La prima Sofía: Cachonda

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T. Lectura: 12 min.

La atmósfera en el departamento se volvió eléctrica, casi líquida. Avril no solo bailaba; se alimentaba de mi mirada, disfrutando de la adoración cruda que emanaba de mis ojos. Se sentía poderosa, consciente de que cada centímetro de su piel —desde sus pechos firmes hasta el encaje rosa que se perdía en su intimidad— era el centro absoluto de mi universo en ese momento.

Se dio la vuelta con una lentitud tortuosa, lanzándome una mirada voraz por encima del hombro mientras sus caderas trazaban círculos hipnóticos. De pronto, se inclinó hacia adelante, arqueando la espalda en una pose de sumisión fingida que me ofrecía una vista criminal de su culo, donde la tanga desaparecía entre sus nalgas.

—Sé que te encanta devorarme con los ojos… —susurró con una voz que era puro pecado—. Puedo sentir cómo me deseas. Tus ojos son el espejo de lo que tu cuerpo me está gritando.

Se deslizó hacia mí, se situó entre mis piernas y comenzó a descender con una sensualidad agónica, rozando sus pechos contra mi pecho mientras bajaba. Sus manos, calientes y expertas, subieron por mis muslos hasta encontrar mi erección, que palpitaba con una fuerza brutal contra la tela del short. La rodeó con los dedos, acariciándome por encima del tejido mientras sostenía mi mirada con una sonrisa de absoluta satisfacción.

—Me vuelve loca que me mires así… como si fueras a comerme entera y sin pedir permiso —murmuró, hundiéndose los dientes en el labio inferior—. No te atrevas a cerrar los ojos. Quiero que seas testigo de cada cosa que te voy a hacer sentir.

Se incorporó lo justo para girarse y sentarse a horcajadas sobre mi regazo. Al sentir su calor directo y el roce rítmico de su cuerpo contra mi dureza, la música se convirtió en un eco lejano frente al rugido de mi propia sangre. Se movía al compás de la música, frotándose contra mí con una impiedad que me tenía al borde del abismo, convirtiendo cada segundo en una promesa de caos.

Avril se deslizó hacia mí con la parsimonia de quien se sabe dueña de la situación. Su sonrisa, cargada de peligrosidad, prometía un contacto que se desvaneció en el último milímetro; sus labios apenas rozaron los míos, dejándome con el hambre de un beso que no llegó. Se apartó lo justo para sostener mi mirada, disfrutando de la vulnerabilidad que mi deseo exponía ante ella.

Sin romper el contacto visual, sus manos subieron hacia sus pechos. Comenzó a masajearlos con una lentitud tortuosa, apretándolos y elevándolos para que la luz del departamento jugara con sus formas. Sus dedos rozaron con insistencia sus pezones, que ya se sentían como piedras bajo la gasa. Con un movimiento fluido desprendió el broche del brasier, dejando que la prenda cayera al suelo como un obstáculo ya superado. Sus tetas quedaron libres, firmes y redondas, con los piercings plateados centelleando con un brillo frío que contrastaba con el calor que emanaba de su piel.

Se dio la vuelta, ofreciéndome la curva de su espalda, y me miró por encima del hombro con una expresión que era puro fuego líquido.

—Estoy tan cachonda… —murmuró, y su voz, ahora ronca y pesada, pareció vibrar en el aire.

Sus pulgares se engancharon en el resorte del tanga rosa. Con una cadencia agónica, comenzó a deslizar la tela hacia abajo. El encaje se despegó de su piel húmeda con un sonido casi imperceptible, revelando primero el arco superior de su retaguardia y luego la plenitud de sus nalgas perfectas. Cuando la prenda bajó lo suficiente, la realidad superó cualquier fantasía: su sexo apareció ante mis ojos, hinchado y brillante, completamente empapado por el deseo. Un hilo de excitación, denso y transparente, se estiró entre la tela y su piel antes de romperse con una delicadeza obscena.

Avril se quedó estática en esa posición, exponiendo su humedad y la perfección de su figura, mientras me observaba por encima del hombro con una sonrisa de absoluta satisfacción, barriéndome con una mirada depredadora que se ancló en la urgencia evidente de mi short.

—¿Y tú? —preguntó, y su voz, ahora una octava más grave, vibró con una autoridad que me hizo estremecer—. ¿Estás listo para lo que viene?

No hubo espacio para réplicas. Su siguiente orden fue un susurro cargado de impaciencia:

—Quítate la ropa. Ahora.

Me deshice de las prendas con una torpeza febril, empujado por una necesidad que ya no conocía límites. Cuando estuve completamente desnudo ante ella, Avril se acercó con la parsimonia de quien sabe que ha ganado la partida. Sus manos, calientes y posesivas, se posaron en mi pecho para empujarme con una suavidad firme, guiándome hasta que caí sentado en el sillón.

Sus dedos, con las uñas rozando mi piel con una presión deliberada, bajaron por mi abdomen y recorrieron mis muslos hasta encontrar mi verga, que palpitaba con una fuerza brutal. La rodeó con firmeza, iniciando un movimiento lento y rítmico que me hizo arquear la espalda. Se inclinó sobre mí para sellar el momento con un beso salvaje, una batalla de lenguas y hambre que nos dejó sin aliento.

Al separarse, Avril comenzó un descenso metódico por mi cuerpo, dejando un rastro de mordiscos y besos húmedos en mi cuello y abdomen, hasta que su mirada se clavó en mi erección, que parecía reclamar su atención con cada latido.

—Estás delicioso… —murmuró, y el brillo de lujuria en sus ojos era casi cegador.

Se dejó caer de rodillas entre mis piernas. Con una sensualidad que me nubló el juicio, tomó mi verga gruesa y comenzó a restregarla contra su rostro, disfrutando del contraste de mi carne ardiente contra la suavidad de su mejilla y sus labios. Sacó la lengua para recorrer toda la longitud, desde la base hasta la cabeza, saboreando el preámbulo con un gemido de puro deleite.

—Mmm… quiero devorarte entero —susurró, rozando la punta con sus labios antes de abrir la boca y dejar que me deslizara lentamente en su interior.

Avril me miró desde su posición, con los ojos inyectados de un hambre que no conocía límites, y sin previo aviso, se tragó mi verga con una embestida profunda que me obligó a arquear la espalda.

—¡Mierda…! —gruñí, apretando los puños contra el sillón al sentir el vacío de su garganta succionando el glande con una presión asfixiante.

No hubo espacio para la delicadeza. Avril comenzó a trabajar con una intensidad salvaje, moviendo la cabeza con una fuerza rítmica que hundía mi verga hasta que su nariz chocaba contra mi abdomen. La habitación se llenó de una sinfonía de sonidos húmedos y obscenos: el roce de la saliva, las succiones voraces y los gorgoteos profundos que delataban lo mucho que estaba disfrutando de su propio exceso.

Cada vez que bajaba hasta el fondo, sostenía la presión varios segundos, desafiando sus propios reflejos. Al subir a tomar aire, hilos espesos de saliva colgaban de las comisuras de su boca, goteando sobre sus tetas y haciendo brillar los piercings plateados. Me miraba fijamente, con los ojos empañados por las arcadas pero encendidos por una lujuria desafiante. Una de sus manos trabajaba la base con fuerza, mientras su boca se concentraba en la cabeza, lamiendo y succionando como si fuera lo único que necesitaba para sobrevivir.

—Estás tan rico… —jadeó al sacársela apenas un segundo, golpeando mi carne contra su lengua que me erizó la piel—. Quiero que me folles la garganta, Andrés. No te detengas.

Volvió a devorarme con una urgencia, aferrándose a mis caderas para invitarme a perder el control. No me hice de rogar. La tomé del cabello, hundiendo mis dedos en su melena, y empecé a follarle la boca con estocadas profundas y brutales. Avril gemía y gorgoteaba alrededor de mi verga, dejando que la saliva corriera libre por su barbilla y bañara su pecho.

Cada vez que la sacaba, ella buscaba aire con desesperación, con la lengua fuera y la mirada perdida, para luego volver a tragársela entera con una determinación que me tenía al borde del abismo.

—Quiero que me uses… —suplicó entre arcadas, con una voz rota que apenas era un susurro—. Quiero sentir cómo me llenas la garganta de tu leche… hazlo ahora.

La jalé hacia mí con una urgencia que rozaba la agresividad, sellando un beso que fue más una colisión de lenguas y hambre que un gesto de afecto.

Sin darle tiempo a recuperarse, la recosté sobre el sillón. Avril se dejó caer, con el pecho agitado y los ojos fijos en los míos. Abrí sus piernas con decisión y me hundí entre ellas, arrodillándome en el espacio que ella me ofrecía como un santuario.

Bajé la cabeza y recorrí su intimidad con una lentitud tortuosa, trazando una línea de fuego con mi lengua que nacía en su entrada y terminaba en su clítoris, que palpitaba hinchado y febril. Avril soltó un gemido que se rompió en el aire, arqueando la espalda con una fuerza que hizo que sus uñas se enterraran en mi cuero cabelludo.

—Ahhh… sí… justo ahí… —jadeó, perdiendo el control de sus movimientos.

Comencé a devorarla con una devoción salvaje. Mis labios succionaban y mi lengua penetraba su humedad con una rítmica implacable, concentrando todo mi fuego en ese punto que la hacía vibrar. Avril empezó a moverse contra mi cara con un descaro hipnótico, frotando su clítoris contra mi lengua como si buscara fundirse conmigo.

—¡Me voy a correr! ¡Andrés, me voy a correr ya! —anunció con la voz quebrada por el clímax inminente.

En lugar de frenar, redoblé la apuesta. Succioné con una fuerza voraz mientras hundía dos dedos en su interior, follándola con un ritmo frenético que la llevó al límite. Avril estalló. Su cuerpo se tensó y sus piernas se cerraron con una fuerza descomunal alrededor de mi cabeza, aprisionando mis sienes en medio de sus convulsiones. Un chorro caliente de sus jugos me empapó la boca y la barbilla, marcándome con su esencia.

No me detuve. Seguí lamiéndola con saña, prolongando los espasmos de su orgasmo hasta que sus gemidos se convirtieron en susurros sin voz y su piel quedó cubierta de un sudor fino y brillante. Cuando finalmente sus músculos cedieron y su cuerpo se desplomó sobre el cojín, Avril me miró con los ojos vidriosos, nublados por el placer, y una respiración que era puro caos.

—No aguanto más… quiero tu verga ahora mismo —suplicó con una ronquera desesperada—. Métemela hasta el fondo… por favor, Andrés, destrózame.

La atmósfera en el departamento se volvió asfixiante, saturada por el olor a sexo y el sonido rítmico de la música que apenas lograba competir con nuestras respiraciones. Avril me miraba desde el fondo del sillón, con los ojos nublados y los labios entreabiertos, en una súplica silenciosa que no admitía demoras.

—Quiero tu verga… métemela… por favor.

Me situé sobre ella, separando sus piernas con una urgencia que me quemaba las manos. Avril elevó las rodillas y las abrió de par en par, ofreciéndose como un territorio conquistado. Tomé mi verga, que pulsaba con una fuerza casi dolorosa, y la froté contra su entrada empapada, trazando círculos sobre su clítoris hinchado hasta que ambos estuvimos al borde del abismo. Entonces, con un solo movimiento profundo y decidido, hundí toda mi longitud en su interior.

—¡Ahhhh, Dios…! —el gemido de Avril fue un desgarro de placer. Arqueó la espalda con violencia, clavándome las uñas en la piel mientras sus músculos internos se contraían alrededor de mi cabeza—. Qué grande se siente… me llenas toda.

Comencé a moverme con estocadas firmes, marcando un ritmo implacable. Cada embestida hacía que sus pechos rebotaran y que el sonido húmedo de nuestra unión llenara el silencio de la sala. Avril me rodeó la cintura con sus piernas, anclándome a ella, y me buscó la boca con un beso desesperado que sabía a deseo.

—Más fuerte… cógeme más fuerte, Andrés —suplicó entre mis labios, con el aliento entrecortado.

Aceleré el paso. La penetración se volvió un martilleo constante y profundo, una coreografía de carne contra carne donde su coño chorreante parecía querer devorarme. Avril ya no gemía; gritaba sin control, echando la cabeza hacia atrás mientras sus uñas trazaban surcos de fuego en mi espalda.

—¡Así… justo así…! ¡No te detengas! —gritaba, elevando las caderas para encontrarse con cada uno de mis golpes, buscando activamente el fondo de su propio placer.

Me apoyé en mis brazos, elevando el pecho para poder mirarla a los ojos mientras la poseía. Tenía el rostro encendido, la piel brillante por el sudor y la mirada perdida en ese punto donde el placer se convierte en agonía. Estaba completamente entregada, rompiéndose bajo mi peso mientras el mundo exterior —la sombra de Rebeca y la furia de Sofía— terminaba de desvanecerse en la oscuridad.

La escena en el departamento se sumergió en una espiral de lujuria pura, donde el cansancio no tenía lugar. Avril acababa de colapsar en un orgasmo que la dejó temblando, pero sus músculos internos seguían aferrados a mi verga con fuerza. En lugar de buscar aire, me buscó la mirada, con los ojos vidriosos y una determinación salvaje.

—Más… no te atrevas a parar… quiero más —suplicó, con la voz rota por el clímax.

Sin darle tregua, tomé sus piernas, las crucé y las cargué sobre mi hombro izquierdo, doblándola casi por la mitad. En esa posición, su coño quedó totalmente expuesto, tensó y ofrecido. Volví a hundirme en ella con una embestida brutal que buscaba el fondo de su vientre. Avril soltó un grito que se ahogó en su propia garganta mientras sus pechos subían y bajaban con violencia.

No pude contenerme. La palma de mi mano impactó con fuerza contra su nalga, un golpe seco que resonó en la habitación y dejó una marca roja instantánea sobre su piel morena.

—¡Ahhh! ¡Sí! ¡Más fuerte! —gimió, perdiendo por completo los estribos.

Sus gemidos subieron de tono, volviéndose agudos, casi desesperados. Sentí cómo su interior empezaba a pulsar de nuevo, anunciando otra tormenta.

—¡Me vengo… otra vez…! ¡Andrés, me vengo!

La tomé del cuello con una mano, ejerciendo la presión justa para recordarle quién tenía el mando en ese sillón. El gesto terminó de encenderla; sus ojos se pusieron en blanco y su coño se contrajo en una serie de espasmos violentos que me succionaron con una fuerza irreal mientras volvía a empaparme con sus jugos.

Entre jadeos erráticos y con el aliento quemándole los labios, Avril logró articular una última petición:

—Quiero… terminar de saborearte… por favor…

Me retiré de su interior con un sonido húmedo. Mi verga emergió brillante, completamente barnizada por su esencia espesa y transparente. Avril no perdió el tiempo; se incorporó con agilidad y se arrodilló frente a mí. Sin mediar palabra, se lanzó sobre mi dureza, tragándosela de un solo golpe hasta el fondo de su garganta.

—Gluck… gluck… gluck…

El sonido de su entrega llenaba el silencio del salón. Me agarró del culo con ambas manos, tirando de mí con una urgencia maníaca, invitándome a follarle la boca con la misma intensidad con la que la había poseído segundos antes. Sus ojos, enrojecidos y llorosos por el esfuerzo, seguían fijos en los míos, devorándome.

La tensión en el departamento alcanzó su punto de ruptura. La tomé de la barbilla con firmeza, obligándola a levantarse y a sostener mi mirada mientras mis manos iniciaban un recorrido posesivo por su cuerpo: bajaron por sus pechos agitados, delinearon su cintura y se anclaron en sus caderas para atraerla hacia mí con un movimiento brusco. La besé con una intensidad que le robó el aliento, una colisión de lenguas y hambre que sellé con un susurro contra sus labios:

—Me encantas…

Esas palabras fueron como gasolina sobre el fuego. Avril soltó un gemido que se ahogó en mi boca y un escalofrío violento recorrió su piel. Sin darle tregua, mi mano bajó directamente hacia su entrepierna. Mis dedos encontraron su intimidad empapada e hinchada, y comencé a frotar su clítoris con movimientos firmes.

Avril me besaba con una desesperación que rozaba la violencia, hundiendo sus uñas en mis hombros mientras presionaba mi mano contra su sexo, reclamando más. Sus caderas se movían por puro instinto, buscando la fricción exacta que la hiciera estallar.

—Así… por favor, no dejes de tocarme… —jadeaba, con el aliento quemándome la piel.

De pronto, rompí el ritmo con una nalgada seca y sonora que dejó la habitación vibrando. Avril soltó un grito de puro placer, un sonido agudo que delataba su entrega absoluta.

—Ponte en cuatro —le ordené, y mi voz sonó ronca, cargada de una autoridad que no admitía réplicas.

Casi por reflejo, Avril obedeció. Se giró sobre el sillón y se colocó en posición, arqueando la espalda y ofreciéndome su retaguardia. Me tomé un segundo para devorar la vista: la línea perfecta de su columna, su culo redondo y firme, y su coño, que brillaba bajo la luz del salón, chorreando una invitación que estaba a punto de aceptar.

Me quedé un segundo ahí, de pie tras ella, devorando con la mirada la forma en que su cuerpo se arqueaba para mí.

—Qué rico culo tienes… —solté con una ronquera que apenas reconocí como mía.

Avril dejó escapar una risa corta, una mezcla de orgullo y provocación pura, mientras balanceaba las caderas con una lentitud hipnótica, invitándome a terminar con la espera. No me hice de rogar. Me acerqué y descargué un par de nalgadas firmes que hicieron vibrar su carne; luego, una tercera más fuerte que dejó un rastro carmesí sobre su nalga derecha. El sonido seco del golpe fue el disparo de salida. Avril gimió, empujando su retaguardia hacia atrás en una búsqueda desesperada de contacto.

Guie la cabeza de mi verga, palpitante y febril, hacia su entrada. En cuanto sintió el calor de mi glande abriendo sus labios hinchados, Avril soltó un jadeo que fue casi un sollozo de alivio.

—Ahhh… métemela toda… ahora… —suplicó en un susurro roto.

Me hundí en ella centímetro a centímetro, disfrutando de la forma en que su interior, apretado y ardiente, me reclamaba. Avril no dejaba de delirar entre gemidos, con palabras que solo servían para alimentar mi fuego.

—Qué gruesa… Me encanta cómo me abres… ¡sí, justo así!

Una vez que estuve completamente dentro, la contención desapareció. Arremetí con una furia rítmica, follándola con estocadas profundas que hacían que mis caderas chocaran contra su culo con un sonido obsceno y rítmico. Con cada embestida, mi mano impactaba contra su piel, dejando marcas que ella recibía como trofeos de guerra mientras su carne se sacudía bajo mi control.

Avril estaba fuera de sí. Empujaba hacia atrás con una urgencia maníaca, queriendo sentir cada nervio de mi verga contra su fondo.

—¡Más! ¡Cógeme con ganas, Andrés! —gritaba entre jadeos, con la cara hundida en el cojín del sillón—. ¡No pares… quiero que me dejes marcada, quiero que me destroces!

La aferré de las caderas con ambas manos, hundiendo mis dedos en su piel para anclarla, y aumenté el ritmo hasta convertirlo en un martilleo frenético. Sentía cómo su coño, en el borde de otro colapso, me apretaba con espasmos violentos en cada estocada, succionándome hacia un clímax que ya no podíamos —ni queríamos— evitar.

La escena alcanzó una intensidad casi asfixiante. Avril estalló en un orgasmo que le recorrió toda la columna, haciendo que su interior se cerrara sobre mi verga con fuerza. Gritó mi nombre, un sonido quebrado que se perdió en la habitación, pero incluso mientras los espasmos la dominaban, sus manos buscaron las mías con desesperación.

— ¡No pares! ¡Por favor, no te detengas ahora…! —suplicó, con la voz apenas audible.

La tomé con fuerza de los ligueros que mordían sus muslos, usándolos como riendas para controlar su entrega. Mis embestidas se volvieron bestiales, un martilleo rítmico y furioso que hacía que su retaguardia chocara con violencia contra mi pelvis. El sonido de la carne contra la carne era lo único que se escuchaba por encima de sus gemidos. Avril estaba al límite de sus fuerzas, pero su cuerpo, movido por un instinto puramente carnal, seguía empujando hacia atrás para devorar cada centímetro de mi penetración.

Cuando sentí que el clímax estaba a un paso, cambié el ritmo para prolongar la agonía. La jalé hacia mí sin retirarme, pegando su espalda sudorosa contra mi pecho hasta que fuimos un solo bloque de calor. Mis estocadas se volvieron lentas, pesadas y agonizantemente profundas, clavándome en ella con una deliberación que la hacía estremecerse.

Guié las manos de Avril hacia mis propios muslos para que encontrara un punto de apoyo, mientras mis manos subían con avidez hacia sus pechos. Los apreté con una fuerza posesiva, buscando con mis dedos el frío metal de sus piercings, pellizcando sus pezones erectos hasta arrancarle gritos de puro placer. Mi boca se ancló en su cuello, marcando su piel con mordiscos y succiones hambrientas mientras seguía poseyéndola desde atrás.

— Así… quiero sentir cómo te rompes por dentro —gruñí contra su oído, dejando que mi lengua recorriera el rastro de sudor en su hombro.

Avril estaba completamente desarmada, con la cabeza echada hacia atrás sobre mi hombro y los ojos en blanco. Su cuerpo era una vibración constante entre mis brazos, entregada a esa cadencia lenta pero demoledora con la que yo controlaba su placer y el mío.

Avril, con los músculos en tensión y la respiración rota, comenzó a dar pequeños saltos sobre mi verga, moviendo el culo con urgencia, como si su propio cuerpo le exigiera un castigo que apenas podía procesar.

Esa chispa de rebeldía física terminó de incendiarme. Bajé una de mis manos, deslizándola por su vientre hasta encontrar su clítoris, que palpitaba hinchado y febril. Comencé a frotarlo con movimientos rápidos y circulares, sincronizando cada presión con una embestida profunda. Cada vez que me hundía en ella hasta el límite, mis dedos martilleaban su centro sensible, llevándola a un estado de shock sensorial.

No tardó en quebrarse. El cuerpo de Avril se tensó como una cuerda a punto de romperse; empezó a vibrar bajo mi peso y a soltar gemidos desarticulados, casi inhumanos.

Aproveché el caos de sus sentidos para rodear su cuello con mi mano, ejerciendo una presión posesiva que la obligó a arquearse más. En ese punto de dominio absoluto, redoblé la velocidad, convirtiendo mis estocadas en un martilleo brutal que hacía que mis caderas chocaran contra su retaguardia con un sonido obsceno y seco.

Avril finalmente estalló.

—¡Sí! ¡Así! ¡Mierda, qué puta me siento! —gritó con la voz desgarrada, una confesión que se perdió entre sus propios espasmos.

Su interior se convirtió en una trampa de seda, contrayéndose violentamente alrededor de mi verga, ordeñándome con una fuerza que me hizo apretar los dientes. Sus piernas fallaron y empezó a temblar mientras sus jugos calientes bañaban mis muslos. No la solté; mantuve el control sobre su cuello y seguí follándola a través de su clímax, obligándola a habitar ese orgasmo eterno hasta que, finalmente, sus fuerzas la abandonaron y se desplomó contra el respaldo del sillón.

Con los cuerpos bañados en sudor y los sentidos al límite, Avril reunió un último aliento de energía. Me empujó con una urgencia febril hasta que mis hombros tocaron el respaldo del sillón y, sin dudarlo, se encaramó sobre mí para reclamar lo último que quedaba de nuestra resistencia.

Se hundió sobre mi verga con una lentitud tortuosa, tragándome por completo con un gemido largo que vibró en el aire. Comenzó a cabalgarme con movimientos pesados y profundos, dejando caer todo su peso en cada descenso. Sus pechos rebotaban frente a mis ojos con un ritmo hipnótico, mientras su interior, ardiente y apretado, trabajaba mi dureza con una voracidad que me nubló el juicio.

—Quiero que te vengas dentro… lléname con todo lo que tengas —jadeó, sosteniendo mi mirada con una intensidad que parecía quemar.

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