La prima Sofía: Deseada

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T. Lectura: 12 min.

La transición exacta entre su mirada sumisa y la crudeza de su exigencia terminó por encenderme. La tomé con firmeza de la cintura y la acomodé de costado, posicionándome justo detrás de ella en una postura compacta y posesiva. Avril flexionó y elevó la pierna superior con un movimiento fluido, exponiendo su intimidad por completo. Froté mi verga un par de veces contra su coño húmedo antes de empujar de manera continua, penetrándola milímetro a milímetro hasta que mi pubis chocó contra la redondez de sus nalgas, hundiéndome en su interior ardiente y estrecho.

—Ahhhh… Mierda, sí… —gimió Avril, arqueando el cuello hacia atrás hasta que su nuca encontró el hueco de mi hombro.

Comencé con embestidas masivas, profundas y constantes, tomándola desde atrás con un ritmo que no admitía pausas. Mientras mantenía el vaivén, deslicé una de mis manos hacia adelante para apresar uno de sus pechos con fuerza, mientras la otra descendía directo hacia su entrepierna para presionar y frotar su clítoris hinchado. Avril reaccionaba a cada impacto ahogando un quejido, empujando sus nalgas hacia atrás con un movimiento reflejo para obligarme a tocar el fondo de su útero.

—Así… justo así, Andrés… —susurró con una voz rota, saturada por la intensidad del estímulo—. No te salgas… quiero sentir todo tu grosor dentro.

La abracé contra mi pecho sepultando los dientes en su hombro mientras continuaba poseyéndola con una cadencia firme y profunda, deleitándome con la forma en que sus paredes internas se contraían alrededor de mi verga.

Avril comenzó a vibrar violentamente hasta que se desplomó por completo sobre mí, dejándose arrastrar por los espasmos de su clímax. En su interior, sus paredes continuaban reaccionando con contracciones sutiles e involuntarias, reteniendo la calidez de mi verga totalmente dura. Ambos respirábamos de forma agitada, con las pieles cubiertas de una fina capa de sudor y el cuerpo de ella amoldado perfectamente al mío.

—No mames… —susurró contra mi cuello, y su voz arrastraba una ronquera pesada—. Me llenas por completo… siento cómo palpita tu verga dentro de mí. Me vuelve loca cuando me coges con esa fuerza… como si fuera tu puta personal.

Deslicé una mano por su espalda húmeda hasta alcanzar la curva de sus caderas, apretando la carne firme con una posesión brusca. Avril ahogó un quejido dócil y balanceó ligeramente el culo, una fricción que hizo que mi miembro se removiera en su calidez.

—Eres una puta deliciosa —le devolví el cumplido, atrapándole el lóbulo de la oreja entre los dientes—. Y a mí me vuelve loco la forma en que me estrangulas ahí dentro cada vez que te corres… como si pretendieras dejarme anclado para siempre.

Avril levantó el rostro para fijar en mí sus ojos vidriosos, en los que el cansancio no lograba apagar el rastro de la lujuria. Se hundió los dientes en el labio inferior y comenzó a reanudar el balanceo de forma perezosa, cogiéndome con una suavidad tortuosa.

—Quiero más… —suplicó en un murmullo entrecortado—. Necesito que me folles otra vez.

Se enfocó de inmediato al vaivén, buscando el roce directo. La redondez de sus senos impactaba suavemente contra mis manos con cada uno de sus movimientos, mientras sus quejidos perezosos llenaban la penumbra.

—Dime que soy tu puta… —exigió, clavándome una mirada desafiante—. Dime que este coño te pertenece.

—Eres mi puta, Avril —gruñí, afianzando mis manos en sus nalgas para dictar un ritmo más agresivo y profundo—. Este coño estrecho es mío. Y voy a reclamarlo y a llenártelo todas las veces que me dé la gana.

El estímulo verbal terminó por desatarla. Avril incrementó la urgencia de sus movimientos, ignorando el agotamiento evidente de sus músculos. Sus paredes internas, inflamadas y ultrasensibles por el clímax previo, se cerraban como un puño alrededor de mi grosor con cada descenso.

—¡Sí…! ¡Soy tu puta…! ¡Cogeme de una puta vez… lléname! —jadeaba, perdiendo la finura en una cadencia frenética.

De pronto, su anatomía se rigió por completo en un espasmo violento. Su cuerpo se tensó de la cabeza a los pies al alcanzar otro orgasmo; fue más corto pero sumamente concentrado, que obligó a su interior a oprimir mi verga con una fuerza asfixiante mientras ella enterraba el rostro en mi cuello para ahogar un grito sordo.

Finalmente, las fuerzas la abandonaron por completo y se derrumbó sobre mi pecho, convertida en un peso muerto que buscaba oxígeno de forma desesperada contra mi piel.

—Eres… un hijo de puta… —susurró tras un largo silencio, dibujando una sonrisa exhausta pero cargada de una perversidad intacta—. Me dejaste completamente destruida… pero no te atrevas a parar.

Avril me lanzó una mirada encendida antes de abalanzarse para atraparme en un beso desesperado. Su lengua invadió mi boca sin pedir permiso, mientras su mano descendía decidida hacia mi entrepierna, tomando mi carne con sus dedos calientes para iniciar una masturbación lenta y rítmica. Al sentir cómo mi masculinidad ganaba volumen y se tensaba bajo su tacto, Avril intensificó la presión de sus labios, derramando un quejido de pura excitación contra mi boca.

—Otra vez duro para mí… —susurró con una ronquera pesada, hundiéndome los dientes en el labio inferior.

Se incorporó y comenzó a descender por mi torso, dibujando un camino de besos húmedos y mordiscos sutiles que me erizaron la piel hasta alcanzar mi rigidez febril. La aseguró con ambas manos, contemplándola con una fascinación casi religiosa.

—Me vuelve loca… tan gruesa, con las venas saltando… —murmuró, antes de entreabrir los labios y tragársela con una voracidad implacable.

Forzó el recorrido en un par de penetraciones orales masivas, hundiéndose hasta el fondo absoluto de su garganta y sosteniendo la presión ahí abajo durante varios segundos, mientras sus ojos se inundaban de lágrimas por el esfuerzo. El fluido lubricaba toda la superficie, dejándola completamente empapada y brillante.

Satisfecha con el preámbulo, se incorporó y se acomodó sobre mi regazo en una postura de vaquera invertida, dándome la espalda. Desde mi posición, la vista era una obra de arte erótica: la redondez masiva de sus nalgas y la línea de su entrepierna transpirando humedad. Avril estiró la mano hacia atrás para guiar mi firmeza, alineándola directamente con la entrada de su esfínter. Me miró por encima del hombro con una sonrisa cargada de una perversidad absoluta y comenzó a dejarse caer con una parsimonia tortuosa.

—Ahhhh… Maldita sea, qué enorme eres… —gimió, clavándose los dientes en el labio inferior a medida que sentía cómo la corona de mi verga invadía su estrecho ano, abriéndose paso milímetro a milímetro.

La fricción era descomunal: las paredes calientes, secas pero lubricadas externamente por el exceso de nuestros jugos, se ceñían a mi grosor con una fuerza asfixiante, devorándome de forma implacable. Avril continuó el descenso hasta que mi pubis chocó contra la base de su retaguardia, sepultándome por completo en su interior. Soltó un gemido largo, denso y gutural que vibró en todo el colchón.

—Dios… me estás abriendo por la mitad… —jadeó, forzando un balanceo lento.

Comenzó a subir y bajar con un cuidado milimétrico al principio, pero ganando confianza y ritmo a cada segundo. Sus nalgas firmes impactaban de lleno contra mi pelvis en cada descenso, ofreciéndome un espectáculo hipnótico mientras su anillo oprimía mi miembro con una presión salvaje que amenazaba con dinamitar mi control.

Avril incrementó la intensidad de forma abrupta. Empezó a elevarse casi hasta el límite de la corona para luego dejarse caer con todo su peso, obligando a su esfínter a devorar mi grosor de un solo golpe. Sus nalgas impactaban contra mis muslos con un eco carnoso, rítmico y húmedo que se volvía cada vez más acelerado.

—¡Carajo, qué puta delicia de verga! —bramó, girando el rostro por encima del hombro con la mirada inyectada de lujuria—. Me estás abriendo por completo… ¡más! ¡Andrés, destrozame el culo!

Tomé las riendas desde abajo, arqueando la pelvis para embestirla con una fuerza. Clavé mis manos en sus caderas, asegurando el agarre, y tiré de su cuerpo hacia mí en cada uno de sus descensos para obligarla a recibirme hasta el fondo absoluto de su capacidad.

—¡Así te quiero! ¡Trágate cada maldito centímetro con ese culo estrecho! —gruñí, descargando una nalgada firme que dejó la marca carmesí de mis dedos en su piel y la hizo estremecerse.

Avril soltó un grito agudo de puro placer y comenzó a cabalgarme con una furia salvaje, completamente poseída por el ritmo. Sus caderas se movían en un vaivén violento que desafiaba cualquier intento de contención.

—¡Sí…! ¡Fóllame el culo así! ¡Quiero que me dejes el ano completamente abierto y desbordando con tu leche espesa! ¡Más duro, Andrés! ¡Úsame como la puta que soy!

El ritmo se volvió frenético, un choque constante de cuerpos donde la sutileza ya no tenía espacio. Mis caderas impactaban contra su retaguardia con violencia, encendiendo su piel. Avril gemía sin el menor rastro de cordura, entregada por completo al balanceo agresivo mientras las paredes de su esfínter oprimían mi miembro con una fuerza asfixiante que me aceleró el pulso.

—¡Me vuelve loca que me reclames por atrás! ¡Soy tu puta anal! —gritaba, con el aliento entrecortado por la exigencia física.

Enredé los dedos de una mano en su cabello y tiré hacia atrás con firmeza, obligándola a arquear la columna y exponiéndola aún más mientras continuaba poseyéndola sin la menor piedad. Con la mano libre, repetí el castigo sobre sus nalgas, haciéndolas vibrar con cada impacto.

—¡Tómalo todo! ¡No te guardes nada en ese culo! —bramé, sintiendo cómo la presión interna me arrastraba directo hacia el precipicio del clímax.

Avril comenzó a temblar de forma descontrolada sobre mi regazo. Su anillo se contraía en espasmos erráticos y desesperados alrededor de mi verga mientras ella se retorcía y suplicaba con la voz completamente rota:

—¡No te detengas…! ¡Quiero que explotes aquí dentro! ¡Lléname el culo de leche hirviendo, por favor, Andrés!

Avril prolongó el tormento sin darme un segundo de tregua. Con mi miembro todavía sepultado hasta la raíz en su esfínter, comenzó a trazar círculos lentos, masivos y calculadamente profundos con las caderas. El movimiento poseía una cadencia hipnótica; sus nalgas giraban con soltura, obligando a las paredes de su ano a masajear cada milímetro de mi grosor en un recorrido asfixiante que me tensó todos los músculos del cuerpo.

La panorámica desde el colchón era demoledora: la oscilación continua de su trasero perfecto devorando mi verga una y otra vez, la tensión de sus muslos y la copiosa humedad de su coño goteando de forma constante sobre mis testículos terminaron por quebrar mi resistencia.

—Ahhh… Mierda, mira cómo te devoro con el culo… —gemía Avril, imprimiendo más velocidad a esos círculos tortuosos—. Se siente inmenso aquí dentro… me estás ensanchando por completo…

De pronto los giros perdieron fluidez y se transformaron en un vaivén errático, espasmódico, mientras sus quejidos subían de tono, rebotando en las paredes del departamento.

—¡Me vengo… me vengo otra vez! ¡Me voy a reventar con tu verga en el culo! —gritó, entregándose al abismo.

Avril colapsó en un orgasmo brutal. Su anillo se cerró en torno a mi miembro con una fuerza descomunal a través de pulsaciones violentas y rítmicas, al tiempo que su intimidad delantera expulsaba sus propios jugos calientes. Su cuerpo entero entró en una convulsión ingobernable; se arqueaba y emitía sonidos guturales, poseída por el éxtasis anal.

Sin embargo, yo todavía estaba lejos de vaciarme. Afiancé mis manos en sus caderas con un agarre de hierro, negándole la retirada, y continué castigándola desde abajo. Sostuve el embate con estocadas profundas, densas y contundentes, obligándola a recibirme mientras su interior seguía sacudiéndose en plena descarga.

—¡No te detengas…! ¡Sigue destrozándome aunque me esté corriendo…! —suplicó Avril con un hilo de voz, perdiendo el aire mientras temblaba violentamente sobre mi regazo.

La mantuve clavada en esa misma postura, martilleando su retaguardia sin la menor piedad, deleitándome con la presión implacable que su ano ejercía sobre mi verga con cada uno de los espasmos de su clímax, estirando el placer mutuo hasta el límite de lo humano.

—¡Ahhh…! ¡Sí, joder, así! ¡Más fuerte, Andrés, más! —gritaba Avril, con la mirada perdida y la cordura totalmente hecha pedazos.

La cogí con una velocidad salvaje al vaivén, poseyéndola con una fuerza animal, hundiéndome hasta la raíz en su interior con cada embestida. Mis dedos se hundían en sus caderas, tirando de su cuerpo hacia abajo con brusquedad para obligarla a tragarse mi miembro entero sin la menor contemplación.

Bajo ese castigo rítmico, Avril comenzó a temblar de la cabeza a los pies. Las paredes de su esfínter se cerraron alrededor de mi grosor con una presión asfixiante mientras ella emitía quejidos sordos, completamente desatada por el estímulo.

Al alcanzar un clímax sísmico, su intimidad delantera reaccionó con una fuerza incontenible: expulsó un chorro espeso, caliente y abundante que salió disparado con violencia desde su coño, anegando por completo mis muslos y las sábanas. La descarga fue tan masiva que salpicó nuestro entorno mientras ella se sacudía en una convulsión ingobernable, gritando fuera de sí sobre mi regazo.

—¡Sí…! ¡Me estoy vaciando entera…! ¡Me estás haciendo correrme delicioso con tu verga en mi culo! —chilló, con la voz rota por el paroxismo, mientras su anillo oprimía mi miembro con espasmos violentos y rítmicos.

Lejos de frenar, sostuve el embate sin compasión a través de su colapso, prolongando el eco de su orgasmo con embestidas densas y continuas. Continué poseyéndola hasta que la fuerza abandonó sus piernas por completo y su cuerpo se venció hacia adelante, desplomándose exhausta contra mi pecho, mientras su coño y su ano continuaban latiendo en un pulso errático alrededor de mi dureza.

Apenas los espasmos comenzaron a ceder, constató que mi verga continuaba rígida, febril y pulsando con fuerza en su interior. Dibujó una sonrisa exhausta pero dotada de un hambre que parecía no tener fin, e inició un ascenso lento y tortuoso, permitiendo que mi longitud emergiera de su retaguardia con un eco húmedo y denso. Se acomodó de rodillas entre mis piernas, envolvió el tallo de mi miembro con los dedos y se inclinó hacia adelante para limpiarme con una devoción impecable, deslizando la lengua plana para recoger sus propios fluidos con un descaro absoluto.

—Mmm… me vuelve loca saborear el rastro que dejo en tu cuerpo… —murmuró entre succiones cortas, lamiendo cada relieve sensible con una parsimonia exasperante.

Una vez que me dejó completamente lubricado y brillante bajo la luz tenue del cuarto, Avril decidió reanudar el juego. Giró sobre sus rodillas y adoptó una posición en cuatro justo frente a mí, arqueando la columna de forma exagerada para potenciar el relieve de sus formas y usando ambas manos para separar sus nalgas con firmeza.

—Vuelve a metérmela por el culito… —suplicó, mirándome por encima del hombro con una mirada cargada de una lujuria indomable—. Necesito sentir cómo me ensanchas de nuevo… quiero que me reclames el ano hasta que no quede nada dentro de ti.

Su esfínter, sutilmente dilatado y latiendo en un pulso errático, brillaba por el exceso de lubricación y saliva. Lucía la marca inequívoca de haber sido tomada sin contemplaciones, pero Avril seguía exigiendo más, totalmente entregada a la voracidad del momento. Me alineé de nuevo y empujé con una fuerza rotunda, hundiéndome hasta la raíz de un solo golpe. Su rostro se transformó de inmediato: las facciones se le contrajeron en una mueca donde la exigencia física rozaba el límite de la resistencia, pero lejos de pedir una tregua, su mano descendió de manera frenética hacia su entrepierna, presionando y frotando su clítoris con una desesperación absoluta.

Aunque la tensión de sus músculos delataba la dureza del castigo, la inercia del acto me arrastró a continuar. Sostuve el embate con una cadencia salvaje, martilleando su retaguardia una y otra vez con impactos secos y profundos que hacían vibrar todo su cuerpo.

Bajo esa presión, Avril colapsó en otra descarga sísmica. Su cuerpo se sacudió en una sacudida violenta, su anillo oprimió mi miembro con una fuerza casi dolorosa y dejó escapar un grito ronco, rasgado por la intensidad del momento, mientras continuaba estimulándose sin piedad y sus fluidos volvían a empapar la superficie del colchón.

La inercia no se detuvo ahí. Avril intentó girarse bocarriba, buscando el alivio de una penetración convencional, pero la sujeté firmemente por los muslos. Elevé sus caderas para inclinar su ángulo y arremetí una vez más contra su retaguardia expuesta y ultrasensible.

—¡Ahhhh…! —chilló, con la voz quebrada.

Por un instante, el impacto directo la hizo dudar, pero al encontrarse con mi mirada cargada de una fijeza implacable, su propia naturaleza terminó por rendirse al juego. Se hundió los dientes en el labio con rabia y aceptó el ritmo.

—Sigue… no te atrevas a frenar —jadeó, introduciéndose dos dedos en su intimidad delantera—. No pares… aunque me partas.

Continué poseyéndola sin concesiones, deslizando mis manos hacia adelante para apresar sus pechos con una fuerza brusca que acompañaba cada estocada. Avril emitía una mezcla de quejidos ahogados y respiraciones contenidas, suspendida en la frontera exacta entre el desgaste y el éxtasis absoluto. Sus dedos se movían a un ritmo frenético en su interior, provocando constantes oleadas de humedad que terminaron por desbordarse entre nosotros.

Finalmente, el cuerpo de Avril alcanzó el punto de saturación. Su cuerpo experimentó un espasmo final tan severo que sus paredes oprimieron mi verga con una rigidez extrema antes de que ella, reuniendo el último rastro de energía que le quedaba, se deslizara hacia adelante para romper el contacto. Se giró sobre sus rodillas y se plantó frente a mi regazo, con el rostro alzado y la respiración totalmente rota.

—¡En mi cara…! ¡Echame todo en la cara! —suplicó en un murmullo agónico.

Apenas alcancé a envolver el tallo de mi miembro. Con un gruñido espeso que me nació del pecho, la contención cedió por completo y exploté frente a ella. Chorros densos, calientes y abundantes de semen salieron disparados en ráfagas sucesivas, cruzando el aire para salpicar sus labios, sus mejillas, sus párpados y se deslizaron hacia sus tetas. Avril entreabrió la boca para recibir parte del impacto directo en la lengua, ahogando un último gemido débil, completamente exhausta y marcada por la entrega.

Avril permaneció de rodillas frente a mí durante un largo instante, completamente inmóvil, con el rostro y el pecho marcados por los hilos densos de mi orgasmo. Su respiración seguía siendo un eco errático en la habitación; mantenía la boca entreabierta y los ojos entrecerrados, asimilando el impacto de una entrega que la había llevado al límite absoluto de sus fuerzas.

Poco a poco, la rigidez de sus facciones cedió ante una sonrisa débil, pero cargada de una satisfacción plena. Con los dedos todavía trémulos, deslizó la yema de la mano por su mejilla para recoger parte del semen y se lo llevó a los labios, tragándolo con una lentitud deliberada sin apartar sus ojos vidriosos de los míos.

—Mierda, Andrés… —susurró, y su voz arrastraba una ronquera profunda, quebrada por el esfuerzo—. Me dejaste completamente destruida… me arde todo por dentro, pero juro que nunca en mi puta vida me había venido con tanta fuerza.

Se dejó vencer hacia atrás, recostándose en el borde del colchón con las piernas entreabiertas en un abandono total, mientras un sutil temblor continuaba recorriéndole los muslos. Su cuerpo evidenciaba la crudeza del castigo: tanto su intimidad delantera como su esfínter lucían encendidos, inflamados y exhaustos tras el prolongado asedio.

—Eres un maldito animal —añadió entre risas débiles, contemplándome con una mezcla genuina de admiración y fatiga—. Me tomaste como si tuvieras la intención de partirme en dos. Hubo un momento al final en el que de verdad pensé que me ibas a romper el ano.

Deslizó la palma de la mano por su escote, extendiendo el rastro de la corrida sobre su piel morena, antes de soltar un suspiro denso que pareció relajarle los hombros.

—Jamás había experimentado esa línea entre el dolor y el placer puro… —confesó, suavizando el tono—. Me obligaste a vaciarme de una forma irreal… Me dejaste tan marcada que estoy segura de que voy a seguir sintiendo tu grosor ahí dentro durante los próximos días.

Me incliné sobre el colchón, estirando la mano con la intención de delinear la silueta de su entrepierna, pero en cuanto mis dedos rozaron la periferia de su coño y su ano, Avril rechazó el estímulo al instante. Su sensibilidad estaba al máximo; me atrapó la mano con suavidad y cerró los ojos, dibujando una mueca contenida que me indicó, sin necesidad de palabras, que la zona seguía demasiado expuesta al tacto.

Haciendo un esfuerzo evidente por vencer la debilidad de sus músculos, se incorporó a medias y acortó la distancia para estamparme un beso lento, denso y pegajoso, obligándome a compartir el sabor de nuestra propia transpiración y el vestigio de mi esencia en sus labios.

—¿Lograste quedar satisfecho? —susurró contra mi boca, dejando que su aliento cálido me rozara la piel—. Porque yo terminé rota en pedazos… pero jodidamente feliz.

Avril se quedó en silencio durante unos instantes, permitiendo que la quietud del departamento terminara de asentarse. Con la yema del dedo, comenzó a trazar círculos perezosos sobre mi pecho, siguiendo el relieve de mis costillas con una suavidad que contrastaba por completo con la violencia de los minutos anteriores.

—¿Sabes qué fue lo que más me encendió de todo esto? —preguntó en un susurro, alzando la vista para clavar sus ojos oscuros directamente en los míos—. La forma en que me mirabas, Andrés. Como si no hubiera nada más en el mundo, como si quisieras devorarme viva sin dejar rastro de mí. Me hiciste sentir jodidamente deseada.

Se acomodó un poco más arriba, buscando mi calor. Apoyó la mejilla sobre mi pecho y me rodeó la cintura con un brazo, dejando caer su cuerpo sobre mí. Al sentir la calidez de su piel y la intimidad del momento, la idea de la soledad en ese nuevo espacio me pareció insoportable.

—Quédate esta noche… —le pedí, y mi voz sonó más densa, casi como una súplica silenciosa—. No te vayas todavía. Quiero que durmamos así.

Avril cerró los ojos, dejando escapar un suspiro cálido que me rozó la piel del torso. Entre la unión de nuestros cuerpos, el rastro de nuestro exceso continuaba deslizándose lentamente, sellando una complicidad innegable sobre las sábanas.

—Esto fue una maldita locura… —admitió con una risita débil, casi inaudible, antes de apegarse más a mí—. Pero ten por seguro que lo vamos a repetir. Muchas veces más.

Después de varios minutos suspendidos en ese abrazo, con los ritmos cardíacos volviendo por fin a la normalidad, Avril se incorporó haciendo un esfuerzo visible. Al bajar de la cama, sus piernas flaquearon un poco; comenzó a avanzar con un paso torpe, inestable y marcadamente abierto. Su intimidad y su esfínter continuaban encendidos, notablemente inflamados por la fricción.

—No puede ser… me dejaste prácticamente inválida —murmuró con una risa apagada, apoyando la palma de la mano en la pared para no perder el equilibrio mientras enfilaba hacia el baño.

Por mi parte, permanecí un momento más sobre el colchón deshecho, sintiendo cómo mi miembro se relajaba por completo bajo el peso del cansancio.

Avril con el teléfono en una mano y un trozo de papel en la otra, aprovechó la pausa para abrir el chat de su hermana.

Sus dedos, todavía un poco torpes, teclearon rápido:

«Tenías toda la maldita razón… recibir ese tamaño por atrás fue otro nivel. Me destrozó por completo. Mañana vas a tener que prestarme un cojín porque no me voy a poder ni sentar.»

La notificación de Melissa parpadeó en la pantalla casi de inmediato, como si hubiera estado esperando el reporte de guerra:

«Jajajaja, ¡te lo advertí! ¿De verdad está tan dotado el nuevo roomie? En cuanto me veas me sueltas cada maldito detalle, zorra.»

Avril dejó escapar una sonrisa maliciosa mientras bloqueaba la pantalla…

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