajustó la banda de plástico a modo de goma alrededor de su muñeca. La llave era lo único que entraba en aquel recinto.

Ya dentro del lugar destinado al baño, se sentó en un taburete de plástico. El agua caliente de la ducha se llevó el jabón y el champú que untaban su cuerpo. A su lado, se quedó sin usar un cuenco vacío que se empleaba para dejar caer agua sobre la espalda.

Se levantó y siguió observando, seguramente alguien también se estaría fijando en él, ocultando el interés bajo una mirada neutra y ausente, fruto de la rutina. Porque toda aquella exhibición de carnes formaba parte de la vida del japonés, hombre o mujer, desde hace años y años. Al otro lado, en un área reservada para ellas, en aquel mismo momento, otros cuerpos en cueros participaban del mismo ritual, chochos en lugar de penes y tetas que, en la mayoría de los casos, eran de mayor tamaño.

Un compañero suyo, bastante joven, entraba en la piscina de agua en ese momento. Su culo blanco, pequeño y lampiño, contrastaba con un trabuco de considerable tamaño que colgaba apuntando a la derecha.

A Jorge no le atraían los hombres en pelotas y sin embargo, aquella exhibición de cuerpos le hacía pensar en su propio cuerpo. Hacía ejercicio un par de veces por semana, pero su figura estaba lejos de llamar la atención. Quizás lo que más destacaba en él era el vello. Los pelos crecían aquí y allá, la hendidura que separaba sus nalgas estaba poblada y su miembro tenía una mata importante en la base. Nunca pensó en afeitarse por completo.

Normalmente los onsen eran lugares de relax donde la conversación era escasa. Sin embargo, aquel día, todo el mundo parecía tener algo que comentar.

Jorge eligió un sitio tranquilo y se sentó en el escalón interior. Unos minutos después, Take, un tipo joven y delgado, se sentó junto a su lado. El agua del onsen, a cuarenta grados, cubría sus cuerpos hasta el pecho y tocaba, sin preocuparse por pedir permiso, cada recoveco de piel.

—Hola, espero que estes bien, perdona que te moleste ¿qué opinas de Sayo? Ya sabes… – le preguntó su compañero usando una de esas frases interminables del idioma nipón que hacían de la indirecta un arte.

Jorge guardó silencio. Suponía que todo el mundo, más o menos, tenía una idea de lo que pudo haber pasado. Los gritos e insultos eran de conocimiento público. El señor Yamamoto no había ahorrado calificativos para describir el error de su madura secretaria enfrente de todos. Ella, a su vez, había pedido disculpas de manera profusa, con continuas reverencias.

La escena había continuado a puerta cerrada, en una sala.

Se habían oído más disculpas y algún que otro golpe sordo. Algunos comentaban que la cara de Sayo estaba muy roja cuando salió del despacho, otros decían que no se había sentado en lo que quedaba de mañana. También se insinuaba que por aquel rostro habían corrido lágrimas.

Jorge hubiera pensado que toda esa historia había ido demasiado lejos. Una mini leyenda de oficina. La posibilidad de que su jefe hubiera empleado el castigo corporal estaba allí, sí, esas mejillas coloradas podrían ser compatibles con un par de bofetadas, pero también con el rubor intenso de aquella situación humillante de palabrotas y sumisión.

Luego estaban los sonidos de golpes, una mesa o un impacto en el cuerpo de la empleada. Sí, todo eso era posible y daba para debates, sin embargo, y eso es algo que solo sabía Jorge, estaban las palabras de la señorita Tanabe.

Tanabe era una chica de veintitantos, menuda, de rostro agradable, gafas de montura azul y pelo corto. Solía mezclar el recato inherente en las japonesas, con ocasiones en las que no se mordía la lengua.

Tanabe había estado en esa sala, solo que había salido unos minutos después de Sayo.

Por casualidad el empleado occidental la vio salir y al pasar por su lado, la miró. No sé si interpretó la mirada como una pregunta o simplemente decidió romper la discreción con su colega. El caso es que al pasar a su lado, le miró fijamente y dijo “oshiri pen pen” y luego se ruborizó.

Aunque Jorge no estaba familiarizado con todas las onomatopeyas del japonés, sí conocía aquella.

Se puse un poco colorado, en parte porque Tanabe san le gustaba y en parte por compartir con ella ese secreto tan poco apropiado en un ambiente de trabajo.

“Oshiri” significa culo y oshiri pen pen, hace referencia a azotes en el culo, como una azotaina a un niño o niña traviesos.

El pensamiento de que su jefe hubiese dado unos azotes a Sayo en el trasero en presencia de Tanabe no se iba de su mente. Habría empleado la mano o quizás algo más contundente para hacerla llorar. El caso es que ahora Take volvía con el tema y en la mente de su compañero aparecía, fruto de la imaginación, el culo de Sayo, expuesto, rojo, femenino, temblón, caliente después de varios golpes con el cinturón.

A pesar de los 40 grados del agua, el pene del empleado cobró vida y comenzó a palpitar como si poseyese un corazón propio. Por fortuna el agua cubría sus reacciones.

—No sé, Sayo se disculpó con vehemencia. Espero que su puesto no corra peligro. —respondió al fin.

Probablemente Take esperaba más de él, pero se limitó a asentir y darle las gracias por compartir una opinión que los dos sabían no era más que una respuesta tan educada como vacía.

Mientras Take salía de la piscina. La mente de Jorge se adentró en un mundo de posibilidades. Su jefe aplicaba disciplina, si se atrevía a hacer eso con una subordinada con la experiencia de Sayo, podía imaginar que nada le detendría en el caso de los hombres a su cargo. Después de todo, a sus empleados ya les había visto el culo.

El día siguiente transcurrió sin incidentes reseñables, Tanabe san participó en una de las presentaciones. No era una chica, como ya comentamos, de las más guapas de Japón y sin embargo tenía ese algo.

“Su voz es bonita… y habla muy bien.” Pensó Jorge tratando de concentrarse solo en el contenido de las diapositivas.

Tras la intervención de su compañera hizo una pregunta profesional. La pregunta buscaba mostrar iniciativa y hacer ver a sus compañeros y jefes que él aportaba valor. Era el extranjero y necesitaba eso y más. Sin embargo, con habilidad, logró meter en la frase un elogio sutil hacia el trabajo de la ponente. Salió solo, de manera inconsciente.

Tanabe san lo notó, y más allá de repetir las fórmulas de cortesía, se quedó con todo aquello en su interior. Aquello había sido un favor gratuito y ella, como buena japonesa, tenía que devolvérselo. Si fuera buena cocinera, le habría invitado a su casa y le hubiera preparado con esmero algún plato para él. Pero la cocina no era su fuerte.

“Pobre, todo ese trabajo y esfuerzo para no solo sacar adelante los proyectos, sino también para vencer perjuicios y dominar el idioma. Merecía un descanso.” Pensó.

Solo que ahora no era época de vacaciones y ella no tenía el poder para concedérselas.

Iba a rendirse pero… pero tenía que devolver el favor.

De repente pensó en algo.

Aquellos cursos podrían servirle de algo al fin.

“Algo a la japonesa, algo prohibido, algo con lo que poder entregarse por completo”

Su corazón empezó a latir con fuerza y el color rojo tiñó sus mejillas con furia.

“Hazukashi” dijo para sí.

Una expresión que en el idioma materno de Jorge significaría algo así como “¡qué vergüenza!”

Jorge recibió la invitación antes de salir del trabajo.

Tanabe san le había invitado a ir a su habitación.

“No te preocupes por no poder ir al onsen, el plan es relajado.”

A Jorge el onsen le traía sin cuidado, estaba cansado sí, pero no tanto como para perderse algo tan poco habitual como lo de ir a la habitación de una compañera.

“Comeremos algo, entiendo.” Se dijo así mismo.

“Pero podrían haber ido a comer fuera. No a una habitación de un hotel.”

—Tienes que venir. Me gustó mucho tu apoyo tras mi presentación y tengo que pagártelo.

De nada sirvió que Jorge insistiera, con la boca pequeña, que no era necesario. De hecho, casi se arrepiente de haber querido ser cortés.

Tanabe guardó silencio y él, desesperado, se llamó “imbécil” así mismo un millón de veces. Por fortuna, Tanabe insistió y esta vez él aceptó formalmente.

—¿Y cuál es el plan? —preguntó notando demasiado tarde que había sido demasiado directo.

Tanabe sonrió y dijo una sola palabra.

“Nuru”

Esa tarde, antes de acudir a la habitación de su compañera, buscó el significado de la palabra.

Encontró varias cosas que no pegaban con la situación.

Luego leyó algo que le puso nervioso.

“Hazukashi” dijo para sí mismo sintiendo como el calor subía por su cuerpo.

Por fortuna el tiempo avanzaba deprisa y la cita era en media hora. Agradecido por no tener tiempo para pensar se quitó la ropa y se metió en la ducha.

Tragó saliva, se pasó la mano por el pelo y reunió fuerzas para llamar con los nudillos en la puerta de la habitación 619 del hotel.

La puerta se abrió en segundos y su compañera, vestida con una yukata de flores, una especie de edredón pero muy fino, apareció al otro lado. Jorge asintió con la cabeza y refrenó el impulso se besarla en la mejilla. Aquella no era su tierra.

“La puerta, es el uno, y ahora solo queda un 6 y un 9… pero separados.” Pensó durante un instante imaginándose posiciones sexuales.

“Estás volviéndote paranoico, ella no te ha invitado para tener sexo” se dijo.

Y en voz alta añadió

“Oyamashimas” (siento molestarte en tu casa)

Ella respondió con un “adelante” invitándole a entrar.

—¿Quieres algo de beber? —dijo abriendo el minibar

—Te recomiendo agua, es buena para el tratamiento.

Jorge puso cara de sorpresa fingida.

Tanabe san sonrió e hizo uso de ese japonés directo que tan poco se llevaba en aquel país.

—Me apuesto lo que quieras a que has mirado que puede significar “nuru”

Jorge no lo negó.

Cogió la botella de agua y bebió un buen trago.

Luego se sentó.

—Te veo cansado, mejor empezamos. —dijo la japonesa.

Y luego, sin más ceremonia añadió.

—Nuide o kudasai. (Desnúdate por favor)

El hombre tragó saliva y obedeció. Por alguna razón, aquella chica le transmitía confianza. No le importaba desnudarse delante de ella pero temía que alguien viniese.

—¿Y si viene alguien?

—No espero visitas.

Tanabe cubrió la cama con una sábana, observó el cuerpo desnudo de su colega y dijo.

—Está bien, túmbate boca abajo. Eso es, separa un poco las piernas y relájate.

Jorge se acomodó sobre la cama y siguió las instrucciones. En la habitación se estaba bien, no hacía frío, pero tampoco calor. De algún sitio venía una brisa que acariciaba su piel.

Su compañera tocó un par de llaves de la luz y usando un dial redujo la intensidad lumínica hasta transformar la atmósfera del cuarto en algo íntimo.

Jorge agudizó el oído.

Se oyó la tapa de un bote abriéndose.

El roce de la ropa.

Y finalmente el tacto de dos manos femeninas y cálidas sobre su espalda.

Luego sintió el líquido templado y de nuevo la electricidad de las manos de Tanabe extendiéndolo de manera lenta pero eficaz.

Jorge respiró.

Y más tarde, cuando noto los dedos en la raja de su culo y leves tirones juguetones de sus pelillos, gimió.

Los muslos, el escroto y el pene, todo quedo impregnado de aquel gel viscoso que no olía a nada. Todo, desde la nuca a los pies.

—Confortable —susurró la chica.

Él balbuceó un sí.

—Vale, ahora voy a prepararme, no tardo nada.

Jorge creyó oír el roce de la ropa cayendo al suelo.

Luego, casi de manera imperceptible, escuchó el esfuerzo de su compañera.

—Me estoy echando el líquido… enseguida acabo.

El pene del empleado engordó sin que nadie se lo ordenase.

El contacto no tardó en llegar.

Primero algo pesado sobre la cama, luego algo tierno en contacto con sus nalgas.

Un instante después presión sobre la espalda.

Por la suavidad y la textura imaginó que serían un par de tetas turgentes las que se aplastaban y deslizaban sobre su cuerpo.

La sensación era deliciosa.

Y durante unos segundos, pasada la sorpresa inicial, el empleado se dedicó a identificar por separado los atributos femeninos que entraban en contacto con su cuerpo. Sobre uno de sus muslos pasaba un pequeño cepillo, tenía que ser una buena mata de vello púbico. Los pechos inconfundibles sobaban sus nalgas y las nalgas, pequeñas y femeninas se apoyaban de vez en cuando sobre las suyas para luego deslizarse hacia atrás por uno de sus muslos, su pierna y finalmente el talón, la hendidura del culete femenino se deslizaba de manera lasciva sobre ese saliente que representaba la debilidad de todo un Aquiles.

El masaje se prolongó durante bastante tiempo.

—Ya está—dijo la chica.

Jorge podría haber pedido más, pero eso sería impertinente. Así que permaneció inmóvil, esperando instrucciones.

Cuando se levantó tenía el cuerpo brillante, lleno de líquido transparente y sudor.

Su compañera, con la Yukata puesta habló.

—Tenemos que ducharnos.

—Por favor. —Dijo Jorge invitando a que fuese ella la primera.

Tanabe san caminó hacia el baño y entró. La puerta entreabierta.

Jorge aguardó.

—Jorge san. —llamó.

—Sí. —respondió este acercándose al baño pero sin abrir la puerta.

Ella se acercó a la puerta del baño y la abrió.

Jorge se quedó mirando.

Ella todavía estaba vestida.

Luego, despacio, desató el obi (el cinturón) de su Yukata y se la quitó.

El hombre observó el cuerpo desnudo de la japonesa, el cuello delicado, la espalda perfecta y ese culito que había imaginado recorriendo su cuerpo, sí, ese culito era más hermoso y singular que el que había visualizado.

Tanabe san giró la cabeza, se ruborizó y tomando la palabra de nuevo dijo.

—¿Me ayudas con el gel?

Fin.

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