Ahí estaba ante un beso muy erótico entre Sofia y Avril. Sus bocas se entrelazaban anudando sus lenguas. Con un movimiento decidido, sujeté a Sofía por los hombros y la recosté sobre la banca de madera, dejando su cuerpo desnudo totalmente expuesto al sol y a mis ojos. Sin darle tiempo a recuperarse, tomé a Avril de la nuca con firmeza, guiándola para que se colocara en cuatro justo frente al coño de Sofía.
El cuadro era perfecto: el culo de Avril, alto y firme, se alzaba hacia mí mientras su rostro quedaba a milímetros de la intimidad de mi prima. Antes de entrar, me incliné y le di un par de lengüetazos largos y profundos a la raja de Avril, saboreando su humedad y su calor. Ella soltó un gemido que vibró directamente contra el vientre de Sofía.
Sin más preámbulos, apoyé la punta de mi verga en su entrada y la empujé hasta el fondo de una sola estocada.
—¡Dios! —el grito de Avril fue ahogado por las piernas de Sofía, que se cerraron instintivamente alrededor de sus hombros.
Comencé a penetrarla con un ritmo brutal, aprovechando la estabilidad que me daba la posición. Con cada embestida, mi verga se hundía en Avril mientras su cuerpo chocaba rítmicamente contra el de Sofía.
—¡Sí… así… dale más duro! —jadeaba Sofía entre los gemidos de Avril, mientras sentía el impacto de mis estocadas a través del cuerpo de su amiga.
Con Avril en cuatro, encajada entre mis piernas y el cuerpo de Sofía, la proximidad era absoluta. Mientras yo mantenía un ritmo de embestidas largas y profundas que hacían que el culo de Avril chocara con fuerza contra mi pelvis, ella se inclinó hacia adelante, buscando el centro del placer de mi prima.
Avril abrió la boca y comenzó a lamer el coño de Sofía con una avidez salvaje. Sofía arqueó la espalda sobre la banca, soltando un grito que se perdió en el cielo abierto, mientras sus dedos se enterraban en el cabello de Avril, presionando su cara contra su intimidad.
—¡Oh, mierda… sí, ahí! —gemía Sofía, con la mirada perdida y las mejillas encendidas.
El espectáculo era irreal: yo penetraba a Avril con una fuerza que nos hacía sudar a los tres, mientras ella devoraba a Sofía con lengüetazos expertos y ruidosos. En cada estocada, sentía cómo Avril se apretaba alrededor de mi verga debido al placer que Sofía le provocaba con sus manos, que ahora acariciaban sus pechos y jugaban con los piercings de sus pezones, tirando de las argollas rítmicamente.
El sonido del sexo era constante: el chapoteo de mis embestidas contra Avril y el eco húmedo de su lengua trabajando sobre Sofía. Las dos mujeres se fundían en un intercambio de fluidos y gemidos.
—¡Me voy a correr… Andrés, no pares! —chilló Avril, con la voz quebrada por el esfuerzo de lamer a Sofía mientras recibía mi grosor hasta el fondo.
Sofía también estaba al límite, con las piernas temblando sobre los hombros de Avril y el clítoris palpitando bajo la lengua de su amiga. La terraza se había convertido en un hervidero de lujuria pura, donde el calor del sol palidecía ante el fuego que ardía entre nuestros cuerpos.
Avril, sintiendo el impacto final de mis embestidas se tensó por completo. Sus paredes internas empezaron a succionarme con espasmos violentos y soltó un grito desgarrador que se ahogó en el vientre de mi prima. Su cuerpo tembló de pies a cabeza mientras su orgasmo la sacudía, dejándola sin fuerzas, colapsando sobre el cuerpo de Sofía.
Sin darle un segundo de tregua, aproveché su debilidad. Me tendí sobre su espalda, aplastando su cuerpo sudado contra el mío, mientras ella seguía encajada con el rostro entre las piernas de Sofía.
—No te detengas ahora… —le susurré al oído, mientras mis manos buscaban los muslos de Sofía para abrirlos aún más.
Avril, recuperando el aliento entre jadeos, volvió al ataque con una energía renovada por su propio clímax. Juntos, empezamos a devorar el coño de Sofía en un festín compartido. Avril usaba su lengua con una devoción salvaje, mientras yo me concentraba en su clítoris con besos y succiones rítmicas. Sofía estaba fuera de sí; sus manos pasaban del cabello de Avril al mío, empujando nuestras cabezas contra su intimidad con una desesperación deliciosa.
—¡Dios… los dos… los dos a la vez! —chillaba Sofía, con la espalda arqueada y los ojos en blanco.
El espectáculo era una locura: las lenguas de Avril y la mía se rozaban y se entrelazaban sobre el sexo empapado de mi prima, turnándonos para llevarla al límite. Sofía no pudo aguantar más; su cuerpo se puso rígido, sus piernas se tensaron como resortes y estalló en un orgasmo tan intenso que sus gemidos se convirtieron en un llanto de puro placer.
Se quedó allí, temblando bajo nuestras lenguas, completamente vacía y satisfecha, mientras nosotros seguíamos saboreando hasta la última gota de su rastro bajo el cielo de la tarde.
Con la adrenalina a tope, deshice el nudo de cuerpos y reorganicé el escenario de juego.
Tomé a Sofía por las caderas, todavía temblorosa por su clímax, y la obligué a ponerse en cuatro sobre la banca. Avril, con la mirada encendida y los piercings de sus pechos brillando por el sudor, se recostó de espaldas justo debajo de ella, abriendo sus piernas con una invitación descarada.
—Tu turno, Sofía… devórala —ordené con voz ronca.
Sofía no necesitó que se lo dijera dos veces. Se inclinó hacia adelante, hundiendo su rostro entre los muslos de Avril. La imagen era potente: el culo de Sofía alzado hacia mí, ofreciéndome su raja húmeda y palpitante, mientras ella trabajaba con la lengua el sexo de su amiga con una voracidad que me dejó sin aliento. Avril soltó un quejido largo, arqueando la espalda y hundiendo sus manos en los muslos de Sofía para pegarla más a ella.
Sin perder un segundo, me posicioné detrás de mi prima. Apoyé la punta de mi verga en su entrada, que estaba completamente dilatada y rebosante, y la penetré de una sola estocada profunda, hasta la raíz.
—¡Oh, Dios…! —el gemido de Sofía fue ahogado por el coño de Avril, mientras sus cuerpos chocaban en un vaivén rítmico y salvaje.
Comencé a darle estocadas brutales, mis manos se cerraron sobre la cintura de Sofía, tirando de ella hacia atrás para que mi verga entrara hasta el fondo en cada embestida. Sofía, atrapada entre el placer que yo le daba y el sabor de Avril, empezó a lamerla con una intensidad frenética, succionando su clítoris marcando el compás de nuestra depravación.
Sin dejar de bombear dentro de Sofía, me dejé caer hacia adelante, aplastando mi pecho contra su espalda sudada y envolviéndola con mi peso.
Ahora, Sofía y yo formábamos un solo bloque de lujuria sobre Avril. Sofía, con la respiración entrecortada por mis embestidas rítmicas y profundas, hundió de nuevo su rostro entre las piernas de su amiga. Yo me incliné por encima de su hombro, buscando el mismo objetivo.
Fue un festín absoluto. Nuestras lenguas empezaron a competir por cada rincón del coño de Avril; Sofía se concentraba en la entrada, lamiendo con una voracidad que hacía que Avril soltara gritos roncos, mientras yo usaba mi lengua para succionar su clítoris y recorrer sus labios menores. Avril estaba fuera de sí, con la cabeza golpeando contra la banca y las manos aferradas desesperadamente a nuestros cabellos, empujándonos contra ella.
—¡Sí… ahí… los dos… me voy a volver loca! —chillaba Avril, mientras sus piernas temblaban sin control sobre mis hombros.
El ritmo era una cadena de placer: yo follaba a Sofía, Sofía devoraba a Avril, y yo ayudaba a Sofía a terminar el trabajo mientras el sabor de ambas se mezclaba en mi boca.
Avril arqueó la espalda violentamente, con los ojos en blanco y los pechos saltando, mientras sentía cómo nuestras lenguas coordinadas la llevaban a un orgasmo explosivo que nos salpicó a ambos, justo cuando mis embestidas dentro de Sofía se volvían más erráticas y potentes.
Sofía se separó del sexo de Avril con un suspiro de satisfacción, saboreando hasta la última gota del clímax de su amiga, mientras yo perdía los estribos. Mis embestidas contra su trasero se volvieron frenéticas; el choque de mi pelvis contra sus nalgas sudadas retumbaba en la terraza como un martilleo rítmico y salvaje. La piel de Sofía estaba encendida, marcada por el calor del sol y la fuerza de mis manos en sus caderas.
Avril, completamente rendida tras el orgasmo, se escurrió de la banca con el cuerpo laxo. Sus músculos aún sufrían espasmos fuertes y rítmicos mientras terminaba en el suelo, con la melena revuelta y una sonrisa de absoluta victoria dibujada en el rostro. Se quedó allí unos segundos, recuperando el aire, viendo desde abajo cómo yo seguía cogiéndome a mi prima.
Sofía, empoderada por el placer compartido, se incorporó con agilidad. Me salí de su interior con un sonido húmedo y me puse de pie, con la verga latiendo, roja y más hinchada que nunca. Me acerqué a ellas, que ahora formaban un dúo letal a mis pies.
—No hemos terminado contigo, Andrés —susurró Sofía con los ojos brillantes de lujuria.
Se arrodillaron frente a mí, flanqueándome de nuevo. Comenzó entonces un juego de mamadas alternadas que me hizo perder el sentido del equilibrio. Sofía tomaba la punta con una técnica impecable, dándome lametones largos desde la base, mientras Avril, todavía recuperándose, se concentraba en mis huevos, succionándolos y rodeándolos con su lengua perforada. El roce del metal frío contra mi piel caliente me enviaba descargas eléctricas a la columna.
Luego cambiaban sin previo aviso. Avril se la metía hasta la garganta con un entusiasmo animal, intentando superar la profundidad de Sofía, mientras mi prima lamió mis huevos y la base del tronco. Sus lenguas se encontraban bajo mi verga, entrelazándose y compartiendo mi sabor mientras me miraban fijamente, disfrutando de los espasmos de placer que recorrían mi cuerpo.
Me dejé caer en la banca de madera, con la espalda apoyada en el respaldo y el pulso martilleando en mis oídos. Avril, con los ojos encendidos y la piel brillante por el sudor, se posicionó frente a mí; se giró dándome la espalda y se elevó ofreciéndome su trasero en bandeja de plata mientras se apoyaba en sus manos.
Sin esperar, la tomé por la cintura y la penetré con una estocada firme. El contraste de su coño apretado contra mi verga caliente me hizo soltar un gruñido de satisfacción. Tras un momento de embestidas rítmicas, Sofía se hincó a nuestro lado; con una mirada de absoluta complicidad, extendió su mano para masajear el clítoris de su amiga, coordinando sus dedos con el ritmo de mis estocadas.
Sofía, con un movimiento posesivo, obligó a Avril a levantarse ligeramente para sacar mi verga de su interior. Sin darnos respiro, mi prima me envolvió con su boca, degustándome con una lentitud tortuosa, succionando y recorriéndome con la lengua como si quisiera memorizar cada centímetro de mi grosor.
—Yo también quiero probarte… —logré articular, con la voz rota por los gemidos que su boca me arrancaba.
El cambio de roles fue quirúrgico. Avril volvió a bajar, empalándose de nuevo y dejando que mi verga se hundiera profundamente en ella mientras retomaba su movimiento sobre mis muslos. Al mismo tiempo, Sofía se incorporó y se acomodó directamente sobre mi rostro, ofreciéndome su raja húmeda y palpitante.
Fue un festín de sentidos. Mis manos se hundieron en las nalgas de Sofía para pegarla a mi boca, devorando su coño con una desesperación hambrienta. Arriba, Avril cabalgaba con furia, con la melena castaña ondeando y sus pechos rebotando con cada sacudida. Estaba atrapado en un sándwich de carne, sudor y fluidos, sintiendo el calor del coño de Avril apretándome mientras mi lengua se perdía en la humedad de Sofía. El sonido de los gemidos cruzados y el rítmico golpeteo de los cuerpos en la terraza nos estaba llevando a los tres, sin escalas, hacia un colapso inevitable.
Avril alcanzó el orgasmo con un grito que pareció desgarrar el aire; sus paredes internas se contrajeron con una fuerza brutal alrededor de mi verga antes de que, exhausta, intentara levantarse para recuperar el aliento. Pero no estaba dispuesto a darle tregua.
La sujeté con firmeza de la cintura y la atraje de nuevo hacia mí con un movimiento seco. Sofía, que leía mis deseos con una precisión asombrosa, se hizo a un lado para darme espacio. Como pude, hundí mi rostro entre las piernas de Avril, enterrando la nariz y la boca en su vulva ardiente para saborear directamente el néctar de su clímax. El contacto de mi lengua con su piel hipersensible hizo que Avril soltara un alarido y se retorciera con una violencia renovada, arqueando la espalda mientras sus manos se hundían en mi cabello.
Sofía, lejos de quedarse como espectadora, entendió su nuevo rol de inmediato. Se posicionó sobre mí y, con un movimiento fluido y hambriento, se tragó mi verga de una sola estocada, sentándose sobre mis muslos con una determinación feroz.
El escenario era una locura: Sofía me cabalgaba con un ritmo pesado y constante, sus pechos rebotando frente a mis ojos, mientras yo intensificaba el orgasmo de Avril con lengüetazos profundos y succiones rítmicas. Avril estaba fuera de sí, atrapada en una segunda ola de placer que la hacía temblar de pies a cabeza. El sonido de los gemidos de las dos mujeres se mezclaba en una sinfonía de depravación absoluta que desbordaba aquella terraza.
Finalmente, Sofía alcanzó el clímax; un orgasmo sísmico que la dejó arqueada y temblando sobre mí, con sus músculos internos estrujando mi verga. En cuanto recuperó un mínimo de aliento, se dejó caer a un lado sobre la banca, exhausta.
Avril, que parecía alimentarse del deseo ajeno, se liberó de mi lengua y fue directo a mi miembro. Se apoderó de él con una voracidad animal, limpiando los fluidos de Sofía con su propia boca, saboreándonos a ambos mientras me miraba con una intensidad que me decía que el final estaba cerca. Yo estaba al límite, con la pulsación en la base de la verga avisándome que no aguantaría mucho más.
La sujeté por los hombros, la levanté y la recosté sobre la banca de madera. Antes de entrar, me incliné sobre ella y le di un par de lengüetazos profundos y lentos, recorriendo desde la calidez de su ano hasta su monte de Venus, empapándola con mi propia saliva. Avril soltó un gemido obsceno, un sonido roto que retumbó en toda la terraza.
Posicioné mi cabeza en su entrada, que palpitaba pidiendo más, y la penetré de una estocada salvaje. Comencé a follarla con una fuerza bruta, disfrutando del espectáculo de su rostro: tenía los ojos en blanco, los labios entreabiertos y una expresión de entrega absoluta que me volvía loco.
Sofía, recuperando fuerzas, se acercó para cerrar el círculo. Se inclinó sobre su amiga para succionar sus pezones, haciendo que las argollas plateadas tintinearan contra sus dientes, mientras le mordisqueaba el cuello y la asfixiaba con besos profundos y cargados de lengua.
—Qué rico… qué rico se siente… ¡sí, ahí! —gemía Avril, rítmicamente, al compás de mis embestidas que la hacían chocar una y otra vez contra el respaldo de la banca.
Avril no pudo más; su cuerpo entró en cortocircuito y estalló en otro orgasmo intenso, mucho más violento que el anterior. En el preciso instante en que su vagina me abrazó con espasmos frenéticos, mi resistencia se quebró. Solté un gruñido gutural y me vine dentro de ella, descargando todo mi peso y mi esencia en lo más profundo de su vientre.
Avril soltó un grito que se convirtió en un gemido interminable, retorciéndose bajo mi cuerpo mientras sentía el calor de mi simiente llenándola, uniendo nuestras respiraciones y nuestros fluidos bajo el cielo de la tarde.
El silencio cayó sobre la terraza, solo roto por nuestras respiraciones pesadas y erráticas que se mezclaban con la brisa de la tarde. Me dejé caer sobre un costado de la banca, con los músculos todavía vibrando y el pecho ardiéndome por el esfuerzo de recuperar el aire; la intensidad del encuentro me había dejado completamente drenado.
A mi lado, Avril permanecía inmóvil, con las piernas abiertas en una rendición absoluta. Sus muslos todavía sufrían pequeños temblores involuntarios mientras hilos gruesos y blanquecinos de mi semen empezaban a emerger de entre sus labios, deslizándose con lentitud por su piel morena.
Sofía, que se había repuesto con rapidez, se incorporó y observó la escena con una sonrisa de orgullo maternal y lascivo. Se acercó a Avril y, con una delicadeza que contrastaba con la furia de hace unos minutos, empezó a limpiar el coño de Avril usando sus propios dedos. Cada roce provocaba que Avril se tensara y soltara pequeños gemidos de pura sensibilidad, pues sus terminaciones nerviosas estaban a flor de piel.
Una vez que Sofía recolectó todo el rastro superficial de mi simiente, no dejó que nada se desperdiciara. Se inclinó sobre el rostro de Avril, quien la miraba con los ojos entornados y húmedos, y la atrapó en un beso profundo. Fue un intercambio denso de saliva, semen y fluidos compartidos; un beso que sabía a victoria y a secreto.
Ese gesto final selló un pacto de complicidad entre las dos. Se separaron dejando un hilo de plata uniendo sus labios, mientras se miraban con la satisfacción de saber que, después de esa tarde en la terraza, nada volvería a ser igual entre nosotros tres.
El ambiente cambió de inmediato; la electricidad del sexo fue reemplazada por una calma pesada, casi solemne. Nos limpiamos los tres con movimientos lentos, compartiendo ese silencio profundo que solo queda después de una tormenta de sensaciones. Había satisfacción en el aire, pero también la consciencia de que los límites se habían desdibujado para siempre.
Fue Avril quien rompió el hielo. Se terminó de ajustar la ropa, se arregló el cabello y, con esa chispa de malicia que la caracterizaba, lanzó el dardo:
—Me encantó, chicos —soltó una risa burlona y cargada de una sensualidad cruda—. Pero dime algo, Andrés… ¿cuándo repetimos esto o cuándo te decides a darme solo a mí?
Sofía no se inmutó; simplemente la miró con una sonrisa cómplice, una de esas que dicen mucho sin pronunciar una palabra. El silencio regresó, pero esta vez era juguetón. Avril se despidió con un gesto informal y se marchó, dejando tras el aroma de lo prohibido.
Me quedé solo con Sofía en la terraza. El sol empezaba a caer, pintando las paredes de un naranja intenso. Me sentía en paz, pero ella tenía un último movimiento en el tablero. Se acercó a mí, todavía con el brillo de la excitación en los ojos, y me soltó el golpe de gracia:
—¿Puedes pasarle mi número a Alex? —me soltó con una naturalidad que me dejó helado. Una sonrisa traviesa se dibujó en su cara—. Si tú te coges a Avril, creo que es justo que yo coja con Alex. ¿No crees?
El comentario cayó como un balde de agua fría, pero con la lógica implacable de Sofía. Estaba estableciendo las nuevas reglas de este juego familiar, una donde el intercambio y la libertad no tenían vuelta atrás.
La pegué a mi cuerpo, recorrí su cuerpo y la tomé por la nuca con cierta rudeza, obligándola a sentir la tensión que aún vibraba en mis músculos, y le susurré al oído con una voz cargada de autoridad:
—¿De verdad estás pensando en Alex después de cómo te dejé temblando hace diez minutos? Me parece que todavía tienes demasiada energía, Sofía. Si crees que necesitas a alguien más para “equilibrar las cosas”, es que no te he dado lo suficiente hoy. Olvida a Alex… él no sabría ni por dónde empezar con una mujer como tú.
Sofía soltó una risita seca, pero no se apartó. Al contrario, hundió sus uñas en mis brazos y me miró fijamente, con una claridad en los ojos que me desarmó. No había rastro de duda en su expresión.
—No intentes distraerme con eso, Andrés —respondió ella, manteniendo la sonrisa, pero con un tono implacable—. Me encantó lo de hoy, y sabes que nadie me da lo que tú… pero esto no se trata de falta de placer, se trata de libertad. Si tú puedes tener a Avril, yo voy a tener a Alex. No es una negociación.
Me sostuvo la mirada durante un duelo silencioso que pareció eterno. Al final, entendí que no iba a ceder. Sofía no era alguien a quien pudiera controlar con juegos eróticos cuando ya había tomado una decisión. Con un suspiro de derrota y una punzada de celos que intenté ocultar, saqué el teléfono.
Está bien —dije, tecleando con cierta renuencia—. Voy a darle tu número a Alex.
Sofía sonrió con un destello de victoria en los ojos. Me dio un beso corto y casto en los labios, casi burlón, y se alejó hacia la puerta de la terraza, dejándome solo con el sabor agridulce de haber compartido a mi prima con el mundo, tal como ella acababa de compartirme con Avril.
Por la tarde, mientras el sol terminaba de ocultarse y la casa volvía a una calma aparente, le escribí a Alex:
«Bro, te mando el contacto de Sofía, solo cuídala…»
Alex respondió al instante, como si estuviera pegado al teléfono esperando ese mensaje:
«Hermano, no te vas a arrepentir. Ahorita mismo te arreglo con Avril.»
Sentí una punzada de satisfacción egoísta y le solté la bomba sin anestesia:
«Ya me la cogí.»
Alex demoró un poco en contestar, seguramente procesando que me le había adelantado a sus planes de “presentación”.
«¡No mames, cabrón! ¿Cómo estuvo?»
No le conté con mucho detalle; guardé para mí el calor de la terraza y el sudor compartido. Solo le mencioné que Sofía la había traído a casa para pasar el rato y que una cosa llevó a la otra. Tampoco le dije que habíamos hecho un trío; ese era un secreto que solo nos pertenecía a los tres, un pacto sellado con el sabor de Avril y Sofía todavía fresco en mi memoria.
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