El champán me nublaba la vista, pero no la memoria. Cada instante de esa noche estaba grabado a fuego en mi mente. La fiesta de Maite era un hervidero de cuerpos y deseos. La música pulsaba como un corazón animal, las risas se mezclaban con el brillo de las luces en el agua de la piscina, y allí estaba ella, Maite, a sus 37 años una diosa del placer, moviendo ese culo perfecto con una promesa de lujuria en cada gesto.
Me acerqué, mi cuerpo rozando el suyo, y le susurré al oído: “Feliz cumple a la reina de las calientes. Sigues siendo la mejor anfitriona”.
Se rio, un sonido bajo y sexy, y su mano bajó para apretar mi nalga, sus dedos hundiéndose en mi carne. “Tú también, Fabi, siempre lista y caliente para romper todas las reglas”.
Y ya había roto la más importante. Hacía un rato, en la penumbra del jardín, mientras los demás perdían el juicio en la pista de baile, Andrés me había arrastrado detrás de unos setos. Ni una palabra. Me levantó el vestido, me desgarró el liguero, y sin previo aviso, me clavó su pene hasta el fondo de mi ano complaciente. De pie, ahí mismo, con la música ahogando mis gritos. Sentí su miembro gigantesco abriéndome, rompiéndome con una fuerza que me robaba el aliento.
Me folló como una bestia, con esa urgencia salvaje que solo él posee, eyaculando dentro de mí con un rugido ahogado mientras yo le mordía su brazo hasta sacarle sangre. Nos compusimos y volvimos a la fiesta, con su semen caliente goteando de mi ano, mojando mi diminuto colaless y deslizándose lentamente por entre mis nalgas. Nuestro secreto ardiente, nuestra prueba de fuego.
Poco a poco, la masa de invitados se fue diluyendo. La terraza quedó vacía, solo nosotros, el círculo íntimo: Maite, un grupo de amigos, Andrés, yo y los camareros. Entre ellos, una chica llamada Paloma. El aire se espesó, cargado de feromonas y testosterona. Fue Maite quien rompió el hechizo. “¡Por mis putos años, a la mierda la ropa!”, gritó, y se lanzó de cabeza a la piscina, completamente desnuda. Su cuerpo, una escultura de mujer madura y segura, cortó el agua y toda la tensión se rompió en una carcajada general.
Andrés, el depredador, ya había fijado su objetivo. Sus ojos devoraban a Paloma. Una chica, de 19 años, era un espectáculo de inocencia y terror fascinado. Cuerpo de chiquilla, casi sin pechos, unos pezones diminutos que apenas brotaban se erizaron bajo la mirada feroz de Andrés. Se acercó, le pidió una copa, le habló al oído con esa voz suave que hipnotiza. La vi sonrojarse, bajar la vista, pero también vi que no se movía. Que estaba atrapada.
Minutos después, la veía desaparecer con él, tomada de la mano, hacia una de las habitaciones del piso de abajo. Una punzada de celos, mezclada con un morbo que me humedeció la vagina, me recorrió entera. Sabía exactamente lo que iba a pasar y la idea me volvía loca. Me excitaba.
Mientras tanto, Alex uno de los amigos de Maite se me acercó. “La noche se pone buena, ¿no, Fabiola?”. Me rodeó con su brazo, su mano bajando hasta posarse sobre mi culo. “Más que buena”, le respondí, dejando que mi escote se abriera, invitándole a mirar. “¿Y qué se te ocurre, Alex?”. Acercó su cara a la mía, sus ojos brillando de lujuria. “Algo como lo que hiciste entre los arbustos. Tu cuerpo ardiendo y la excusa de que nadie nos ve”.
Jugué con él. Toqué su pecho, le susurré promesas sucias al oído, lo dejé con una erección de piedra que me apretaba y sobaba contra mis nalgas. Pero mi cabeza estaba en otra parte. “Luego, Alex. Ahora voy a buscar a mi hombre”, dije, liberándome de su abrazo con una última caricia. Caminé hacia la casa, el corazón martilleándome. Sabía dónde estaban. La puerta entreabierta y los sonidos que escapaban, gemidos ahogados y el golpeteo rítmico de los cuerpos, eran toda la confirmación que necesitaba.
Me asomé con cuidado. Allí estaban. Paloma, desnuda sobre la cama, ese cuerpo angelical y virgen. Entre sus piernas, Andrés, también desnudo, moviéndose con una brutalidad lenta y calculada. Su pene, ese monstruo de carne, desaparecía y aparecía de la diminuta vagina de la chica. Paloma tenía los ojos cerrados, la boca abierta en un grito mudo, una mezcla de dolor y placer en su cara de éxtasis. Vi una gran mancha roja en las sábanas. La había desflorado. La estaba rompiendo, desvirgándola, marcándola como suya. La escena era tan primitiva, tan visceral, que sentí un torrente de humedad que me inundó el entrepiernas.
Me desnudé en silencio y me acerqué a la cama. Andrés me vio y sonrió, una sonrisa de complicidad absoluta. Sin dejar de follar a Paloma, me extendió una mano. La tomé y me subí a la cama. Me acuclillé sobre la cara de la camarera, que abrió los ojos, sorprendida y asustada. “Chúpame la vagina, zorra. Lámela toda”, le susurré. Y lo hizo. Su lengua, inexperta pero ansiosa, encontró mi clítoris. Mientras Andrés la penetraba con más fuerza, ella me lamió, me chupó, me devoró como si fuera su última comida.
El trío se formó solo, un organismo de tres cuerpos moviéndose al mismo ritmo de lujuria. Él, follándola a ella; ella, comiéndome a mí. Poder, sumisión, placer compartido. Me corrí en su cara, gritando, sintiendo sus gemidos vibrar contra mi carne. El champán, el sexo, la intensidad de la noche… empezaron a pesarme. Me recosté a un lado, con los ojos cerrados, escuchando los sonidos de ellos dos, que continuaban su baile sexual sin mí. Me dormí con una sonrisa, soñando despierta con el sexo salvaje que me rodeaba.
No sé cuánto tiempo pasó. Me despertó una sensación deliciosa, nueva. Abrí los ojos y vi a Paloma encima de mí. Andrés estaba detrás de ella, penetrándola por el culo con una lentitud que la hacía temblar entera. Su rostro era una máscara de placer puro. Pero lo que me había despertado era que, mientras él la follaba por el culo, Paloma se había recostado sobre mi vagina y me estaba chupando de nuevo. Su lengua, ya no tan inexperta, exploraba cada pliegue de mi sexo. Me uní a ellos. Esta vez, la tomé yo. La besé con furia, saboreando mi propio sabor en su boca. La acaricié, la guie, la incité. Andrés aumentó el ritmo, sus embestidas más fuertes, más profundas.
Paloma gritaba contra mi vagina con cada golpe. El trío se convirtió en una orgía de piel, sudor y saliva. Follamos como animales, sin control, sin límites. Andrés eyaculó por segunda vez, esta vez en el culo de Paloma, con un rugido que hizo temblar la casa. La sentí temblar y contraerse entre nosotros, sumida en un orgasmo que parecía no tener fin. Yo la seguí lamiendo, haciéndola llegar al clímax una y otra vez, hasta que las tres yacimos agotadas, un enredo de miembros y fluidos, en una cama que olía a sexo, a cumpleaños y a la más absoluta depravación.
El sol empezaba a asomar. En la cama, el caos se había calmado, pero la energía seguía vibrando. Paloma yacía boca abajo, respirando con dificultad. Su cuerpo, antes tan angelical, ahora era un mapa del placer y de dolor. Sus muslos interiores estaban manchados de sangre seca y fresca. Su diminuta vagina y su culo, desgarrados por la monumentalidad de Andrés, ardían con un dolor punzado que se mezclaba con el recuerdo eléctrico del éxtasis. Se giró lentamente, su cara una mezcla de agotamiento y anhelo. Miró a Andrés, que estaba recostado de espaldas con los ojos cerrados, y le susurró con la voz rota: “Andrés… por favor… otra vez”.
Él abrió un ojo, una sonrisa cansada en sus labios. “¿Estás segura, pequeña? Te he destrozado”.
Paloma asintió con lágrimas en los ojos, no de tristeza, sino de pura y absoluta lujuria. “Sí, quiero que lo hagas de nuevo. Necesito sentirlo dentro de mí otra vez”.
Yo, en cambio, sentía el peso de la noche en mis músculos y el sabor residual del champán y el sexo en mi boca. Necesitaba un baño. Me levanté con cuidado, sin querer despertar a la pareja de amantes recién nacidos, y envuelta en una sábana, caminé hacia el baño principal. El camino de vuelta fue interrumpido por una figura tambaleante. Alex, completamente borracho, me bloqueó el paso. Su aliento apestaba a alcohol y su mirada era un torbellino de frustración y deseo. “Fabiola… ¿te vas? Te dije que no te ibas sin mí”. Su tono ya no era coqueto, era amenazante. Me agarró del brazo con fuerza, sus dedos clavándose en mi piel. “Vamos a terminar lo que empezamos, ahora”.
Intenté zafarme, pero su fuerza era como de hierro. “Suelta, Alex, estás loco, me duele”.
Me empujó contra la pared, su cuerpo pesado sobre el mío, intentando besarme a la fuerza. De un manotazo me quitó la sábana, sacó su pene que estaba erecto, me aprisionó contra la pared, colocó su miembro entre mis nalgas y empezó a intentar penetrarme por el culo. El pánico helado me recorrió. “¡Suelta, imbécil hijo de la gran puta!”, grité con toda la fuerza que pude.
Desde la habitación, Andrés escuchó mi grito. En un instante, todo el cansancio desapareció, reemplazado por una furia fría y protectora. Se levantó de un salto, completamente desnudo, y salió al pasillo como un animal que protege a su pareja. Vio a Alex atrapándome contra la pared, intentando abusar de mi, y su rostro se endureció. En dos zancadas estuvo con nosotros. No dijo nada. Simplemente agarró a Alex por el hombro, lo giró con una fuerza brutal y le aplicó una llave de brazo que lo hizo gritar de dolor y arrodillarse al instante en el suelo. “No vuelvas a tocarla, no te atrevas ni siquiera a mirarla”, le advirtió Andrés con una voz baja y mortal. Sin soltarlo, lo arrastró hasta una habitación de invitados vacía, lo empujó hacia adentro y cerró la puerta con pestillo, dejándolo encerrado y gimoteando.
Justo en ese momento, la puerta del dormitorio principal de Maite se abrió. Ella apareció en el umbral, envuelta solo en una sedosa bata de seda que se le pegaba al cuerpo. Su pelo era un desastre y sus ojos brillaban con una calentura que no había menguado en toda la noche. Vio a Andrés, desnudo y furioso, y a mí, temblando y con la sábana apretada contra mi pecho.
Su expresión de sorpresa duró un segundo antes de transformarse en una sonrisa de pura y carnal complicidad. “Mierda, Andrés, ¿siempre tienes que ser el héroe sin capa que rescata damiselas en apuros?”. Se acercó a él, su mano rozando su pecho todavía sudoroso. “Pero a un héroe se le premia, ¿no?”. Lo miró de arriba abajo, deteniéndose en su pene, que aún conservaba parte de su majestuosidad. “Y yo tengo un regalo de cumpleaños pendiente que todavía no he recogido”.
Andrés la miró, luego me miró a mí. Yo le hice una señal con la cabeza, una sonrisa cansada en mis labios. “Voy a darme un baño”, le dije. “Te espero”.
Me encerré en el baño, dejando atrás a Maite y a Andrés. El agua caliente me relajó, limpiando mi cuerpo del sudor, la sangre y el semen. Mientras me bañaba, oí los gemidos de Maite, ahora más agudos, más urgentes. Sonaban diferentes a los de Paloma, eran los gemidos de una mujer que sabe lo que quiere y cómo lo quiere. Me quedé allí, bajo el agua, esperando.
Mientras tanto, Paloma, que lo había oído todo desde la cama, sintió una mezcla de miedo y vergüenza. La fantasía se había roto con la violencia. Se levantó con dolor, vistió apresuradamente su uniforme y, como un fantasma, se escabulló de la casa, desapareciendo en la mañana naciente.
Cuando salí del baño, envuelta en una toalla, la casa estaba en silencio. Andrés estaba esperándome en la puerta del baño, ya vestido. “Se ha ido”, dijo, refiriéndose a Maite. “Nos ha dejado solos”. Me tomó de la mano. “Vamos a casa, mi amor. Necesitamos descansar”.
Salimos de la casa de Maite, dejando atrás una noche de desenfreno, lujuria y caos. En el coche de camino a casa, en silencio, me recosté en su hombro. Él apretó mi mano. Habíamos vivido todo, desde el sexo más tierno y compartido hasta la violencia y la pasión más desatada. Y al final, como siempre, volvíamos a casa juntos. Los dos. Solos. Listos para descansar y, sin duda, para empezar de nuevo.
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Administración de CuentoRelatos