La prima Sofía: Sospechas

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Alex sonrió con malicia, excitado por la confusión de ella. La follaba con un ritmo animal, haciendo que el sonido húmedo del roce de sus cuerpos llenara la estancia. Cada embestida era un recordatorio de su poder.

—Eso es… pídeme más, perra —sentenció Alex, acelerando hasta convertir el acto en desenfreno.

Sofía ya no era dueña de su cuerpo. Sus tetas saltaban descontroladas mientras ella se retorcía bajo el peso de Alex, que se preparaba para vaciarse con una furia que marcaría su piel.

Alex, operando bajo un instinto de posesión absoluta, decidió que la penetración anal no era suficiente. Mientras su verga seguía enterrada y reclamando cada milímetro de su retaguardia, hundió dos dedos gruesos en el coño empapado de Sofía. Los movía con una fuerza ruda, estirándola, creando una doble fricción que hizo que el cuerpo de ella entrara en un cortocircuito sensorial.

Sofía había cruzado el umbral de la cordura. Sus ojos, vidriosos y vueltos hacia atrás, solo mostraban el blanco mientras su boca permanecía abierta en un grito mudo que se transformaba en gemidos roncos y guturales.

—¡Mírate, Sofía! ¡No puedes ni respirar! —gruñó Alex excitado.

Buscando un ángulo aún más crudo, Alex sacó la verga de su ano con un chasquido húmedo y la obligó a girarse. La colocó de espaldas sobre el sillón y le levantó las caderas hasta que sus rodillas quedaron casi pegadas a sus hombros. Alineó su verga contra el anillo rosado y todavía dilatado, y se hundió de un solo golpe brutal.

—¡Ahhhh! ¡Alex! —el grito de Sofía desgarró el silencio. Sintió que la verga la atravesaba hasta la garganta, estirando su ano al límite.

Alex retomó el ritmo con embestidas salvajes, profundas, haciendo que sus huevos chocaran contra el coxis de ella con cada impacto seco. El golpeteo rítmico de la carne, el roce y los gritos rotos de Sofía que ya no distinguían entre el dolor y el éxtasis. Alex gruñía como una bestia, con el sudor goteando desde su frente sobre el vientre de ella, mientras la penetraba con violencia.

Estaban exhaustos, con los músculos ardiendo y la piel enrojecida, pero el hambre mutua los mantenía encadenados en ese vaivén frenético. Sofía se retorcía, con las manos aferradas a sus propias piernas para mantenerse abierta, mientras el eco de sus gemidos sentenciaba la noche.

Alex colapsó hacia atrás, su verga escapó del ano de Sofía con un chasquido húmedo, dejando la entrada de ella palpitando y visiblemente dilatada. Pero Sofía no había terminado; el hambre de ser poseída la mantenía en un trance de adrenalina pura.

Sin darle tiempo a Alex para recuperar el aliento, ella se giró con agilidad. Se posicionó sobre él, dándole la espalda. Con una mano firme, rodeó la verga de Alex, que seguía erguida y brillante por el sudor y los fluidos, y la alineó con su retaguardia. Se hundió con lentitud, saboreando mientras su ano devoraba el grosor centímetro a centímetro hasta que la pelvis de Alex chocó contra sus nalgas.

—Ahhhh… sí… justo ahí… —gimió Sofía, arqueando la espalda para que él sintiera la profundidad de la invasión.

Empezó a cabalgarlo, subía casi hasta el borde, permitiendo que el anillo anal se cerrara alrededor de la punta, para luego dejarse caer con todo su peso, provocando un impacto húmedo que resonaba en el sillón. Giró la cabeza por encima del hombro, con el cabello enredado y la mirada inyectada en una lujuria, desafiándolo a mantenerle la vista.

—¿Te gusta el espectáculo, Alex? —provocó ella con una voz ronca, casi irreconocible—. Mírame bien… mira cómo tu verga me abre. ¿Alguna vez habías visto un culo tragarte con tantas ganas?

Alex soltó un gruñido gutural. Sus manos subieron para atrapar sus nalgas, separándolas con fuerza para no perderse ni un detalle. Veía cómo su propia piel desaparecía dentro de ella, cómo el ano de Sofía se ajustaba a su grosor en cada ascenso y descenso.

Sofía aceleró el ritmo, convirtiendo el cabalgue en un desenfreno de círculos lascivos y golpes secos hacia abajo. Sabía que lo tenía al borde del abismo y decidió empujarlo con la mención del secreto compartido.

—Quiero sentirte explotar aquí adentro… —susurró, con los ojos vidriosos y fijos en los de él—. Quiero que me dejes el culo chorreando tu leche caliente… igual que me lo deja mi primo.

Alex sintió una descarga eléctrica en la base de la columna. El morbo de la comparación, sumado a la visión de ese culo rítmico y hambriento, lo dejó hipnotizado. Sus manos apretaron la carne de Sofía con una fuerza que dejaría huella, mientras ella seguía martirizándolo, decidida a no detenerse hasta que ambos se hundieran en placer.

La lujuria de Sofía terminó por romper los últimos restos de cordura de Alex. Con un gruñido gutural, la ancló por las caderas y la obligó a ponerse en cuatro sobre el sillón, exponiéndola por completo. Sin preámbulos, alineó su verga y la embistió con una furia salvaje que la hizo saltar hacia adelante.

—¡Ahhhh! ¡Sí! ¡Rómpeme de una vez! —gritó Sofía, arqueando la columna mientras sentía el impacto sordo de Alex golpeando su fondo con cada estocada brutal.

Alex no tenía piedad; la follaba con un ritmo animal, marcando su territorio con cada golpe de pelvis. Sofía se aferraba al respaldo del sillón, con los nudillos blancos, entregada a la violencia deliciosa de la penetración.

De pronto, el cuerpo de Sofía entró en cortocircuito. Su espalda se tensó, sus ojos se pusieron en blanco y un grito ronco escapó de su garganta. Estalló en un orgasmo devastador que la dejó al borde del desmayo; su coño se cerró como una prensa rítmica alrededor de la verga de Alex, mientras un torrente de sus propios jugos salía proyectado, empapando el sillón y bañando los muslos de ambos en una calidez viscosa.

Alex la mantuvo en ese clímax unos segundos más, martilleándola a través de las contracciones, hasta que finalmente se retiró con un sonido de succión. Fue al baño, se limpió con la eficiencia de quien sabe que el acto aún no termina, y regresó a la sala. Se paró frente a ella, con la verga todavía semidura, brillante y soberbia.

—Ven aquí… termina el trabajo —ordenó con una voz grave que no admitía réplicas.

Sofía, con el cabello enredado y las piernas aún vibrando por el esfuerzo, se arrastró por el suelo hasta quedar arrodillada a sus pies. Lo miró desde abajo con una sumisión cargada de fuego y envolvió el grosor de Alex tragándoselo con una devoción absoluta. Chupó con ganas, permitiendo que él le agarrara el cabello para guiar el ritmo de las estocadas bucales, disfrutando de la invasión en su garganta.

No pasó mucho tiempo. El placer acumulado de la noche se concentró en la punta de su verga. Con un gruñido, Alex se tensó y explotó. Chorros espesos, blancos y calientes salieron disparados con una fuerza brutal, inundando la boca de Sofía y salpicando su rostro. Ella no retrocedió; mantuvo la boca abierta, recibiendo la descarga con la lengua extendida, mientras el semen le cubría las mejillas, los labios y la barbilla. Sofía tragó con dificultad, respirando por la nariz mientras el rastro de Alex le corría por la piel.

El ambiente en el departamento era una mezcla espesa de cansancio y el olor residual del sexo que todavía emanaba de la piel de ambos. Sofía se había vestido con movimientos mecánicos, ocultando bajo su ropa el bikini naranja y las marcas rojizas que Alex le había dejado en el cuello como trofeos de guerra.

—Tengo que llegar a casa… ya es tarde —murmuró ella, mirando la pantalla del teléfono con una sombra de inquietud.

Alex, recuperando su aire de suficiencia, asintió mientras se abrochaba los jeans.

—Te llevo. No voy a dejar que camines sola a estas horas.

Durante el trayecto, el silencio en el auto era casi sólido. Sofía se mantenía pegada a la ventanilla, sintiendo el aire frío golpear su rostro, pero por dentro seguía ardiendo. El coño le palpitaba rítmicamente y podía sentir la humedad espesa de la corrida de Alex escapándose lentamente de su interior, empapando su tanga y recordándole con cada roce lo que acababan de hacer. Alex, relajado, conducía con una mano mientras la otra descansaba sobre el muslo de ella, apretando la carne de vez en cuando con una confianza posesiva.

De pronto, Alex entornó los ojos y redujo la marcha de forma brusca.

—Oye… ¿ese de ahí no es Andrés? —soltó él, señalando con la barbilla hacia la acera.

Sofía sintió un latigazo de adrenalina que le cortó la respiración. Levantó la mirada y, efectivamente, me reconoció. Iba Caminando de regreso. El coche se detuvo suavemente justo a mi altura.

Sofía se tensó tanto que sus nudillos se pusieron blancos al aferrarse a su mochila. Tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo físico de hace apenas media hora y los labios carnosos, ligeramente hinchados por los besos y las mordidas de Alex. Me miró a través del cristal con una expresión indescifrable: una mezcla de culpa punzante, pánico y ese brillo residual de placer que todavía no lograba esconder.

Alex bajó la ventanilla del copiloto, dejando que el aire de la noche entrara al auto, y me saludó con una naturalidad que rayaba en lo cínico.

—¡Andrés! ¿Qué haces caminando por acá solo, bro? —dijo, mientras su mano, oculta para ti pero firme sobre el muslo de Sofía, le daba un apretón final que la hizo estremecerse en el asiento.

El momento quedó suspendido en el aire. Sofía me miraba fijamente desde el asiento del copiloto, con el cabello revuelto y esa expresión que dejaba claro que acababa de follar intensamente. Alex, con la confianza de quien acaba de saborear la victoria, se asomó por la ventanilla bajada, dejando que el olor a perfume y sexo encerrado en el habitáculo se escapara hacia ti.

— ¡Andrés! ¿Qué haces por acá tan noche, bro? —soltó con una naturalidad insultante.

— Solo salí a caminar un rato —respondí, apretando la mandíbula para que mi voz no me traicionara.

Alex soltó una risita baja, cargada de una intención que solo él y Sofía entendían. Miró de reojo a Sofía, que evitaba mi mirada a toda costa mientras se acomodaba un mechón de pelo rebelde.

— Qué casualidad… Nosotros también venimos de “quemar un poco de energía” —dijo Alex, subrayando las palabras con una malicia evidente—. La neta, tu prima sabe cómo hacer que el tiempo vuele. Me dejó… totalmente agotado.

Sofía se removió en el asiento; el roce de su muslo contra el asiento debió recordarle que todavía estaba empapada por él, porque cerró los ojos un segundo. Alex, lejos de detenerse, se relamió los labios.

— Es que cuando se pone en modo serio… es difícil seguirle el ritmo. Hoy me tuvo sudando la gota gorda, ¿verdad, Sofi?

Sentí una punzada de celos calientes trepar por mi pecho, instalándose como un nudo en la garganta. Su arrogancia era una bofetada.

— Qué bueno que se divirtieron —solté, con un tono tan seco que sonó a lija.

— Divertirnos es poco… fue una noche intensa —remató Alex, clavando su mirada en la mía con una complicidad que me revolvió el estómago.

En ese momento, como si no pudiera soportar un segundo más el peso de las palabras de Alex o la humedad que sentía entre sus piernas, Sofía abrió la puerta del copiloto de golpe. El sonido rompió el juego de Alex.

— Caminaré a casa con Andrés —sentenció ella, bajándose con una urgencia casi desesperada.

Alex levantó una ceja, sorprendido por el desplante, pero no perdió la compostura. Se limitó a dedicarte una última mirada de superioridad, como si supiera un secreto que tú nunca podrías descifrar.

— Como quieran. Nos vemos pronto, Andrés. Suerte con la caminata.

El auto se alejó, dejando un rastro de luces rojas y un silencio sepulcral en la calle. Sofía se colocó a mi lado. El aire de la noche agitaba su chaqueta, la misma que ocultaba las marcas de los dientes de Alex en su hombro. Empezamos a caminar, y con cada paso, yo podía jurar que sentía el aroma de él emanando de ella, mientras el silencio entre los dos se volvía un abismo infranqueable.

Sofía caminaba con una rigidez que delataba que cada paso le costaba, probablemente por la fricción del sexo reciente o por la carga de lo que ocultaba bajo esa chaqueta.

—… No tenías que verme así, ¿sabes? —soltó de pronto, rompiendo el hielo con una mezcla de culpa y ese orgullo defensivo que siempre sacaba cuando se sentía acorralada.

—¿Así cómo? —respondí, y mi voz salió con un filo que ni yo mismo pude controlar—. ¿Como si acabaras de coger con Alex?

Sofía se detuvo en seco, obligándome a encararla. El silencio de la calle acentuaba el sonido de su respiración entrecortada. Me sostuvo la mirada, y por un segundo, creí ver un rastro de duda en sus ojos, pero desapareció tras esa máscara de seguridad que tanto me irritaba.

—Sí. Así. Con esa cara de celos que intentas esconder —replicó, cruzándose de brazos—. Alex solo me llevó a casa, Andrés. No tienes que hacer un drama de todo.

—¿Drama? —solté una risa seca, amarga—. Te bajaste de su auto con los labios hinchados y el pelo hecho un desastre, Sofía. Y él no perdió ni un segundo en restregarme lo “agotado” que lo dejaste. No soy idiota, y tú tampoco eres tan buena actriz.

Sofía desvió la mirada, mordiéndose el labio inferior. Cuando volvió a fijar sus ojos en los míos, su tono había cambiado; era una suavidad peligrosa, de esas que usa para manipular la situación.

—Sabía que esto iba a pasar si nos veías… Por eso quería llegar sola. Pero al verte ahí caminando… no quise dejarte solo —se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal. Pude olerla: el aroma a su perfume mezclado con algo más pesado, algo masculino y carnal—. Alex fue solo diversión. Nada más. Tú eres diferente. Pero si cada vez que salgo con alguien vas a ponerte así… esto va a ser muy complicado.

Me quedé helado. La forma en que minimizaba lo de Alex mientras me ponía a mí en un pedestal era su jugada maestra.

—¿Y Avril? —pregunté, lanzando el anzuelo para ver si su seguridad flaqueaba—. ¿También es “solo diversión”?

Una chispa de picardía cruzó su rostro, borrando la tensión por un instante.

—Avril es otra historia… y tú lo sabes. Te vi la cara cuando la miraste. No eres tan inocente como quieres aparentar, primito.

Seguimos caminando, pero la calma duró poco. El peso de la realidad volvió a caer sobre nosotros cuando la casa apareció a lo lejos. Sofía bajó la voz hasta convertirla en un susurro que me erizó la piel.

—Mi mamá ya sospecha algo. Lo sentí hoy. Si seguimos así… tarde o temprano nos va a descubrir. Y no sé si estoy lista para eso —se detuvo de nuevo, esta vez con una seriedad que me heló la sangre—. ¿Tú sí lo estás?

Me quedé mudo. Mientras ella esperaba mi respuesta, no pude evitar notar cómo se ajustaba la chaqueta, revelando por un segundo una marca violenta en la base de su cuello. La realidad me golpeó: ella hablaba de “descubrirnos” a nosotros, mientras el rastro de otro hombre todavía estaba caliente sobre su piel.

La entrada a la casa fue el choque brutal. Rebeca no estaba durmiendo. Estaba sentada en el sofá, con la espalda rígida y una taza de té que ya no humeaba entre las manos. Su mirada era un escáner lento, clínico y devastador. No era la mirada de una madre preocupada; era la de una mujer que sabía exactamente que algo ocultábamos.

Los detalles nos condenaban a gritos. Yo sentía el peso de mi propia desidia: el cabello revuelto, la camisa abotonada con la torpeza de la prisa y, lo más imperdonable, las manchas húmedas que oscurecían la tela de mi pantalón claro, delatando el fluido que aún se enfriaba en mi piel. Mi verga, todavía rebelde y semierecta, tensaba la tela.

Pero Sofía era la viva imagen del exceso. Su rostro estaba encendido en un rojo febril; sus labios, carnosos y deformados por la succión. Bajo la luz blanca, las marcas que Alex le había dejado en el cuello y el escote eran bastante visibles y caminaba con una rigidez dolorosa.

—¿De dónde vienen? —preguntó Rebeca. Su voz era un susurro gélido.

—Salí con una amiga… y Andrés me encontró de casualidad y regresamos juntos —soltó Sofía. Su voz tembló.

Rebeca ni siquiera parpadeó. Sus ojos, bajaron de nuevo a mi entrepierna, deteniéndose en las manchas y en el relieve evidente de mi masculinidad. Luego, con una lentitud tortuosa, regresó a los labios hinchados de su hija y a las marcas de sus hombros.

—Qué casualidad —ironizó, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco—. Los dos llegan al mismo tiempo… y los dos con la misma cara de haber sido devorados.

Se puso en pie. Se acercó a nosotros, lo suficiente para que el aroma a sexo, sudor y fluidos compartidos la golpeara de frente.

—Huelen a… Los dos. El aire se siente sucio solo de tenerlos cerca —sentenció, y el desprecio en su voz fue más doloroso que cualquier grito.

Nos miró alternativamente, procesando la imagen de su sobrino y su hija convertidos en extraños sudorosos y excitados. Finalmente, su mirada se clavó en Sofía con una autoridad que no admitía réplica.

—Sofía, ve a tu habitación. Ahora. Y ni se te ocurra cerrar la puerta con llave.

Sofía me lanzó una mirada fugaz, un destello de pánico puro, antes de subir las escaleras con la cabeza baja. Rebeca se volvió hacia mí, sus ojos estaban inyectados en una mezcla de furia y una curiosidad oscura que me heló la sangre.

—Está bien… —solté finalmente, rompiendo el silencio antes de que la presión me hiciera colapsar—. Salí a ver a una chica. Se llama Avril. Estuvimos juntos un rato y… Por eso estaba caminando por la calle. Ahí fue donde me encontré con Sofía, que justo se estaba despidiendo de una amiga.

La rigidez de la tía inquisidora se desmoronó, dejando paso a una mujer consumida por la curiosidad que no lograba contener.

—¿Avril? —repitió el nombre, arrastrando las letras con una burla amarga—. La misma chiquilla que Sofía trajo hoy… Qué conveniente, ¿verdad?

Sus ojos, ahora vagaban con una fijeza obsesiva por mi cuerpo, bajando de nuevo hacia mi entrepierna. Se quedó mirando el bulto que aún tensaba la tela y las manchas que daban fe de mi reciente desenfreno.

—Así que saliste a “verla”… —susurró, y esta vez su voz vibró con una nota de envidia que me erizó la piel—. Y regresas a casa oliendo a pecado, con la verga todavía latiendo bajo el pantalón y la ropa hecha un desastre—. Soltó esa risa corta, pero sus ojos estaban encendidos, inyectados en una mezcla de furia y fascinación.

—Qué casualidad que Sofía llegara exactamente igual. Con esa mirada de haber sido devorada, los labios hinchados y esas marcas en el cuello que gritan lo que hicieron —se mordió el labio inferior, y pude ver la tensión en su mandíbula—. Y ahora pretendes que me crea que esa niña pudo con los dos al mismo tiempo.

Se inclinó hacia mí, invadiendo mi cuello con su aliento cálido, rozando casi mi piel con sus labios mientras hablaba. El tono defensivo de antes se transformó en una caricia cargada de veneno.

—¿Te gusta esa Avril? —preguntó, y su voz era un desafío directo—. Porque por la forma en que llegaste… se nota que no te vació por completo.

—Yo… —intenté articular una defensa, pero ella levantó un dedo y lo presionó contra mis labios, silenciándome.

—No me mientas, sobrino. Sé reconocer el rastro de una mujer sobre un hombre. Y tú… apestas a ella. —hizo una pausa, obligándome a sostenerle la mirada. Su voz se volvió suave, casi una confesión íntima—. Solo dime una cosa, Andrés… ¿de verdad te hizo sentir tan bien como parece? ¿O necesitas que alguien que realmente sabe lo que hace termine de quitarte esa cara de vicio?

La cocina se volvió un hervidero. La tensión entre nosotros ya no era por la sospecha sobre Sofía; era el reconocimiento de un deseo prohibido que Rebeca acababa de poner sobre la mesa, usando su posición y sus celos para acorralarme contra la pared.

Mi mente era un hervidero de cables cruzados: el sabor de Avril aún en mi boca, la adrenalina de ser descubiertos, encontrar a Sofia y Alex en la calle y, ahora, la mirada de Rebeca desnudándome con una mezcla de reproche y envidia.

Rebeca me estudió en un silencio clínico, devorando cada una de mis dudas. Podía el choque entre su papel de madre y esa curiosidad que la obligaba a fijarse en detalles que no debería notar. Finalmente, soltó un suspiro cargado de una frustración que parecía venir de años atrás.

—No sé qué juego están jugando Sofía y tú… ni qué pinta esa tal Avril en todo esto —dijo, y su voz, aunque baja, vibró con una autoridad que intentaba ocultar un temblor—. Pero no soy ciega, Andrés. Y no me gusta lo que huelo en esta casa.

Dio el último paso, invadiendo por completo mi espacio. Su mirada bajó, atraída magnéticamente hacia mi entrepierna. La tensión del interrogatorio, su cercanía y el recuerdo fresco del cuerpo de Avril habían hecho que mi verga reaccionara, tensando la tela del pantalón con una dureza que ya no se podía camuflar.

—Voy a ser muy clara —continuó, y sentí su aliento rozar mi barbilla—. No voy a dejarlos solos otra vez. Ni a ti, ni a ella. No mientras sigan bajo mi techo y bajo mis reglas.

Sus ojos volvieron a los míos. Por un instante, la máscara de tía severa se agrietó y vi un destello de deseo crudo, una chispa de “ojalá fuera yo” que me dejó sin aliento. Pero la máscara regresó rápido, fría y afilada.

—Ahora sube a tu habitación —ordenó, con una voz que se quebró ligeramente en una nota ronca.

Su mirada se clavó una última vez en mi erección, sin un gramo de disimulo, antes de darme la espalda con una rigidez fingida.

—Buenas noches, sobrino. Mañana hablaremos de lo que sigue.

Subí las escaleras sintiendo que cada escalón era una tortura. La verga me latía dolorosamente, apretada contra la costura del pantalón, reclamando una liberación que el ambiente de la casa solo lograba alimentar. Al entrar a mi cuarto, cerré la puerta y me desplomé en la cama.

Estaba a punto de soltar el teléfono cuando una vibración corta me recorrió la palma de la mano. Un mensaje de Avril.

«Llegué bien a casa… aunque todavía me tiemblan las piernas por lo de hoy.»

Debajo del texto, un archivo adjunto cargó lentamente. Cuando la imagen se desplegó en la pantalla, el aire se me escapó de los pulmones.

Avril estaba frente al espejo de su habitación completamente desnuda de cintura para arriba. Con una mano se cubría un pecho, pero de forma tan descuidada que el piercing plateado destellaba bajo la luz. Por la parte de abajo el elástico de una tanga negra tan diminuta que parecía una formalidad innecesaria. Su mirada era un desafío directo; se mordía el labio con una expresión de lujuria cruda, y el ángulo de la foto no dejaba lugar a dudas: mis dedos habían dejado marcas en sus caderas, un rastro de mi fuerza que ella exhibía como una condecoración.

Debajo, otro mensaje apareció:

«No dejo de pensar en cómo me follaste en esa bodega… Quiero repetir pronto. Esta vez, sin que nadie nos interrumpa.»

Me quedé hipnotizado, con el brillo de la pantalla. Sentí cómo la sangre bajaba haciendo que mi verga se pusiera de piedra, palpitando con…

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