Pasaron algunos días en un parpadeo. Entre el trabajo y la pasantía, el tiempo libre se había vuelto un lujo que no tenía. A Avril solo la veía a la hora de la comida; nos devorábamos a besos en algún rincón escondido, con la urgencia del deseo contenido, pero el reloj siempre jugaba en nuestra contra y nunca había oportunidad para más. La química seguía intacta, flotando en el aire, pero el tiempo se nos escurría entre los dedos.
Lo que realmente me carcomía por dentro era el silencio de Sofía. No había sabido nada de ella desde aquel día. Ni un mensaje, ni una llamada; una ausencia absoluta que me tenía de los nervios.
El fin de semana ya estaba encima y yo ya tenía todo listo para mudarme otra vez. Terminaba de cerrar las últimas cajas cuando el teléfono vibró con un mensaje de Avril:
«Oye, dice Melissa que hay que festejar. Tú por lo bien que te ha ido y ella porque por fin encontró con quien dividir los gastos jajaja. ¿Te animas este viernes en su departamento?»
Respondí de inmediato, casi por instinto:
«Jajaja claro que sí, cuenta con ello. ¿A qué hora? Yo llevo los tragos para celebrar.»
Ya en el teléfono, la curiosidad —o la ansiedad— me ganó. Abrí el chat de Sofía. El último mensaje en la pantalla era el mío, avisándole que iría por mi maleta y que hablaríamos. Recordé esa tarde… y una sonrisa amarga me cruzó la cara; vaya que habíamos hecho mucho más que hablar.
Finalmente, dejé que los dedos se movieran antes de pensarlo demasiado:
«Hola. Sé que ha pasado tiempo. Te extraño.»
Después de enviarle el mensaje, me quedé mirando la pantalla. Pasaron unos minutos eternos hasta que el teléfono vibró en mi mano.
Sofía: «Hola… al fin das señales de vida, desaparecido jajaja.»
Yo: «Sí, perdón. Entre la pasantía y la mudanza no he tenido un segundo libre. ¿Cómo has estado tú?»
Sofía: «Bien, pero agotada. La universidad me está matando con los trabajos finales; casi no duermo. Hoy me aventé dos exámenes seguidos y quedé muerta. ¿A ti cómo te va?»
Yo: «Igual, la pasantía está demandando demasiado. Hoy entregué un reporte pesadísimo y por suerte me fue bien, pero todavía me quedan un buen de horas por meterle.»
Sofía: «Qué chingón que te esté yendo bien. Yo ayer literal casi me quedo dormida a mitad de una clase. Mi mamá sigue con su humor de la chingada, insoportable, pero ya ni le hago caso.»
Yo: «Jajaja, lo normal. Yo también ando en modo zombi. ¿No has salido a distraerte o algo?»
Sofía: «Casi nada, de la uní a la casa y ya. Estoy tratando de enfocarme para cerrar el semestre con todo. ¿Y tú? ¿Ya te acomodaste en el nuevo departamento?»
La conversación fluyó un rato más por ese camino, manteniéndose en un terreno extrañamente normal. Hablamos de la rutina, del cansancio acumulado, de planes vagos para el fin de semana… Se sentía como una plática cualquiera, una tregua entre los dos.
Hasta que el chat se quedó en silencio por unos minutos. Vi el indicador de “Escribiendo…” aparecer, quitarse y volver a aparecer, rompiéndome los nervios. Finalmente, cayó el último mensaje de Sofía, destruyendo toda la normalidad de golpe:
Sofía: «Por cierto… me enganche con mi mamá el día que fuiste por tu maleta. La cosa se me salió de control y le solté en la cara cómo me cogiste esa tarde. Ella está muertísima de la envidia y de los celos… y me acabó gritando que ella también se muere por sentir tu verga bien adentro entre sus piernas.»
Me quedé mirando el mensaje de Sofía durante casi un minuto entero, inmóvil, con los ojos clavados en la pantalla y la mente incapaz de procesar el impacto.
El corazón me dio un vuelco violento, golpeándome contra las costillas. Sentí una descarga eléctrica recorriéndome la espina dorsal, una mezcla explosiva y enfermiza de sorpresa, excitación salvaje, miedo y culpa. Rebeca… mi tía. Mi propia tía admitiendo abiertamente que me deseaba. Que estaba celosa de su propia hija. Que quería que la abriera de piernas y la follara.
Me pasé una mano por la cara, sintiendo la piel caliente, y respiré profundo tratando de buscar aire. De golpe, la imagen de Rebeca mirándome en la cocina con esa fijeza descarada, sus roces sutiles y sus insinuaciones veladas cobraron un sentido completamente diferente. Ya no eran suposiciones mías ni paranoia. Eran celos reales, crudos. Era deseo puro y cochino.
— Su puta ma… – maldije entre dientes. Las cosas se estaban saliendo de control a una velocidad cabrona. Primero Sofía, luego con Avril, y ahora Rebeca confesando que se muere por mi verga. Tres mujeres devorándose entre sí, y yo atrapado justo en el centro del fuego cruzado.
Finalmente, con los dedos temblorosos y el pulso acelerado a mil, le respondí a Sofía:
«¿Qué carajos, Sofía? ¿Le contaste todo con detalles? ¿Y ella te soltó eso así, directamente?»
Sofía tardó un par de minutos que se me hicieron eternos. Cuando la pantalla se iluminó, su respuesta fue corta, pero cargada de una tensión densa:
«Sí, todo. Al principio se puso como loca, me gritó de cosas, pero después… entre la furia, se le escapó. Dijo que le molestaba que yo te tuviera y ella no. Que también fantaseaba con que se lo metieras. Fue rarísimo y súper tenso. Ahora está encerrada en su habitación y no quiere salir.»
Me quedé sentado en la orilla de la cama, con el peso del teléfono hundiéndome la mano, completamente congelado y sin la menor idea de qué responder. La situación no solo había escalado; acababa de cruzar una línea de no retorno.
Sofía remató la conversación con un mensaje que me dejó con la boca seca y la entrepierna latiendo:
«Deberías mandarle un mensaje… o tal vez venir a la casa y cogerme otra vez. Estoy muy estresada y me hace falta.»
Luego, como si se hubiera arrepentido de haber sido tan obvia, o tal vez para picarme el orgullo, envió otro casi de inmediato:
«Bueno, sé que los dos estamos hasta el tope de cosas. Te mensajeo después, descansa.»
Me quedé estúpido mirando la pantalla, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. “Estoy muy estresada”. Sabía perfectamente leer entre líneas: todavía traía fresca la memoria de la última vez que la follé, y su cuerpo le estaba pidiendo más. Esa forma tan directa, cínica y sucia de tentar el terreno era la marca registrada de Sofía.
Pero la paranoia no tardó en entrarme. ¿Era una invitación real? ¿O se trataba de otra de sus malditas trampas para provocarme, para ver si corría de rodillas de vuelta a su cama? Con Sofía nunca se pisaba sobre tierra firme; le fascinaba jugar con mis celos, con mi deseo y con mi cordura.
Solté un suspiro pesado y arrojé el teléfono a un lado. La verdad era que me moría de ganas de ir a verla. Tenía una urgencia de quitarnos la ropa y las ganas. Pero la sombra de Rebeca en esa misma casa lo cambiaba todo; si ponía un pie ahí, sabía que el juego iba a escalar a un nivel triple de peligro.
Por ahora, decidí dejarla en visto. Necesitaba enfriar el cuerpo y pensar con la cabeza correcta antes de dar el siguiente paso. Además era momento de ver a Avril y conocer a su hermana.
Me miré en el espejo mientras terminaba de arreglarme. Elegí una camisa negra ajustada y unos jeans oscuros. Había pasado la semana entera dividiendo el tiempo entre las exigencias de la pasantía y las primeras tareas del nuevo trabajo; por primera vez en días sentía que el terreno bajo mis pies empezaba a estabilizarse. Aun así, la invitación de Avril para salir a brindar y presentarme con su hermana, Melissa, me causaba un sutil nerviosismo. No sabía muy bien qué esperar de ese encuentro.
Saqué el teléfono y le envié un mensaje rápido a Avril:
«Ya estoy listo. Nos vemos en el departamento de Melissa»
Por otro lado, Avril terminaba de retocarse frente al espejo del baño, concentrada en los últimos detalles de su maquillaje. Melissa, recostada cómodamente en el borde de la cama, la observaba con una sonrisa cargada de picardía y curiosidad.
—Entonces… ¿este es el famoso Andrés del que tanto me has estado hablando? —preguntó Melissa, cruzando las piernas y mirándola con fijeza.
Avril sonrió de medio lado mientras se aplicaba el labial, evocando los recuerdos de los últimos días.
—Sí… es él —respondió, girándose un poco—. Te juro que no exagero. Tiene una verga gruesa y sabe usarla. Me dejó el culo y el coño destrozados la otra noche.
Melissa soltó una risa baja, contagiada por el tono de su hermana.
—Qué puta suerte tienes. ¿Y Sofía? ¿Sabe que te estás follando a su primo?
Avril se encogió de hombros, devolviendo la mirada al espejo con absoluta indiferencia.
—Sabe que hemos cogido… pero no todas las veces que lo hemos hecho. Creo que le molesta un poco, pero no me importa. Andrés es demasiado bueno para dejárselo solo a ella.
Melissa se puso de pie y caminó despacio hasta apoyarse contra el marco de la puerta, cruzándose de brazos con una actitud puramente juguetona.
—Pues no te voy a negar que me has despertado una curiosidad enorme… —soltó, arqueando una ceja—. Si es tan espectacular como dices, tal vez yo también debería darle el visto bueno. A fin de cuentas, somos hermanas, ¿no? Siempre hemos sabido compartir.
Avril soltó una carcajada limpia y le lanzó una mirada cargada de malicia y complicidad.
—Quién sabe… si te portas bien esta noche y juegas bien tus cartas, tal vez te conceda una pequeña probada. Pero solo un poco, ¿eh? Que por ahora esa verga me pertenece.
Melissa le devolvió una sonrisa de total entendimiento, dando por cerrado el trato silencioso.
—Ya lo veremos… Presiento que me va a caer muy bien mi nuevo cuñado.
Llegué al edificio de Melissa y presioné el intercomunicador. El zumbido de la cerradura eléctrica no tardó ni dos segundos en franquearme el paso. Subí por el ascensor y, al abrirse las puertas en el piso correspondiente, me topé de frente con Melissa. Me esperaba en el umbral con una sonrisa enorme y una energía desbordante que llenó el pasillo al instante.
—¡Por fin llegaste! —exclamó con un entusiasmo contagioso, acortando la distancia para envolverme en un abrazo fuerte y efusivo, presionando su cuerpo contra el mío con una total falta de inhibiciones—. ¡Bienvenido! Avril me ha hablado tanto de ti que sentía que te conocía de toda la vida.
Melissa era alta, de curvas generosas y pronunciadas, poseedora de una presencia magnética muy distinta a la sobriedad habitual de Avril. Tenía el cabello castaño oscuro, ojos vivaces y una soltura absoluta que se reflejaba en su ropa: unos shorts ajustados y una blusa holgada de caída suave que dejaba al descubierto un escote generoso.
—Ven, pasa —añadió, tomándome de la mano con firmeza antes de que pudiera articular palabra—. Te voy a dar el recorrido oficial para que te vayas familiarizando, porque muy pronto este va a ser tu territorio.
Avril caminaba un par de pasos detrás de nosotros, cruzada de brazos y con una sonrisa divertida que delataba cuánto disfrutaba ver a su hermana tomar la iniciativa.
Melissa me guio por el lugar con una soltura envidiable:
—Esta es la estancia principal, como ves, es bastante amplia. De este lado está la cocina abierta; siéntete libre de usar lo que quieras. Y tu recámara sería esta de acá —explicó, empujando una puerta de madera—. Tiene excelente entrada de luz, un armario empotrado enorme y la cama es king size… ideal para descansar a gusto o para… bueno, lo que se preste —remató, lanzándome una mirada cargada de picardía.
Detrás de nosotros, Avril dejó escapar una risita ahogada.
El recorrido continuó por el baño completo, un balcón pequeño con una vista envidiable de la ciudad y, finalmente, la habitación principal, que le pertenecía a ella.
—Como te das cuenta, todo está en perfecto orden. En cuanto te instales formalmente, dividimos los gastos fijos y las tareas del departamento. Pero no te estreses por eso… —se giró por completo hacia mí, regalándome una sonrisa coqueta— yo soy una ‘roomie’ sumamente accesible y fácil de llevar.
Avril, que se había mantenido pegada a mi costado durante todo el trayecto, intervino finalmente con un tono juguetón pero protector:
—Melissa, por favor, no me lo vayas a espantar el primer día.
Melissa soltó una carcajada limpia, sosteniéndome un escaneo visual de arriba abajo que no intentó disimular en lo más mínimo.
—¿Espantarlo? Por la cara que tiene, me da la impresión de que el que nos va a terminar dando sorpresas es él.
Un silencio denso y cargado de una inmediata inercia sexual se instaló en el pasillo. Melissa sostenía la apuesta con los ojos brillantes, Avril vigilaba la escena midiendo cada una de nuestras reacciones, y yo permanecía justo en el centro de las dos hermanas.
Saqué de mi mochila la botella de vino tinto que había elegido de camino y la sostuve en el aire, rompiendo la tensión con una sonrisa.
—Traje esto para inaugurar el espacio —anuncié—. Un brindis por los nuevos comienzos, por el éxito en la pasantía y por la mejor de las roommates.
Melissa soltó una exclamación de entusiasmo y dio un par de aplausos limpios.
— ¡Eso me gusta! ¡Traes buena vibra! —celebró, enfilando de inmediato hacia la cocina para buscar las copas con la misma agilidad eléctrica de antes.
Avril, en cambio, aprovechó que su hermana nos daba la espalda para acortar la distancia. Se me aproximó por detrás, rodeándome la cintura con los brazos y pegando su torso firmemente contra mi espalda en un ademán puramente territorial. Me plantó un beso pausado en la base del cuello antes de susurrarme al oído:
—Me fascina el detalle del vino… pero asegúrate de no olvidar a quién le perteneces.
Su tono pretendía ser ligero, pero la advertencia posesiva vibró con total nitidez. Me retuvo contra ella un segundo extra justo cuando Melissa regresaba a la estancia portando las copas, mostrándose ajena —o simulando con maestría serlo— a lo que acababa de ocurrir.
Melissa vertió el vino en el cristal y elevó su copa, sosteniéndome la mirada con los ojos brillantes.
—¡Por Andrés, el nuevo miembro oficial de este departamento! Y por las noches memorables que definitivamente vamos a tener aquí —sentenció, rematando con un guiño cómplice.
Hicimos chocar las copas en un tintineo limpio. Avril no aflojó la guardia en ningún momento; se mantuvo anclada a mi costado, deslizando una mano por el contorno de mi cadera o rozando mi brazo de manera continua, mandando una señal inequívoca a su hermana.
Melissa, dueña de una soltura natural, tomó la palabra para relatar con humor algunas anécdotas caóticas de sus antiguas mudanzas y repasar las supuestas normas de convivencia de la casa, pero Avril no tardaba en desviar el hilo de la conversación con sutiles dardos de complicidad:
—Mientras Andrés esté cómodo, el resto es secundario… —intervino en una ocasión, barriéndome con una mirada cargada de un morbo latente—. Yo misma me voy a asegurar de que no le falte absolutamente nada aquí dentro.
La velada comenzaba a adquirir un ritmo sumamente estimulante. Melissa lideraba la conversación con su carisma extrovertido y sin filtros, mientras que Avril jugaba sus cartas desde la cercanía, utilizando cada roce físico para recordarme el control que pretendía ejercer sobre la noche.
Vaciamos la botella de vino entre risas, chistes locales y anécdotas compartidas. La atmósfera de la sala se había vuelto sumamente distendida y el calor inicial de la velada ya flotaba en el aire. Melissa, cuya energía no parecía tener freno, se puso de pie de un salto y enfiló de nuevo hacia la barra de la cocina.
—Esto apenas empieza y amerita algo con un poco más de carácter —anunció, regalándonos una mirada maliciosa sobre el hombro.
Regresó a la estancia portando una botella de mezcal artesanal y un par de cervezas bien frías para acompañar. Distribuyó los caballitos y reanudamos la marcha. El efecto del destilado no tardó en manifestarse: las risas ganaron volumen, las pausas visuales se prolongaron más de la cuenta y el juego de insinuaciones entre los tres comenzó a desarrollarse con total naturalidad.
Melissa recortaba la distancia en el sillón a cada oportunidad, permitiendo que el dobladillo de sus shorts rozara el tejido de mis jeans con una calculada distracción. Avril, manteniéndose firme en su postura posesiva, no le cedía un solo palmo de terreno al frente; me recorría el antebrazo con las yemas de los dedos, me soltaba murmullos espesos directo al oído y me plantaba besos intermitentes en la línea del cuello, firmando cada centímetro de mi piel ante los ojos de su hermana.
Tras un par de rondas de mezcal, Melissa dejó caer la espalda contra los cojines del sofá, barriéndonos a ambos con unas pupilas encendidas por los vapores del alcohol.
—Está bien, ya estamos lo suficientemente borrachos… se me ocurrió un juego curioso y picante —soltó, arqueando una ceja con una audacia evidente—. Se me acaba de ocurrir una dinámica bastante más interesante. Vamos a jugar a Verdad o Reto… Sin Censura. Pero con una condición irrevocable: quien se raje con una respuesta o no tenga el valor de cumplir el reto, se despide de una prenda.
Avril dejó escapar una risa contenida, sorda, y me miró de reojo mientras deslizaba la palma de la mano con firmeza sobre mi muslo, delatando que la propuesta le encendía el pulso.
—Eso puede salirse de control muy rápido… Me apunto —sentenció Avril, afianzando el agarre en mi pierna.
Melissa elevó su caballito a modo de banderazo de salida, fijando sus ojos directamente en los míos.
—¿Listos para entrar al juego? Yo abro la mesa. Andrés… ¿Verdad o Reto?
La tensión en la sala se volvió densa, casi eléctrica, en un instante. Los tres estábamos lo suficientemente desinhibidos por el mezcal, intrigados por el morbo de la situación y sin el menor rastro de intenciones de ponerle un freno a la noche.
—Reto —respondí, dejando que la adrenalina y el efecto del mezcal tomaran el control de la situación.
Melissa se humedeció los labios, disfrutando la anticipación del momento.
—Bien… Quiero que le bajes los shorts a Avril y le des una nalgada firme mientras le dices lo puta que es.
Avril dejó escapar una risa contenida, un murmullo entrecortado que delató su agitación. Lejos de amagarse, me sostuvo una mirada brillante, inyectada de un morbo absoluto. Me incorporé despacio, acorté la distancia y deslicé el tejido hacia abajo con deliberada parsimonia, dejando expuesta la redondez de su retaguardia. Alcé la mano y dejé caer un impacto seco y firme que resonó con fuerza en la estancia.
—Eres una completa tentación, Avril… Me vuelve loco lo puta que eres —le solté con una ronquera densa.
Avril soltó un quejido ahogado y arqueó sutilmente la pelvis hacia atrás, encendida por la brusquedad del ademán y la mirada fija de su hermana. Sin reacomodarse la prenda, se giró hacia Melissa para cobrar la jugada.
—Tu turno, Melissa… ¿Verdad o Reto?
—Reto, por supuesto. No me voy a echar para atrás.
Avril esbozó una sonrisa cargada de malicia, midiendo el impacto de su siguiente movimiento.
—Quiero que te sientes directamente en el regazo de Andrés, de espaldas a él, y que restriegues el culo en su verga mientras le confiesas exactamente qué te gustaría que te hiciera en esa recámara.
Melissa no titubeó ni un segundo. Se puso de pie con soltura y se acomodó sobre mis muslos, hundiéndose en mi espacio. Comenzó a trazar movimientos circulares, lentos y pesados, obligándome a resentir la cercanía de su anatomía a través de la ropa. El pulso se me aceleró al instante ante la presión constante.
—Me encantaría que me follaras duro… que me abrieras el culo y el coño… Que me dominaras por completo mientras tu prima se consume de celos al imaginarnos —susurró Melissa cerca de mi oído, acentuando el ritmo del balanceo.
La atmósfera de la sala se volvió espesa, casi asfixiante por la carga de provocación. Sosteniendo el control del tablero, decidí lanzar el siguiente dardo.
—Avril… ¿Verdad o Reto?
—Reto. Llevemos esto al límite.
—Quiero que te quites la blusa y frotes las tetas contra la cara de Melissa mientras la besas.
Avril se deshizo de la prenda superior con un movimiento fluido, dejando caer el tejido al suelo sin el menor rastro de pudor. Se inclinó sobre su hermana y unió sus labios en un contacto húmedo, intenso y prolongado. Sus lenguas se enredaron con una familiaridad desinhibida, rompiendo el espacio entre sus torsos mientras pequeños gemidos intermitentes escapaban de la complicidad del beso.
Melissa rompió el contacto apenas unos centímetros, jadeando de forma pesada, con las pupilas dilatadas y la mirada fija en mí.
—Verdad o Reto, Andrés.
—Reto.
—Deshazte de los pantalones ahora mismo. Quiero que dejes que Avril y yo te la chupemos al mismo tiempo.
El juego había cruzado definitivamente la línea del preámbulo, y la tensión en la sala amenazaba con desbocarse por completo.
Melissa se acomodó en el borde del asiento, rompiendo la última barrera de contención mientras el alcohol y la complicidad del juego dominaban por completo la estancia.
—Reto aceptado —sentencié, cediendo por completo a la dinámica de las dos hermanas.
Me bajé los pantalones y el bóxer. Mi verga saltó libre, dura y venosa. Avril y Melissa se arrodillaron frente a mí casi al mismo tiempo con una sincronía perfecta. La iniciativa inicial la tomó Avril, envolviendo la corona de mi miembro con una avidez que buscaba marcar el ritmo, mientras Melissa concentraba su atención en la base, utilizando un roce continuo y húmedo que elevó la tensión de inmediato. No tardaron en alternar el asalto: Melissa tomó el relevo con una intensidad que la obligó a contener el aire debido a la profundidad, sosteniéndome una mirada fija y desafiante mientras Avril recorría la longitud con la lengua, saturando la piel de lubricación.
—Es increíble el tamaño que tienes… —gimió Melissa, recuperando el oxígeno apenas un segundo—. Me encanta cómo palpita… quiero que nos folles a las dos esta noche.
Avril no cedió un solo milímetro de terreno; volvió a albergarme con una entrega total, forzando la capacidad de su garganta hasta que los ojos se le tornaron vidriosos por la exigencia del oral.
—Quiero que nos uses como putas… que nos llenes el coño y el culo —dijo al sacársela, jadeando.
El control de la velada se había diluido por completo. Melissa se incorporó de golpe para deshacerse del resto de sus prendas con movimientos veloces, quedando expuesta en una lencería mínima. Se sentó de horcajadas sobre mis muslos, forzando una fricción directa, ardiente y constante entre nuestros sexos, al tiempo que Avril permanecía abajo, guiando la humedad de sus labios justo en el punto de unión de nuestros cuerpos.
—Mi turno —anunció Melissa, con la respiración totalmente quebrada—. El reto es para los dos: quiero que Andrés me folle mientras Avril me come las tetas…
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