La iniciación de Hortensia

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T. Lectura: 6 min.

Ahora apagaré la luz.

Hasta aquí las cosas habían ido estupendamente. Hortensia estaba en braguita —una prenda colorada y ajustada a sus ingles, apenas por encima de la línea de vello de su prominente barriguita. Estaba algo nerviosa y sus coloradotas mejillas mostraban el grado de… ella lo llamaría rubor y vergüenza, pero a mí no me podía engañar: era el tren de la lujuria, del deseo que trataba de contener, lo que la hacía estar ardiente de contradicciones (¿qué no habría hecho de atreverse a soltarse, olvidando sus inhibiciones represivas?).

De eso se trataba: de hacer que Hortensia se liberase y pudiera gozar del sexo sin contenciones; era mi propósito… además de conducirla en un viaje sin más límites que el que ella estableciera; y yo para guiarla más allá, de mi mano proyectando sus ansias y fantasías que yo gozaría con ella.)

«Estás lista», pregunté.

Tartamudeó al responder. La vi con las manos sobre el regazo, encogidas —también ella estaba en el sofá, arrebujada, con los ojos muy abiertos por la tensión, con los antebrazos colocados sobre los pechos grandes, cubiertos por el sujetador blanco de tramas, encima de aquellos pezones globulares que yo deseaba acariciar—.

Dejé transcurrir unos segundos para incrementar su ansiedad y… apagué la lámpara de pie de la sala.

Su voz trémula preguntó: «Qué he de hacer?» «Quítate el sostén, querida» Espacie, para dejarle tiempo a desabrochar el cierre: «Y ahora la braga». Escuché su respiración agitada. Por dentro, noté que mi vagina se iba regando lentamente. Me acerqué y me senté cerca de ella; podía ver su silueta con mi visión ya acostumbrada a la oscuridad mediana de la sala: por la ventana entraba una opaca claridad, lo que tranquilizaría a Hortensia. Tanteé y puse mi mano en su muslo; estaba frío —otra vez la tensión que precede al calor desbordado, yo ya conocía esa reacción; ella, no—.

«Y ahora, dime qué piensas, qué sientes, sin vergüenza ninguna. ¿Quieres que me desnude también?» —no le dejé tiempo para responder, tampoco hacía falta, yo sabía perfectamente que era justo lo que ella deseaba y necesitaba para que el resorte de su excitación llegara al segundo peldaño—. Me quité la blusa y el blue jean; el escuchar deslizarse el vaquero por mis muslos, el roce del tejido, haría disparar los decibelios de la ansiedad de Hortensia, como el bajar la cremallera. La goma de mi braguita restalló encima de mis nalgas cuando la hice resbalar; el click del cierre de mi sostén me colocó a su altura.; en igualdad cómplice.

—¿Dime, que piensas? ¿Estás nerviosa?

—Un poco —la voz tartajeó.

—¿Tienes miedo?

—No —Eso yo lo tenía claro. Estaba deseando seguir el juego—.

Puse mi mano sobre su hombro. «¿Te causa inquietud la situación? O… ¿Te gusta?». «Sí…, me… gusta.»

«¿Te gusta saber que estás desnuda conmigo a tu lado?» «Ajá.», ahora su voz había recuperado su seguridad, su entereza. «Me gusta estar desnuda contigo.» «¿Te gusta saber que yo también estoy desnuda?» Deslicé mi mano hasta alcanzar el declive de su seno, que se movió al contacto como un flan.

«Ahora voy a tocarte. ¿Te apetece que lo haga?»

La afirmación fue un sonido acompañado del de la saliva al pasar por su garganta. Llegué al pezón firme. Repasé su forma circular. La respiración de Hortensia se aceleró.

—¿Te gusta? ¿Lo que te hago…, que te toque la teta, te gusta?

—Sí, me gusta. —Una brevísima pausa—. Me gusta, sigue.

—¿Te excita?

—Ajá.

—¿Sigo…?

Aprisiono el pezón entre las yemas de mis dedos. Ella jadea sin disimulo.

«¿Qué piensas, dime?» Juego con la cerecita dura del pezón. Mojó con saliva mis dedos y vuelvo a acariciarlo: se endurece más y Hortensia jadea fuertemente. «Me gusta que me lo toques. Notar que tus dedos juegan con él… El otro también, sigue.»

—¿Qué más?; dime todo, cariño. —Mi otra mano va a su entrepierna y acaricia las sortijas del peluso. Ella emite un ligero gemido cuando le toqueteo la raja.— Estás mojada.

—Sí…, me has puesto cachonda. ¿Y tú ? —Da un lado más y sube al tercer escalón del deseo incontenible—.

—También; estoy excitada y por mi vagina resbala flujo. ¿Los quieres dentro? -pulso los gruesitos labios ligeramente sobresalientes.

—Sí, mételos. Comprueba…

Yo me toco mi pubis afeitado, suave y me abro los labios: estoy toda húmeda, tanto como Hortensia. Me imagino los dedos de ella queriendo tocar mi coño.

«¿Quieres tocarme tú?» Ella se agita. «Cuéntame, dime lo que sientes…, lo que quieres que hagamos?».

Notó que abre los muslos y conduce mi mano en su vulva hirviente.

«Fóllame el coño, Alicia. Eso es lo que quiero. ¿Te confieso?: Es lo que quería toda la tarde, lo que estaba deseando. Imaginaba que tú y yo lo haríamos. Me ponía caliente al pensarlo… Y que tú me… —la pausa me hace salivar de lujuria anticipatoria—, que me tocarías y me besarías el coño.» «¿Eso quieres, que me coma tu chocho…, y tú quieres comerme el mío?» «¡Vamos. Alicia, no puedo más: fóllame! Estoy hecha aguas por dentro.».

Meto los dedos. El lubricado chumino se abre sin resistencia: ahora gime. Hortensia está en el cuarto peldaño. Suspira al sentir cómo la penetro con mis dedos, con delicadeza. Me impregnó toda de sus flujos calientes. Ella gime. «Jódeme.» Abre del todo sus muslos. Noto su transpiración en las ingles. Mueve el pubis. «Chúpamelo, cómeme el guisantito…, ¡ay, quiero correrme!…, ¡Va!» —Urge. Juego con sus tetas mientras la follo . Sus gemidos suben de tono. Me acomodó y le besó los labios del coño, goteantes, suspiro el olor salado, buscó, con los dedos, folleteándola incesantemente, la perla rosada. Mi propio coño es una catarata de fluidos espeso y resbaladizo.

La chupó sonoramente. Ella gime y jadea, acelero el ritmo de mi follada del chocho en ascuas, chorreante… «¿Ves, cariño? —digo con voz infantil—, te estoy jodiendo y te vas a correr. Siente.» —Ella ejecuta un movimiento de atrás adelante con el vientre. Un quejido y alcanza el orgasmo. Me sujeta por el cabello: quiere sentir más; llegar al éxtasis. Los gemidos se alargan y yo lamo el clítoris con fruición . Me delito sintiendo su tibieza, la dureza del órgano de placer de Hortensia. Ella se resiste: «No más…, ya está…; no más…»

Me levanto. Mi coño también está chorreando. Dominada por la concupiscencia la sujetó por la barbilla.

—¿Lo quieres para ti, cariño…, mi coño?

Se aproxima guiada por mi voz y se tumba sobre mí. Me acaricia las tetas y las exprime. Chupa los pezones, los mordisquea hasta arrancarme un gemido casi de dolor. Sus dedos me recorren, encuentran mi raja humedecida y separa los labios, introduce los dedos. Me estremezco: ¡cuánto he esperado este momento. Quiero que me joda la hendidura hecha agua, hacer suya mi vagina sáfica.

—¿Te follo?

—Y chúpamelo, cariño…, hasta que me corra, como tú.

Comienza a mamarme el clítoris. Abre mis pliegues y lame, hace circulitos sobre el caramelito. Hunde un dedo…, tres dedos y folla mi conejito desnudo sin un solo pelito. Oigo como se relame, sorbe mis flujos que chorrean. Mi jadeó inicial de transforma en un gemido, un quejido impaciente. Su lengua traza circunferencias que me arrancan lamentos placenteros. Me besa el capullito y lo recorre hasta la membrana que separa mi chocho del ojete…, pálpito: palpitan mis dos agujeros al contacto delicioso de la lengua suave.

«Así, cielo», consigo articular.

Los dedos tiran de mis dilatados labios vaginales.

—Me gusta el color rosado de tu coño; su olor salino; ver el flujo: es blanquecino abajo, transparente en la parte más honda…

Yo gimo como no recuerdo haberlo hecho nunca antes. Sus palabras me hacen hervir, estoy tan encendida que le agarro los cabellos y tiro de ellos. Ella deja escapar una especie de zumbido.

—Calma, mi amor…, calma —Se suelta y da golpecitos en mi perlita ardiente.— Te vas a correr cuando yo quiera.

Ahora es Hortensia la ama de la situación. Me abro completamente. Ella mete un dedo; lo inserta hasta que sus nudillos chocan contra mi pelvis.

—¿Tu coño es mío?

—Sí, para ti, todo —Ella ríe suavemente. Saca el dedo medio y de repente siento que los cuatro dedos penetran por mi chumino goteante de semen femenino. Los hace girar dentro; los noto apretados en mis paredes. Entran y salen despacio una y otra vez.

—¿Quieres que te folle hasta correrte?

Tragó saliva y apenas puedo emitir una afirmación poco audible.

Su otra mano alcanza mis tetas y las acaricia. Aprieta y pellizca los pezones alternativamente, los retuerce hasta que me hace gemir de dolor. Me sigue follando lentamente.

—Te haré correr chupándote el guisantito, pero antes… —los dedos hacen circuitos dentro del coño—. Tú vete follaras el culito.

Yo trago saliva y mi respiración se acelera. No esperaba eso; pero le entregaría mi alma. Un nuevo torrente líquido resbala por mi chocho. Me sube los muslos y me separa los cachetes del culo. Toma mi mano y moja mi dedo medio en el charquito de flujo que se acumula en la entrada de mi chocho; luego lo conduce a mi agujerito.

—Fóllate, cariño —y lo empuja hasta que se hunde en mi ano. Ella vuelve a penetrarme; ahora en mi ensanchada vagina entra con todos los dedos de su mano y los mueve con suma delicadeza—. ¿Quieres alcanzar un orgasmo total, cariñito?

Afirmo con todo mi cuerpo. Hortensia me folla mientras se inclina y toma con sus labios mi clítoris. Yo gimo descontrolada.

—Fóllate el ojito estrecho, jódelo, date por el culo.

Yo comienzo el camino de salida del ojete y comienzo a folletearme. Hortensia acompasa sus penetraciones a las mías. Su boca chupa, lame, frota mi perla endurecida al borde del éxtasis. Jadeó intensamente hasta que el relámpago del orgasmo me hace mover las caderas. Seis dedos me hacen descargar espasmos de una intensidad desconocida.

—Así, así, mi vida, vidita, vida mía…, así —dice Hortensia. Sigue con sus dedos las caricias en mi vagina. Yo saco mi dedo del ojete y mientras los espasmos se van espaciando, acarició la estrecha oquedad estriada. Hortensia saca los dedos de mi coño.

Cuando enciende la lámpara observó el brillo que impregna sus dedos. Yo dejó caer los brazos y estiro las piernas. Ella me besa despacio…, rápido…, despacio de nuevo. Me chupa los pezones, separa mis piernas coloca una sobre mi vientre y la otra por debajo de mi muslo. Los dos coños se besan; ella comienza el baile de roces. Su chocho está tan jugoso como el mío. Nos movemos al unísono, el ritmo del frotamiento sigue hasta que soy yo la primera en volver a estremecerme en una oleada de placer. Un segundo después, Hortensia lanza un gritito y se corre también.

Recuperadas nos quedamos abrazadas por la cintura. Levantó la cabeza un instante y mis ojos se cruzan con una mirada astutamente lasciva de Hortensia. Pienso que quien ha sido iniciada he sido yo. Empujo hacia afuera mi ojete y noto la humedad en su apretado circulito radial. Me fascina la idea de imaginar cómo lo hace ella mientras la follo con un estimulador de clítoris doble.

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