La primera vez (cuckold)

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T. Lectura: 10 min.

Somos una pareja de Barcelona (España). Actualmente, ella tiene 35 años y yo 40. Esta es nuestra primera historia real sobre cómo nos iniciamos en el mundo cuckold.

Cabe destacar que esta primera experiencia tuvo lugar hace años, cuando ella tenía 19 años y yo 24.

Esperamos que os guste y disfrutéis leyéndola.

Todo empezó con un gemido que no era del todo normal.

Fue un viernes de mayo, en Barcelona, a las tres y pico de la mañana, con el piso oliendo a cerveza y a sudor. Habían vuelto de fiesta medio borrachos, tropezando por el pasillo, riéndose de tonterías, y en cuanto cerraron la puerta del dormitorio se comieron la boca como dos adolescentes. Sofía le había bajado la cremallera del pantalón y él le había arrancado el vestido por la cabeza, y todo era manos y dientes y esa urgencia de las noches de copas.

Daniel la follaba con ella boca abajo, agarrada a la cabecera, y estaba a gusto, muy a gusto, pero de pronto se le llenó la cabeza de una imagen. Sofía así, exactamente así, pero con otra espalda encima. Otras manos en sus caderas. Otra polla entrando donde entraba la suya.

Se le escapó sin pensar.

—¿Te gustaría que otro te la metiera?

Sofía soltó un “mmm” que podía ser cualquier cosa.

—Que otro tío te follara —insistió él, apretando el ritmo—. Que viniera otro y te la metiera delante de mí.

Y ahí sí. El gemido que soltó ella fue distinto. Más agudo, más largo, y le apretó por dentro de una manera que Daniel notó en los dedos de los pies.

—¿Sí? —jadeó él.

—Sí, sí, sí…

—Te gusta la idea, ¿eh? Que te folle otro.

—¡Me gusta!

Daniel se corrió en ese momento, sin poder evitarlo, y ella se corrió casi a la vez con la cara hundida en el colchón, y luego se quedaron los dos allí, derrumbados, y se durmieron como se duerme a esa hora: sin hablar del tema.

A la mañana siguiente Sofía bajó a la cocina con la camiseta de dormir torcida y el pelo rizado hecho un nido, y mientras Daniel le servía el café se quedó mirándolo con el ceño fruncido.

—¿Qué? —dijo él.

—Lo de anoche. Lo de que otro… ya sabes.

—Ah.

—¿Iba en serio o era el vino?

Daniel se sentó frente a ella con la taza entre las manos y pensó cómo decirlo sin que sonara a locura.

—Lleva un tiempo rondándome la cabeza —dijo—. No sé explicarlo. No es que no me gustes, ¿eh? Es que… me pone pensar en eso.

Sofía le dio una vuelta al café con la cucharilla.

—Pero es una fantasía tuya. De las de verdad.

—Sí.

—Y llevas un tiempo.

—Un tiempo, sí.

Ella se quedó callada, procesándolo, y Daniel vio pasar por su cara todo el catálogo: incomprensión, curiosidad, un poco de vértigo. Al final solo dijo:

—Vale. Pues vale.

Y no hablaron más.

Pero la cosa se colaba en la cama.

Una semana después, a media follada, Daniel volvió a sacarlo, y Sofía volvió a encenderse como una cerilla, y a los pocos días fue ella la que se lo pidió al oído: “dime lo de antes, dime lo de otro”. Se convirtió en parte del repertorio. Daniel le contaba cosas mientras se la follaba —que un tío la miraría, que se la comería, que se la follaría delante de él sin pedir permiso— y Sofía se corría más fuerte que nunca.

—Se te da bien esto —le dijo él un domingo, con la respiración todavía agitada.

—Es que es muy morboso.

—Pues podríamos hacerlo de verdad.

Ahí se cerró en banda.

—No, no. Una cosa es jugar y otra es que yo… —Hizo un gesto vago con la mano—. ¿Con otro hombre? ¿Yo? ¿Así, en serio?

—¿Por qué no?

—Porque es rarísimo, Daniel. Porque luego ¿qué? ¿Y si me da vergüenza? ¿Y si no sé qué hacer?

—Ya lo sabes. Sabes follar.

—Saber follar con mi novio de cuatro años no es saber follar con un desconocido.

Discutieron un rato, amable, sin llegar a nada. Y durante unos días el tema quedó en barbecho.

Hasta que fue ella la que lo trajo de vuelta, un martes, mientras comían macarrones y veían el telediario de fondo.

—¿Lo sigues teniendo? —preguntó, mirando el plato.

—¿El qué?

—Lo de la fantasía. Lo sigues teniendo desde hace cuánto, ¿meses?

—Sí.

—¿Y quieres hacerlo?

Daniel dejó el tenedor.

—Sí quiero. Pero no vamos a hacer nada si tú no estás segura, y no vamos a hacer nada si no estamos los dos de acuerdo. Eso lo primero.

Sofía pinchó un macarrón y no se lo llevó a la boca.

—Al principio —dijo despacio— me daba rechazo. No lo entendía, me parecía una cosa muy rara, de gente muy moderna. Pensaba que era el típico rollo de internet.

—Ya.

—Pero es verdad que en la cama… —Se mordió el labio—. En la cama me pone muchísimo pensar que otro me desee. Y que tú estés ahí.

—¿Sí?

—Sí. —Levantó la vista—. Lo he pensado mucho. Mucho. Y si tú quieres y estás seguro, si de verdad estás seguro, podemos mirar de probarlo.

Daniel se quedó un segundo sin saber qué decir, y luego se le cambió la cara entera. Se le encendió. Se le puso esa cara de perro de caza que ella le había visto otras veces y que siempre anunciaba algo.

—¿En serio?

—En serio. Pero ponemos reglas.

—Las que quieras.

—Y tú buscas al tío. —Sofía señaló con el tenedor—. Yo no tengo aguante para apps. Búscalo tú, de mi edad más o menos, guapo, con buen cuerpo. Y me lo enseñas antes de nada.

Tardó once días.

Once días de perfiles de Tinder, de mensajes, de un chaval de veintiuno que parecía mono hasta que abrió la boca, de un rumano de veintitrés demasiado guapo y demasiado relamido, de un chico de Badalona que tenía pinta de no haber follado en su vida. Sofía rechazaba a todos con un gesto de la barbilla.

—Este no.

—¿Por qué?

—Porque tiene cara de tonto.

Hasta que apareció Rubén.

Cuarenta y cinco años, de Barcelona, comercial de una empresa de materiales de construcción. Educado, simpático, escribía con frases completas y sin una sola falta. No era guapo: tenía la nariz grande, algo de entradas, la cara de un hombre normal de mediana edad. Pero las fotos de cuerpo no mentían. Se cuidaba, se le notaban los pectorales y los brazos y la tableta bajo la camiseta, y en la última foto, en el gimnasio, con la camiseta empapada, Daniel pensó “joder”.

Rubén le contó que había estado casado once años, que en el divorcio se había encontrado con ganas de vivir cosas, y que había corrido unos cuantos toros con parejas jóvenes. Que le encantaban las chicas de veinte. Que tenía cuarenta y cinco y la polla dura como el acero, veinte centímetros, gruesa, y que si le decían que se la metiera por delante del novio, se la metía.

Daniel le enseñó la foto a Sofía con el estómago encogido.

Ella la miró y arqueó las cejas.

—Uf. Está bien físicamente. —Pausa—. ¿Pero qué edad tiene?

—Cuarenta y cinco.

—¿Cuarenta y cinco? Daniel, me saca veintiséis años.

—Ya, pero encaja. Los de tu edad o no cuadraban o eran de poco fiar. Este es serio, es educado, ha hecho esto antes. Y mira el cuerpo, ¿eh? Mira ese cuerpo.

Sofía se pasó el día dándole vueltas. Al final, por la noche, le dijo que le mandara una foto de la espalda.

Rubén le mandó una. Desnudo de cintura para arriba, de espaldas, en un espejo. Los hombros anchos, la espalda trabajada, los glúteos duros. Sofía la miró un rato largo y luego dejó el móvil en la mesa boca abajo.

—Vale —dijo—. Quedamos.

El bar estaba a dos calles de su casa, un sitio de barrio con la persiana a medio bajar y dos viejos jugando al dominó en la barra. Quedaron un sábado a las siete. Sofía se puso un vestido de flores y se retocó el carmín dos veces en el espejo del portal.

Rubén ya estaba sentado al fondo cuando entraron. Se levantó al verlos, les dio la mano a los dos, y no se le notó nada raro: ni prisa, ni ansiedad, ni esa incomodidad de las citas de tres. Pidió cervezas para todos y habló del calor, del barrio, de que había aparcado fatal. Y funcionó. Funcionó mucho mejor de lo que ninguno de los dos había previsto.

Sofía se relajó a la segunda cerveza. Se rio de un chiste malo de Rubén. Le contó que estudiaba un grado superior de estética y que su madre no lo entendía. Rubén la escuchaba de verdad, inclinándose un poco, sin mirarle las tetas mientras hablaba, y solo cuando ella se giraba hacia Daniel sí la miraba, despacio, sin disimular nada.

Había miradas. De esas que se cruzan y se sostienen medio segundo de más.

En un momento Rubén se levantó al baño. Daniel se inclinó hacia ella en cuanto se fue.

—¿Qué? ¿Cómo te sientes?

—Bien. —Sofía jugueteó con la servilleta—. Me siento cómoda. Me cae bien, aunque me saque veinticinco años. Estoy nerviosa, pero probaremos.

—¿Segura? Podemos irnos, ¿eh? Sin más.

—No. —Lo miró a los ojos—. Quiero hacerlo.

Rubén volvió del baño y se quedó de pie junto a la mesa.

—¿Otra ronda?

Sofía tomó las riendas antes de que Daniel abriera la boca.

—Mejor subimos a casa, ¿no? —dijo—. Estamos más tranquilos y hay algo de picar.

Y a Rubén se le cambió la cara. Se le dibujó una sonrisa enorme, de oreja a oreja, y luego se le quedó puesta otra cosa, algo más quieto y más afilado. La cara de un cazador que acaba de ver a su presa entrar sola en el claro.

—Vamos —dijo.

Subían las escaleras del edificio con un silencio cargado de electricidad. Sofía iba en medio, con Daniel delante y Rubén detrás. El corazón de la joven martilleaba contra sus costillas mientras sentía la mirada del hombre mayor clavada en sus caderas, en el vaivén de su culo bajo la falda corta que había elegido para la ocasión.

Una vez dentro del piso, Daniel fue directo a la cocina a por copas y hielo, dejando a Sofía y Rubén en el salón. La tensión era palpable. Rubén no se sentó, se quedó de pie mirándola de arriba abajo con una intensidad que la hizo ruborizarse.

—Eres más guapa en persona que en las fotos —dijo con voz grave, ronca.

Sofía bajó la mirada, coqueta, sintiendo cómo la humedad empezaba a acumularse entre sus muslos.

—Voy a cambiarme —murmuró, y desapareció hacia el dormitorio.

Daniel volvió con tres whiskys y hielo. Los ojos de su amigo brillaban con una mezcla de nerviosismo y excitación contenida.

—¿Todo bien? —preguntó Daniel.

—Está perfecta —respondió Rubén, dando un trago largo a su copa—. Vamos a pasarlo bien, chico.

Sofía reapareció minutos después, y el aire pareció escapar de los pulmones de ambos hombres. El conjunto negro de encaje se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. Las copas del sujetador realzaban sus enormes tetas, dejando al descubierto los pezones rosados y erectos que asomaban por el encaje translúcido. La braguita se hundía entre sus nalgas generosas, y las ligas marcaban sus muslos blancos y tersos.

—Joder… —suspiró Rubén, ajustándose la entrepierna de los pantalones.

Daniel se sentó en el sillón que habían preparado de antemano, un poco apartado de la cama pero con visión perfecta. Su mano ya acariciaba la protuberancia de sus vaqueros.

Rubén se acercó a Sofía sin prisa, como un depredador que sabe que la presa no va a huir. La rodeó, oliendo su cuello, sus manos grandes y fuertes recorriendo sus caderas, sus nalgas, apretándolas con fuerza.

—Qué pedazo de culo tienes, puta —murmuró contra su oído, y Sofía sintió un escalofrío que le recorrió hasta el coño.

—Sí… —jadeó ella, mirando de reojo a Daniel, que observaba con la respiración agitada.

Rubén la giró bruscamente, tomándola por el cuello con una mano mientras con la otra le agarraba el pelo rizado, tirando de su cabeza hacia atrás para exponer su cuello blanco.

—Tienes una boca hecha para chupar pollas —dijo, y sin más preámbulos la besó. La besó con fuerza, una lengua experta invadiendo su boca, saboreándola. Sofía gemía contra sus labios, sus manos aferrándose a los brazos musculosos del hombre.

—Quítame la ropa —ordenó Rubén, separándose un instante.

Sofía, temblando, le desabrochó la camisa, revelando un torso definido, señales de que efectivamente se cuidaba. Sus manos bajaron a la hebilla del cinturón, y cuando bajó la cremallera, el bulto que emergió hizo que sus ojos se abrieran como platos. Aún dentro del boxer, la protuberancia era imponente.

—Sácalo —gruñó Rubén—. Quiero que veas lo que te vas a comer.

Sofía tiró del bóxer hacia abajo, y la polla de Rubén saltó libre. Veinte centímetros de verga gruesa, venosa, con la punta roja y brillante de presemen. Parecía de hierro forjado, pesada y rígida.

—Dios mío… —susurró Sofía, incapaz de apartar la mirada.

—Tócala —ordenó él, agarrándola por el pelo y guiando su cabeza hacia abajo—. Lámela, putita. Quiero que tu novio vea cómo te pones con una polla de verdad.

Sofía obedeció, su lengua salió a lametear la punta, saboreando el líquido salado que goteaba. Abrió la boca y trató de meterse la mitad de esa polla enorme, sus mejillas se hincharon, los ojos se le llenaron de lágrimas por el esfuerzo. Rubén tiró de su pelo, marcando el ritmo, follándole la boca con movimientos controlados pero firmes.

—Mira a tu novio —ordenó—. Mírale mientras te comes mi polla.

Sofía giró los ojos hacia Daniel, que tenía la polla fuera, masturbándose con frenesí. La excitación en su rostro era evidente, una mezcla de tortura y éxtasis.

Rubén la apartó de su polla, la levantó de un tirón y la empujó hacia la cama. Sofía cayó sobre el colchón, jadeante, sus tetas enormes a punto de escapar del sujetador. Rubén se deshizo de sus pantalones por completo y se subió a la cama, situándose entre sus piernas.

—Quítale eso —dijo señalando la tanga—. Quiero ver ese coñito que tanto me han dicho.

Sofía se deshizo de la prenda, revelando su sexo depilado, húmedo, los labios vaginales hinchados y rosados. Rubén separó sus muslos con fuerza, hundiendo dos dedos en su interior sin ceremonias. Sofía arqueó la espalda, gritando.

—¡Joder, qué apretada estás! —exclamó Rubén, mirando a Daniel—. Vamos a tener que abrirla bien, chico.

Metió y sacó los dedos con fuerza, haciendo sonidos obscenos con la humedad de la joven. Sofía se retorcía, sus manos agarrando las sábanas.

—Por favor… —gemía—. Fóllame…

—¿Por favor qué? —gruñó Rubén, dándole una palmada fuerte en el muslo que dejó una marca roja.

—¡Por favor, fóllame! ¡Fóllame con esa polla grande!

Rubén rio, sacó un condón del bolsillo de sus pantalones y se lo puso con habilidad, su verga aún pareciendo más imponente envuelta en látex. Colocó la punta en la entrada de Sofía, frotándola arriba y abajo, mojándola en sus jugos.

—Dile a tu novio lo que quieres —ordenó.

Sofía giró la cabeza hacia Daniel, sus ojos vidriosos de lujuria.

—Quiero que me folle, cariño… quiero sentir esa polla dentro de mí… es tan grande, Daniel, tan gruesa…

—Díselo a él —insistió Rubén, dándole otro azote en el culo.

—¡Fóllame! —gritó Sofía a Rubén—. ¡Metémela toda, por favor!

Rubén empujó. La punta entró con resistencia, el coño de Sofía era increíblemente estrecho. Ella gritó, una mezcla de dolor y placer intenso. Rubén no se detuvo, empujó con fuerza, hundiendo centímetro a centímetro esa polla enorme en su interior.

—¡Dios, qué estrecha! —gruñó Rubén, con el cuello tenso, los músculos de sus brazos marcados mientras sostenían sus muslos abiertos—. Vamos a abrirte bien, putita.

Empujó hasta el fondo, sus huevos golpeando contra el culo de Sofía. Ella chilló, sus uñas arañando la espalda de Rubén. Estaba llena, completamente llena, más de lo que nunca había estado. Sentía cada vena de esa polla monstruosa dentro de ella.

—Mírale —ordenó Rubén, agarrándola por el cuello con una mano mientras empezaba a moverse—. Mira a tu novio mientras te follo.

Sofía giró la cabeza, sus ojos encontrando los de Daniel. Su novio tenía la polla en la mano, acariciándose frenéticamente, los ojos brillantes de excitación al ver cómo otro hombre, un hombre mayor y mejor dotado, poseía a su novia.

Rubén empezó a moverse con embestidas profundas, duras, sacando casi toda la polla para volver a hundirla hasta el fondo. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación, mezclado con los gemidos de Sofía y los gruñidos de Rubén.

—¡Qué coño más rico tienes! —gritó Rubén, dándole una palmada en una nalga—. ¡Tan apretado, tan joven! Tu novio nunca te ha llenado así, ¿verdad?

—No… nunca… —gimió Sofía, sintiendo cómo el primer orgasmo se acercaba—. ¡Es tan grande!

Rubén la volteó de repente, poniéndola a cuatro patas. Agarró su pelo con una mano, tirando de su cabeza hacia atrás, mientras con la otra le agarraba el cuello, dominándola completamente. Entró en ella desde atrás, una embestida profunda que hizo que Sofía gritara.

—¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame duro!

—¿Te gusta, puta? —gruñó Rubén, marcando un ritmo salvaje, sus caderas golpeando contra el culo generoso de la joven—. ¿Te gusta que te folle como una zorra delante de tu novio?

—¡Sí! ¡Sí! —chilló Sofía, el primer orgasmo explotando en su interior, haciendo que su coño se contrajera alrededor de la polla de Rubén—. ¡Me corro! ¡Dios, me corro!

—Buena chica —murmuró Rubén, sin detenerse, follandola a través del orgasmo—. Vamos a por el segundo.

Cambió de posición, sentándose en la cama y haciendo que Sofía se montara sobre él, de espaldas a él, mirando directamente a Daniel. La penetró desde abajo, sus manos grandes subiendo para agarrar esas tetas enormes, amasándolas con fuerza, pellizcando los pezones.

—Mira a tu novio —ordenó—. Dile lo que sientes.

—Estoy tan llena… —jadeó Sofía, moviendo sus caderas, cabalgando esa polla—. Me siento tan llena, cariño… nunca había sentido esto… es tan profundo…

—Toca tu clítoris —ordenó Rubén—. Quiero que te corras otra vez en mi polla.

Sofía obedeció, sus dedos buscando su botón hinchado, frotándolo mientras Rubén empujaba desde abajo, sus embestidas duras y precisas, golpeando su punto G con cada movimiento.

—¡Otra vez! ¡Voy a correrme otra vez! —gritó Sofía, su cuerpo convulsionándose, sus tetas rebotando con cada embestida.

Rubén la agarró por la cintura, levantándola y volviendo a tumbarla boca arriba. Se colocó entre sus piernas, levantándolas sobre sus hombros, penetrándola profundamente, mirándola a los ojos.

—Voy a llenar este condón —gruñó—. Voy a correrme en tu coñito apretado.

—Sí… sí… correte… —gemía Sofía, exhausta, su tercer orgasmo acercándose.

Rubén aceleró, sus embestidas perdiendo ritmo, volviéndose desesperadas, salvajes. El sonido de sus cuerpos chocando era obsceno, el olor a sexo impregnaba la habitación.

—¡Me corro! —rugió Rubén, hundiéndose hasta el fondo, sus músculos tensos, su polla palpitando dentro de ella mientras llenaba el condón de semen—. ¡Joder, qué coño!

Se quedó inmóvil unos segundos, jadeando, antes de salir lentamente. El condón estaba inflado, lleno de su semen. Lo anudó y lo dejó sobre la mesita de noche, su polla aún semierecta, brillante con los jugos de Sofía.

Sofía yacía en la cama, despeinada, jadeante, su cuerpo cubierto de sudor, marcas rojas en sus muslos, su cuello, sus nalgas. Había corrido tres veces, algo que nunca había logrado con Daniel en una sola sesión.

Daniel se acercó, su polla todavía dura, brillante de presemen. Se inclinó sobre Sofía, besándola con ternura, mezclando su saliva con la de ella, todavía sabiendo a la polla de Rubén.

—¿Estás bien? —preguntó con voz temblorosa.

—Ha sido… increíble —suspiró ella, sonriendo perezosamente—. Nunca había sentido esto.

Rubén se estaba vistiendo, observando a la pareja con una sonrisa satisfecha.

—Cuando queráis repetir —dijo, dejando su número sobre la cómoda—. Este coñito es adictivo.

Se fue sin más, dejando a la pareja en la habitación llena del olor al sexo. Daniel se tendió junto a Sofía, acariciando su cuerpo exhausto.

—Te amo —murmuró.

—Yo también te amo —respondió ella, girándose para mirarle—. Y gracias… por esto.

Daniel sonrió, sintiendo una mezcla extraña de celos, amor y excitación. Sabía que esto no sería la última vez. Y mientras acariciaba el coño aún húmedo y abierto de su novia, supo que algo había cambiado para siempre entre ellos.

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2 COMENTARIOS

  1. Parece mentira que un tío le proponga a su pareja tener sexo con otro y el quedarse a mirar.
    Dice al final del relato: “Daniel sonrió, sintiendo una mezcla extraña de celos, amor y excitación. Sabía que esto no sería la última vez”. Ya te digo yo que no será la última vez…por parte de ella. A partir de ahora ya tiene para comparar, tres orgasmos con Rubén a cambio de uno de Daniel. Ahora ya no tiene que estar presente Daniel en las próximas citas, no lo necesita para nada. Quedará directamente con Rubén que le satisface más.
    Y Daniel ya sintiendo Celos en la primera cita, preparate para las siguientes cuando veas a tu novia rara contigo.

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