La tarde se extendía dorada sobre las colinas secas cuando ella se detuvo frente a su moto pintada de negra, ella se llamaba Rebecca y cada vez que sacaba el traje del armario sentía esa familiar oleada de temprana excitación que le erizaba la piel.
El catsuit era una segunda piel de látex negro brillante, tan lustroso que parecía absorber la luz del sol y devolverla en destellos húmedos, estaba confeccionado en una sola pieza ultra ajustada, con refuerzos sutiles en codos y rodillas para no perder ni un ápice de movilidad.
El material era grueso pero flexible, de un negro profundo con un acabado que reflejaba el entorno como un espejo oscuro y se ceñía a su cuerpo como una caricia posesiva, la sensación de portarlo le encantaba, empezando por un escote redondo alto que le abrazaba el cuello, las mangas largas terminaban en guantes integrados que cubrían hasta los dedos, y las piernas se fundían con unas botas con cremalleras internas que permitían deslizarlas sin esfuerzo.
Rebecca empezó a vestirse con lentitud deliberada. Primero deslizó sus piernas desnudas dentro del látex frío. El material se calentaba rápidamente al contacto con su piel, adhiriéndose como una mano ávida. Subió el traje por sus muslos, sintiendo cómo el látex se estiraba y se contraía alrededor de sus curvas, apretando sus nalgas en un abrazo firme y brillante.
Cuando llegó a la cintura, respiró hondo y tiró hacia arriba. El látex se pegó a su vientre plano, a su espalda, a sus pechos, moldeándolos con precisión obscena. El cierre trasero subió con un sonido sibilante, sellándola por completo. Ahora era una figura reluciente, casi irreal, una diosa de obsidiana viviente. Se ajusto los guantes integrados, flexionando los dedos. Luego se colocó el casco integral negro, con visera espejada de tono púrpura iridiscente.
Cuando cerró la visera, el mundo se volvió más íntimo, más suyo. Solo quedaba su larga melena oscura escapando por la parte trasera del casco. Se subió a la moto con elegancia felina. Las botas se apoyaron en el estribo, el látex de las botas crujió suavemente contra el metal caliente. Se sentó a horcajadas y el traje se tensó aún más contra su sexo y sus nalgas, presionando justo donde más sensible era. Un gemido bajo escapó de sus labios dentro del casco.
Encendió el motor. La vibración grave subió por el chasis, atravesó el asiento y se transmitió directamente a través del látex fino que cubría su entrepierna. Era como si la moto la estuviera follando lentamente, un zumbido constante y profundo que hacía que cada nervio de su cuerpo despertara. Rebecca apretó los muslos contra el tanque de combustible; el látex brillaba bajo el sol, reflejando el cielo y las colinas en ondas distorsionadas sobre sus piernas.
Comenzó a rodar. Cada aceleración era un placer físico. El traje se movía con ella como una amante experta, se estiraba sobre sus pechos al inclinarse hacia delante, se ceñía más fuerte contra su clítoris cuando apretaba las rodillas, y el sudor que empezaba a acumularse debajo del látex creaba una capa resbaladiza que intensificaba cada roce. El calor aumentaba. Se sentía atrapada, comprimida, poseída por el material. Cada movimiento de sus caderas sobre el asiento enviaba ondas de placer que subían por su columna.
En una recta larga abrió gas. La moto rugió y Rebecca arqueó la espalda ligeramente. El látex brillaba como aceite negro sobre su cuerpo, marcando cada curva, cada músculo en tensión. Dentro del casco, su respiración era caliente y húmeda. Sentía el orgasmo acercándose solo por la fricción constante del traje contra su piel sensible, por la vibración del motor entre sus piernas, por la sensación de poder absoluto que le daba verse a sí misma —o imaginar cómo la veían los demás— como una figura anónima, brillante y dominante.
Así recorrió una larga distancia hasta que detuvo la moto en lo alto de una colina solitaria, con el motor aún encendido. El sol poniente teñía el paisaje de tonos anaranjados y rojos que se reflejaban en su catsuit como llamas líquidas sobre piel negra brillante. Su respiración dentro del casco era pesada, entrecortada. El látex, ahora caliente y empapado de sudor, se había convertido en una segunda piel viva que palpitaba con cada latido de su corazón.
No podía más. Llevaba kilómetros acumulando placer, le encantaba, la vibración constante del motor contra su sexo, el roce implacable del látex apretado contra su clítoris hinchado, la presión de las botas que le obligaban a mantener las piernas abiertas y tensas sobre la moto. Cada aceleración había sido como una embestida lenta y profunda. Ahora, con la moto todavía rugiendo suavemente entre sus muslos, decidió dejarse ir. Apoyó las manos enguantadas en el tanque de combustible, inclinándose ligeramente hacia delante.
El movimiento hizo que el látex se tensara aún más sobre sus pechos, rozando sus pezones endurecidos con una fricción casi insoportable. Separó un poco más las rodillas, presionando con fuerza contra el asiento vibrante. El material resbaladizo por el sudor permitió que el látex se deslizara mínimamente sobre su piel sensible, creando una caricia húmeda y continua.—Joder… —susurró dentro del casco, la voz ahogada y ronca.
Empezó a mecer las caderas con movimientos cortos y precisos, frotándose contra la moto como si estuviera montando a un amante de metal y vibración. Cada vaivén hacía que el látex se hundiera ligeramente entre sus labios vaginales, estimulando su clítoris desde todos los ángulos. La presión era perfecta: firme, constante, envolvente. Sentía cómo el calor se acumulaba en su bajo vientre, cómo sus músculos internos se contraían alrededor de la nada, ansiando ser llenados.
El orgasmo comenzó como una ola lenta y profunda. Sus muslos temblaron dentro del látex, haciendo que el material brillara con destellos intensos bajo la luz del atardecer. Un gemido largo y gutural escapó de su garganta. Luego vino la explosión. Su clítoris, hinchado y ultrasensible por horas de fricción constante, latió violentamente contra el látex. El placer se disparó como electricidad pura, ondas calientes y punzantes que subieron por su columna vertebral y bajaron hasta las puntas de los dedos de sus pies dentro de las botas.
Todo su cuerpo se arqueó hacia atrás. Los guantes se cerraron con fuerza sobre el manillar, los nudillos blancos bajo el látex. Sus nalgas se contrajeron con espasmos, apretando el traje contra su piel de forma casi dolorosa de tan placentera. El orgasmo no fue uno solo. Fue una serie de contracciones profundas y rítmicas que la atravesaron como olas sucesivas. Cada contracción hacía que su vagina se apretara con fuerza, exprimiendo más placer del roce constante del látex empapado.
Sentía cómo el sudor y sus propios fluidos se acumulaban dentro del traje, creando una humedad caliente y resbaladiza que prolongaba el éxtasis. Sus pezones rozaban el interior del catsuit con cada espasmo, enviando descargas adicionales a su cerebro. Dentro del casco, sus ojos se pusieron en blanco bajo la visera espejada. Un grito ahogado, casi animal, llenó el interior oscuro y caliente. Sus piernas temblaban sin control, los tacones de aguja clavándose en el suelo de tierra.
La vibración del motor seguía alimentando el orgasmo, impidiendo que decayera, así cada pequeño movimiento de sus caderas prolongaba las contracciones, sacando un nuevo chorro de placer. Tuvo orgasmo onanista largo, intenso y devastador que la dejó jadeando, con el cuerpo entero convulsionando dentro de su prisión brillante de látex. Pequeños temblores secundarios siguieron recorriéndola incluso después de que el pico principal pasara.
Finalmente, apagó el motor. El silencio repentino solo fue roto por su respiración entrecortada dentro del casco. Pasó las manos enguantadas lentamente por su propio cuerpo primero sobre los pechos, la cintura, las caderas y los muslos brillantes. El látex estaba caliente, resbaladizo, perfecto. Sonrió exhausta bajo la visera.
No había nada en el mundo que se comparara con ese momento: completamente envuelta, poseída por el traje y por la moto, habiéndose corrido con una intensidad que pocos podrían imaginar.
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