La sentencia definitiva de mi tía quedó flotando en el aire. Sofía se tensó tanto a mi lado que pude escuchar el leve crujido de su respiración contenida, visiblemente impactada por el vuelco que acababa de dar la situación. Por mi parte, me quedé petrificado en medio del pasillo, con el cansancio acumulado de la noche transformándose de golpe en una fría descarga de adrenalina. No hubo tiempo para réplicas. Rebeca dio media vuelta, entró en su recámara y cerró la puerta con un golpe seco, rotundo, cuyo eco pareció sacudir los cimientos de la casa.
En cuanto el silencio volvió a adueñarse del espacio, la distancia entre Sofía y yo desapareció. Se giró hacia mí con brusquedad, los ojos desorbitados por una mezcla de furia contenida y pánico real.
—¿Qué carajos pasó entre ustedes mientras yo no estaba? —me espetó en un susurro sibilante, tomándome del brazo con fuerza—. ¿Por qué te está corriendo de la casa, Andrés? Mi mamá nunca se pone así.
Me pasé una mano por el rostro empapado en sudor, intentando espabilarme y asimilar el ultimátum de Rebeca.
—No pasó nada que ella no sospechara ya… —respondí, bajando la voz al mínimo—. Sabe que estuve con Avril, y vernos a nosotros dos juntos aquí arriba, contigo vestida así… terminó de romperle la paciencia.
Sofía se hundió los dientes en el labio inferior con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerse daño. El pánico empezó a ganarle terreno a la altivez con la que me había recibido en la escalera.
—Esto se nos fue de las manos… —murmuró, desviando la mirada hacia la madera lacada de la puerta de su madre—. Si no hubieramos hecho las cosas más secretas, si Avril no hubiera venido… Mierda, mi mamá está completamente desquiciada. Y te quiere fuera de su vista mañana mismo.
Se quedó estática un instante, asimilando el vacío que significaría mi ausencia en esa casa. Volvió a mirarme, y esta vez la fiera protectora sustituyó a la amante herida; sus ojos brillaban con una mezcla de culpa y una determinación absoluta.
—No vas a irte a ningún lado, Andrés… —susurró, dándole un tirón a mi camisa para acortar la distancia—. No voy a dejar que te vayas de mi cama. Vamos a arreglar esto, aunque tenga que enfrentarme a ella.
Sofía cerró la puerta de la habitación con un clic casi inaudible, dejando fuera la pesadez del pasillo, pero manteniendo intacta la electricidad del ambiente. Se quedó de pie, de espaldas contra la madera, mirándome con los ojos inyectados de esa mezcla de adrenalina y pánico que la hacía lucir aún más salvaje.
—¿Qué carajos vamos a hacer, Andrés? —preguntó en un susurro que delataba lo mucho que le afectaba la situación—. Mi mamá está fuera de sí. Nunca la había visto mirarnos con tanto odio.
Arrastré los pies hasta el borde de la cama y me dejé caer, soltando un suspiro largo que pareció vaciarme los pulmones. Me pasé las manos por la cara, sintiendo el peso muerto del cansancio físico y la resaca emocional de una noche que se había salido de cualquier libreto.
—Ya no quiero causar más incendios en esta casa, Sofía —admití, con una sinceridad limpia, despojada de poses—. Esto se nos escapó de las manos hace mucho. Entre tus juegos con Alex, lo mío con Avril, y la idea que tenía de tu mamá… todo está a punto de estallar. Quizá Rebeca tenga razón. Mañana mismo empiezo a buscar un departamento.
Sofía se quedó estática, procesando mis palabras mientras la realidad de una casa vacía empezaba a cobrar forma en su cabeza. Con pasos lentos, acortó la distancia, se sentó a mi lado en el colchón y envolvió mi mano con la suya. Sus dedos temblaban ligeramente.
—No quiero que te vayas… me enferma la idea de no tenerte al cruzar el pasillo —murmuró, clavando la vista en nuestras manos entrelazadas—. Pero… en el fondo sé que tienes razón. Mi mamá ya no nos quita los ojos de encima. Si te quedas, tarde o temprano va a abrir esa puerta y nos va a pillar en el acto.
Se formó un silencio denso entre los dos. Sofía tragó saliva, y cuando levantó la vista, sus ojos oscuros albergaban una vulnerabilidad extraña en ella, una mezcla de melancolía y un deseo terco que se negaba a apagarse.
—¿Y qué pasa con nosotros? —preguntó, con la voz quebrada—. Si cruzas esa puerta con tus maletas… ¿esto se termina aquí?
Le sostuve la mirada, perdiéndome por un segundo en la intensidad de su rostro, antes de negar suavemente con la cabeza.
—No tiene por qué terminarse —respondí, suavizando el tono—. Al contrario. Tal vez tener mi propio espacio sea lo que necesitamos. Podremos vernos sin el maldito cronómetro en la mano, sin tener que mirar la puerta cada cinco minutos y sin el pánico constante de que tu mamá nos descubra en nuestra propia cama.
Una pequeña sonrisa, mezcla de alivio y picardía, asomó por fin en sus labios, devolviéndole ese brillo peligroso a su mirada.
—Entonces… ¿seguimos jugando? ¿Aunque ya no vivas bajo el mismo techo?
—Por supuesto —aseguré, apretándole los dedos con firmeza—. Solo tendremos que ser el doble de inteligentes. Pero no tengo ninguna intención de soltar esto.
Sofía se inclinó hacia mí, eliminando la última distancia para sellar el pacto con un beso lento, denso y cargado de una posesividad casi tierna. Cuando se separó apenas unos milímetros, apoyó su frente contra la mía, dejando que su aliento cálido me rozara los labios mientras susurraba con una voz ronca y cargada de intención:
—Entonces búscate un buen lugar, Andrés… uno con una cama grande donde yo pueda ir a buscarte sin que nadie nos pida explicaciones. Porque aunque mi mamá crea que puede separarnos, yo no tengo intenciones de dejar que otra te disfrute como me disfrutas a mí.
Se apartó un poco, subiendo una mano perezosa para acariciarme la mejilla con la yema de los dedos, pero su expresión se volvió repentinamente seria, casi afilada, al recordar el rastro que yo traía en el cuerpo.
—Solo prométeme una sola cosa —añadió, clavándome las uñas con suavidad en la nuca—. No te vayas a enamorar de Avril. Ella es solo… una distracción para una noche… pero yo soy la que de verdad te conoce. No lo olvides.
Decidí no responderle a Sofía. No había necesidad de estirar más una conversación que ya había dejado las cartas sobre la mesa. Me limité a dedicarle una sonrisa cargada de un cansancio pesado, le di un beso suave en la frente y salí de su habitación en silencio, dejándola sola con sus propias advertencias.
Crucé el pasillo a oscuras, entré a mi recámara y cerré la puerta tras de mí. El silencio de mi propio espacio se sintió como una tregua efímera. Me despojé de la ropa desalineada y me dejé caer en la cama, bocarriba, sintiendo cómo los músculos me pasaban la factura de la noche. Apenas había cerrado los ojos cuando la vibración del teléfono en mi pantalón rompió el letargo.
Era Avril.
Desbloqueé la pantalla y, empujado por la inercia de los acontecimientos, decidí ponerla al tanto de la situación con un texto breve y directo:
«Mi tía terminó de atar cabos al verme llegar. La situación en la casa se volvió insostenible y me pidió que busque otro lugar para vivir mañana mismo.»
Avril no se tomó el tiempo para procesarlo demasiado; su respuesta llegó apenas unos segundos después:
«Vaya… qué rápido se prendió. Oye, el departamento donde estuvimos hoy va a estar completamente solo unos días; mi amiga no regresa de su viaje hasta la próxima semana. Puedes quedarte ahí mientras buscas algo formal. Es pequeño, pero ya viste que es cómodo y, lo mejor de todo… nadie te va a molestar ni a pedir explicaciones.»
Antes de que pudiera asimilar la propuesta de tener la llave de ese sillón donde nos acabábamos de deshacer, la pantalla se actualizó con un segundo bloque de texto:
«Y si necesitas una solución más permanente, mi hermana Melissa tiene un departamento bastante amplio en una buena zona y está buscando roomie para compartir gastos. Le caíste bastante bien… (aunque nos haya pillado en el peor momento posible jajaja). Podrías mudarte con ella después. Es seria con sus cosas, pero muy buena onda.»
El mensaje cerraba con un emoji de guiño que le devolvía el tono juguetón a la conversación.
Me quedé estático en la penumbra del cuarto, mirando el brillo del teléfono y procesando las opciones. El destino me estaba arrojando un salvavidas doble justo cuando el barco en casa de mis tíos se hundía por completo. Era una vía de escape rápida y, sobre todo, una distancia saludable del tablero tóxico que compartía con Sofía y Rebeca.
Antes de que mis dedos rozaran el teclado, la pantalla parpadeó una última vez:
«No tienes que decidirlo en este segundo. Pero si te convence, mañana mismo te puedo entregar las llaves del depa de mi amiga. Y si prefieres la opción de Melissa… ya hablé con ella y dice que no tiene ningún problema en recibirte. Piénsalo.»
Tomé el teléfono y le respondí a Avril antes de que el cansancio terminara por apagarme los ojos:
«Gracias, Te debo una. Acepto lo del departamento por estos días. ¿Te parece bien si paso hoy por las llaves? No quiero estirar más la cuerda en esta casa.»
La respuesta de Avril no se hizo esperar, constante como siempre:
«Perfecto. Te veo a las 11:00 am en el mismo lugar de ayer. Te entrego las llaves y te explico cómo está el movimiento. No te preocupes por nada, ahí vas a estar de lujo.»
Por la mañana, el despertar en la casa fue una experiencia gélida. Rebeca apenas me dirigió la palabra durante el desayuno; sus movimientos eran mecánicos, distantes, y el ambiente en el comedor estaba suspendido en un silencio incómodo, cortado únicamente por el tintineo de los cubiertos. Sofía se mantuvo al margen, extrañamente sumisa, lanzándome miradas de reojo que cargaban con todo el peso del pacto que habíamos sellado en su habitación la noche anterior, pero sin atreverse a abrir la boca frente a su madre.
En cuanto terminé, subí a mi habitación y preparé una mochila con lo indispensable: algo de ropa, mis documentos y las cosas básicas para sobrevivir una semana. Al bajar, me topé con Rebeca en el recibidor.
—Voy a salir a revisar un par de opciones para mudarme —le dije, sosteniéndole la mirada.
Ella se limitó a asentir con una rigidez severa, pero la desconfianza que le brillaba en los ojos me dejó claro que no se estaba tragando el cuento de mi repentina eficiencia.
Caminé hacia el punto de encuentro con el aire fresco de la mañana ayudándome a despejar la cabeza. Cuando llegué, Avril ya me esperaba, luciendo fresca, como si la noche anterior no nos hubiera desgastado el cuerpo. Al verme, una sonrisa cómplice iluminó su rostro. Me tendió el juego de llaves sin rodeos y me dio las especificaciones del lugar: el funcionamiento del internet, la chapa de la entrada y el orden de los servicios.
—Por cierto, mi hermana Melissa te manda saludos —añadió con una sonrisita cargada de doble intención—. Me repitió que la oferta de su departamento sigue en pie si decides buscar algo más permanente. Está enorme y a ella le urge repartir el gasto de la renta.
Pasé el resto de la tarde transportando mis cosas e instalándome en el inmueble. El departamento, mirándolo con detenimiento, era compacto pero funcional. Al caer la tarde, me senté en el borde de la cama y solté un suspiro profundo, disfrutando, por primera vez en semanas, de una desconexión absoluta. No había pasos en el pasillo, ni miradas de reproche, ni el cronómetro de la culpa corriendo en mi contra.
El amago de paz duró poco. El teléfono sobre el colchón parpadeó, notificando dos mensajes casi simultáneos que volvieron a poner el tablero en marcha.
El primero era de Sofía:
«¿Ya encontraste dónde caerte muerto? ¿Cómo estás? Dime que no estás muy lejos…»
El segundo, que entró un minuto después, era de Avril:
«¿Ya te acomodaste en tu nuevo nido? ¿Quieres que pase al rato a jugar en esa cama contigo y a hacerte compañía?»
Me senté en el borde del colchón, sopesando el peso de la pantalla en mis manos. La libertad se sentía extraña, pero el tablero seguía igual de activo. Decidí jugar mis cartas con cuidado y abrí primero el chat de Sofía, midiendo la distancia para no romper el hilo:
«Por lo menos no tuve que mudarme de ciudad, aunque esto sea temporal. Encontré un departamento pequeño pero bastante decente. Mañana te cuento los detalles con más calma, todavía estoy descifrando el caos de que haré.»
Cerré su conversación de inmediato y salté al chat de Avril. Con ella no hacía falta el misterio; la inercia de la noche anterior jugaba a mi favor:
«Ya quedó todo en su sitio. Me gustaría que estuvieras aquí para hacer de esta cama un lugar un poco más especial…»
La respuesta de Avril cayó casi al instante, acompañada de un emoji de fuego:
«Mmm… me fascina cómo piensas. Dame una hora y estoy contigo. Prepárate, porque quiero estar en esa cama contigo a mi manera.»
Mientras el reloj avanzaba, me recosté sobre las sábanas, sintiendo una mezcla densa de alivio por haber dejado atrás el ambiente asfixiante en que se habia convertido la casa de mis tíos y una inevitable oleada de excitación por lo que estaba a punto de ocurrir en este nuevo escenario.
Un rato después, el sonido de tres golpes firmes en la puerta interrumpió el silencio. Al abrir, me topé con Avril de frente. Traía esa sonrisa traviesa que ya conocía bien, vestida de manera informal pero letal: unos shorts de mezclilla ajustados y una blusa corta que exponía su abdomen tonificado y su piel morena.
—Vine tan rápido como me lo permitieron las piernas —soltó, dándome un sutil empujón para colarse en el departamento antes de cerrar la puerta de un golpe a sus espaldas—. No tenía la menor intención de hacerte esperar.
Se acortó la distancia de inmediato. Me rodeó el cuello con los brazos, obligándome a bajar hacia ella, y me atrapó en un beso profundo, hambriento, pegando la calidez de su cuerpo contra el mío en un reclamo absoluto.
—Bueno… —susurró contra mis labios, con la respiración ya un poco alterada—. Voy a ponerme un poco más cómoda. Traje algo especial para la ocasión.
Avril se dirigió al baño con un paso lento y cadencioso, dejando la puerta entornada a propósito, permitiéndome adivinar sus movimientos a través de la rendija. Escuché el roce de la mezclilla cayendo al suelo. Unos minutos después, la puerta se abrió por completo y ella regresó a la habitación.
Se había colocado un conjunto de lencería de encaje color verde esmeralda que hacía un contraste espectacular con el tono de su piel. El corte de las prendas estaba diseñado para estilizar su figura, enmarcando sus curvas firmes, la redondez de sus pechos y la línea de sus caderas de una forma que eliminó cualquier rastro de cordura en la habitación. Sostuvo mi mirada con un desafío silencioso, sabiendo perfectamente el impacto que estaba causando en mí.
Avril avanzó hacia el colchón con una parsimonia calculada, consciente del poder que ejercía cada uno de sus movimientos. Se tendió sobre las sábanas bocarriba, estirándose con la flexibilidad de una gata mientras arqueaba la columna para potenciar el relieve de sus formas. Luego, con un giro fluido, se acomodó de costado antes de adoptar una posición en cuatro, dándome la espalda por completo. Desde esa perspectiva, me miró por encima del hombro con los ojos cargados de malicia, al tiempo que usaba ambas manos para masajear sus nalgas firmes, separándolas de manera sutil en una invitación explícita.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó con una ronquera juguetona, midiendo mi reacción.
Me limité a asentir, con la garganta completamente seca. La estampa era demoledora: la redondez perfecta de su retaguardia, el fino encaje verde contrastando con su piel y la sutil humedad que ya empezaba a asomar en su entrepierna. Avril continuó con el suplicio, moviendo las caderas en círculos lentos y sinuosos, deleitándose con la forma en que mis ojos la devoraban.
La contención saltó por los aires. Me despojé de la ropa en un par de movimientos rápidos y me deslicé en la cama hasta arrodillarme justo detrás de ella. Me incliné para sepultar el rostro en su piel, mordiendo con suavidad la carne firme de sus nalgas mientras mis manos delineaban sus contornos sobre el tejido.
Queriendo eliminar cualquier barrera, deslicé la prenda inferior de un tirón, dejando su intimidad completamente expuesta y brillante por el deseo. Descargué una nalgada firme y sonora que hizo vibrar su carne, seguida de un rastro de besos húmedos que ascendió por su columna. Al llegar a su espalda alta, busqué el broche del sostén; lo liberé con destreza y dejé que la gravedad expusiera la plenitud de sus pechos.
Avril se incorporó a medias sobre los codos, girando sutilmente el torso, y su mano descendió con decisión hacia mi entrepierna. Envolvió mi miembro, que ya pulsaba rígido y febril, aplicando una presión posesiva que me arrancó un gemido sordo.
—Me vuelve loca tu tamaño… —murmuró, alternando las manos para recorrer toda la longitud sin apartar sus ojos encendidos de los míos—. Tan gruesa, tan dura… y toda disponible para mí.
La tensión acumulada exigió un cambio de juego. Me tendí bocarriba sobre el colchón, entregándole el control del espacio. Avril sonrió y gateó sobre mí como una depredadora que acorrala a su presa, manteniendo los dedos firmemente anclados alrededor de mi hombría mientras se preparaba para tomar posesión del territorio.
Avril detuvo su avance justo encima de mí, quedando arrodillada entre mis piernas como una deidad dueña de la situación. Sus manos, suaves y encendidas por la expectación, envolvieron mi miembro con una firmeza casi litúrgica, masajeándolo con una lentitud deliberada mientras sus ojos devoraban cada centímetro de mi anatomía.
—Mmm… mira qué delicia de verga tienes —murmuró, y su voz bajó un octavo, arrastrando una ronquera que me erizó la piel—. Tan gruesa… tan venosa… me vuelve loca sentir cómo palpita en mis manos.
Me contemplaba con una fascinación casi devota, como si tuviera entre los dedos su posesión más valiosa. Sus pulgares ascendían y descendían con fuerza, aplicando una presión exacta sobre la corona hinchada para arrancarme un latido sordo tras otro.
—Imagínate lo que sería que me la clavaras en mi pequeño ano… —soltó a quemarropa, sosteniéndome la mirada con una sonrisa cargada de una perversidad absoluta—. Entrando milímetro a milímetro… abriéndome por completo… hasta que me dejes el culo desbordando con tu leche.
La crudeza de la fantasía me golpeó con la fuerza de un rayo; mi miembro reaccionó con un espasmo violento y doloroso de puro placer bajo su agarre. Avril dejó escapar una risita baja, plenamente satisfecha al comprobar el poder que sus palabras tenían sobre mi cuerpo.
Se inclinó por completo, acortando la distancia física, y comenzó a depositar besos húmedos en la punta de mi verga, alternándolos con succiones cortas y lengüetazos lentos que delinearon todo el relieve sensible de la corona. Con una parsimonia tortuosa, descendió por la longitud, lamiendo la línea de la superficie desde la base de mis huevos hasta el extremo, saboreándome con una devoción impecable.
—Mmm… estás jodidamente exquisito… —gimió, barriendo mis testículos con la lengua plana antes de ascender de nuevo con el mismo ritmo.
Abrió los labios y comenzó a tragarse mi longitud de manera progresiva, iniciando un oral profundo, denso y absorbente. Bajaba controlando el reflejo de su garganta y ejercía una presión asfixiante al subir, succionando con un hambre que me nubló el juicio. Durante todo el proceso, sus ojos enrojecidos no se apartaron un solo segundo de los míos, sosteniendo un pulso de lujuria y control mientras su boca trabajaba mi hombría con una voracidad salvaje.
Avril me barrió con una mirada inyectada de lujuria antes de rematar la faena. Sin mediar palabra, abrió los labios por completo y se tragó mi longitud de un solo movimiento firme, descendiendo con una decisión que hizo que su nariz impactara contra la base de mi abdomen. Un eco húmedo, espeso y sordo resonó en la habitación mientras forzaba su propia anatomía, amoldando su garganta al grosor de mi miembro con una voracidad implacable.
Después de varios segundos sosteniendo la presión en el fondo, se retiró con un jadeo ahogado en busca de oxígeno. Un fino hilo de saliva densa conectó sus labios hinchados con la corona de mi verga.
—Mierda… es que eres demasiado enorme… —jadeó, con el pecho subiendo y bajando de forma errática mientras mantenía un bombeo manual con la palma lubricada—. Me vuelve loca sentir cómo me abres por dentro… exígeme más, Andrés.
Se inclinó de nuevo con un hambre renovada, hundiéndose hasta el límite absoluto de su capacidad. Aguantó la presión allí abajo mientras sus ojos comenzaban a empañarse en lágrimas por el esfuerzo reflejo de su garganta. Al subir para recuperar el aliento, soltó una última provocación con la voz completamente rota:
—Fóllame la boca… úsame como quieras, no me tengas lástima.
Volvió a confinarse mi hombría en el interior, succionando con una fuerza que me hizo arquear la pelvis del colchón. Repitió la secuencia con un ritmo cada vez más denso y agresivo. Cada vez que emergía apenas unos centímetros para tomar aire, su lengua no dejaba de trabajar la superficie sensible.
—Está hirviendo… las venas te saltan… me estás obligando a salivar por completo —gemía, delineando el glande con la punta de la lengua—. Quiero que explotes en mi garganta… pero primero déjame reclamar el resto.
Descendió por completo hacia mi entrepierna, concentrando su atención en mis testículos con una devoción impecable. Comenzó a lamer y succionar la piel tensa, albergando primero uno y luego el otro en la calidez de su boca, mientras sus dedos continuaban trabajando el tallo de mi verga, que ya estaba completamente empapada de su saliva. Su lengua plana recorría cada pliegue, saboreándome con un descaro absoluto.
—Quiero que me dejes tu firma en todas partes… en la boca, en la garganta, en el coño… quiero todo lo que tengas.
Volvió a ascender con la misma parsimonia y se empaló por completo con mi verga, hundiéndola hasta el fondo de su garganta una vez más. Emitió un quejido sordo que vibró directamente contra mi miembro mientras sus ojos fijos en los míos dejaban claro que estaba dispuesta a aguantar el castigo hasta el final.
Avril sostuvo la penetración oral hasta el límite de su resistencia, aguantando con una entereza feroz mientras sus ojos se inundaban por completo de lágrimas debido al esfuerzo físico y al placer reflejo. Me contempló desde el suelo con esa expresión desarmada, una mezcla de total vulnerabilidad y una lujuria abrasadora que me dinamitó el autocontrol. Tras varios segundos conteniendo el aliento, se retiró con lentitud, jadeando de forma errática para recuperar el oxígeno, mientras un hilo denso de saliva quedaba suspendido de sus labios hinchados.
—Cógeme ya… por lo que más quieras —suplicó con una voz que arrastraba una falsa inocencia, pero que vibraba cargada de una urgencia carnal—. Necesito tenerte dentro.
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